lunes, 17 de abril de 2017

Necesitamos una Europa sensata




Las angustias y la desazón se esparcen por Europa como mancha de aceite descompuesto. Mientras escribo estas líneas se han conocido los resultados del proceso electoral en Holanda, ese país que aquellos que lo visitan por primera vez siempre se sorprenden con simpatía por su liberalidad y su forma tolerante de tratar muchos de los problemas de la condición humana. Haciendo gala de grandes episodios del pasado, de hombres ilustres que supieron dejar su huella en la reflexión y el conocimiento humano, lo holandés en Europa ha sido siempre un modelo de sobria comprensión de los pulsos históricos. Sin embargo, es un país que se ha asomado también a la incertidumbre y pese a los agoreros el grueso de su electorado ha dado una señal potente contra la retrogradación y el pasado.
Es tranquilizador el dato holandés de ayer, ya que, por causas que seguirán analizándose, pareciera que Europa está en las puertas de un momento de inflexión que puede ser dramático para todo el mundo. De alguna manera da la sensación de que la sensatez se bate en retirada en el llamado Viejo Continente.
Más allá de los modelos económicos, que han generado consecuencias en parte de la población, que son profundos y que dejan a las democracias en deuda, pero cuyas soluciones no escapan a la posibilidad de la democracia misma, lo que está en juego a partir del Brexit que se impuso en las últimas elecciones de Gran Bretaña y que se promulga hoy, es la capacidad de Europa de mantenerse sensata. 
No hay un futuro promisorio de paz y democracia, si Europa pierde la sensatez. Esa es una verdad que impacta al mundo de manera definitiva, y que puede ser el anuncio de graves consecuencias, dado el creciente enervamiento que se observa en la política internacional, fruto del quiebre de las racionalidades que han permitido que ese continente histórico haya mantenido sus territorios en paz, desde la Segunda Guerra Mundial, por lo menos en aquellos países que constituyeron el alma de la viga en que se ha sostenido la Unión Europea. Por cierto, otros se han agregado con el paso del tiempo, luego de superar periodos marcados por la violencia y los traumas.
Aquella idea surgida por los acuerdos del carbón y el acero, no solo construyeron una comunidad económica, que llegará a expresarse como sujeto político y de derecho internacional, con un modelo comunitario complejo y único, sino también, como consecuencia de las experiencias de su historia, ha sido un actor fundamental e insustituible para delinear un concepto de la paz, de la convivencia pacífica y de los derechos humanos.
Muchos de los derechos que hoy garantizan a las personas su libertad y su cualidad humana, han surgido bajo la reflexión y el liderazgo de hombres y mujeres que han dejado su impronta, a partir de su aporte y vivencia europea. Mucho del mundo racional y racionalizado, de las comprensiones democráticas, del objeto político moderno, de las reflexiones sobre las seguridades humanas, del preludio del derecho futuro, han sido cobijados bajo el amparo del proyecto comunitario europeo.
Hace dos meses, y a modo de ejemplificar lo que asevero, los miembros del Comité Parlamento Europeo para Asuntos Legalesvotaron a favor de una moción para garantizar estatus legal a los robots, a los que se les otorga la condición de "personas electrónicas".
La propuesta, que fue aprobada por mayoría absoluta,estableceque "los robots autónomos más sofisticados podrían recibir el estatus de persona electrónica, con derechos y obligaciones específicos", incluyendo la de subsanar los daños que causen. Los androides serían definidos según distintas categorías, en función de su autonomía y capacidades, presuponiendo una mayor responsabilidad por sus actos a los robots más avanzados. Asimismo, se estipuló que los robots deben contar con mecanismos externos de emergencia, como un botón, para poderlos desactivar en caso de necesidad y emergencia.
Para cualquier observador, colmado por las cuestiones cotidianas, aquello seguramente le pareció extemporáneo, por decir lo menos. Sin embargo, no pasará una década en que ese acuerdo de la Comisión para Asuntos Legales del actual Parlamento Europeo será señero y referente para muchos de los problemas que afectarán a la Humanidad en pocos años más, y donde los problemas de los refugiados y migrantes que hoy dominan la agenda parecerán casi primarios.
¿Qué importancia tiene ese acuerdo legislativo para lo que analizamos? Que Europa tiene esa potencialidad enorme de proyectar el futuro. Que en la esencia del raciocinio comunitario europeo está la posibilidad de encontrar respuestas a los grandes desafíos de la Humanidad, tanto actuales como futuros. Y no hablo de un futuro que escape a nuestra vivencia personal, sino de uno que nos alcanza o que alcanzaremos.
Sin embargo, Europa está en una enorme encrucijada que puede conducir al mundo a una tragedia. Tal vez la peor de todas. El erizamiento, la prepotencia, la arrogancia, el estímulo de los conflictos, la irracionalidad y los ensimismamientos sociales, apuntan inexorablemente a destruir la sensatez del proyecto comunitario y sus efectos sobre los países que han aprendido de sus fundamentos.
La democracia en América Latina y en Chile, le deben mucho al espíritu comunitario europeo. Las categorías del pensamiento político, del humanismo, de la gobernanza, de las seguridades sociales, de la reflexión ética en muchos sentidos. Nuestros dirigentes y las clases políticas de nuestros países han construido muchas de sus afirmaciones a partir de su relación con la sensatez europea. Por cierto, ello no da garantías de la misma sensatez en su interpretación o aplicación, pero es innegable que, en la asertividad de nuestras clases dirigentes, siempre ha estado la reflexión europea sobre los fines y alcances de toda labor política, al margen de la orientación política de quienes los pongan en acción.
No deja de preocupar la aparición y persistencia, en algunos casos, de políticos xenofóbos, claustropopulistas, rupturistas y basados en el recelo y la exclusión. Tipos que van contra todos los progresos en los derechos y seguridades humanas, generalmente asociados al fanatismo nacional-racial- religioso. Un sector de la población que no lee, que no tiene ilustración, que no analiza las consecuencias, sino que se deja llevar por sentimientos impulsivos, producto de las frustraciones que no ha resuelto oportunamente la democracia, que no es menor, pero que generalmente son minoría, ha crecido merced la indiferencia de los votantes que no ejercen su sufragio.
Frente a los desafíos que surgen en el horizonte, esperamos que en definitiva, la ciudadanía europea se haga cargo de la sensatez y del futuro, que Europa representa en el progreso político y reflexivo por antonomasia. En Holanda se ha dado un buen paso en esa dirección.

Sobre laicismo y laicidad

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Los debates recientes por la libertad de conciencia, en España y Uruguay, principalmente, pero no menos significativos en Turquía, India, México y Perú, han evidenciado la trascendencia que adquiere para la convivencia y el respeto a la diversidad, lo que, en la tradición latina, llamamos “laicidad”. En la tradición inglesa, en tanto, tiende a hablarse de “secularismo”. 
Es significativo que ambos conceptos, en sus variables culturales y lingüísticas, vienen en señalar con claridad lo que sustantiva y adjetivamente expresan, para la solución de conflictos políticos sustentados en ideas religiosas.
Sin embargo, no faltan los que se interesarían en que no haya claridad conceptual. Hace ya algunos años, personeros religiosos católicos y sus exponentes confesionalistas, han tratado de generar una confusión, a partir de apreciaciones tendenciosas de los conceptos “laicidad” y “laicismo”. 
En el caso de laicismo, la definición de la RAE, indica las siguientes acepciones: independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado respecto de cualquier organización o confesión religiosa; y, luego, condición de laico. En el mismo contexto, expresa que laico, es un adjetivo, que se usa también como sustantivo que indica aquello que no tiene órdenes clericales, o que es independiente de cualquier organización o confesión religiosa.
Ciertamente, la RAE está en deuda respecto del vocablo “laicidad”, que tiene la particularidad de ser usado a veces como adjetivo pero que es, en propiedad, si aplicamos la regla lingüística española  de las palabras terminadas en el sufijo “dad”, un sustantivo abstracto que indica una cualidad, a partir de un adjetivo (en este caso “laico”).
 Hace poco nos han referenciado a nuestro blog, una columna de opinión de un conspicuo personaje español, donde afirma con desparpajo tendencioso o garrafal desconocimiento, que no existe consenso académico ni jurídico ni lexicográfico de su significado último, diciendo que se entendería que “laicidad” se refiere al Estado laico, neutral o aconfesional, y que laicismo se refiere a un Estado hostil y anticlerical.
Tanto disparate, repetido antes, también por personajes religiosos católicos, no se condice con lo que académicamente se está produciendo en el mundo de las lenguas de raíz latina en torno a esos conceptos, y lo que los usos lingüísticos han hecho prevalecer en la acción comunicativa cotidiana.
De hecho, instancias gubernamentales tienen definiciones específicas que son necesarias de tener en cuenta antes de caer en apreciaciones que evidencian el desparpajo de la ignorancia. Por ejemplo, en la página web gouvenmement.fr es posible tener una clara indicación de lo que es la laicidad.
“La laicidad – indica - descansa en tres principios: la libertad de conciencia y libertad de culto, la separación entre instituciones públicas y organizaciones religiosas, y la igualdad de todos frente a la ley, sin consideración de sus creencias o convicciones. La laicidad garantiza a los creyentes y no-creyentes, el mismo derecho a la libertad de expresión de sus convicciones. Asegura tanto el derecho a cambiar de religión como el de abrazar una religión. Garantiza el libre ejercicio de cultos y libertad de religión, y también la libertad con respecto a la religión: a nadie se le puede obligar por ley a respetar los dogmas o prescripciones religiosas”.
Eso por cierto, solo incomoda y perturba la comprensión a quienes se desandan con la diversidad, y cuando sienten amenazada su hegemonía. Eso explica las confusiones premeditadas.

500 años de la Reforma Protestante

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