Sebastián Jans
Clase magistral presentada el 12 de octubre de 2012, en la celebración del 101 aniversario del colegio y la corporacion Liga Protectora de Estudiantes.
Señor Jorge Gálvez, Presidente de la Liga Protectora de Estudiantes; Señor Jorge Contreras Minte, Rector del Colegio Etchegoyen; Sr. Héctor Silva, Alcalde Subrogante de la Comuna; Sr. César Sanhueza Cabrera, Gran Delegado por Gran Maestro para la Jurisdicción de Talcahuano, miembros del Directorio de la Corporación, autoridades del Colegio, autoridades masónicas en sus cargos y dignidades, distinguidos profesores, señores padres y apoderados, estimados alumnos:
Mis primeras palabras son de agradecimiento por la oportunidad que se me ha dado, de poder compartir con esta comunidad educacional, algunas ideas que son parte de mis convicciones, y que pueden ser útiles para algunos de los presentes, para enriquecer los posibles debates, ya sea en instancias institucionales o en la simple conversación de cada día, con la idea de contribuir a los propósitos del Humanismo, como ética y práctica social.
No son ideas nuevas, probablemente, pero bien vale, en una circunstancia como esta, retomarlas y ponerlas en una perspectiva determinada, que permita su análisis en bien de la educación como proceso liberador de la espiritualidad humana.
Emocionado, agradezco la invitación, y en mérito del carácter de este magno acto, traigo una reflexión con aspectos que me parecen fundamentales en todo proceso de educación, y que tienen que ver con lo constituyente de la naturaleza humana, con lo sustantivo de la construcción de una Humanidad, es decir, aquella condición, espacio, cualidad, objetivo, etc. en que el hombre viene a ser el objeto y sujeto de toda acción individual y colectiva del género humano.
En esa perspectiva, quiero invitarlos a reflexionar sobre la libertad, la educación y los derechos de conciencia, una triada que quiero relacionar íntimamente con lo que caracteriza, a mi juicio, el proyecto de esta corporación y de este colegio en el ámbito de la ciudad de Talcahuano.
El origen del anhelo de autodeterminación.
Es consustancial al espíritu humano el anhelo de libertad. Para las personas que acogen una visión de la realidad basada en su fe, ello deviene del otorgamiento divino del libre albedrío. Para quienes se proyectan cosmovisionalmente desde una perspectiva evolucionista, la libertad deviene de la autonomía viviente del ser humano, algo que, en el campo de la biología contemporánea está señalado de manera importante en el concepto de la autopoiésis, o la autocreación de los seres vivos.
En un libro ya clásico, Maturana y Varela señalaban que la “autonomía y diversidad, conservación de la identidad y origen de la variación en el modo como se conserva dicha identidad, son los principales desafíos lanzados por la fenomenología de los sistemas vivientes a los que los hombres han dirigido durante siglos su curiosidad acerca de la vida” .
Tal afirmación nos permite centrar estas reflexiones en la explicación del anhelo de libertad como fundante de la historicidad humana, a partir de lo que biológicamente y vitalmente lleva a los hombres a buscar la libertad. Porque sin duda, el anhelo de la libertad tiene que ver con el proceso de conciencia que experimentan los seres vivos, cuando constatan que viven y que en ese vivir ocurren hechos que afectan o alteran su existir, y que luego de ciertas experiencias adquiridas hay cuestiones que pueden ser cambiadas por medio de la voluntad o de la capacidad de aprendizaje, y esa capacidad de aprendizaje o experienciación le da al ser vivo la posibilidad de elegir. De tal modo, que es la posibilidad de elegir, a partir de la experiencia, lo que funda la autonomía.
Y la autopoiésis maturaniana hoy tiene una trascendencia tan importante en el mundo de la explicación biológica del existir, precisamente porque nos pone en la comprensión de que todos los seres vivos tienen conciencia de su existir, y al tener esa conciencia puede hacer de la experiencia el aprendizaje que le permite su vivir a través de procesos de selección y elección. Allí se encuentra la base de toda libertad.
Lo saben muy bien las madres que deben empezar a buscar diversos medios para que su bebé, cuando empieza a comer algo distinto a la leche materna, acepte que determinada papilla colada es rica y sabrosa, a pesar de que el niño se niega a abrir la boca porque el sabor no le viene a gusto, porque no tiene la calidez ni el sublime sabor de la lactancia.
Así la difícil tarea de criar y educar a nuestros hijos, se funda precisamente en la contradicción de las autonomías que luego permiten fundar el derecho a la libertad. Y cuando el niño crece quiere determinados alimentos, determinados vestuarios, o quiere salir de carrete, y se resiste a nuestras indicaciones o las obligaciones que le asignamos, y busca cualquier pretexto para evadir lo que tratamos de imponerle. Algunos más vehementes que otros, pero siempre en la búsqueda de su propio albedrío. Algunos de manera más maleables a nuestras indicaciones que otros, algunos más audaces e irreflexivos que lo que quisiéramos. Es el proceso de la vida, que se expresa en nuestro vivir, y que es tan importante para entender la idea de la libertad.
La inteligencia, es decir, la capacidad de aprender de la experiencia, lleva a que cada ser vivo sepa usar su recursión, es decir la invocación al hecho o evento ocurrido, para usarlo como proceso o precipitante de lo que quiere producir o lograr nuevamente en función de su autopoiésis.
Uno de los grandes pensadores contemporáneos, Edgar Morin, en el plano de la reflexión antropológica, dice que la libertad no es otra cosa que la posibilidad de elegir, donde “una posibilidad de elección puede ser interior, es decir, subjetivamente o mentalmente posible; esa es una libertad de espíritu. Puede ser exterior, es decir, objetivamente o materialmente posible; esa es una libertad de acción. Cuantos más sean los dominios que ofrecen posibilidades de elección, más, en cada dominio, las elecciones son numerosas y variadas, y mayores son las posibilidades de libertades; cuanto más importante para su propia existencia es el tipo de elección posible, más elevado es el nivel de libertad…” .
Es decir, cuanto más relevante es aquello que elijo, más importante es para mi sensación de libertad. Sin embargo, volviendo al ejemplo de nuestros hijos, ellos nacen y crecen en un ambiente que les determina y condiciona. Si hablamos de un niño que crece en una familia como la nuestra, muchas veces prodigado con muchas seguridades, veremos que su aprendizaje estará determinado por todo lo que le entreguemos material y espiritualmente. Y será su inteligencia la que le dirá cómo y cuándo hacer uso de su libertad y autodeterminación. Ergo, el ambiente es una condición fundamental para que el ser vivo haga uso de su libertad. Las condiciones y características del medio son determinantes en como todo ser vivo usa su autonomía y su capacidad de elegir.
Lo que determina la epopeya humana por la libertad será proporcional, según el tamaño del ambiente en que Ud. coloque al hombre individual y colectivo. Es el medio en que todo ser humano, como todo ser vivo, se hace como tal. Es el carácter y las condiciones del medio lo que permite que se dé la dialéctica relación entre la libertad de cada cual y las condicionantes que ese mismo medio impone. Pero también es importante el medio o ambiente, porque es donde el individuo viviente extrae lo necesario para vivir, de allí saca la energía para autocrearse, y, dicotómicamente, es ese mismo ambiente lo que le limita en su existir.
De allí que la conciencia de su existir y la posibilidad de ejercicio de su autonomía, lleven a todo ser humano a modificar el ambiente, de acuerdo a su interés existencial. Así, toda autonomía viviente depende del medio en que aquel ser vivo se desenvuelve, y los humanos no escapamos a esa suerte de constante.
Cuando hablamos de ambiente, sin duda, la sociedad es el medio por excelencia donde el existir humano tiene ocasión y su ocurrir. Somos seres asociativos o gregarios por naturaleza. El vivir y el ser del hombre ocurre en una comunidad, desde los más remotos tiempos, desde que comenzó a vivir en pequeños grupos pastoriles hasta hoy.
Es allí donde viene a expresarse una de las cuestiones determinantes en el carácter y alcance de la libertad, cual es la dicotomía que se produce entre el individuo y su medio; dado que, todo ser vivo, como lo indica Morin , efectúa su comportamiento, efectúa sus hechos, en el seno de su ambiente. Una regla que vale para la biología, la antropología o la sociología, pues el hombre, ser social que vive gregariamente, que existe en su medio social, debe afrontar la dicotomía constante entre su autonomía y las obligaciones que surge de su cualidad societaria.
Así, la historia humana ha estado dramáticamente impactada, a través de los tiempos, por la contradicción profunda entre la obligación que impone lo colectivo y el deseo de libertad de cada individuo, y la suma de los deseos de libertad de grupos de individuos. Sin embargo, es precisamente el medio social, aquel que lo limita en su individualismo, el que le ha dado al ser humano – como dice Morín - una autonomía considerable, pues la obra colectiva es la que ayuda a garantizar sus logros: “los desarrollos técnicos de la agricultura, los transportes, la industria, han constituido conquistas de autonomía mediante sojuzgamientos de energías materiales y explotación de producciones naturales, conduciendo a una efectiva dominación de la naturaleza ”.
Sin embargo, al desarrollar su autonomía domesticando la naturaleza “la sociedad histórica desarrolla e impone sus coacciones sobre los individuos”.
Una sociedad de derechos la base para una sociedad libre.
Uno de los grandes episodios de la Humanidad, desde el punto de vista de los cambios profundos en los ámbitos de la conciencia humana, fue el Siglo 18, llamado por aquellos cambios el Siglo de las Luces, el Siglo del Iluminismo. Fue un momento espiritual de la civilización occidental, de enorme significación para los seres humanos, porque con el paso del tiempo no solo iluminó a Europa y la entonces colonizada América, si no que tardíamente permearía también a Oriente.
Fue una época en que el pensamiento humano se llenó de ideas, volviendo a valorarse la filosofía como actividad trascendente de la conciencia, como había ocurrido en el Renacimiento y en los Antiguos Tiempos del esplendor griego, y los determinismos debieron retroceder ante la expansión espiritual de las sociedades que reprobaban los estados de cosas basados en el absolutismo y en el predominio de concepciones políticas y religiosas que asfixiaban el existir de las sociedades, a través de privilegios excluyentes.
¿Por qué recuerdo ese momento de la historia humana en esta ocasión? Porque en aquel momento histórico se estableció, y más que eso, se consagró la idea de que una sociedad de derechos es la base para tener una sociedad libre. Fue entonces que se estableció que los hombres tenían derechos inalienables, que emanaban de su libertad. Desde entonces, la Humanidad debe a los constituyentes franceses de 1789, uno de sus episodios más trascendentes en la consagración de la libertad como un hecho social tangible y fundamental de la condición humana, a partir de la cualidad natural que caracteriza el vivir del hombre. Ese episodio fue la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Es bueno recordar lo que señaló esa Declaración de la Asamblea Nacional Constituyente, ya que muchas veces se carece del necesario conocimiento de sus afirmaciones, y ocurre que los sistemas de educación no siempre valoran en profundidad aquellos hitos que han liberado al hombre de los sojuzgamientos que inhiben su condición de tal: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en cuanto a sus derechos. Las distinciones civiles sólo podrán fundarse en la utilidad pública. La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el disfrute de los mismos derechos. Estos límites sólo pueden ser determinados por la ley. La ley sólo puede prohibir las acciones que son perjudiciales a la sociedad. Lo que no está prohibido por la ley no puede ser impedido. Nadie puede verse obligado a aquello que la ley no ordena. Ningún hombre debe ser molestado por razón de sus opiniones, ni aun por sus ideas religiosas, siempre que al manifestarlas no se causen trastornos del orden público establecido por la ley. Puesto que la libre comunicación de los pensamientos y opiniones es uno de los más valiosos derechos del hombre, todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente, excepto cuando tenga que responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley”.
Cuando escuchamos que aquello se consagró hace mas de 220 años, resulta incomprensible todo lo que ha debido vivir la Humanidad durante esos dos siglos, e incluso en décadas recientes, y tener que constatar que hay aún realidades que se contraponen al enorme sentido común que esas afirmaciones tienen en nuestra condición de seres humanos de este tiempo.
Y sociedades como la nuestra aún deben comprobar que hay tareas que deben realizarse para que tales principios y enunciados deban hacerse efectivos en su plenitud. Aún quedan grupos de nuestra sociedad que no ven completados esos derechos en su existir, y hay amplios segmentos de nuestra sociedad que sufren las consecuencias de la inhibición de esos derechos. Ello, a pesar de que la Humanidad ha ido avanzando en la consagración de otros derechos fundamentales e inalienables de la condición humana basada en la libertad.
Un hombre que huyó de la opresión, Karel Vasak , justamente cuando se cumplían 190 años de aquel hito de 1789, fue quien hizo una formulación que nos puso en la perspectiva precisamente del avance en el tiempo de los derechos del hombre. El había huido de la brutal invasión a su país natal, por los tanques del Pacto de Varsovia, para ahogar aquel hito de la libertad que fue la Primavera de Praga.
¿Qué nos dijo Vasak? Que como consecuencia de la trilogía de la emancipación humana que representó la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, la generación de los derechos del hombre habían tenido tres etapas históricas o tres etapas de generación. La primera generación había establecido las libertades políticas, con la propia revolución de 1789. La segunda generación había establecido los derechos sociales, o la condición de igualdad, teniendo como primer hito la revolución de 1848. Y la tercera generación tenía que ver con la solidaridad, y concretamente con como llegaban a todas las personas los beneficios de las dos generaciones de derechos anteriores, en términos de su condición individual, y donde tienen que ver conceptos fundamentales como el desarrollo humano y las seguridades humanas.
Ellas tienen íntima relación con lo que será el establecimiento de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, donde los gobiernos del mundo, con o sin convicciones compartidas sobre los aspectos fundamentales de ordenamiento social, económico y político, fueron capaces de hacer enunciados que establecieron una dimensión sobre lo que solidariamente debía ser entendido por todos los gobiernos y todos los pueblos, como derechos fundamentales de las personas, de los individuos humanos.
De este modo, el principio de solidaridad queda establecido taxativamente en su artículo primero, al expresar. “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Y luego agrega, en su segundo artículo, que “Toda persona tiene todos los derechos y libertades (…) sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.
Es un conjunto formado por treinta artículos que debieran ser parte de un estudio sistemático en los colegios, porque son consensos humanos que debieran de ser obligación de todo proceso de formación humana. Cuando ello sea parte sistémica de los procesos de educación, seguramente aseguraremos una sociedad mejor, un mundo mejor y un destino humano más seguro y más pleno, de ejercicio efectivo de Humanidad.
En ese articulado, está señalado uno de los aspectos fundamentales que están presente en el interés de esta exposición: los derechos de conciencia. Y ello tiene que ver mucho más que con el enunciado de la libertad de conciencia, que se proclamara en 1879: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.
Sin duda, la definición de la conciencia está atravesada por distintas variables del conocimiento humano, y por distintas comprensiones que tienen que ver con aspectos que muchas veces están más allá de lo esencialmente lingüístico, sin embargo, creo que todos podemos estar de acuerdo que la conciencia tiene que ver con el reconocer nuestro existir, reconocer nuestro vivir, y establecer nuestra ubicación en el medio en que transcurrimos como un ser vivo. Ello implica asumir los espacios en que cada uno se desenvuelve, y como nos inter-relacionamos con los demás seres vivos y con el medio en que ocurre nuestro vivir. Y ese medio puede ser material o espiritual, y cuando digo espiritual me refiero a todo lo que deviene del ámbito de los conceptos y de los sentires, de cómo percibimos e interpretamos la realidad de la que somos parte, de su historicidad y de su perspectiva de futuro.
Y en ese ámbito personalísimo, individual, es donde ocurren fenómenos que afectan profundamente a los seres humanos, y es donde se construye todo fundamento de la libertad. Es cierto que la libertad es un hecho social por excelencia, pero esa realización social, colectiva, no es posible sin que la libertad de la conciencia esté garantizada de manera efectiva en todo el proceso de crecimiento y desarrollo de la conciencia. Y aquí está focalizado uno de los problemas fundamentales de toda sociedad o toda comunidad, cual es la comprensión común sobre el derecho de conciencia, especialmente cuando hay aspectos determinantes en el hacer colectivo, que tienden a limitar o condicionar su ejercicio.
A través de la discusión sobre los factores inhibidores de la libertad de conciencia, y como ellos llegan a ser determinantes en la realidad social, es que viene a expresarse la necesidad de que las distintas concepciones de conciencia, manifestadas en ideas sobre la vida y la organización social, estén alejadas de las estructuras que la sociedad humana crea para su dirección y administración.
Una de las consecuencias de la primera generación de derechos humanos del hombre, fue establecer los derechos políticos, y la forma adecuada de garantizar las estructuras de poder que políticamente permitieran que la sociedad tuviera la certeza de que ellas estaban a su servicio. Así es como surge la estructuración del Estado moderno, sustentado en la existencia de tres poderes del Estado – uno que administra y ejecuta las políticas públicas, otro que legisla, y otro que ejerce la administración de justicia -, y en la generación democrática de las autoridades y de los representantes del pueblo. La democracia viene a ser así el canal activo de participación del pueblo para ir determinando el curso de la sociedad hacia la satisfacción de sus necesidades y garantizar los derechos y libertades de las personas.
Y en ese proceso democrático, pronto fue posible advertir que había factores incidentes que podían producir graves distorsiones, cuando determinadas opciones de conciencia estructuradas como opciones de poder, tomaban el control del Estado o pretendían tomarlo, en beneficio de sus intereses o simplemente con el fin de imponer sus conceptos como factores determinantes en el orden social y político. De allí que surgiera la necesidad de propender hacia la laicización del Estado, como una necesidad inevitable que garantizara que las estructuras de poder que rigen a las sociedades no estuvieran sujetas al interés particular de una creencia o una forma exclusiva de interpretar la vida y la realidad.
Esa disposición o esa forma de comprender la liberación del Estado y las políticas públicas, en su autonomía respecto de las distintas concepciones de fe o creencias sobre la realidad, es la laicidad y la doctrina que la promueve es el laicismo. De este modo, no solo para el ejercicio de los derechos de conciencia viene a ser determinante la democracia, como espacio donde se conjugan las distintas opciones de conciencia, sino también se requiere la laicidad como la práctica que permite que ninguna opción de conciencia instrumentalice las estructuras de poder para imponer sus opciones al resto de la sociedad.
El anteriormente citado, Edgar Morin, dice al respecto que: “La democracia y la laicidad otorgan al ciudadano el derecho de fiscalizar sobre la ciudad y sobre el mundo. El examen y la opinión le son permitidos, y hasta demandados, sobre lo que ha dejado de ser sagrado: la conducción de los asuntos públicos y la reflexión sobre su destino” .
Viene a ser importante también, entonces, además de que haya libertad, de que haya derechos de conciencia consagrados, de que exista una condición de laicidad en las estructuras del Estado, que sirva para impedir que determinadas opciones de fe se conviertan en un obstáculo para la libertad y para los derechos de conciencia.
El soporte de la educación en la conquista de la libertad.
Es probable que no haya generación de la Humanidad, en los últimos 100 años o más, que no haya experimentado un debate profundo sobre el rol que cumple la educación en una sociedad determinada. Sin embargo, ninguno de esos debates ha considerado hipotéticamente que la educación no pudiera estar involucrada en el proceso de formación de la conciencia de los niños y jóvenes. Esto porque, impartir conocimiento, cualquiera que sea la profundidad y alcance del proceso educacional y de los contenidos involucrados, siempre será un factor coadyuvante a procesos formativos de conciencia, y lo que será siempre motivo de debate será el contenido, la forma y los objetivos específicos, de allí que siempre la educación aparezca en crisis en las distintas realidades en que el debate sobre la educación sea abordado, en cualquier lugar y tiempo en que ese debate se produzca.
La conciencia humana, sin embargo, existe más allá de todo proceso educacional, y mucho antes que este empiece y se haga efectivo. La conciencia del vivir existe al margen de todo acto educativo formal. Sin embargo, el acto de instruir, el acto de educar, más allá de cualquier enseñanza – es decir, en el sentido de establecer enseñas referenciales y determinantes -, está asociado a la condición más básica del vivir y de realización de toda especie. Muchas veces nos maravillamos ante escenas de televisión, donde un pequeño vástago del reino animal es inducido por la hembra o macho que lo parió o lo empolló, hacia los primeros movimientos hacia su adultez. Eso es parte del vivir.
Hay muchos seres humanos que jamás pisaron la escuela, pero llegaron a dimensionarse en alguna etapa importante de la aventura humana a través de los tiempos. La libertad no necesariamente, en consecuencia, está asociada a un proceso formativo específico. El hombre, como individuo, puede tener conciencia de sí mismo, del medio en que vive y de su libertad, sin haber aprendido una letra del abecedario.
Sin embargo, la realidad nos ha enseñado que la educación es fundamental para el proceso de formación de conciencia que tiene que ver con lo colectivo, y por lo tanto con la propia evolución de la especie. Tiene que ver con la formación de la cultura, como espacio de desarrollo de la condición humana. Sin educación, por cierto, el ser humano estaría probablemente aún en su etapa pastoril más esencial, o tal vez antes que ello. Es cuando el hombre como especie entiende que es capaz de generar conocimiento y ese conocimiento es transmisible a través de procesos educativos, es cuando comienza la epopeya de su historia a través de los tiempos.
Hoy día es muy difícil no comprender la importancia de la educación, sino como un proceso de formación de conciencia. Es que sin conocimiento no hay posibilidad de comprender la dimensión humana en toda su envergadura, y el gran debate y las grandes discusiones que se abren históricamente en nuestra sociedad nacional, cada cierto tiempo, tienen que ver precisamente con la calidad y el alcance de la educación, precisamente porque es la que permite que la oportunidad de la toma de conciencia, a través del conocimiento, tenga el mismo alcance para todos los niños y jóvenes de nuestro país.
Es que el conocimiento, en todo tiempo y lugar, es un arma de poder. Tener conciencia es tener también conocimiento, y el conocimiento que el proceso educacional incorpora, es lo que permite transformar la realidad y controlar las variables que permiten la transformación de la realidad. La educación, siendo un proceso colectivo, social, construye lazos, articula comprensiones comunes, asocia, legitima, prepara al educando para la aventura de construir, investigar, experimentar, etc.
Y en ese contexto es donde se produce la ancestral discusión sobre que debemos enseñar, cuanto debemos enseñar, y como establecemos el derecho para que todos tengan la misma calidad formativa, más allá de su condición de origen. Las constantes denuncias y debates sobre la equidad en nuestro país, tienen como factor determinantes, precisamente, un ámbito de causas y efectos que va a contrapelo de toda esperanza de construir justicia a partir de la escuela.
Nuestra sociedad se encuentra en las antípodas de una educación que construya oportunidades iguales, que establezca condiciones de conciencia equiparables a partir de un acceso al conocimiento inclusivo e integrador. De allí que miles de educandos llegan a la mayoría de edad condenados a estar al margen de los derechos de conciencia, por un menguado conocimiento, condenados a la ignorancia del mundo en que viven y sus posibilidades, y a un destino predeterminado desde la cuna.
Hace no muchos meses, un político francés, al asumir la Presidencia de la República, destacaba la escuela como un lugar de emancipación de las conciencias: “El conocimiento, el gusto de aprender, el júbilo del descubrimiento, el sentido de la curiosidad intelectual, son tesoros a cuyo acceso la escuela tiene la misión de preparar a todas las jóvenes conciencias y a todos los niños de la Nación. La escuela, como lugar de la verdadera igualdad. Aquella de las oportunidades, aquella que no conoce más criterios de distinción que el mérito, el esfuerzo y el talento, ya que el nacimiento, la fortuna y el azar establecen jerarquías que la escuela tiene por misión, si no abolir, al menos corregir. Esta igualdad impone la justicia entre territorios: ¿cómo aceptar que un niño tenga mayores probabilidades de éxito si ha crecido aquí y no allá? La escuela es el arma de la justicia. Y la justicia es la integración social” . Es allí, señalaba ese político francés, donde se debe adquirir la libertad de conciencia, recordando la afirmación de Jean Jaurés, que la destacaba como la “libertad soberana del espíritu; esta idea de que ninguna potestad interior o exterior, que ningún poder ni dogma, debe limitar el esfuerzo perpetuo y la búsqueda perpetua de la razón humana”.
La búsqueda perpetua de la libertad y de la razón humana, comienza en la escuela, efectivamente. Es allí donde la libertad de espíritu construye su basamento, y es allí donde comienzan a alimentarse los derechos de conciencia, y donde la libertad consolida sus primeras referencias en todo individuo humano. Es allí donde se instituyen las curiosidades y las aperturas hacia la autodeterminación individual; allí se consolidan: la capacidad de aprender por sí mismo, que ya se hizo presente en la etapa más precoz, pero que debe ser estimulada para que ella se acreciente; las aptitudes problematizadoras que generan el espíritu crítico; la práctica de estrategias cognitivas (esas estrategias comportan siempre juegos entre las decisiones y acciones autónomas, por un lado, propias del individualismo natural y, por otro, las condiciones exteriores inciertas, que inhiben la autodeterminación de las personas; la invención y la creación, atributos propios del carácter no trivial de la espiritualidad humana; la posibilidad de verificar, corregir y/o eliminar el error; la consciencia reflexiva: que permite en definitiva autoexaminarse, y también autojuzgarse, autoconocerse, o autopensarse; y por último, la posibilidad de construir la consciencia moral, tanto en el plano íntimo de la ética de la conciencia frente al mundo, como en el plano exógeno de la ética con el mundo, es decir mi conciencia con las demás.
Todo ello lo aporta la escuela, cuando ella es realmente libre, cuando está determinada por una idea de libertad. De allí que nuestra comunidad nacional expresa hoy, de manera mayoritaria, el anhelo de una educación pública y gratuita, una escuela de la Nación puesta al alcance de todos, con los mismos rangos de calidad, no importando su ubicación geográfica ni los destinatarios locales del proceso educacional, y donde esfuerzos particulares como los de este Colegio y esta corporación sin fines de lucro, están llamados a seguir colaborando activamente en la enunciación de una escuela verdaderamente nacional, al servicio de todos los educandos, de manera igualitaria, no importando sino sus capacidades intelectuales y el resultado de su esfuerzo.
Y me permito reiterar el valor que tiene el aporte de instituciones educacionales como este Colegio, en el diseño de una escuela nacional, porque, aún propiciando la escuela pública y gratuita, es ficticia la eventual contradicción entre un buen sistema público de educación y la existencia de un sector no público de prestación de servicios de educación.
La condición libre de una educación basada en el pluralismo y las libertades de conciencia es impensable sin esa contribución mixta de un verdadero sistema educacional sustentado en la democracia y el laicismo, porque lo que hace la escuela pública no es excluir, sino que nivelar las oportunidades y los accesos, y, por lo tanto, sus cualidades deben ser equiparables con la escuela privada, así como sus contenidos curriculares y su calidad, para hacer efectiva la escuela nacional, la escuela del país, eliminando todo concepto de escuelas segmentadas por el ingreso familiar o por diferencias sociales.
De hecho, la historia del sur de Chile, muestra que, cuando más laico y democrático ha sido el sistema educacional, fue cuando surgieron las instituciones educacionales no fiscales como instituciones colaboradoras, producto de la iniciativa y decisión de las diversas comunidades religiosas o de colonos emigrados que construyeron sus comunidades identitarias (suizos, alemanes, franceses, etc.).
El aporte de la Masonería.
Entrando en las consideraciones finales de esta exposición, no puedo sino relacionar las ideas que he planteado, con aquella condición que me permite estar exponiendo ante esta comunidad educacional. No podría terminar mis expresiones sin señalar con honestidad que la reflexión que he realizado, la he hecho desde una comprensión ética determinada por mi pertenencia institucional. Si estoy en este podio, no es por ningún otro mérito que ser integrante de una institución chilena, que es parte constituyente de los fundamentos morales de nuestra república: la Masonería sesquicentenaria de Chile.
Es esa institución la que pone el sello que identifica en su carácter y propósito a esta corporación centenaria, que sostiene a este colegio y que orienta su esfuerzo para proveer a esta ciudad de una educación humanista y laica.
Creo que ello da mérito y me permite postular con certeza ante Uds. que el prestigio de esta corporación educacional ha sido construido con la fortaleza y prístina comprensión de los principios de la Orden Masónica chilena, que su Directorio viene a manifestar en torno a un efectivo proyecto de servicio para las necesidades educacionales de la comunidad de Talcahuano.
Y en su ya centenaria historia, la corporación, la Liga Protectora de Estudiantes, ha puesto permanentemente en evidencia su compromiso con una comprensión humanista y laica, que la Masonería ha representado en el ámbito de las instituciones espirituales y éticas de nuestra sociedad.
Efectivamente, desde nuestros orígenes como República, la Masonería ha sido un centro de unión de los hombres que, con espíritu libre, han querido generar las condiciones para tener un país donde predomine la libertad y los derechos de conciencia, expresados en libertades específicas y concretas, que tengan la virtud de ser tangibilizadas no solo en la consagración de los derechos, sino también en los procesos formativos de las conciencias, en los accesos al conocimiento, cualidad que, como hemos dicho, corresponde por esencia a la educación, como proceso, como objetivo, como institucionalidad.
En ese contexto, toda obra masónica trascendente, desde nuestros orígenes como Nación, está asociada a la educación, y ello no es fortuito. Desde los primeros esfuerzos republicanos por tener preceptores y, luego, las primeras escuelas públicas, hasta el establecimiento del derecho a la educación, llegando posteriormente hasta la formulación del Estado Docente. En todo ese proceso, nuestra Orden, a través de sus miembros, han considerado que la trilogía que he desarrollado en esta exposición – la libertad, la educación y los derechos de conciencia – es la que permite la necesaria confluencia de factores que plasman el ejercicio del libre pensamiento y la realización espiritual y material más plena de la condición humana.
La Orden Masónica ha estado siempre en ese consenso fundamental de nuestra sociedad en torno a la educación, y comprobamos que está en la esencia del sentir y pensar de nuestro país, a pesar de la propensión de las políticas de los gobiernos de los últimos 30 años a la mercantilización. A pesar de todas las pertinacias economicistas, a pesar de los absolutismos ideológicos, a pesar de todas las dificultades por proponer modelos falaces, la gente de nuestro país sigue pensando que debe haber una educación pública, gratuita y de calidad, y que ella debe contribuir con esclarecimiento y conocimiento, para que los niños y jóvenes crezcan como personas, libres de sojuzgamientos y determinismos de conciencia, sociales, económicos o culturales.
Ello es absolutamente coherente con el proyecto de Humanidad que la Masonería propone a través de sus principios y prácticas, como contribución a un mundo dimensionado por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Así misma, se considera una escuela formadora de hombres en torno a contenidos éticos concretos, que apuntan a la construcción de una convivencia donde las virtudes de la conciencia deben ser la consecuencia natural de un proceso gradual de perfectibilidad.
La Orden Masónica viene a ser, por lo mismo, un proceso que se complementa con la educación entregada por la escuela, pero acotada a lo más profundo de la conciencia humana. Escuela y Masonería vienen a ser parte del mismo proceso de esclarecimiento que permite al hombre acceder a la verdad, al bien común y, por lo mismo, a la completud humana en los planos de la conciencia y del hacer relacional de cada día.
Inequívocamente, tengo la firme convicción de que ello es lo que se expresa en este proyecto educacional, que tiene ya 101 años, iniciado con la formación de la Liga Protectora de Estudiantes y aquella paradigmática Escuela Nocturna Camilo Henríquez, y que hoy se encuentra tan sólidamente consolidado en el Colegio Etchegoyen, y que permite mirar hacia el futuro con nuevos desafíos y profundas fortalezas. Uno de ellos es que está en desarrollo una futura señal de televisión, que abrirá espacios nuevos de desarrollo cultural hacia la comunidad de Talcahuano.
Sin duda, el sueño de quienes fundaron la Liga, personificados luego en el empuje y compromiso de Juan Bautista Etchegoyen, expresión paradigmática de esta realidad institucional educativa, y quien presidiera la Logia masónica en la cual el proyecto se sustentó por muchos años, sigue madurando con un éxito indiscutido, y los estudiantes que se congregan en sus aulas, con seguridad tienen una oportunidad que no tendrían en otros espacios educativos, en términos de lo que aporta una escuela laica y humanista.
Solo me queda expresar, al terminar mis palabras, una invocación junto a todos los miembros de la comunidad del Colegio y de la corporación, haciendo votos porque el éxito continúe coronando sus esfuerzos, y que la constancia en los mejores valores del Humanismo se sigan encarnando, expresados en virtud, en los niños y jóvenes que pasan por estas aulas, abriéndose paso hacia el horizonte cierto de la libertad y el saber.
Muchas gracias
lunes, 15 de octubre de 2012
miércoles, 18 de julio de 2012
Presentación del libro “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO".
"Aporte de los inmigrantes del Winnipeg en la construcción de la obra política y social de Salvador Allende”.
Sebastián Jans
Es para este comentador tremendamente motivante, concurrir esta noche, a comentar el libro de David Duque Schick, obra que ya ha tenido un recorrido en librerías y en la referencia bibliográfica de muchos lectores, y que está construido en torno a uno de los episodios de afirmación democrática más relevantes de la historia de Chile. Y digo episodio democrático, porque fue un acto, un suceso, un hecho, donde las variables más relevantes tienen que ver con la democracia, con el deseo y la voluntad de que las decisiones de las naciones, los procesos de estructuración social, los procesos que permiten construir la ciudad del hombre, tienen que ver con como los pueblos son protagonistas de la historia. Los personajes que emergen en este libro y su reconstrucción e interpretación de los hechos, recogen esa afirmación democrática. Son hombres relacionados con esa idea de que, todo lo que permite construir en sociedad, debe ser determinado por la voluntad del pueblo, y solo en la medida que esa voluntad se exprese es posible constatar la existencia de una democracia. Pero, también, es tremendamente motivador, el hacerlo en una actividad que está organizada en el contexto de la celebración de la primera década de historia de la Respetable Logia “Salvador Allende” N° 191, de mi logia por convicción, la logia a la cual pertenezco no por filiación regular y de acuerdo a las leyes masónicas, sino por los lazos del amor, del afecto, de la más pura fraternidad.
Entonces, “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO”, trabajemos la prosa en torno a esta nueva mirada, que David Duque Schick nos propone sobre el mito del Winnipeg. Y cuando digo mito, lo digo en el sentido más exacto del concepto, no desde la inferencia menoscabante que le ha dado la costumbre popular de raigambre confesional, de considerarlo como un cuento ficticio, una trivialidad. Digo mito en el sentido superior de un relato donde siempre hay una consecuencia moral, porque el relato proviene de una realidad humana, de la cual emerge una abstracción de la que podemos sacar una lección o extrapolar una consecuencia. El valor de todo mito radica ciertamente en su relato simbólico, que escapa a ciertas leyes o lógicas humanas, pero que proyectan su efecto sobre las lógicas y los lugares comunes, sobre las convenciones del hacer social, y que da cuenta del efecto que puede tener el simbolismo en la cotidianidad de lo humano, ligando y religando lo universal y lo individual, lo ignoto y lo cotidiano del existir. En ese contexto, la inmigración española derivada de la derrota de la II República Española, tiene todos los componentes míticos para ser validada como uno de los grandes referentes morales, que deja a todos los pueblos la enseñanzas necesaria para abordar los desafíos de la democracia, es decir, aquella condición política que permite que se exprese la voluntad popular. Y es un mito, o un relato ejemplar, primero porque deviene, precisamente, de un mito mayor, cual es la II República. Y es un mito que se relaciona con otro mito mayor, otro relato ejemplar, cual es la lucha del pueblo chileno por la profundización democrática. Y como en todos los grandes mitos de la historia humana, hay personajes determinantes y consecuenciales, hay tragedias, está la exaltación del drama, está el ejemplo, la enseñanza, y todo el cúmulo de grandezas y bajezas que la naturaleza humana transmite y permea a los dioses, sean o no del Olimpo.
Pensemos en los grandes personajes de acá y acullá. El mito chileno y sus héroes: Pedro Aguirre Cerda y Salvador Allende. Su gran propósito: profundizar la democracia chilena, no solo en el contexto de las formas institucionales, sino como la manifestación del esfuerzo de todos los chilenos para ser incorporados a la condición de ciudadanos, es decir, hombres con derechos y deberes iguales, chilenos con las mismas oportunidades, con los mismos accesos, con el mismo valor humano. Junto a ellos, una figura que expresa lo más sublime del encuentro del lenguaje de una América Morena con su ancestro colonial, a través de la creación y la sublimación estética, Pablo Neruda, con las contradicciones típicas del ser chileno, un poeta chileno que adopta un apellido checo – nada más distante de nuestra cotidianidad -, y con las cualidades y virtudes que da la relacionalidad basada en la palabra, sea esta en prosa o en verso. El libro que comentamos, precisamente, nos muestra esos encuentros, corporizados en nombres de la mayor alcurnia literaria, de las generaciones de creadores de los primeros cuarenta años de la historia española del siglo XX, y para todos los siglos, padres espirituales del mito español republicano. El acullá también tuvo sus héroes: el obrero estucador que llegó a Presidente de la II República, Francisco Largo Caballero; ese pulcro intelectual y excelso orador republicano que fue Manuel Azaña, el más representativo de los Presidentes republicanos; el hijo de un albañil e incansable hombre de imprenta Diego Martínez Barrios, Presidente también; entre la medicina y la ciencia, incursionó en la política el controvertido Juan Negrin, Presidente del desenlace; y junto a ellos, toda esa enorme conciencia de España, constituida por nombres luminosos, míticos, titanes del verbo y la conjugación gramatical, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Vicente Alexaindre, Rafael Alberti, Antonio Machado, vinculados a Neruda, y otros que no, como Miguel de Unamuno, que a veces quería la república, pero la desquería por sus excesos, para volver a quererla y a desquererla. Junto a ellos otros múltiples héroes y heroínas. Un panteón demasiado extenso para traerlos todos a colación en estos breves minutos. “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO”, tiene la virtud de traernos no solo componentes del mito de la inmigración y sus trágicas causales, sino que también nos trae el ritmo y la constancia de la épica popular.
Uno de los grandes temas sociológicos, psicológicos, éticos y estéticos, que marcan la historia humana está dimensionado por la épica popular. Ello no es sino consecuencia del mito, porque no hay traducción de lo mítico a la realidad, si ella no está construida en la afirmación humanamente heroica del relato que construye la razón y la sinrazón de los seres humanos. En el último tiempo, en una instancia masónica en particular, he estado tratando de retomar ciertas epopeyas de la épica popular, a través de la exploración estética de la música, y como la estética viene a reflejar la ética de las construcciones culturales, que surgen de los relatos socio-políticos en torno a las ideas de libertad, de igualdad y de fraternidad. La creación humana es consecuencia de su historicidad, y lo que produce la II República española alcanza niveles inconmensurables.
El libro de David Duque Schick creo que es una notable contribución a la afirmación del relato histórico y mítico de la tragedia española, a partir de su conexión con la evolución de relato allendiano, como mito social y político que sostiene la afirmación democrática de raigambre popular en la historia transcurrida y por transcurrir de Chile. Es la conexión del mito de acá y de acullá, y las incumbencias de las enseñanzas que dejan los errores humanos en la consecuencia política. Españoles y chilenos, aún vocean la consigna “El pueblo unido jamás será vencido”. Es la mejor enseñanza que puede dejar la convergencia de esos dos grandes mitos e historias: la II República Española y la muerte de Salvador Allende en el asalto golpista al Palacio de los Presidentes de la República de Chile. Ambos momentos de la Humanidad, que han marcado la conciencia de los hombres que aman la libertad, donde la legalidad y constitucionalidad democrática terminan bajo la lógica de las botas militares y el genocidio.
La enseñanza que dejan ambos relatos, es que los dioses, los semi-dioses, los héroes y titanes de ambas tragedias, fueron presas de tantas mortales pasiones como la de sus antecesores griegos, y lo que señala el carácter de los hechos está en las antípodas de aquella consigna: “El pueblo unido jamás será vencido”. Obviamente, la contradicciones, los antagonismos, las pre-eminencia de algunos por sobre otros, la falta de unidad y coherencia con el proyecto político, son las causas que pavimentaron la tragedia. “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO”, no pretende indagar en las enseñanzas que dejan ambos procesos, sino que retoma el mito del Winnipeg, en la exacta perspectiva de la épica popular, en el relato humano y democrático, en el legado societario y político. Y uno no puede dejar de vibrar íntimamente, emocionalmente, – no podría hacerlo -, cuando reconstruye los momentos de la travesía y las canciones que acompañaban a los pasajeros, y no podemos dejar de imaginar a sus pasajeros, al término de la travesía, cantando el “Himno de Riego”, el Himno de la República, cuando descendían por las escalinatas del barco mítico.
Y el lector puede seguir los trazos de la historia de Salvador Allende, no como una incursión historiográfica, sino como consecuencia de un relato vinculado a la épica popular. Y cada capítulo del libro se dimensiona en el carácter de la construcción y reconstrucción del relato épico, porque premeditadamente, cada uno de sus capítulos parte de un diálogo que se vincula en la forma y el propósito con los mitos que forman los decires y las comprensiones de la trascendencia de Allende. Creo que lo que quiso decir David Duque Schick, lo ha dicho claramente en su libro. La coherencia con su propósito está en el libro. Sin embargo, esta confluencia de los mitos tiene otros alcances, u otros actores. Y no puedo dejar de mencionarlo, ya que aquellos también tienen incumbencia con el relato popular y las significancias de la II República Española para la apuesta de reconstrucción republicana que el movimiento popular pretendió para Chile, desde Pedro Aguirre Cerda hasta Salvador Allende.
En ese contexto, no puedo dejar de considerar al grupo de intelectuales asilados en la Embajada de Chile en Madrid, que un día llegaría a nuestro país, para dejar tanto de su aporte a la cultura nacional: los hermanos Tarragó, los hermanos de Antonio Marchado, Antonio Rodríguez Romera y su esposa Adela, Vicente Mengod, Juan Guixé, Isidro Corbinos, Carlos Baraibar, Darío Carmona y Ramón Suárez Picallo. Y otros que llegaron por distintos medios, entre los que se encuentra el nombre solemne de José Ferrater Mora. Y entre todos aquellos que no llegaron en el Winnepeg, entra a tallar la figura de uno de los exiliados españoles que más admiro, Antonio de Lezama y González del Campillo. Junto a Penélope Ramírez, una joven historiadora española de La Rioja, hemos sido quienes más hemos aportado al posicionamiento histórico de este gran intelectual español, que tuvimos el privilegio de tener en Chile durante su exilio, y que también está inscrito dentro del aporte exiliar republicano español a la obra política y social de Salvador Allende.
Y aquí viene un detalle que no podemos dejar de considerar, en estas apreciaciones sobre el libro de este autor español, “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO”. Estamos en una casa masónica, y en el momento de diversos actos de celebración del aniversario de una Logia Masónica, que lleva el nombre de Salvador Allende, que en el plano de su identidad y naturaleza, trabaja precisamente por la preservación constructiva de la obra social y política de su patronímico en los ámbitos de los universos iniciáticos. El exilio republicano tuvo distintas variables que considerar, tal como las concurrencias a lo que fue ese enorme esfuerzo de hacer de España una República. Hubo partidos políticos, hubo organizaciones sociales, hubo organizaciones que representaron la espiritualidad de la sociedad civil. Lo propio ocurre con el movimiento popular que se expresa entre Aguirre Cerda y Allende. Tal pues que, la II República Española, la República Chilena, el exilio republicano español y Salvador Allende, tienen en común en sus raíces y en su trayectoria, la presencia espiritual y ética de la Masonería.
Quienes han estudiado el proceso de constitución y vigencia de la II República, desde el punto de vista de la presencia masónica, han señalado que tuvieron la calidad de masones 17 ministros, 5 subsecretarios, 15 directores generales, 183 diputados de Cortes (casi un 40% del total), 5 embajadores, 9 generales de división y 12 generales de brigada, sin considerar a los intelectuales, profesionales y políticos regionales que trabajaron por el afianzamiento y éxito de la II República. Entre aquellos hombres de primera línea, en el liderazgo y la conducción, se destacan Manuel Azaña Díaz, Ministro de Guerra, luego Presidente del Consejo de Ministros y más tarde Presidente de la República; Alejandro Lerroux y Gracia, Ministro de Estado y luego Presidente del Consejo de Ministros; el Gran Maestro Diego Martínez Barrio, que luego sería Ministro de Comunicaciones, de Guerra y de Gobernación, y que ejercerá también la Presidencia; Fernando de los Ríos Urruti, Ministro de Justicia, de Instrucción Pública y de Estado; Marcelino Domingo San Juan, Ministro de Instrucción Pública y de Agricultura; José Giral, Ministro de Marina; Alvaro de Albornoz Liminiana, Ministro de Fomento y de Justicia y presidente del Tribunal de Garantías Constitucionales; etc. Y así como llegaron a Chile exiliados comunistas, socialistas, liberales de izquierda, que buscaron su canal de identificación en Chile, no fue extraño entonces, que hubiese españoles republicanos y masones que llegaran hasta nuestro territorio.
Desde luego, el más relevante fue Antonio de Lezama, que llegó a ocupar un cargo de Gran Oficial de la Gran Logia de Chile, es decir, fue parte del gobierno superior de la Masonería Chilena. El otro que llegaría a un nivel homologable, aunque fue iniciado en Chile, fue David Firmas Gil, nacido en Barcelona en 1916, pasajero del “Winnipeg”, iniciado en la Logia “América” # 86, en 1951, y quien llegaría a ser miembro titular del Supremo Consejo del Grado XXXIII para la República de Chile, ejerciendo el alto cargo de Gran Canciller. Hay uno de sus escritos que narra la travesía y los sentimientos que le albergaron al llegar a Chile e iniciar en este suelo la reconstrucción de su vida. De Antonio de Lezama y David Firmas, se han hecho reivindicaciones importantes en la Masonería Chilena, aun cuando creo que queda mucho por hacer, por lo cual aprovecharé esta ocasión para hacer cuatro reivindicaciones que son más que necesarias.
En primer lugar, quiero recordar a ese gran republicano que fue Cesáreo Vázquez Ambrós, que nos dejó un pequeño pero significativo libro “La Masonería y la Guerra de España”, que recoge dos conferencias dictadas en el seno de la Masonería Chilena, a instancias de la Respetable Logia “Unión Fraternal” N° 1. Nacido en Los Santos, Badajoz, llegó tempranamente al norte de Chile, huyendo de la dictadura de Primo de Rivera. Fue iniciado masón en la Respetable Logia “Unión y Cultura” N° 14 de Antofagasta. De ella se retiró en 1934, marchando a su país natal, para estar en la primera línea de la lucha por la democracia y la libertad. Regresaría como un exiliado, para contarle a los masones chilenos la tragedia de la República y como las democracias de Europa le dieron vuelta la espalda. De Vázquez Ambrós diría el propio Antonio de Lezama: “es, en esencia y presencia, un español que podrá estar o no estar en la patria, pero en quien esta se encuentra hondamente enraizada en la médula o en la corteza”.
En segundo lugar, quiero destacar la figura de Jesús García Álvarez, obrero madrileño, que ejercería en Chile como vendedor viajero, quien sería iniciado en Chile en 1944, en la Respetable Logia “Iberia” N° 51. En 1953 es miembro fundador de la Logia “Plus Ultra” # 98 de la cual llegaría a ser su Venerable Maestro cinco años después. Posteriormente, en 1977 será miembro fundador de la Logia “Constructores” # 141, mi Logia Madre, a la cual perteneció hasta pasar a decorar el Oriente Eterno. Le conocí antes de ser masón, en los años en que en nuestro país imperaba la dictadura, y él participaba en uno de los grupos socialistas que trataban de rearticular la organización partidaria en la clandestinidad. Falleció en 1982, cuando aún no se vislumbraba el comienzo del fin de la dictadura.
El tercero fue Arnoldo Maynadé Mateos, imprentero, iniciado en la Logia “Inmortalidad” # 18 de Barcelona, quien llegaría a ser Venerable Maestro de la Logia chilena “Iberia” # 51. Aún se recuerda su paso por la Masonería Chilena y especialmente en su logia.
Y por último, Sigfrido Blasco Ibáñez, nacido en Valencia, dueño de una librería en el barrio de la Estación Central de Santiago, iniciado en Chile, en la logia “Prometeo” # 101, en 1962, en la cual obtendría los siguientes grados simbólicos. Era hermano menor del escritor y político valenciano Vicente Blasco Ibáñez (republicano y masón). La cultura de aquel esforzado español, aún vive en el recuerdo de muchos viejos masones que le conocieron y trataron. Otros no pudieron llegar.
Un republicano como Vázquez Ambrós, que vivía en Chile, y que partió a defender la República, José Carro, miembro de la Respetable Logia “Iberia” N° 51, fue amarrado a una reja de una calle en Huelva, donde se le sometió a múltiples suplicios, para que delatara a otros masones, hasta morir sin que de sus labios saliera nombre alguno. Son las múltiples historias que el tiempo no debe dejar morir, porque son parte d este gran relato universal, que se llama la lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Estimado, señor Duque.
El Chile democrático, el Chile republicano, el Chile de siempre, debe agradecer su aporte a la reconstrucción histórica de lo que han sido las luchas por la democracia y el anhelo de un mundo fundado en la legalidad y en tránsito pacífico hacia los cambios de garanticen la igualdad de derechos y oportunidades, que la República Española y el movimiento popular liderado por Allende. Son dos procesos unidos simbólicamente por el “Winnipeg”, pero que en la sangre y en la piel de sus hombres, y en todo el alcance de su relato, corresponden a una misma voluntad de humanización del existir de los hombres. Muchas gracias, señor Duque por la obra realizada. Venerable Maestro y QQ:. HH:. de la Respetable Logia “Salvador Allende” N° 191, como siempre, agradezco el privilegio y quedo fraternamente a vuestra disposición. Muchas Gracias.
Sebastián Jans
Es para este comentador tremendamente motivante, concurrir esta noche, a comentar el libro de David Duque Schick, obra que ya ha tenido un recorrido en librerías y en la referencia bibliográfica de muchos lectores, y que está construido en torno a uno de los episodios de afirmación democrática más relevantes de la historia de Chile. Y digo episodio democrático, porque fue un acto, un suceso, un hecho, donde las variables más relevantes tienen que ver con la democracia, con el deseo y la voluntad de que las decisiones de las naciones, los procesos de estructuración social, los procesos que permiten construir la ciudad del hombre, tienen que ver con como los pueblos son protagonistas de la historia. Los personajes que emergen en este libro y su reconstrucción e interpretación de los hechos, recogen esa afirmación democrática. Son hombres relacionados con esa idea de que, todo lo que permite construir en sociedad, debe ser determinado por la voluntad del pueblo, y solo en la medida que esa voluntad se exprese es posible constatar la existencia de una democracia. Pero, también, es tremendamente motivador, el hacerlo en una actividad que está organizada en el contexto de la celebración de la primera década de historia de la Respetable Logia “Salvador Allende” N° 191, de mi logia por convicción, la logia a la cual pertenezco no por filiación regular y de acuerdo a las leyes masónicas, sino por los lazos del amor, del afecto, de la más pura fraternidad.
Entonces, “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO”, trabajemos la prosa en torno a esta nueva mirada, que David Duque Schick nos propone sobre el mito del Winnipeg. Y cuando digo mito, lo digo en el sentido más exacto del concepto, no desde la inferencia menoscabante que le ha dado la costumbre popular de raigambre confesional, de considerarlo como un cuento ficticio, una trivialidad. Digo mito en el sentido superior de un relato donde siempre hay una consecuencia moral, porque el relato proviene de una realidad humana, de la cual emerge una abstracción de la que podemos sacar una lección o extrapolar una consecuencia. El valor de todo mito radica ciertamente en su relato simbólico, que escapa a ciertas leyes o lógicas humanas, pero que proyectan su efecto sobre las lógicas y los lugares comunes, sobre las convenciones del hacer social, y que da cuenta del efecto que puede tener el simbolismo en la cotidianidad de lo humano, ligando y religando lo universal y lo individual, lo ignoto y lo cotidiano del existir. En ese contexto, la inmigración española derivada de la derrota de la II República Española, tiene todos los componentes míticos para ser validada como uno de los grandes referentes morales, que deja a todos los pueblos la enseñanzas necesaria para abordar los desafíos de la democracia, es decir, aquella condición política que permite que se exprese la voluntad popular. Y es un mito, o un relato ejemplar, primero porque deviene, precisamente, de un mito mayor, cual es la II República. Y es un mito que se relaciona con otro mito mayor, otro relato ejemplar, cual es la lucha del pueblo chileno por la profundización democrática. Y como en todos los grandes mitos de la historia humana, hay personajes determinantes y consecuenciales, hay tragedias, está la exaltación del drama, está el ejemplo, la enseñanza, y todo el cúmulo de grandezas y bajezas que la naturaleza humana transmite y permea a los dioses, sean o no del Olimpo.
Pensemos en los grandes personajes de acá y acullá. El mito chileno y sus héroes: Pedro Aguirre Cerda y Salvador Allende. Su gran propósito: profundizar la democracia chilena, no solo en el contexto de las formas institucionales, sino como la manifestación del esfuerzo de todos los chilenos para ser incorporados a la condición de ciudadanos, es decir, hombres con derechos y deberes iguales, chilenos con las mismas oportunidades, con los mismos accesos, con el mismo valor humano. Junto a ellos, una figura que expresa lo más sublime del encuentro del lenguaje de una América Morena con su ancestro colonial, a través de la creación y la sublimación estética, Pablo Neruda, con las contradicciones típicas del ser chileno, un poeta chileno que adopta un apellido checo – nada más distante de nuestra cotidianidad -, y con las cualidades y virtudes que da la relacionalidad basada en la palabra, sea esta en prosa o en verso. El libro que comentamos, precisamente, nos muestra esos encuentros, corporizados en nombres de la mayor alcurnia literaria, de las generaciones de creadores de los primeros cuarenta años de la historia española del siglo XX, y para todos los siglos, padres espirituales del mito español republicano. El acullá también tuvo sus héroes: el obrero estucador que llegó a Presidente de la II República, Francisco Largo Caballero; ese pulcro intelectual y excelso orador republicano que fue Manuel Azaña, el más representativo de los Presidentes republicanos; el hijo de un albañil e incansable hombre de imprenta Diego Martínez Barrios, Presidente también; entre la medicina y la ciencia, incursionó en la política el controvertido Juan Negrin, Presidente del desenlace; y junto a ellos, toda esa enorme conciencia de España, constituida por nombres luminosos, míticos, titanes del verbo y la conjugación gramatical, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Vicente Alexaindre, Rafael Alberti, Antonio Machado, vinculados a Neruda, y otros que no, como Miguel de Unamuno, que a veces quería la república, pero la desquería por sus excesos, para volver a quererla y a desquererla. Junto a ellos otros múltiples héroes y heroínas. Un panteón demasiado extenso para traerlos todos a colación en estos breves minutos. “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO”, tiene la virtud de traernos no solo componentes del mito de la inmigración y sus trágicas causales, sino que también nos trae el ritmo y la constancia de la épica popular.
Uno de los grandes temas sociológicos, psicológicos, éticos y estéticos, que marcan la historia humana está dimensionado por la épica popular. Ello no es sino consecuencia del mito, porque no hay traducción de lo mítico a la realidad, si ella no está construida en la afirmación humanamente heroica del relato que construye la razón y la sinrazón de los seres humanos. En el último tiempo, en una instancia masónica en particular, he estado tratando de retomar ciertas epopeyas de la épica popular, a través de la exploración estética de la música, y como la estética viene a reflejar la ética de las construcciones culturales, que surgen de los relatos socio-políticos en torno a las ideas de libertad, de igualdad y de fraternidad. La creación humana es consecuencia de su historicidad, y lo que produce la II República española alcanza niveles inconmensurables.
El libro de David Duque Schick creo que es una notable contribución a la afirmación del relato histórico y mítico de la tragedia española, a partir de su conexión con la evolución de relato allendiano, como mito social y político que sostiene la afirmación democrática de raigambre popular en la historia transcurrida y por transcurrir de Chile. Es la conexión del mito de acá y de acullá, y las incumbencias de las enseñanzas que dejan los errores humanos en la consecuencia política. Españoles y chilenos, aún vocean la consigna “El pueblo unido jamás será vencido”. Es la mejor enseñanza que puede dejar la convergencia de esos dos grandes mitos e historias: la II República Española y la muerte de Salvador Allende en el asalto golpista al Palacio de los Presidentes de la República de Chile. Ambos momentos de la Humanidad, que han marcado la conciencia de los hombres que aman la libertad, donde la legalidad y constitucionalidad democrática terminan bajo la lógica de las botas militares y el genocidio.
La enseñanza que dejan ambos relatos, es que los dioses, los semi-dioses, los héroes y titanes de ambas tragedias, fueron presas de tantas mortales pasiones como la de sus antecesores griegos, y lo que señala el carácter de los hechos está en las antípodas de aquella consigna: “El pueblo unido jamás será vencido”. Obviamente, la contradicciones, los antagonismos, las pre-eminencia de algunos por sobre otros, la falta de unidad y coherencia con el proyecto político, son las causas que pavimentaron la tragedia. “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO”, no pretende indagar en las enseñanzas que dejan ambos procesos, sino que retoma el mito del Winnipeg, en la exacta perspectiva de la épica popular, en el relato humano y democrático, en el legado societario y político. Y uno no puede dejar de vibrar íntimamente, emocionalmente, – no podría hacerlo -, cuando reconstruye los momentos de la travesía y las canciones que acompañaban a los pasajeros, y no podemos dejar de imaginar a sus pasajeros, al término de la travesía, cantando el “Himno de Riego”, el Himno de la República, cuando descendían por las escalinatas del barco mítico.
Y el lector puede seguir los trazos de la historia de Salvador Allende, no como una incursión historiográfica, sino como consecuencia de un relato vinculado a la épica popular. Y cada capítulo del libro se dimensiona en el carácter de la construcción y reconstrucción del relato épico, porque premeditadamente, cada uno de sus capítulos parte de un diálogo que se vincula en la forma y el propósito con los mitos que forman los decires y las comprensiones de la trascendencia de Allende. Creo que lo que quiso decir David Duque Schick, lo ha dicho claramente en su libro. La coherencia con su propósito está en el libro. Sin embargo, esta confluencia de los mitos tiene otros alcances, u otros actores. Y no puedo dejar de mencionarlo, ya que aquellos también tienen incumbencia con el relato popular y las significancias de la II República Española para la apuesta de reconstrucción republicana que el movimiento popular pretendió para Chile, desde Pedro Aguirre Cerda hasta Salvador Allende.
En ese contexto, no puedo dejar de considerar al grupo de intelectuales asilados en la Embajada de Chile en Madrid, que un día llegaría a nuestro país, para dejar tanto de su aporte a la cultura nacional: los hermanos Tarragó, los hermanos de Antonio Marchado, Antonio Rodríguez Romera y su esposa Adela, Vicente Mengod, Juan Guixé, Isidro Corbinos, Carlos Baraibar, Darío Carmona y Ramón Suárez Picallo. Y otros que llegaron por distintos medios, entre los que se encuentra el nombre solemne de José Ferrater Mora. Y entre todos aquellos que no llegaron en el Winnepeg, entra a tallar la figura de uno de los exiliados españoles que más admiro, Antonio de Lezama y González del Campillo. Junto a Penélope Ramírez, una joven historiadora española de La Rioja, hemos sido quienes más hemos aportado al posicionamiento histórico de este gran intelectual español, que tuvimos el privilegio de tener en Chile durante su exilio, y que también está inscrito dentro del aporte exiliar republicano español a la obra política y social de Salvador Allende.
Y aquí viene un detalle que no podemos dejar de considerar, en estas apreciaciones sobre el libro de este autor español, “DESDE EL SILENCIO, VERSO A VERSO”. Estamos en una casa masónica, y en el momento de diversos actos de celebración del aniversario de una Logia Masónica, que lleva el nombre de Salvador Allende, que en el plano de su identidad y naturaleza, trabaja precisamente por la preservación constructiva de la obra social y política de su patronímico en los ámbitos de los universos iniciáticos. El exilio republicano tuvo distintas variables que considerar, tal como las concurrencias a lo que fue ese enorme esfuerzo de hacer de España una República. Hubo partidos políticos, hubo organizaciones sociales, hubo organizaciones que representaron la espiritualidad de la sociedad civil. Lo propio ocurre con el movimiento popular que se expresa entre Aguirre Cerda y Allende. Tal pues que, la II República Española, la República Chilena, el exilio republicano español y Salvador Allende, tienen en común en sus raíces y en su trayectoria, la presencia espiritual y ética de la Masonería.
Quienes han estudiado el proceso de constitución y vigencia de la II República, desde el punto de vista de la presencia masónica, han señalado que tuvieron la calidad de masones 17 ministros, 5 subsecretarios, 15 directores generales, 183 diputados de Cortes (casi un 40% del total), 5 embajadores, 9 generales de división y 12 generales de brigada, sin considerar a los intelectuales, profesionales y políticos regionales que trabajaron por el afianzamiento y éxito de la II República. Entre aquellos hombres de primera línea, en el liderazgo y la conducción, se destacan Manuel Azaña Díaz, Ministro de Guerra, luego Presidente del Consejo de Ministros y más tarde Presidente de la República; Alejandro Lerroux y Gracia, Ministro de Estado y luego Presidente del Consejo de Ministros; el Gran Maestro Diego Martínez Barrio, que luego sería Ministro de Comunicaciones, de Guerra y de Gobernación, y que ejercerá también la Presidencia; Fernando de los Ríos Urruti, Ministro de Justicia, de Instrucción Pública y de Estado; Marcelino Domingo San Juan, Ministro de Instrucción Pública y de Agricultura; José Giral, Ministro de Marina; Alvaro de Albornoz Liminiana, Ministro de Fomento y de Justicia y presidente del Tribunal de Garantías Constitucionales; etc. Y así como llegaron a Chile exiliados comunistas, socialistas, liberales de izquierda, que buscaron su canal de identificación en Chile, no fue extraño entonces, que hubiese españoles republicanos y masones que llegaran hasta nuestro territorio.
Desde luego, el más relevante fue Antonio de Lezama, que llegó a ocupar un cargo de Gran Oficial de la Gran Logia de Chile, es decir, fue parte del gobierno superior de la Masonería Chilena. El otro que llegaría a un nivel homologable, aunque fue iniciado en Chile, fue David Firmas Gil, nacido en Barcelona en 1916, pasajero del “Winnipeg”, iniciado en la Logia “América” # 86, en 1951, y quien llegaría a ser miembro titular del Supremo Consejo del Grado XXXIII para la República de Chile, ejerciendo el alto cargo de Gran Canciller. Hay uno de sus escritos que narra la travesía y los sentimientos que le albergaron al llegar a Chile e iniciar en este suelo la reconstrucción de su vida. De Antonio de Lezama y David Firmas, se han hecho reivindicaciones importantes en la Masonería Chilena, aun cuando creo que queda mucho por hacer, por lo cual aprovecharé esta ocasión para hacer cuatro reivindicaciones que son más que necesarias.
En primer lugar, quiero recordar a ese gran republicano que fue Cesáreo Vázquez Ambrós, que nos dejó un pequeño pero significativo libro “La Masonería y la Guerra de España”, que recoge dos conferencias dictadas en el seno de la Masonería Chilena, a instancias de la Respetable Logia “Unión Fraternal” N° 1. Nacido en Los Santos, Badajoz, llegó tempranamente al norte de Chile, huyendo de la dictadura de Primo de Rivera. Fue iniciado masón en la Respetable Logia “Unión y Cultura” N° 14 de Antofagasta. De ella se retiró en 1934, marchando a su país natal, para estar en la primera línea de la lucha por la democracia y la libertad. Regresaría como un exiliado, para contarle a los masones chilenos la tragedia de la República y como las democracias de Europa le dieron vuelta la espalda. De Vázquez Ambrós diría el propio Antonio de Lezama: “es, en esencia y presencia, un español que podrá estar o no estar en la patria, pero en quien esta se encuentra hondamente enraizada en la médula o en la corteza”.
En segundo lugar, quiero destacar la figura de Jesús García Álvarez, obrero madrileño, que ejercería en Chile como vendedor viajero, quien sería iniciado en Chile en 1944, en la Respetable Logia “Iberia” N° 51. En 1953 es miembro fundador de la Logia “Plus Ultra” # 98 de la cual llegaría a ser su Venerable Maestro cinco años después. Posteriormente, en 1977 será miembro fundador de la Logia “Constructores” # 141, mi Logia Madre, a la cual perteneció hasta pasar a decorar el Oriente Eterno. Le conocí antes de ser masón, en los años en que en nuestro país imperaba la dictadura, y él participaba en uno de los grupos socialistas que trataban de rearticular la organización partidaria en la clandestinidad. Falleció en 1982, cuando aún no se vislumbraba el comienzo del fin de la dictadura.
El tercero fue Arnoldo Maynadé Mateos, imprentero, iniciado en la Logia “Inmortalidad” # 18 de Barcelona, quien llegaría a ser Venerable Maestro de la Logia chilena “Iberia” # 51. Aún se recuerda su paso por la Masonería Chilena y especialmente en su logia.
Y por último, Sigfrido Blasco Ibáñez, nacido en Valencia, dueño de una librería en el barrio de la Estación Central de Santiago, iniciado en Chile, en la logia “Prometeo” # 101, en 1962, en la cual obtendría los siguientes grados simbólicos. Era hermano menor del escritor y político valenciano Vicente Blasco Ibáñez (republicano y masón). La cultura de aquel esforzado español, aún vive en el recuerdo de muchos viejos masones que le conocieron y trataron. Otros no pudieron llegar.
Un republicano como Vázquez Ambrós, que vivía en Chile, y que partió a defender la República, José Carro, miembro de la Respetable Logia “Iberia” N° 51, fue amarrado a una reja de una calle en Huelva, donde se le sometió a múltiples suplicios, para que delatara a otros masones, hasta morir sin que de sus labios saliera nombre alguno. Son las múltiples historias que el tiempo no debe dejar morir, porque son parte d este gran relato universal, que se llama la lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Estimado, señor Duque.
El Chile democrático, el Chile republicano, el Chile de siempre, debe agradecer su aporte a la reconstrucción histórica de lo que han sido las luchas por la democracia y el anhelo de un mundo fundado en la legalidad y en tránsito pacífico hacia los cambios de garanticen la igualdad de derechos y oportunidades, que la República Española y el movimiento popular liderado por Allende. Son dos procesos unidos simbólicamente por el “Winnipeg”, pero que en la sangre y en la piel de sus hombres, y en todo el alcance de su relato, corresponden a una misma voluntad de humanización del existir de los hombres. Muchas gracias, señor Duque por la obra realizada. Venerable Maestro y QQ:. HH:. de la Respetable Logia “Salvador Allende” N° 191, como siempre, agradezco el privilegio y quedo fraternamente a vuestra disposición. Muchas Gracias.
domingo, 25 de septiembre de 2011
ELOGIO FUNEBRE A RENATO VERDUGO HAZ

Sebastián Jans
(En sus exequias en el Cinerario del Parque del Recuerdo, el 24 de septiembre de 2011)
Si hemos de ponerle nombre al coraje, habría que llamarle Renato, por Renato Verdugo. Si hubiese que ponerle nombre al consecuente, habría que llamarlo Renato, por Renato Verdugo. Si hubiese que ponerle nombre al compromiso, habría que llamarlo Renato, por Renato Verdugo. Si hubiese que ponerle nombre al valor, habría que llamarlo Renato, por Renato Verdugo.
Nos convocamos hoy, consternados, ante la pérdida de un masón ejemplar, a rendirle el tributo que se merecen aquellos que han hecho carne, en sus actos y relictos, la esencialidad más pura del ideal inspirador del Maestro, que todos buscamos con serena pasión, para que nos guíe en la consecución de los más enaltecedores ideales.
Contemplamos esta urna solemne, que guarda la corporabilidad del hombre material y tangible, pero nos quedamos con lo más importante, lo más sublime y lo más trascendente: el espíritu del Maestro, porque es nuestro Maestro, éste que nos deja en nuestras constataciones del día a día, para entrar en los umbrales de lo más perenne que un hombre de principios, coherente con sus convicciones, puede dejarnos como sublime enseñanza de vida.
Conocí a Renato Verdugo Haz muy poco tiempo después de haber recibido la luz de la Iniciación. Fue a través del ciclo de foros, que se hacían en los tiempos de la dictadura, organizados por el Centro de Estudios Fundadores del Socialismo Chileno (CEFUSCH), y que tenían como escenario la Parroquia Universitaria, en Avenida Pedro de Valdivia con Francisco Bilbao. Resultaba peculiar que un grupo de masones se reuniera en un espacio religioso, pero ello obedecía a una constatación de la cual Renato nunca evadió su causalidad: para esas reflexiones democráticas, por aquellos días, había poco espacio dentro de los espacios físicos de la Masonería.
Toda aquella reflexión se hizo bajo su impulso y dirección, congregando a un grupo de dirigentes democráticos, que mes a mes, iban a entregar sus puntos de vista y permitían un amplio debate en torno a los desafíos para recuperar la democracia.
Pero, no solo era ese el esfuerzo. También estaba aquel por abrir debates postergados dentro de la Orden. Uno de esos grandes momentos masónicos de apertura, que recuerdo con mucha fuerza, fue su presentación en la Respetable Logia “Norte” N° 41, de un trabajo sobre “El momento político del año 70. La participación del masón Salvador Allende”, la primera reivindicación significativa en los templos masónicos chilenos de la figura del último Presidente Masón que nos ha gobernado. Opúsculo que, luego, publicaría en formato de libro, constituyéndose en una de las primeras referencias historiográficas masónicas de aquel gran masón y político, que luego serviría del fuente bibliográfica al periodista Juan Gonzalo Rocha, para su libro “Allende Masón”.
Pero había algo que a Renato Verdugo le dolía con mucha intensidad, y se consagró a buscar una sanación a ese dolor: trabajar por la unidad del socialismo, dividido por el entonces en fracciones irreconciliables, que poco tenían política e ideológicamente en común.
Por entonces, ya me encontraba colaborándole estrechamente en la mesa del CEFUSCH. Y Renato comprometió todo lo de si, por buscar puntos en común, sabiendo las enormes dificultades que ello implicaba. Recuerdo tres episodios sobresalientes.
El primero, aproximándose la celebración de un 19 de abril, aniversario del Partido Socialista, su oficina de calle Huérfanos fue el escenario de una conferencia de prensa, donde los masones socialistas, a través de su voz, pidieron por la unidad del socialismo, en un nivel de trascendencia que resultó insospechado, y que recogieron las crónicas de los principales diarios del país.
Pocos días después, en el Teatro Cámara Negra del barrio Bellavista, los dirigentes de las principales fracciones del socialismo, se hicieron presente en un acto de celebración del aniversario del Partido Socialista, organizado por los masones socialistas y presidido por la figura solemne de Renato, que dirigió las más sentidas palabras de conmemoración y reivindicación del socialismo en la figura de Salvador Allende.
Aquello dio la oportunidad para establecer condiciones para celebrar una significativa reunión en casa del masón Eduardo Paredes, en el barrio Pedro de Valdivia Norte, presidida por Renato, donde se hicieron presentes los principales dirigentes de las fracciones del socialismo chileno, algunas de ellas consulares, y donde descarnadamente se expusieron las diferencias y se abordaron aquellos aspectos que posibilitaban coincidencias.
Fue el momento más relevante del protagonismo político extramural de Renato, que tuve oportunidad de disfrutar y retener para la historia: había una mesa en forma de U. En el borde del frente, al medio de las dos alas, Renato, Eduardo Paredes y otro hermano que no recuerdo. En una de las alas, el almeydismo, y en la otra, el sector encabezado por Ricardo Nuñez.
Hacia atrás de los protagonistas principales, estábamos los integrantes de la mesa del CEFUSCH, tomando notas y colaborando en lo que fuese necesario: Mario Durán, Nelson Núñez y Samuel Pérez.
Al año siguiente, prefirió tomar distancia y no seguir en la primera línea, y asumimos otros la dirección del CEFUSCH. La verdad es que nunca tuvimos la convocatoria y el liderazgo necesario para seguir la obra que había iniciado Renato. Y él tuvo que retomar sus responsabilidades, con la misma dedicación de antes, con la misma intensidad y pulcritud.
Los grandes sueños de Renato se cumplieron: la dictadura terminó y el socialismo se unificó. Sin embargo, no siempre se sintió satisfecho del curso de los acontecimientos que vinieron con la democracia. Su juicio agudo percibió problemas que el tiempo terminaría por darle la razón. Como muchos, encontró que la democracia y el socialismo tenían algunas distorsiones que los condicionaban y que no cumplían las grandes expectativas que había soñado el pueblo y que eran parte de las tradiciones de la izquierda chilena.
Hace poco más de un año, a inicios de 2010, fue la última vez que tuve la ocasión de conversar con él. Fue en el momento del lanzamiento de la candidatura a Gran Maestro, del Venerable Hermano Luis Riveros. Hablamos de la política nacional y estaba muy crítico con lo que estaba pasando en el socialismo, en su nueva condición de partido opositor. Sus comentarios fueron, como siempre, apasionados pero reflexivos, transparentes y directos.
Se nos ha ido un Maestro. Un paradigma y un símbolo de una época de lucha democrática y de compromiso socialista. Se nos ha ido un referente de fortaleza y convicciones profundas. Mucho aprendimos de él, de su empeño, de su laboriosidad, de su entereza. Y lo agradecemos, y tributamos a su ejemplo vivo, porque Renato estará siempre presente en nuestros mejores recuerdos, como el artífice de un trabajar coherente con principios sólidos, con virtud, con empeñoso hacer.
A nombre del gobierno superior de la Masonería Chilena, en este momento postrero de la vida de un masón ejemplar, miembro de la Asamblea de la Gran Logia de Chile, agradezco todo lo que el venerable hermano Renato Verdugo Haz le dio a la Orden, como oficial de Logia, como Venerable Maestro, como miembro de su Asamblea, como miembro del directorio y Sub Director de la “Revista Masónica de Chile”, pero, por sobre todo, por la fortaleza de sus principios y convicciones, por la sólida contribución a la pluralidad que la práctica masónica cobija, por su firme conducta ética, y porque asumió la más sublime de las labores que corresponde a un Maestro Masón: ejercer el Magisterio de la virtud, en cada tiempo y lugar.
Pero hay también algo muy importante que la Orden debe agradecer. A mediados de los años 80, la Armada Nacional, una institución nacional prohijada por la República, optó por negar sus orígenes y a sus fundadores, y puso en su Ordenanza un artículo que prohibía a sus miembros pertenecer a organizaciones iniciáticas, esotéricas y jerarquizadas, que tenía un claro destinatario y daba muestras de una visión unilateral y excluyente de clara voluntad e intencionalidad dogmática. Solitario y luchando cuan Quijote contra los molinos de viento de la indolencia y la lenidad, Renato Verdugo Haz concurrió a Corte Suprema a presentar un recurso de protección a favor los derechos de conciencia vulnerados en aquellos que pertenecían a la Orden Masónica. Se daba el contrasentido que no podía identificar a los afectados, ya que ello implicaba que sufrirían los efectos de la Ordenanza, y ello sirvió de pretexto para que, una Corte Suprema que no fue capaz por esos años de cumplir con su deber, desechara el recurso por no identificarse a los afectados, siendo incapaz de establecer una doctrina de protección de los derechos de conciencia, que la hubiera dignificado, dándole la oportunidad de lavar en parte sus muchas falencias y obsecuencias frente a la dictadura.
La Orden recupera ese acto de coraje de Renato Verdugo y lo reivindica en su trascendencia histórica.
Entonces, si hemos de ponerle nombre al recuerdo, llamémoslo Renato, por Renato Verdugo. Si hemos de ponerle nombre al ejemplo, denominémoslo Renato, por Renato Verdugo. Si hemos de ponerle nombre al Maestro, llamémosle Renato, por Renato Verdugo. Si hemos de ponerle nombre a la tradición más pura del socialismo chileno, que ese nombre sea Renato, por lo que él siempre encarnó.
miércoles, 31 de agosto de 2011
LA DECADA BICENTENARIA EN AMERICA LATINA
Sebastián Jans
El pasado año 2010 dio inicio a lo que es una década de importantes conmemoraciones en la historia de América Latina. De aquí hasta fines de la década, en buena parte de sus países se recordarán, con mayor o menor importancia local, la segunda centuria de una serie de eventos que han sido determinantes para la historia americana y del mundo.
Si bien el 2010 fue el momento de la conmemoración de muchas primeras juntas de gobierno o primeros hitos de independencia, lo que ocurrirá en los años siguientes de la actual década será la conmemoración bicentenaria de un conjunto de eventos que determinaron que aquellos primeros hitos se convirtieran en procesos realmente emancipatorios, dando nacimiento a un grupo de naciones con identidad propia, fruto de una común voluntad de romper con los lazos de dependencia y de dominación.
Este año se celebran los 200 años de existencia de los primeros parlamentos o Congresos, de la ejecución de Hidalgo, de los primeros estatutos de gobierno de varias repúblicas. El año siguiente algunos notables hechos de armas y el rol de Miranda en Venezuela. En el 2013 comenzará a adquirir importancia el recuerdo de la figura de Bolívar, O´Higgins, San Martin y Artigas. Y así seguiremos sumando memoria de hombres, hechos y consecuencias, hasta más allá del año 2020.
Creo que esas conmemoraciones debieran llevar a la intelectualidad latinoamericana a hacer una serio esfuerzo para entender de manera profunda lo que fue el proceso de emancipación, y volcarse a la construcción de una afirmación que fortalezca las identidades y las potencialidades de un conjunto de naciones que tienen mucho que decir de manera mancomunada en el mundo que nos toca ahora vivir y que vivirán nuestros hijos o nietos.
Porque, más allá de ciertas eventualidades, es evidente que nuestras independencias nacionales obedecieron a la acción de una generación de jóvenes que estuvo profundamente ligada por propósitos comunes, reflejando en sus convicciones la buena nueva que implicó para la espiritualidad humana el siglo de las luces y la dimensión intrínsecamente humana del acontecer de las sociedades y del hecho histórico.
Los padres de las patrias de América Latina estuvieron unidos por una común idea, un común propósito, surgido de un lazo fraterno que fue formidable mientras no se perdió el objetivo específico de su estrategia. Fue el lazo que construyó Miranda y que se difundió por Cádiz, cruzó el océano y se difundió por las capitanías y virreinatos. De México hasta el Cono Sur la subyacente acción de ese lazo hizo posible que se impusiera la libertad frente al yugo colonial y al contubernio realista y papal a toda aspiración emancipacionista.
Los intereses locales de los mercaderes y de las terratenientes aristocracias criollas, y el absolutismo de los caciques, luego que pasó la primera hora de la independencia, torcieron el ideal mancomunado de aquellos que hicieron posible la libertad. Luego, los maridajes con las potencias industriales y los intereses foráneos hicieron que aquella libertad conquistada con tanto esfuerzo se relativizara y, en no pocos casos, quedara absolutamente relativizada, cuando no postergada.
Hoy, los países de América Latina están en un nivel de mucha mayor independencia política, como no se había dado en su historia. Su institucionalidad política ha madurado de un modo impensado a lo que ocurría hace cincuenta años, donde las predeterminaciones de su poderoso hermano mayor – y uso esta referencia fraternal porque EE.UU. es hijo del mismo proceso histórico que sus hermanos del sur – subordinó en términos políticos y económicos de manera subyugante a gran parte del subcontinente.
Efectivamente, de una manera significativa, América Latina – en parte importante de su historia – estuvo bajo la presión de la influencia o la subordinación de EE.UU. situación que hoy la propia maduración de los sistemas democráticos ha permitido una autonomía y una autodeterminación que, desde hace más de 100 años, no se había manifestado con tanta intensidad. Nadie puede decir que esa presión ha desaparecido, pero se encuentra mucho más limitada y en muchos casos no tiene efecto alguno.
El mundo se ha diversificado y los escenarios políticos y económicos son cada vez más complejos, haciendo que nuevos actores relativicen las zonas de influencia que un día caracterizaron el demencial mundo de la guerra fría, que tantos daños y dolores desencadenaron en los sistemas políticos y en las gentes. El último esperpento regional de la guerra fría – la doctrina de la Seguridad Nacional – sucumbió bajo el impulso de la democratización, proceso este que ha seguido consolidándose y los años de cuartelazo y del militarismo han ido desapareciendo de cualquier lógica política presente y futura.
Cada proceso eleccionario en América Latina se da en un contexto de solidez y de robusta institucionalización, alejado de todo intervencionismo y dramatismo rupturista. A algunos puede que no les gusten los resultados o las opciones electorales, pero nadie puede poner en duda que los pueblos están eligiendo las autoridades que prefieren. Los sistemas tienen falencias o desajustes que, a veces, no expresan de manera coherente los niveles de representación, pero en general nadie quiere patear la mesa y producir desestabilización.
Se suma a ello que las condiciones económicas son propicias para generar un gran desarrollo, basado en la complementación y la potenciación económica a partir de oportunidades comunes que se dan hacia el gran escenario Asia-Pacífico. Las condiciones son propicias, como nunca, para hacer un esfuerzo más significativo en diversos planos de integración, retomando el legado histórico del proceso de emancipación.
Aprovechar los eventos bicentenarios como instancias de reconstrucción del origen común, restableciendo el relato que hizo posible la independencia nacional, es generar una oportunidad para construir fortalezas hacia políticas comunes, hacia voluntades constructivas, que enderecen el timón hacia lo que la historia dejó perfectamente alineado, pero que se desalineó como consecuencia de las particularidad de determinados intereses mezquinos, potenciando el aislamiento, el ensimismamiento y la afirmación localista.
Es cierto que hoy siguen apareciendo los eternos nacionalistas trasnochados, los provocadores de la xenofobia percudida, y los agitadores de la fantasmagoría decimonónica, que siguen alimentando la flama de los mismos problemas y circunstancias que frustraron el proyecto común, sin embargo, lo que hay que estimular es la recuperación del pensamiento común, de la cultura de la integración, y para ello es fundamental que los intelectuales, los académicos, los cultores de la ética y la estética se pongan a trabajar en función del futuro. Esta década bicentenaria es una buena motivación para pensar de nuevo el sueño de los libertadores.
miércoles, 27 de julio de 2011
Un horrible crimen contra la tolerancia

Las noticias que conmueven al mundo, producidas en la civilizada Noruega, no pueden menos que calificarse de horribles ataques a la tolerancia y a la convivencia humana. Si ningún acto contra la tolerancia puede aceptarse como moralmente válido, el crimen contra personas que sostienen la tolerancia como sustento de su acción política, y el terrorismo contra un sistema de tolerancia, constituyen de los crímenes más brutales que se cometen contra la condición humana.
La Humanidad, luego de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y de dolorosas experiencias vividas con posterioridad, ha ido estableciendo cada vez mayores consensos sobre lo que significa el respeto a la dignidad humana, por sobre cualquier particularidad establecida por características o condiciones étnicas, políticas, religiosas o de nacionalidad, de sexo o de raigambre social.
Esos consensos, y la ética que de ello se desprende, es lo que permite reconocer que todos los seres humanos somos individuos con los mismos derechos, más allá de nuestro origen, color de piel, de nuestras ideas o creencias. Es lo que permite considerarnos a todos como parte de una familia humana, que busca en cada comunidad nacional, territorial, jurisdiccional o local, los mismos propósitos individuales y colectivos de una vida vivible y sostenible, lo más cercano posible a su modo de vida, a sus creencias y a su idea de felicidad.
Todos, en ese contexto, a partir de sus afirmaciones culturales, son parte de una voluntad constructora de Humanidad y de valiosa aportación a la superación constante del concepto de civilización.
La tolerante Noruega ha sido un ejemplo de ello, por mucho tiempo, y miles de chilenos han sido testigos de esa forma de convivencia pacífica, de respeto y de consideración humanista.
Congoja produce que, en esa valiosa forma de ciudadanía y de convivencia, se produzca un crimen tan abominable contra la tolerancia y en contra de un sistema que ha hecho de esa sensata práctica una forma de vida sólida y activa, a través de muchas décadas.
Los argumentos que se han conocido por la prensa, respecto de las ideas sostenidas por el hasta ahora único inculpado, llevan a reconocer que hay grupos que sostienen argumentos perversos que van contra toda la racionalidad humana, y contra la lógica de la historia que repudia la segregación, la xenofobia y las pretensiones de pureza racial, nacional o territorial, y que deben estar bajo el control de la ley de un modo mucho más activo y permanente.
Sorpresa ha causado ver al inculpado en imágenes donde viste atuendos masónicos. Sin embargo, la Masonería, mucho antes que todos los consensos internacionales, ha propugnado desde sus remotos orígenes la práctica de la tolerancia con vivo interés. Sus ancestrales antecedentes nos hablan de la práctica establecida entre los constructores de catedrales de la Edad Media, que iban de país en país aportando su arte y que, al terminar cada día de trabajo, se reunían en torno a una mesa a compartir sus sueños, sus experiencias y sus realidades de origen, construyendo una comunión de oficio fraternal y tolerante.
Allí no importaba de donde venía el maestro cantero, el albañil o el tallador de piedras, solo importaba que eran parte de una obra grandiosa y trascendente, que superaría sus propias existencias para bien de la Humanidad. Y cuando se recorren las catedrales góticas, su obra magnífica, podemos comprobar que, cuando los hombres superan sus diferencias y particularidades, para unirse en un propósito superior son capaces de construir obras perennes y trascendentes.
Esa práctica ha constituido el fundamento de la Masonería Moderna o Especulativa, que se renueva en cada trabajo masónico y en la vida de cada masón, como un aporte irrenunciable de cada miembro de la Orden a la sociedad en que este vive y convive, y que la Masonería Universal impulsa en todos los lugares del mundo, sin necesidad de tener un centro o poder que los congregue o los dirija, como ocurre con otras organizaciones éticas humanas.
Hacemos votos para que la sociedad noruega, como respuesta a este horrible crimen contra la tolerancia, consolide su opción a favor de la diversidad, contra la segregación, la xenofobia y el odio racial, porque ello permitirá que su modo de vida siga siendo un faro de luz y de ejemplo para la paz, la diversidad y la tolerancia.
sábado, 12 de marzo de 2011
Significado e importancia del laicismo como medio para construir la sociedad del siglo XXI

Sebastián Jans
Disertación realizada en el Club Libertad de Viña del Mar, el 04 de diciembre de 2010, en la Jornada “Construyendo la Sociedad de Hoy”
EVOLUCION DEL CONCEPTO DE CIUDADANIA.
Sabemos que es en la Grecia clásica donde se concibe y desarrolla el primer concepto de ciudadanía, que ha estado presente en el marco de las ideas políticas del mundo occidental de manera recurrente en los últimos siglos, luego del derrumbe del absolutismo. El Siglo de las Luces, recordemos, trae desde la experiencia de Atenas la idea de una ciudad-Estado regida por el interés de sus ciudadanos, y conceptos que son concurrentes a la misma idea: la política, como actividad centrada en la preocupación por los asuntos de la ciudad (o de la sociedad); la república, como concepto de ordenamiento político del ejercicio del poder, determinado por el pueblo; lo civil, como cultura de ejercicio de poder y de radicación de la soberanía; la democracia, como forma de estructurar el sistema político.
Ese concepto colisionó permanentemente con las visiones militaristas y autoritarias, que, como en todas las épocas y en todos los procesos históricos, emergen para justificar la pretensión de hegemonía y absolutismo, que toda dictadura u oligarquía pretende asentar sobre cualquier visión plural de las problemáticas de una sociedad.
El modelo republicano romano funcionó con el paradigma griego, hasta donde pudo sostenerse con la lógica civil. También ello permitió heredar a la cultura occidental la idea predominante que conjugaba los mismos elementos: política, república, civilidad, ciudadanía. Serán ideas que serán retomadas posteriormente de manera acotada en otros momentos de la historia occidental, sin el esplendor referencial ni la trascendencia del modelo greco-romano clásico.
Esto, hasta el momento en que surgen dos procesos de enormes consecuencias, como fueron la revolución francesa y la revolución independentista de las 13 colonias inglesas de América del Norte. En ambas subyace el mismo espíritu y la misma idea, afincada en el clasicismo político de esa época, depositado en las limitadas virtudes de una Atenas vestida de democracia.
Idealizado o no, ese paradigma motivó una concepción política que permitió la revolución francesa, la fundación de los Estados Unidos de América, y la emergencia de un grupo de repúblicas en los territorios hispano-americanos, que generarán por primera vez una significativa afirmación en torno a lo republicano y la concretización de una idea de ciudadanía (restringida, censitaria, limitada, oligárquica, lo que fuera, pero una afirmación en esa perspectiva).
La visión ciudadana que impuso la revolución independentista de las 13 colonias americanas, se establece sobre parámetros éticos arraigados en los derechos a individuales, poniendo énfasis en el derecho de expresión, en una afirmación cívica significativa y en la ciudadanía política, dentro de los marcos de comprensión propios de una herencia cultural que se manifestaba de manera distinta en cada una de las colonias.
En tanto, la visión ciudadana de la revolución francesa, tiene un valor más bien simbólico que práctico, ya que muchas de las aspiraciones de sus pensadores quedaron a medio camino, producto del curso que tuvo su proceso histórico. Los derechos consagrados en la Declaración de 1789, que establecían la igualdad ante la ley, los derechos de expresión, la abolición de los títulos con rango social, condujeron a que todos los componentes de la Nación adquirieran calidad de ciudadanos. Sin embargo, como sabemos, la Asamblea Nacional, hacia 1795, terminaría por restringir el derecho a voto, base de todo sistema ciudadano, Entonces, lo que viene a ser importante en la formulación de la ciudadanía bajo esa paradigmática revolución, es establecer los grandes enunciados republicanos que adquirirían presencia universal.
Ello fue asumido por las nacientes repúblicas americanas hispano-parlantes, que al emanciparse de España, asumieron dentro de la particularidad de cada una de ellas, la voluntad republicana con expresivo fidelismo a los ideales griegos, bajo el impulso de la influencia francesa revolucionaria. Sin embargo, cada una ensayó su propio modelo de participación ciudadana, algunas con mayor fracaso que otras, pero con una progresiva ampliación de los sectores sociales involucrados en el modelo, a partir de criterios predominantemente excluyentes y censitarios. Esta progresión en algunos casos fue mucho más lenta y en otros casos más acelerada.
De manera significativa, los avances en el plano de la ampliación de los derechos ciudadanos, a más sectores de la población, en los 200 años transcurridos, fue coherente con la conquistas de diversos planos de derechos. Lo lógica correlación de dio de la siguiente manera: lo primero fue conquistar los derechos civiles (en Europa ocurrió en el siglo XVIII, en tanto en América Latina en el siglo XIX), posteriormente fueron los derechos políticos (XIX y XX, en el mismo orden) y los derechos sociales y económicos en el siglo XX (en América Latina con varias décadas de retraso). Son las 3 generaciones de derechos, que marcan no solo los accesos indicados, sino también la voluntad de imponer un conjunto de derechos humanos fundamentales.
Sabemos que la incorporación de las ideas del Estado de Bienestar en Europa y América Latina, fue determinante para establecer la cultura de los derechos de los integrantes de la sociedad, en las decisiones que afectan a toda la sociedad. Pero, por sobre todo, lo que va a determinar de manera importante el privilegio del rol del ciudadano, es la consolidación de la democracia luego de la Segunda Guerra Mundial, y el reconocimiento de derechos consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos y las convenciones que irán imponiendo derechos, en la medida que se va produciendo el derrumbe de los modelos autoritarios en distintas partes del planeta.
Como lo han apuntado innúmeros tratadistas, del más amplio espectro de las ciencias sociales, la afirmación de una idea de ciudadanía es inseparable de la afirmación misma de la democracia, y ello supone, de modo proporcional, también, que cuanto mayor es la ampliación de la ciudadanía mayor es el nivel de responsabilidades en los individuos. Los ciudadanos más activos, por cierto, tienen que tomar más decisiones, construir más opinión e informarse más ampliamente. En la medida que se impone la constante isonómica de la Grecia clásica, hay más temas que resolver y a los cuales los ciudadanos son convocados a debatir.
De lo expresado, la visión contemporánea de la ciudadanía está contenida en los siguientes elementos: 1. El sentido de pertenencia a una comunidad social, convertida en comunidad política, definida por características que les son comunes a sus integrantes (territorialidad, nacionalidad, cultura, opción política, legislación, lengua, identificación étnica, etc. expresadas en conjunto o parcialmente, incluso a través de solo una de las mencionadas, o por otras que no se han mencionado). 2. La existencia de un reconocimiento de la comunidad política respecto de sus integrantes en calidad de ciudadanos. 3. La constatación de estructuras de participación política y de una sociedad civil activa, que genera las redes de intereses que actúan en toda la estructuración social. 4. La existencia de una institucionalidad que soporte los conflictos propios de procesos participativos complejos. 4. La existencia de un sistema político democrático.
EL ESPACIO PÚBLICO COMO ESCENARIO DEL EJERCICIO CIUDADANO
Teniendo una definición meridiana del ejercicio e imperio de la ciudadanía, y de sus alcances en el ámbito de una sociedad políticamente estructurada, surge la interrogante en cuales ámbitos ejerce su acción. En tanto sabemos que ello se expresa en una territorialidad determinada, en ese espacio delimitado se expresan aspectos que son propios de lo público, y aspectos que corresponden a lo privado de los componentes de la sociedad.
Hay un espacio que es exclusivo de los individuos, o de grupos de individuos, donde está claramente delimitado lo que está en sus prerrogativas: bienes, propiedades, ideas, creencias, opciones, etc. Lo que ocurre en el ámbito privado, y que no esté expresamente normado por la ley, es de exclusividad del arbitrio individual o de una sociedad privada.
Sin embargo, todo espacio de interacción de una sociedad, que es de dominio o usufructúo común, de todos y cada uno de los integrantes del colectivo, se denomina “espacio público”. Es decir, el espacio público deviene de la propiedad pública o social, a través de los instrumentos institucionales que expresan el quehacer público y bajo la administración de los diversos órganos del Estado.
Es un espacio que expresa el dominio colectivo sin exclusiones, para uso social y para la expresión y expansión comunitaria. Allí están contemplados todos los medios para el desplazamiento y circulación de las personas (calles, caminos, plazas, parques, etc.) y los inmuebles donde se expresan las instancias del ejercicio civil que son de propiedad pública. A ello se suman todo aquellos bienes (especialmente edificaciones) que son de propiedad de las instituciones públicas, que aunque no sean de uso público, son de dominio público a través de sus mandatarios o representantes. Estamos hablando, entonces, de espacios geográficos, materiales, de tangibilidad palpable, sensorialmente comprobables, un espacio en que se expresa la percepción mutua entre los concurrentes.
Respecto de los espacios públicos y privados, ocurre que muchas veces hay espacios públicos que son entregados al dominio privado, y que por lo tanto quedan en el ámbito decisional y discrecional de quien recibe su usufructúo, por el plazo que se defina. Lo que, sin embargo, es más frecuente es que haya espacios privados que se destinan al uso público: centros comerciales, espacios de recreo o entretención, lugares de transporte, de eventos, etc. En este caso es muy importante considerar que lo público expande su dominio y el propietario cede derechos en la consecución de beneficios determinados. Esto es muy importante, ya que, en oportunidades, ello produce ambigüedades que no siempre están resueltas debidamente por la ley o las costumbres. La lógica racional indica que si un espacio privado es puesto en servicio público, rigen las reglas comunes a todo espacio público, en lo referente a obligaciones y derechos. Es una práctica ambigua, por ejemplo, la existencia de normas privadas en sitios de carácter público.
Pero también hay otra dimensión del espacio público, que no es física, pero que no es menos tangible que la anterior, que deviene del ejercicio de las convenciones que hacen posible la vida social. Son conceptos y estructuras intelectuales e intelectivas, que son fruto de la experiencia colectiva en el hacer sociedad. Es el espacio jurídico, legal, institucional, convencional, conductual, inter-relacional, que se expresa en regulaciones, instancias de decisiones, instancias de representación, y en el proceso de construcción de opinión pública y manifestación de voluntades, en el ejercicio de la soberanía popular. También tiene esa condición todo hecho sensorial de alcance colectivo, y todo elemento que sea de carácter vital para las personas. Quienes proveen los alimentos los venden, es cierto, y tienen una propiedad de ellos antes de ponerlos en el mercado, pero el destino consustancial es público. Nadie puede producir alimentos y guardarlos, habiendo necesidad vital de ellos. Quienes gobiernan están obligados a actuar, cuando los alimentos son guardados con fines contrarios al alcance público. De allí la persecución legal de quienes producen mercado negro o el acaparamiento de productos de destino público.
Así, la ley, la moral, las costumbres, los espacios de opinión y discusión, los derechos individuales, los derechos sociales, los beneficios, la educación, las medidas de protección, etc. generan condiciones de alcance público. De tal manera, el espacio público tiene una dimensión que se expresa social, política y culturalmente. Hay espacios públicos también en la forma como generamos los espacios de la cultura, de la interrelación social, de conversaciones, de discusión, donde se hace el ejercicio de ser parte de una comunidad determinada. Un gran espacio público es el que permite el ejercicio de la opinión de los componentes de una sociedad. Durante mucho tiempo fue la asamblea comunitaria, luego fue la prensa, pero hoy se ha ampliado de modo ilimitado con Internet.
Los procesos electorales y el ejercicio del sufragio, son espacios públicos que se expresan en lo físico (lugar de votación, runas receptoras de sufragio, etc.) y en lo no material, en el acto mismo del ejercicio del derecho a voto. Los accesos a la educación y a la salud, generan también instancias específicamente de desenvolvimiento y derechos públicos, que no tienen que ver necesariamente con los inmuebles en que desarrollan su actividad. Ver televisión abierta genera una condición de uso de espacio público, por ejemplo, como lo es ir al estadio a ver un partido de fútbol, aún cuando deba pagar por ello. Comprar en el supermercado podemos considerarlo como una manifestación de espacio público, más allá de los accesos y lugares de desplazamiento para hacer efectivo el acto de comprar. El mercado es un acto, un hecho, no solo como una condición física de espacio público. Ir a una galería de arte a ver una obra de acceso colectivo para su contemplación, es un acto de cultura, y como tal, genera una espacialidad que tiene un carácter público, más allá del lugar mismo de exposiciones.
Entonces, cualquier acto en la cultura, esto es, en el ser y hacer colectivo de una sociedad, que tiene injerencia y participación colectiva, generan un espacio público, aunque sea solo como manifestación de sensaciones, emociones o expresiones múltiples.
En síntesis, todo acto social que se hace en cualquier lugar, y que tiene un alcance determinado por derechos y deberes, genera un espacio de desarrollo y concreción, un espacio público, que aunque no tenga una manifestación material, se expresa en resultados tangibles o perceptibles, que son de alcance, práctica, usufructúo o beneficio común.
LA OCUPACIÓN DE HECHO DEL ESPACIO PÚBLICO.
El espacio público no solo es una expresión de vinculación y desenvolvimiento de lo cotidiano. También tiene una enorme carga simbólica. Cuando cualquier persona se sienta en un banco de la plaza pública a leer el diario, no solo está ejerciendo un derecho, sino que está haciendo una expresión de soberanía. Cuando transita por una calle, no solo tiene derecho a hacerlo, sino que está expresando su prerrogativa. Cuando alguien expresa su opinión a través de un medio que es de todos, está consagrando el hecho de lo público y validando su condición ciudadana, su valor como persona y su derecho de conciencia. Está poniendo su validez de ser único, de persona única, con sus propias opiniones y con toda su autoafirmación existencial. Sus ideas lo hacen una persona y un sujeto histórico en la historia.
El espacio público es, por lo tanto, el espacio donde la persona humana se valida y es reconocida como tal. Es el espacio en que los seres humanos nos reconocemos como entes sociales, en que adquirimos la condición peculiar de la sociabilidad. Allí adquirimos la identidad y nuestra cualidad como persona. Quien no está en el espacio público, no adquiere existencia real para los demás seres humanos.
El espacio público es de todos, porque todos necesitan validarse, porque todos necesitan adquirir el reconocimiento social de su existencia. Entonces, viene a ser de mucha importancia que sea un espacio donde debe haber reglas. Para que haya reglas, es necesario que la persona actúe políticamente y contribuya a la determinación de los factores que pueden delimitar el espacio público, es decir, bajo que condiciones se limita, y cuando se establecen condiciones de limitación de su uso. De la misma manera, se deben establecer las regulaciones para que nadie, en condiciones de predominio, pueda inhibir los derechos de aquellos que queden en condiciones de desventaja.
La importancia simbólica del espacio público es tan gravitante, que cualquier fuerza de ocupación, que por razones fácticas o razones de sojuzgamiento violento del ejercicio civil de una comunidad, lo primero que hace es, precisamente, poner elementos simbólicos que expresen el dominio sobre ese espacio público. Cuando los nazis ocuparon Paris, no pusieron los tanques en las principales avenidas, ni desfilaron por las calles con sus tropas, por una necesidad militar imprescindible. Lo que quisieron manifestar a los franceses era que habían sido ocupados, y que el espacio público ya no les pertenecía. Una fuerza militar enemiga puede ocupar todos los cuarteles, todos los lugares donde se encuentra la capacidad militar de un país, pero es en el espacio público donde comunica su hegemonía. El toque de queda impuesto por una fuerza militar es la expresión de que el espacio público queda restringido a su arbitrio.
Esa constatación, Ud. aplíquela a cualquier fuerza, grupo o sector de una sociedad que realice una ocupación de hecho del espacio público.
Hoy, en nuestras sociedades, lo que ocurre en muchas ciudades, incluso en las nuestras, es la constatación de que el espacio público viene a ser copado por bandas de traficantes y delincuentes. Y hay muchas personas que no pueden caminar libremente por las calles por el accionar de los delincuentes. El espacio público se ha degradado en esos lugares, y el rol de la policía y de los ciudadanos consiste en recuperar su condición de tal: de espacio público. Hemos visto el drama desencadenado en las favelas de Río de Janeiro, donde las bandas delictuales han tomado el control de las barriadas e imponen su dominio y sus reglas a partir del avasallamiento del espacio público, y hemos visto entrar a las fuerzas del Estado a copar ese mismo espacio para restablecer su cualidad pública.
La misma connotación tiene la ocupación ideológica del espacio público. ¿Cuántas veces hemos visto que grupos políticos, para imponer sus ideas, han buscado el predominio o sojuzgamiento del espacio público? Insistimos: no se trata solo de los espacios físicos, sino de los espacios no físicos pero tangibles. También la moral es espacio público, como lo son la cultura, las costumbres, la relacionalidad, los actos civiles, los medios de expresión, etc. Estamos hablando de aquel espacio público en el cual se exponen las ideas, y donde las ideas son tangibilizadas en prácticas concretas del hacer y el ser social.
Ello tiene una relación directa con los derechos que hacen posible las seguridades de que toda idea merece la misma consideración, más allá de su antigüedad o novedad, de su magnitud o de quienes la sostengan, sobre todo cuando se trata de afirmaciones en las cuales se sostiene una actitud frente a la vida y la realidad.
Por cierto, cuando hablamos de ocupación ideológica, entramos de lleno en un aspecto fundamental, de toda sociedad democrática. Porque ocurre que aparecen ideas en el espacio público que deben enfrentar los pesos de la tradición, de la costumbre social y la constatación de hegemonías consolidadas, que actúan refractariamente a todo aquello que pueda significar un riesgo a su dominio. El espacio público queda así ocupado por el peso de la costumbre y de las herencias del pasado. Y cuando esas costumbres y esas herencias están sustentadas en una visión total sobre la vida y la realidad, se manifiesta inevitablemente un impedimento para que una nueva idea, o un conjunto de nuevas ideas emerjan y se desarrollen en el espacio público. Esto es el inicio de todo proceso de conculcación de los derechos de conciencia.
IMPORTANCIA DEL LAICISMO PARA LOS DERECHOS CIUDADANOS.
Es en la consolidación del dominio ideológico de las sociedades, a que hemos hecho alusión, donde el laicismo emerge y viene a someter esa realidad al juicio crítico de la sociedad. Y lo hace a partir del derecho a ejercer las libertades de conciencia. Y lo hace a partir de la práctica concreta, de una actitud y una conducta societaria e individual. Lo hace a partir de la reivindicación del espacio público como un espacio de todos, más allá de las opciones de conciencia de cada cual. Y lo hace a partir de la reivindicación del espacio político como un espacio determinado por la ciudadanía. Y lo hace a partir de la reivindicación del mercado como un espacio a donde todos concurren.
En virtud de ello, el laicismo opta por la democracia y la extensión de los derechos de ciudadanía, incluso a escala planetaria. Hace una afirmación sustancial en torno a los Derechos Humanos consagrados por la comunidad internacional a través de sus convenciones. En el mismo sentido, apuesta firmemente por las seguridades humanas, concepto desarrollado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, y que nos plantea un conjunto de requerimientos que permiten el aseguramiento de la vida individual y social de cada ser humano, en el plano de la alimentación, la seguridad personal, la seguridad comunitaria y política, etc.
Y en ese contexto, constituye una seguridad fundamental el ejercicio de los derechos de conciencia, porque no es posible considerar el desarrollo a escala humana, en ninguna parte del mundo, si este no se establece sobre la base del derecho a tener opinión y a comunicarla. Esto es fundamental, ya que los derechos de conciencia no solo suponen el derecho a tener una percepción de la vida y de la realidad en que cada hombre está inmerso, sino también la capacidad a manifestar sus convicciones y opiniones, de comunicarlas por los medios que estén contemplados en la comunidad en que participa.
Es dentro del contexto de una sociedad democrática, donde la sociedad civil tiene el dominio del espacio público, y donde no habría aparentemente ningún factor que pueda inhibir el desenvolvimiento de los derechos de conciencia o las libertades y seguridades de sus componentes, toda vez que estarían considerados los aspectos fundamentales, a través de reglas debidamente establecidas y consensuadas por toda la sociedad.
Sin embargo, las sociedades están determinadas por la complejidad de su componencia, intereses e instituciones a través de los cuales se manifiestan los distintos agrupamientos de tipo sectorial.
En la sociedad civil, hay distintos sectores o grupos de interés que propenden a organizarse de acuerdo a sus motivaciones, intereses, o como consecuencia de objetivos específicos dentro del proceso cotidiano del hacer sociedad.
Todo grupo organizado pretende legítima o ilegítimamente una trascendencia o un objetivo que tenga un impacto social. Cuando ello no ocurre, debemos preocuparnos por los riesgos que pueden existir en un grupo que se separa de la sociedad y que se desvincula de ella. Lo normal y recurrente es que, cada grupo de interés, pretenda trascender de alguna manera a la sociedad, ello en el ejercicio de la libre concurrencia en el estadio democrático de todas las ideas, las creencias y las opciones, que se difunden a través de sus organizaciones o instituciones, que promueven sus particulares contenidos e intensiones.
Sin embargo, lo que viene a alterar esa libre concurrencia de manifestaciones, es cuando determinados grupos quieren imponer sus puntos de vista, sobre la base de la hegemonía y el uso de las estructuras de poder que exceden el espacio de la sociedad civil. Para esos fines, persiguen influir o presionar a las estructuras del sistema político, o buscan subordinar las estructuras de poder existentes en el mercado.
Una de las constantes que señalan las distintas civilizaciones, es la manifestación del deseo de hegemonía que caracterizan a los grupos religiosos, y de manera significativa se hace evidente con el Katholikós cristiano.
Históricamente, las ideas religiosas católicas, determinadas por el compele intrare agustiniano, han buscado el sojuzgamiento de todas las estructuras de las sociedades en que se han hecho presente, no solo a partir de una hegemonía en el espacio de la sociedad civil, sino a partir del control de las estructuras de la sociedad política y de la sociedad mercantil. Eso es una constante desde el siglo III de la era cristiana, y lo ha sido hasta ahora. Ningún grupo de interés religioso ha desarrollado esa pretensión de un modo tan acentuado y recurrente.
Esto comenzó a ser rechazado de manera ascendente, a partir del siglo XXVIII, y se expresará, primero, como una controversia con el Papado, para luego ir adquiriendo una presencia en la sociedad civil, que se pone en evidencia latente durante el siglo XIX. Aquello se expresó, primero, en la sociedad política a través del regalismo. Sin embargo, en la medida que esa controversia se iba despejando, el problema se fue radicando en la sociedad civil, donde el espacio público era dominado por esa corriente religiosa en particular, y donde comienza a establecerse el derecho de que todos – mayorías y minorías – podían disponer del espacio que se entiende que es de todos los integrantes de la sociedad.
Es así que, cuando la idea de democracia comienza a tener su desarrollo bajo los parámetros contemporáneos, y comienzan a desarrollarse las sociedades como un conjunto estructurado de derechos y deberes, a fines del siglo XIX, es cuando comienza a consolidarse la idea sobre el desarrollo institucional, que pretende desvincular las instancias de decisión y conducción de la sociedad de todo control religioso. La idea que viene a determinarse es que hay una pluralidad en la componencia social, que hay visiones que no son homogéneas en el ámbito religioso, y que ello exige – para garantizar los derechos de conciencia – que debe haber una prescindencia de toda condición de hegemonía por parte de un credo en particular, en aquellas instancias que son determinantes para conducir, regir o influir sobre la sociedad.
Esto es lo que determina la aparición conceptual del laicismo y su incorporación como categoría del pensamiento humano y como práctica social.
Sin embargo, el laicismo se origina con mucha antelación a su formalización en el plano de la conceptualización lingüística de la sociedad contemporánea. Sus orígenes se encuentran en las primeras aproximaciones del ser humano para construir garantías para la libre concurrencia de las distintas opciones de conciencia, en sociedades donde se manifestaba la diversidad de credos. Ello se manifestó en determinadas conformaciones sociales, en la historia humana, mucho antes que fuera necesario enunciar el concepto del laicismo. Recordemos que antes de Constantino, en Roma cualquiera podía poner su deidad en el espacio público y adorarla, sin pretender que los demás estaban obligados a rendirle devoción. Como ese hay otros ejemplos en la historia del hombre. De este modo, podemos decir que el laicismo tiene su origen en la práctica misma de la necesidad de desvincular las estructuras de poder de toda hegemonía de los credos y en el derecho a la expresión de todos los credos. Tiene su origen en la práctica y el establecimiento del derecho de todo credo a expresarse en el espacio público, sin conculcar los derechos de los demás credos. De la misma forma, en el derecho de los que no tienen credo al mismo respeto de parte de los que tienen un credo.
¿Por qué fue necesario establecer el concepto de laicismo, en las categorías del pensamiento humano, entonces?
Simplemente, porque la complejidad de las sociedades contemporáneas ha introducido variables conceptuales que han ido produciendo afirmaciones, en los procesos institucionales, que buscan lo contrario a lo que el laicismo propone. Ello tiene que ver por el interés de las inercias históricas de la hegemonía religiosa, para reconstituirse a partir de la interpretación de las leyes y de las normas que determinan los procesos institucionales de la sociedad política, que permiten luego determinar la sociedad civil e influir la sociedad mercantil.
Los alcances del laicismo, en la conceptualización societaria moderna, en sus procesos de institucionalización, por lo mismo, están íntimamente ligados a las características de la democracia. Bajo una condición de absolutismo o dictadura, el laicismo solo puede ser una demanda. Sin embargo, cuando se hace democracia, es inevitable acudir a lo que el laicismo propone en el tema de la garantización de los derechos de conciencia. De allí que hemos proclamado que si la democracia no es laica no es democracia.
Cuando se requiere construir una sociedad libre, no se trata solo de establecer derechos a la libre concurrencia de las ideas políticas y económicas, para que el pueblo opte según sea su interés mayoritario. No se trata solo de establecer los mecanismos de resolución de las controversias, por medio del ejercicio del voto. No se trata de establecer solo el imperio de las mayorías.
Cuando se trata de establecer una sociedad libre, que se expresa a través del ejercicio de la democracia, lo que importa – en lo que se refiere a los derechos de conciencia – no es garantizar los derechos de la mayoría, sino que lo que determina las condiciones de libertad en la práctica social, es la garantización de derechos de las minorías. Una sociedad es libre y es democrática, cuando se gobierna de acuerdo al interés de la mayoría, pero se aseguran los derechos de los que se encuentran en desventaja para imponer sus puntos de vista. El quid de la democracia moderna, entonces, se encuentra en los derechos de las minorías.
Establecer esa concepción de la democracia moderna es parte del drama de las democracias en desarrollo durante gran parte del siglo XX. Está en la base misma de las causas de su fracaso en distintos países.
Entonces, lo que hemos expresado, viene a ser la gran respuesta o la gran directriz en torno al tema que se me ha propuesto en esta jornada: el significado e importancia del laicismo como medio para construir la sociedad del siglo XXI.
LOS TEMAS DEL LAICISMO EN LA SOCIEDAD DEL SIGLO XXI.
El gran esfuerzo del siglo XIX y de buena parte del siglo XX, fue erradicar el determinismo religioso sobre el Estado, resabio casi inconmovible del tiempo del absolutismo. Ello se logró en algunos países más que en otros. Hubo incluso aquellos en que definitivamente se fracasó hasta nuestros días. Hubo países, como Chile, donde todo quedó a medio hacer, y donde se arrastran resabios importantes de una hegemonía dura sobre nuestra sociedad, sobre su cultura y sobre sus instituciones nacionales y públicas.
Los temas del laicismo de hoy, en Chile, son herencia de los problemas no resueltos en el siglo XX, y que retoman fuerza a partir de los procesos políticos vividos por el país, donde se han producido retrocesos importantes en lo poco que se hizo en torno a la institucionalidad laica, en la centuria anterior, especialmente en el Estado y en las instancias de poder político y económico.
A pesar de ello, hay muchos en nuestra sociedad, que piensan que los debates del laicismo han sido superados por la historia. Tanto así, que se preocupan por las formas en que los debates pueden producirse y que buscan cierto término medio en esto de poner los temas del laicismo frente a las corrientes confesionales.
Creo que esas posiciones adolecen de problemas conceptuales de fondo, y de una superficialidad en el diagnóstico, cuando no una propensión tendenciosa. Esto porque se hace ambivalencia entre laicismo y anticlericalismo. Y la disputa hoy no es contra los clérigos. De hecho sí creo que el anticlericalismo es propio del siglo XIX, y expresión concreta de las concepciones regalistas. Ello fue consecuencia de las luchas contra el papado, por su presión desmedida sobre la formación y soberanía de los Estados nacionales. Lo vivimos concretamente en Chile, cuando se desarrolla nuestra formación nacional. Hoy la presencia del clericalismo está más relativizada, en tanto expresión corporativa.
Hoy la controversia del laicismo es con el confesionalismo, es decir, la acción sostenida de quienes sustentan una fe y que pretenden imponerla como modo de vida a toda la sociedad, y que se expresa en una propensión constante a hegemonizar el espacio público. Eso excede a la acción de los clérigos. Es consecuencia de que la confesión religiosa se torna en “ismo”, en tanto y cuanto ideología de alcance totalizador, que se expresa en la acción no solo de la jerarquía religiosa, sino que actores con poder político y económico, donde se manifiesta una práctica cotidiana de hegemonía, a rajatabla de cualquier otra comprensión de la vida, de Dios o del rol del hombre en la vida. Ello implica una acción avasalladora en el espacio público, que vulnera permanentemente los derechos de conciencia.
El confesionalismo trata de subordinar las cuestiones seculares de la sociedad, en la recurrencia de la práctica del compele intrare. Al respecto, podemos hablar de una redimensión de la herencia cultural de la Edad Media, que se recrea en la búsqueda del predominio y la totalización.
Así, los grandes temas del laicismo, su significado e importancia, están asociados con la esencia de la democracia y con la agenda de los derechos de conciencia. Están en la cotidianidad de la defensa y promoción del espacio público, como un estadio amplio de concreciones ciudadanas y de libertades y seguridades humanas. Está en la validación del libre discernimiento y la autodeterminación individual.
Muchas gracias.
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