viernes, 28 de julio de 2017

La influencia de la Royal Society en la fundación de la Gran Logia de Londres

Hace 300 años fue fundada la Gran Logia  de Londres, primer antecedente concreto de lo que llamamos Masonería o Francmasonería. Dentro de un mes, el próximo 24 de junio, habrán transcurrido tres centurias, de lo que llamamos con propiedad Masonería.
La Masonería es la Masonería en su esencia, desarrollo y carácter, y cualquier apellido que le pongamos nos puede llevar por caminos que no son sino la continuidad de afirmaciones que rayan en la especulación inconducente.
Es lo que nos deja la historia y la constatación concreta. Los antecedentes historiográficos señalan que cuatro logias concurrieron a dar nacimiento a la Gran Logia de Londres, aún cuando no sabemos cuál era el origen de ellas. Hay indicios de que puede haberse dado el caso de que su formación haya sido ad hoc, es decir, que se hayan formado para luego constituir aquella primera gran logia, piedra fundante de lo que entendemos como la Masonería que practicamos y conocemos.

La realidad del tiempo fundacional

Para entender históricamente el nacimiento de la Masonería, imaginémonos las enormes tragedias en el siglo XVII, en que tantas personas murieron, fueron perseguidas, encarceladas, mutiladas, violadas, heridas gravemente o asesinadas, en nombre de opciones políticas sustentadas en alguna de las religiones que pretendían la hegemonía y el poder.
Debemos pensar que no podían estar ausentes hombres que, en medio de esas odiosas conflagraciones buscaron otros rumbos y perspectivas para salir de la lógica de la odiosidad y mirar otras cosas de su entorno. Es imposible pretender que no hubiera hombres que quisieran otra forma de entenderse, superando la lógica sectaria religiosa y las políticas de bandos fundados en ella. Es imposible pretender que no hubiera hombres que se plantearan que, aquel tiempo de confrontaciones, debía llegar a su fin. 
Cuando se analiza el siglo XVII, es imposible no considerar los hechos que, desde otro ámbito, marcan su trascendencia extraordinaria en la historia humana, en el ámbito del esclarecimiento, y que señalan de manera importante, la actitud del hombre no solo como producto de sus ideas sobre Dios.  Es el momento preambular del llamado “siglo de la luces”, y donde se dan pasos importantes hacia una nueva comprensión de la realidad.
El siglo XVII fue aquel en que Galileo irrumpe con su teoría astronómica, y en el que debió retractarse para salvar la vida;  en que producto de la liberación del espíritu religioso, el hombre emprende grandes desafíos civilizadores, como las Compañías Holandesa e Inglesa de la Indias Orientales; es el siglo en que se inicia la colonización de América; en que se realiza la primera cesárea, se descubre la circulación de la sangre y se efectúa la primera transfusión; en que diversos descubrimientos e invenciones matemáticas sobrevienen como resultado de la posibilidad de pensar más allá del determinismo religioso.
Es el tiempo de Kepler, el momento en que irrumpe Newton, que consolida una nueva concepción del Universo; en que la Ilustración comienza a manifestarse en Europa, aplicando nuevos métodos de observación guiados por la razón, y donde muchos intelectuales afirmaron que todo puede ser desentrañado por la mente humana si ésta utiliza la razón y el método de la ciencia.
Es el momento de consolidación de los Estados Nacionales europeos, que se habían instituido en el siglo XVI, y tras los cuales el componente religioso será determinante. Bajo el concepto del derecho divino de los reyes europeos, expresado en el principio absolutista francés “un roi, une foie, une loi”, se impone la unidad de la religión con el poder político y la nación. En torno al rey se une una nación que debe reconocer una religión exclusiva, que obliga a sus súbditos a respetar y obedecer.
Sin duda, el acontecimiento con implicancias religiosas más determinante en el siglo que nos ocupa, es la Guerra de los Treinta Años, la primera guerra europea según los conceptos modernos, y que sintetiza de un modo dramático las lucha entre católicos y protestantes. Sin embargo, para algunos historiadores europeos, es el conflicto que determina el proceso de inflexión entre el predominio socio-estructural de la religión, el que pasa a ser sustituido por la política, y donde los protestantes adquieren su derecho a existir pacíficamente en el escenario europeo.
Los inicios de la guerra, en 1616, estuvieron en el enfrentamiento entre los príncipes y regentes de los pequeños estados alemanes, agrupados según su adhesión religiosa en la Unión Evangélica y la Liga Católica, en el seno del Sacro Imperio Romano Germánico, que se encontraba en sus últimos estertores. Ello fue el comienzo de un conflicto que arrastró a toda Europa Central y Escandinavia, por el norte, hasta España por el oeste.
Todo ello consolidó la hegemonía centro-europea de Francia, que terminó por imponer sus términos en Westfalia, al Sacro Imperio y a sus propios aliados, y por último a los españoles algunos años después[1].
Sin embargo, como todo momento de inflexión, tuvo las dos caras de la moneda: una, la negativa, la guerra misma y su desolador efecto en Alemania; la otra, la positiva, que la paz pactada, garantizó la diversidad religiosa entre los contendientes, que reconocieron el derecho de los protestantes a ser respetados, lo que traerá enormes consecuencias culturales para Europa y la Humanidad.
Gracias a ello, Europa evolucionó en todos los aspectos, y la Modernidad entró derechamente para bien del pensamiento, de la ciencia, de las artes, y una nueva concepción del mundo y de la realidad fue posible, algo que bajo el atávico predominio católico no habría tenido lugar.
Inglaterra y Escocia, en tanto, no eran una excepción, debido a los procesos que venían en desarrollo, desde el siglo XVI, donde el reinado de Jacobo VI de Escocia, y luego conocido como Jacobo I de Inglaterra, destacado por su gran ilustración y por promover un periodo de florecimiento intelectual notable, no logró superar los rencores entre católicos y protestantes, estos últimos expresados en distintas identificaciones, producto de las diferentes doctrinas e intereses que contenían. Su hijo y rey, Carlos I, terminó decapitado en medio de las conspiraciones de los católicos escoceses y de los puritanos ingleses, y con las dudosas intervenciones presbiterianas, que produjeron dos guerras civiles.
Luego de la dictadura o protectorado de Cromwell (1653-1658), gobernó Carlos II, quien estuvo también sujeto a las conspiraciones políticas sustentadas en cuestiones de tipo religioso, donde la Ley de Indulgencia, dictada por el rey, para favorecer a los católicos, y la Ley de Exclusión, promovida por el parlamento para apartar de la sucesión a su hermano, el duque de York, son expresiones de como la política de Inglaterra y Escocia estaba determinada por los intereses religiosos. Bajo su reinado se produjo el gran incendio que devastó casi el 80% de Londres.
Jacobo II, católico, no dudó en favorecer el retorno de la influencia de los de su credo, y enunció una nueva ley de indulgencia, lo que llevó a los protestantes a aliarse con el príncipe holandés Guillermo de Orange, que era reconocido por estos como un adalid del protestantismo, al haberse enfrentado al rey francés, Luis XIV. El príncipe holandés se había casado con la hija María del rey inglés, en un momento que aquel quiso aplacar las conspiraciones protestantes. Guillermo de Orange desembarcó en Inglaterra con un ejército protestante, y obligo a Jacobo II a huir, ante lo cual el parlamento lo dio por abdicado. Asumieron la corona de Inglaterra, Escocia e Irlanda en forma compartida, Guillermo y María.
No tuvieron descendencia, por lo cual, la triple corona fue heredada a la hermana de la Reina María, Ana, educada en el protestantismo y casada con el príncipe también protestante Jorge de Dinamarca. Es en su reinado que se unifican Inglaterra y Escocia en un solo reino con el nombre de Gran Bretaña. La Reina Ana murió sin dejar descendencia, por lo cual, la mayoría del parlamento determinó que el familiar más cercano y protestante, quedara en la línea de sucesión, desechando a aquellos familiares católicos más cercanos. Esa decisión de 1701, provocó que la heredera fuera su prima holandesa Sofía de Wittelsbach. El Acta de Naturalización de 1705 concedió la nacionalidad británica a los descendientes no católicos de Sofía.  Sin embargo, Sofía moriría antes que Ana, por lo cual, su hijo Jorge asumió el trono de Gran Bretaña e Irlanda, fundando la dinastía Hannover[2].
Nadie con inteligencia puede haber soportado por toda la vida tales confrontaciones. Sin duda debía haber precursores de una nueva realidad. Creo que las cuatro logias de Londres, que dieron aquel paso histórico, fueron precursores de un nuevo tiempo. ¿Cómo unir a tantos que se seguían odiando? Tal vez con una religión en que todos estuvieran de acuerdo. ¿Con una religión en su comprensión primaria, o con una religión en su comprensión de trinchera, que tantas tragedias afectaban por un siglo de luchas políticas devastadoras?

La realidad política que incide en el tiempo de la Real Sociedad

Llevaba poco más de un año en el ejercicio de su reinado, cuando Jorge I debió enfrentar una rebelión de los jacobitas, en 1715, la cual se gestó en Escocia para entregarle el trono al hermano de religión católica de la fallecida reina Ana. No escapaba a esas conspiraciones los intereses de Francia, donde finalmente terminaron refugiados los artífices del alzamiento. Las consecuencias que enfrentaron los escoceses insurrectos que no alcanzaron a escapar a Francia fueron devastadoras: los que no fueron ejecutados, fueron desterrados a las colonias para efectuar trabajos forzados, en el caso de los que no eran nobles o propietarios. Los nobles y terratenientes perdieron sus propiedades y patrimonio.
Conspiradores o no, los escoceses que vivían en Inglaterra, no dejaron de sentir congoja frente a las consecuencias que sufrieron no pocos de aquellos  que representaban sus referencias nacionales.
El conflicto político, por lo demás, justificado en cuestiones religiosas tenía a la sociedad inglesa y, particularmente, la londinense en un estado de agotamiento anímico, luego de aquel siglo de conflictos. Todos los ingleses de ese tiempo, no importando sus distintos orígenes sociales, habían nacido y se habían criado en ese ambiente de violentas contradicciones y, sin duda alguna, esperanza debían tener de una vida más tranquila, más disfrutable y condiciones de mayor seguridad y estabilidad.
Por entonces la ciudad tenía medio millón de habitantes y había sido reconstruida luego del gran incendio de 1666, proceso que duró todo un decenio. En esa reconstrucción tuvo un rol destacado, en cuanto a las edificaciones cívicas y culturales, el arquitecto escocés Christopher Wren.
A pesar de las confrontaciones religiosas que marcaban los procesos políticos, la realidad inglesa mostraba un creciente esplendor económico, en su fase pre-industrial, que se vio incrementada por el comercio con las colonias y por el incendio de Londres. En los ambientes culturales, los reyes jacobitas, de espíritu ilustrado, habían favorecido el desarrollo del conocimiento, a pesar de su condición católica. Muchos historiadores masones ven en ello la particularidad en que se desarrolla el catolicismo en Escocia, y la equidistancia de los desarrollos del papismo centro-europeo.
Inglaterra, que tenía un mayor desarrollo económico y comercial, provocó la migración hacia sus ciudades. Sin duda, ello significaba que había un peso en las tradiciones culturales que agobiaba a quienes querían tener una nueva oportunidad, o una vida distinta a las raíces arcaicas.
Debía haber hombres lúcidos capaces de interpretar en el pensamiento y en las prácticas asociativas civiles, aquello que muchos deseaban: una sociedad más tolerante. Es imposible que hombres que se reunían a conversar y fraternizar en las tabernas no hubiesen tenido una comprensión clara sobre lo que ocurría en su sociedad y no lo tradujeran en sus reflexiones escritas.
Es así como, bajo el reinado de Carlos II, se constituyó una de las instituciones más relevantes, no solo para la realidad científica y filosófica inglesa, sino para la civilización europea de su tiempo, y que impactará también en el desarrollo intelectual del siglo XVIII: la Sociedad Real de Londres para el Avance de la Ciencia Natural, vulgarizada en español como “Real Sociedad” y en inglés como “Royal Society”. Fue el primer faro de luz para escapar de aquella forma de convivencia y su antecedente inmediato era la Sociedad Invisible, formada a mediados del siglo XVII, que se reunía en la casa de Jonathan Goddard, un hombre amante de la ciencia y la búsqueda del conocimiento, quien facilitaba su residencia para las reuniones aún fuera de cualquier formalidad legal de la época, que tenía estrictas reglas reales para evitar que se efectuaran reuniones conspirativas contra la corona.

El dato de la Royal Society en la liberación de las conciencias

Comparto la idea de aquellos que piensan que la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge determinó de manera importante a la Masonería, en su proceso fundacional. Creo que no es casualidad que miembros de aquella institución que buscaba desentrañar los misterios de la naturaleza, se hubiesen vinculado a esta naciente forma de asociación. No es casualidad que algunos de sus miembros siguieran ciertas investigaciones que tenían que ver con tradiciones que luego sirvieron para modelar los contenidos masónicos. No es casualidad que quien en ese momento ejercía como presidente de la Real Sociedad, Isaac Newton, se haya dedicado a estudiar paralelamente la simbología y los alcances arquitectónicos del templo de Salomón, que tendrán tanta relevancia para perfilar el mito hirámico.
Creo que varios miembros de esa sociedad de hombres de ciencia, creyeron necesario desarrollar en la sociedad civil, una organización que reprodujera de algún modo, el ambiente que se vivía en aquella institución de hombres libres dedicados a desentrañar los códigos del árbol de la naturaleza.
Un erudito investigador masónico Q:.D:.E:.O:.E:. Francisco Sohr, diría que el surgimiento de la Sociedad Invisible, a iniciativa del alemán Theodor Haak, que luego adoptó el nombre de Royal Society, obedeció al interés de los científicos de superar las realidades de la época. “Cansados de las guerras religiosas, de los antagonismos, la intolerancia y los extremismos de los puritanos, esa sociedad fue el punto de reunión de la elite del saber[3].
El ambiente que reinó entre los socios era de absoluta racionalidad, opuesto a la religión y al esoterismo – señala Sohr -. El Dr. Stukeley, famoso por sus observaciones contenidas en su diario, que incluyen notas sobre la Masonería, miembro de esa Sociedad, escribió: "Si se habla en la Real Sociedad de Moisés, del diluvio, de la religión o de la Escritura Sagrada, esto causa grandes risotadas entre los asistentes".
Sohr se refiere al médico William Stukeley, que destacaría como promotor enciclopedista y arqueólogo, y que se desempeñó como primer secretario de la Sociedad de Anticuarios de Londres. Anotamos también que fue iniciado masón en 1721. Así como Newton dedicó muchos esfuerzos especulativos en torno al templo de Salomón, Stukeley indagó especulativamente en torno a Stonehenge y el legado de los druidas. Esto no debe llevarnos a prejuicios, ya que mucha de las investigaciones científicas modernas se inician con el análisis de determinados vestigios observados de manera especulativa.
Sohr nos recuerda los nombres relevantes que están en el proceso de fundación y consolidación de la Gran Logia de Londres – luego Gran Logia de Inglaterra -, y que tienen relación con la Royal Society: “Entre los nombres de los miembros más conocidos para nosotros, podemos mencionar el ya nombrado Dr. Stukeley, a Elías  Ashmele, Christopher Wren, constructor de la catedral de San Pablo de Londres y de más de cincuenta edificios públicos e iglesias, después del incendio de Londres; Jean Theophile Desaguliers, predicador presbiteriano, físico, colaborador de Sir Isaac Newton, descubridor de la diferencia entre materiales conductores  y no  conductores de electricidad y, finalmente, nombraremos al duque de Montagu”.
La mención al segundo Duque de Montagú, no debe pasarnos inadvertida, Fue el segundo Gran Maestro de la Gran Logia de Londres, y un destacado filántropo, que cometió un acto de extraordinaria modernidad, que nos da un ejemplo de audacia moral para su tiempo: con sus recursos financió los estudios de dos primeros estudiantes negros en la Universidad de Cambridge.
Sin embargo, quisiera resaltar en esta remembranza, la figura de la Real Sociedad que considero más determinante en la gestación de la Masonería que conocemos y practicamos: Jean Theophile Desaguliers.
Desaguliers fue una extraordinaria personalidad intelectual y científica, divulgador de las ideas de la Royal Society, y el único es su historia que recibió tres veces la Medalla Copley, instituida a partir de 1731. Nuestro personaje la recibió en 1734, 1736 y 1741, en mérito a aportes investigativos concretos en bien de la ciencia.
Su figura aún no recibe de la Masonería todo el reconocimiento que se merece. Fue determinante en las definiciones que caracterizarán a la Gran Logia de Londres, en su relato y en sus obligaciones. Ingresó y presidió una de las logias que participó en la fundación de la Gran Logia de Londres, cuyo nombre  era Salomon´s Temple,  y dos años después ya la estaba dirigiendo como Gran Maestro, y ejercía esa condición cuando Anderson redactó la definición de 1723, en la que se le reconoce la condición de co-redactor. Cultivó una estrecha amistad con Newton, quien ejerció como Presidente de la Real Sociedad entre 1703-1727.
Ignorar que Desaguliers fue el nexo de un pensamiento objetivo de aquella entidad científica – la Real Sociedad - con la naciente masonería, y pretender que no la influyó en sus contenidos y definiciones, merced a su excepcional inteligencia y conocimientos, significaría que mientras ejerció el rol de Gran Maestro, o cuando presidió su logia, sufrió de mudez y amnesia, por lo cual no tuvo la capacidad de exponer su visión del tiempo que él a plenitud representaba.
Que la Royal Society influyó en la organización o fundación masónica de 1717, de modo institucional, es un dato que muchos aún no dan como cierto. Ignorar que algunos de sus hombres tuvieron un rol significativo en la institucionalización de la Gran Logia de Londres, sería un acto de absoluta estupidez. Pretender que los sentimientos religiosos no habían agotado la paciencia de muchos hombres lúcidos de Inglaterra, luego de tan abundante confrontación política fundada en esas razones e intereses, con su consiguiente mortandad y privaciones, ciertamente sería una comprensión demasiado bravía de los eventos que marcaron un tiempo azolado por los pretendientes al trono y sus conspiradores teístas.

El deísmo se consolida con la Real Sociedad

Para muchos investigadores masónicos libre pensadores, siempre ha estado en el análisis del proceso fundacional de la Masonería, la contradicción que manifestará el debate sobre la religión y la divinidad en el Siglo de las Luces. En ese análisis la contradicción surgida, ya en  el siglo XVI y que tendrá su mayor expresión en el siglo XVII y XVIII, entre la comprensión teísta y deísta.
No debemos olvidar que el deísmo tuvo grandes exponentes en muchos de los hombres que moldearon la Ilustración, y serán determinantes en imponer la idea de la separación de lo divino y lo humano, hasta implementarlo políticamente en la separación de la Iglesia y el Estado, como ocurrió en la fundación nacional de Estados Unidos, por ejemplo, y en la libertad de culto garantizada por el Estado en muchos países, hasta que se formula la idea de Estado laico con posterioridad.
Recordemos que el deísmo acepta la existencia de un Dios Creador y Padre de la Humanidad, y lo considera la Primera Causa, pero no comparte la idea de que Dios tenga una intervención directa en el desenvolvimiento de las personas, de la realidad y la naturaleza, sobre todo en lo que tiene que ver en cuestiones ordinales de la sociedad. Nada de lo de Dios, a juicio del deísmo, puede estar involucrado en la cotidianidad de este mundo. Antagónicamente, el teísmo – concepto de origen griego, relacionado con la intervención en la cotidianidad humana de lo divino -  asevera la relación del orden universal de lo humano y la naturaleza (o cosmos), con un activo y omnipresente determinismo divino.  
Es pertinente analizar cuanto pudo penetrar ese debate entre quienes, con un mayor bagaje intelectual, participaron en el proceso de institucionalización de la Gran Logia de Londres.
Uno de los propulsores filosóficos del deísmo fue el inglés Thomas Hobbes, precisamente en el siglo XVII. La Royal Society mantuvo una relación activa con su persona y pensamiento. En el pensamiento de Hobbes desaparece todo derecho real de reclamar autoridad proveniente de Dios, lo que le ganó el encono de los partidarios del rey en ejercicio y de todos los pretendientes al trono. De allí que su influencia se desarrolló entre quienes recababan en el ideal republicano, donde la soberanía y la autoridad emanarían del pueblo.
En ese contexto, su pensamiento coincidiría con su contemporáneo alemán, el calvinista Johannes Althusius, que no recibió acusaciones de ateísmo como en el caso de Hobbes, y que era parte de uno de los enclaves calvinistas más liberales de Europa, la ciudad puerto de Emden, punto de conexión privilegiado entre Holanda, Inglaterra y Alemania (según sus denominaciones actuales).
Obviamente, tanto en los debates de la Royal Society, como entre los sectores ilustrados, políticos y religiosos de ese tiempo, el pensamiento de ambos filósofos no pudo estar ausente. De un modo especial, esa mirada secularizadora estuvo presente entre quienes profesaban puntos de vista protestantes (puritanos, presbiterianos, etc.).

La querella entre Antiguos y Modernos se origina en la Real Sociedad

Para entender la importancia de la definición que aún provoca dos comprensiones tan distintas sobre el carácter de lo masónico, hay otro aspecto que debemos tener presente. Tiene que ver con las definiciones, que luego se darán, entre los que aceptaron la opinión andersoniana y los que no la compartieron y prefirieron recurrir a una comprensión anterior, optando por patentizar en el seno de la masonería, la pugna entre “antiguos” y “modernos”, conceptos que no nacieron en la naturaleza de lo masónico, sino que fueron adoptados desde el debate intelectual de su tiempo. Sin duda, provienen de la Real Sociedad y de sus debates formales o informales.
 Estas definiciones se encuentran presentes ya en los siglos previos, pero cuando se hacen presentes de modo influyente en las ideas intelectuales de Inglaterra, es como consecuencia del desarrollo cultural del siglo XVII. Es obvio que los reyes jacobitas fueron proclives al desarrollo de las artes y de las ciencias, lo que se vio ampliamente favorecido con el desarrollo económico y su desarrollo como potencia ultramarina.
El protestantismo favorecía ese desarrollo económico, a la luz de la revisión de los dogmas que estancaban las iniciativas liberales y secularistas.
De allí que no pasó por alto, para los pensadores, intelectuales y científicos, el debate francés sobre lo antiguo y lo moderno, en el plano literario, donde Charles Perrault, escribió sobre la comparación entre esas opciones, en 1688, evidenciando la confrontación entre las obras clásicas y la creatividad tradicional y los impulsos de renovación que venían expresándose desde el Renacimiento. Su planteamiento, desarrollado en cuatro tomos, bajo el título de Parallèle des anciens et des modernes, no solo se referirá a las cuestiones estéticas y literarias, sino que también tiene alcances sobre aspectos relativos a la ciencia.
Ello tuvo impacto en el ambiente intelectual y científico londinense del siglo XVII, y al menos dos grandes referentes expresivos de ese tiempo, intervinieron en tal debate, que se identifica como “la querella entre los antiguos y modernos”. Uno de ellos fue el escritor Jonathan Swift, con su obra satírica “La batalla de los libros antiguos y modernos” (1704).  El otro fue nada menos que Isaac Newton, quien se consideró un moderno subido sobre los hombros de los gigantes del clasicismo. Esto debido a que repitió una frase que buscaba el desagravio, ante las arremetidas despectivas de quienes adherían al clasicismo en el pensamiento. Los escolásticos, sobre la base del principio de autoridad, habían establecido la idea de que los clásicos eran gigantes y que lo nuevo solo era cosa de enanos. Esto incidía fuertemente en la administración y en el concepto de verdad de la ciencia (recordemos a lo que se enfrenta Galileo, cuando propone sus ideas).
La Royal Society vino a romper con esa idea de autoridad y con el clasicismo en la ciencia, de allí que Newton, influyente partícipe, trajo a la graficación de los nuevos caminos de investigación, una frase que hoy es reconocida como elaborada por Bernardo de Chartres, que admitía el presunto enanismo de las nuevas ideas, pero que estas y sus promotores estaban sobre los hombros de los gigantes – los antiguos -, por lo cual, estaban en condiciones de ver más lejos. De hecho, la Royal Society asumió el lema  Nullius in verba (En palabras de nadie) señalando su determinación de obtener evidencias empíricas para el avance del conocimiento, en vez de asumir el criterio de autoridad clásico de cualquier postulado, usado frecuentemente por los escolásticos.
Es obvio que tal debate estuvo presente entre los hombres que intervienen en la reorganización masónica de la primera parte del siglo XVIII, y tomaron partido intelectualmente de las posiciones que dividían a quienes buscaban normar la institucionalidad masónica. Ello tenía que ver, precisamente, con el origen de la autoridad, con el fundamento del relato corporativo, con la interpretación de la tradición, con la legitimidad civil, con la lectura del tiempo histórico.

Reflexiones sobre lo expuesto

No es ajeno a cualquier indagación de las primeras décadas de la Masonería, el intento formalizado por Dermontt, en 1751 por erradicar el legado andersoniano. La conducta reactiva ante lo nuevo pervive en todos los ámbitos de pensamiento y la asociatividad humana. Está presente en muchos momentos de la historia de la mal llamada Masonería Universal. La pretensión de teocratizar la Masonería no viene solo de ciertos Ritos, sino de comprensiones de hegemonía latentes y que aspiran a ser dueños de una verdad absoluta.
Desde miradas oscuras se pretenden imponer ideas de “pura francmasonería”, que no son sino pretensiones excluyentes y sectarias.
Así, la Masonería Chilena no ha estado exenta de esos propósitos. No hace más de un lustro, pretendió imponerse un proyecto refundacional que fracasó ante la irrenunciable comprensión andersoniana que radica en la esencia de la Masonería chilena, y en la forma como esta ha expresado el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, según lo definen sus rituales iniciáticos.
Habrá seguramente nuevas recurrencias en el futuro. De allí la importancia de aprender de los legados que nos deja la modernidad, que no es otra cosa que el pulso potente hacia lo nuevo, sobre los pilares de los aprendizajes del pasado.
La Humanidad vive momentos dramáticos producto de las afirmaciones excluyentes de determinadas visiones confesionales. Sin embargo, parafraseando a Anderson, podemos señalar que cuando nos religamos en torno a una idea en la que todos estamos de acuerdo, un religare en torno a los más sublimes propósitos,  es lo que permite superar los propósitos encarnizados de dividir hasta el crimen.
Solo aquellos grupos humanos que no son capaces de considerar que el hombre es un ser evolutivo, que cambia y que aprende de su experiencia - solo quienes se empecinan en volver al pasado -, tienen propensión a considerar las tradiciones y las miradas arcaicas como fuente inagotable de comprensión de la realidad y de los hechos del hombre.
Más, hay que tener presente, que todas estas reivindicaciones siempre son sesgadas y nunca llegan a representar la plenitud del pasado. Siempre, quienes se apegan a lo antiguo,  pierden la perspectiva de que ellos son producto de la evolución irreversible de todo lo humano, por ley biológica y natural. Nada de lo que existe lo es para siempre. Hasta lo más inmutable terminará entrópicamente mutando en algún proceso nuevo. Más aún lo que tiene que ver intrínsecamente con lo humano y con sus ideas y motivaciones.
Probablemente los antiguos, considerándose gigantes con la reivindicación de los “verdaderos y puros usos y costumbres”, reclamaron el legado de los gigantes que fundaban lo que era como ellos: irrenunciable. Menospreciaron - como todos los gigantes -, a los pequeños, a los enanos, a los insignificantes precursores. Sin embargo, no se dieron cuenta que los modernos, aquellos enanos, estaban parados sobre sus hombros viendo el horizonte, como dijeron De Chartres y Newton, es decir, estaban viendo más lejos y mejor.
Desagulliers y Anderson, como Newton y los miembros de la Royal Society, pensadores e intelectuales modernos de su tiempo, respetando el valor de la tradición, delinearon un nuevo tiempo, donde se iniciaba el reconocimiento a la diversidad y a la libertad.
Ellos impusieron la idea de una religión en la que todos los hombres debían estar de acuerdo. Un concepto ideal, frente a una realidad dramática. Aquella frase demuestra una perspectiva tolerante, que respeta la diversidad, que respeta la condición y denominación de cada cual en relación a los credos y cualquiera de sus convicciones.
Hoy día, bajo el imperio de las convenciones de derechos humanos, debemos reivindicar el legado de la Gran Logia de Londres y su aporte al valor de la diversidad de convicciones, y prontos a cumplir tres siglos le debemos el más trascendente homenaje a su legado y su modernismo.
También debemos revindicar el alma mater de las ideas que promovieron la búsqueda de los misterios de la Naturaleza y la promoción de las nuevas ideas: la Sociedad Real de Londres para el Avance de la Ciencia Natural.




[1] Ver: “La Guerra de los Treinta Años”. Serie Monografías Históricas. Edit. Sopena. Barcelona, España. 1900.
[2] En Internet hay abundante información relacionada con los reyes y las conspiraciones que hicieron de Inglaterra, durante el siglo XVII, un escenario marcado por los conflictos religiosos.
[3] “La Real Sociedad y la Francmasonería”. Francisco Sohr. Instrucción Preliminar. Anuario 3. R:.L:.I:.E:.M:. “Pentalpha” n° 119

lunes, 17 de abril de 2017

Necesitamos una Europa sensata




Las angustias y la desazón se esparcen por Europa como mancha de aceite descompuesto. Mientras escribo estas líneas se han conocido los resultados del proceso electoral en Holanda, ese país que aquellos que lo visitan por primera vez siempre se sorprenden con simpatía por su liberalidad y su forma tolerante de tratar muchos de los problemas de la condición humana. Haciendo gala de grandes episodios del pasado, de hombres ilustres que supieron dejar su huella en la reflexión y el conocimiento humano, lo holandés en Europa ha sido siempre un modelo de sobria comprensión de los pulsos históricos. Sin embargo, es un país que se ha asomado también a la incertidumbre y pese a los agoreros el grueso de su electorado ha dado una señal potente contra la retrogradación y el pasado.
Es tranquilizador el dato holandés de ayer, ya que, por causas que seguirán analizándose, pareciera que Europa está en las puertas de un momento de inflexión que puede ser dramático para todo el mundo. De alguna manera da la sensación de que la sensatez se bate en retirada en el llamado Viejo Continente.
Más allá de los modelos económicos, que han generado consecuencias en parte de la población, que son profundos y que dejan a las democracias en deuda, pero cuyas soluciones no escapan a la posibilidad de la democracia misma, lo que está en juego a partir del Brexit que se impuso en las últimas elecciones de Gran Bretaña y que se promulga hoy, es la capacidad de Europa de mantenerse sensata. 
No hay un futuro promisorio de paz y democracia, si Europa pierde la sensatez. Esa es una verdad que impacta al mundo de manera definitiva, y que puede ser el anuncio de graves consecuencias, dado el creciente enervamiento que se observa en la política internacional, fruto del quiebre de las racionalidades que han permitido que ese continente histórico haya mantenido sus territorios en paz, desde la Segunda Guerra Mundial, por lo menos en aquellos países que constituyeron el alma de la viga en que se ha sostenido la Unión Europea. Por cierto, otros se han agregado con el paso del tiempo, luego de superar periodos marcados por la violencia y los traumas.
Aquella idea surgida por los acuerdos del carbón y el acero, no solo construyeron una comunidad económica, que llegará a expresarse como sujeto político y de derecho internacional, con un modelo comunitario complejo y único, sino también, como consecuencia de las experiencias de su historia, ha sido un actor fundamental e insustituible para delinear un concepto de la paz, de la convivencia pacífica y de los derechos humanos.
Muchos de los derechos que hoy garantizan a las personas su libertad y su cualidad humana, han surgido bajo la reflexión y el liderazgo de hombres y mujeres que han dejado su impronta, a partir de su aporte y vivencia europea. Mucho del mundo racional y racionalizado, de las comprensiones democráticas, del objeto político moderno, de las reflexiones sobre las seguridades humanas, del preludio del derecho futuro, han sido cobijados bajo el amparo del proyecto comunitario europeo.
Hace dos meses, y a modo de ejemplificar lo que asevero, los miembros del Comité Parlamento Europeo para Asuntos Legalesvotaron a favor de una moción para garantizar estatus legal a los robots, a los que se les otorga la condición de "personas electrónicas".
La propuesta, que fue aprobada por mayoría absoluta,estableceque "los robots autónomos más sofisticados podrían recibir el estatus de persona electrónica, con derechos y obligaciones específicos", incluyendo la de subsanar los daños que causen. Los androides serían definidos según distintas categorías, en función de su autonomía y capacidades, presuponiendo una mayor responsabilidad por sus actos a los robots más avanzados. Asimismo, se estipuló que los robots deben contar con mecanismos externos de emergencia, como un botón, para poderlos desactivar en caso de necesidad y emergencia.
Para cualquier observador, colmado por las cuestiones cotidianas, aquello seguramente le pareció extemporáneo, por decir lo menos. Sin embargo, no pasará una década en que ese acuerdo de la Comisión para Asuntos Legales del actual Parlamento Europeo será señero y referente para muchos de los problemas que afectarán a la Humanidad en pocos años más, y donde los problemas de los refugiados y migrantes que hoy dominan la agenda parecerán casi primarios.
¿Qué importancia tiene ese acuerdo legislativo para lo que analizamos? Que Europa tiene esa potencialidad enorme de proyectar el futuro. Que en la esencia del raciocinio comunitario europeo está la posibilidad de encontrar respuestas a los grandes desafíos de la Humanidad, tanto actuales como futuros. Y no hablo de un futuro que escape a nuestra vivencia personal, sino de uno que nos alcanza o que alcanzaremos.
Sin embargo, Europa está en una enorme encrucijada que puede conducir al mundo a una tragedia. Tal vez la peor de todas. El erizamiento, la prepotencia, la arrogancia, el estímulo de los conflictos, la irracionalidad y los ensimismamientos sociales, apuntan inexorablemente a destruir la sensatez del proyecto comunitario y sus efectos sobre los países que han aprendido de sus fundamentos.
La democracia en América Latina y en Chile, le deben mucho al espíritu comunitario europeo. Las categorías del pensamiento político, del humanismo, de la gobernanza, de las seguridades sociales, de la reflexión ética en muchos sentidos. Nuestros dirigentes y las clases políticas de nuestros países han construido muchas de sus afirmaciones a partir de su relación con la sensatez europea. Por cierto, ello no da garantías de la misma sensatez en su interpretación o aplicación, pero es innegable que, en la asertividad de nuestras clases dirigentes, siempre ha estado la reflexión europea sobre los fines y alcances de toda labor política, al margen de la orientación política de quienes los pongan en acción.
No deja de preocupar la aparición y persistencia, en algunos casos, de políticos xenofóbos, claustropopulistas, rupturistas y basados en el recelo y la exclusión. Tipos que van contra todos los progresos en los derechos y seguridades humanas, generalmente asociados al fanatismo nacional-racial- religioso. Un sector de la población que no lee, que no tiene ilustración, que no analiza las consecuencias, sino que se deja llevar por sentimientos impulsivos, producto de las frustraciones que no ha resuelto oportunamente la democracia, que no es menor, pero que generalmente son minoría, ha crecido merced la indiferencia de los votantes que no ejercen su sufragio.
Frente a los desafíos que surgen en el horizonte, esperamos que en definitiva, la ciudadanía europea se haga cargo de la sensatez y del futuro, que Europa representa en el progreso político y reflexivo por antonomasia. En Holanda se ha dado un buen paso en esa dirección.

Sobre laicismo y laicidad

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Los debates recientes por la libertad de conciencia, en España y Uruguay, principalmente, pero no menos significativos en Turquía, India, México y Perú, han evidenciado la trascendencia que adquiere para la convivencia y el respeto a la diversidad, lo que, en la tradición latina, llamamos “laicidad”. En la tradición inglesa, en tanto, tiende a hablarse de “secularismo”. 
Es significativo que ambos conceptos, en sus variables culturales y lingüísticas, vienen en señalar con claridad lo que sustantiva y adjetivamente expresan, para la solución de conflictos políticos sustentados en ideas religiosas.
Sin embargo, no faltan los que se interesarían en que no haya claridad conceptual. Hace ya algunos años, personeros religiosos católicos y sus exponentes confesionalistas, han tratado de generar una confusión, a partir de apreciaciones tendenciosas de los conceptos “laicidad” y “laicismo”. 
En el caso de laicismo, la definición de la RAE, indica las siguientes acepciones: independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado respecto de cualquier organización o confesión religiosa; y, luego, condición de laico. En el mismo contexto, expresa que laico, es un adjetivo, que se usa también como sustantivo que indica aquello que no tiene órdenes clericales, o que es independiente de cualquier organización o confesión religiosa.
Ciertamente, la RAE está en deuda respecto del vocablo “laicidad”, que tiene la particularidad de ser usado a veces como adjetivo pero que es, en propiedad, si aplicamos la regla lingüística española  de las palabras terminadas en el sufijo “dad”, un sustantivo abstracto que indica una cualidad, a partir de un adjetivo (en este caso “laico”).
 Hace poco nos han referenciado a nuestro blog, una columna de opinión de un conspicuo personaje español, donde afirma con desparpajo tendencioso o garrafal desconocimiento, que no existe consenso académico ni jurídico ni lexicográfico de su significado último, diciendo que se entendería que “laicidad” se refiere al Estado laico, neutral o aconfesional, y que laicismo se refiere a un Estado hostil y anticlerical.
Tanto disparate, repetido antes, también por personajes religiosos católicos, no se condice con lo que académicamente se está produciendo en el mundo de las lenguas de raíz latina en torno a esos conceptos, y lo que los usos lingüísticos han hecho prevalecer en la acción comunicativa cotidiana.
De hecho, instancias gubernamentales tienen definiciones específicas que son necesarias de tener en cuenta antes de caer en apreciaciones que evidencian el desparpajo de la ignorancia. Por ejemplo, en la página web gouvenmement.fr es posible tener una clara indicación de lo que es la laicidad.
“La laicidad – indica - descansa en tres principios: la libertad de conciencia y libertad de culto, la separación entre instituciones públicas y organizaciones religiosas, y la igualdad de todos frente a la ley, sin consideración de sus creencias o convicciones. La laicidad garantiza a los creyentes y no-creyentes, el mismo derecho a la libertad de expresión de sus convicciones. Asegura tanto el derecho a cambiar de religión como el de abrazar una religión. Garantiza el libre ejercicio de cultos y libertad de religión, y también la libertad con respecto a la religión: a nadie se le puede obligar por ley a respetar los dogmas o prescripciones religiosas”.
Eso por cierto, solo incomoda y perturba la comprensión a quienes se desandan con la diversidad, y cuando sienten amenazada su hegemonía. Eso explica las confusiones premeditadas.

domingo, 25 de diciembre de 2016

A cuidarse del fundamentalismo



(Publicado en www.iniciativalaicista.cl el 18 de diciembre de 2016)


Toda persona medianamente informada sabe que se, entiende como “fundamentalistas”, a aquellas actitudes o conductas que son contrarias a los cambios o reinterpretaciones de las doctrinas, fundamentos, o prácticas consideradas esenciales e inamovibles en un sistema de ideas, especialmente cuando este tiene un carácter religioso. Cuando ello tiene un alcance concreto, en las opciones prácticas y cotidianas de las personas que siguen un determinado sistema de ideas, se habla también de “integrismo”.
Ambos conceptos se hicieron habituales en el uso comunicacional, hace 40 años, entre quienes censuraban los alcances y opciones promovidas por el régimen teocrático que se instaló en Irán, luego de la caída del sha Mohammad Reza Pahlevi.
Sin embargo, el uso habitual de ambos conceptos permitió que la gente comenzara a emplearlos para calificar conductas o actitudes de otras corrientes de ideas que, más allá de lo religioso tratan de regimentar la vida social, desde otras perspectivas, y que, también, buscan asentarse en el ámbito moral, para llegar así a la legitimidad social y política, hasta formar parte de la legitimidad jurídica.
Así, todo sistema de ideas, o todo conjunto de ideas específicas dentro de un sistema, tratará siempre, en ánimo de penetrar la conciencia social, de lograr la legitimidad moral, para coronarse al fin en legitimidad política y jurídica. Todas las grandes ideas humanas, las buenas y las malas, han seguido el mismo proceso y lo seguirán haciendo.
De allí la importancia de la democracia y el derecho a la libertad de conciencia, para el debate y la discusión de los temas que afectan a la sociedad. De allí,  el efecto que tienen los derechos de las minorías en cualquier sociedad auténticamente democrática, donde, en definitivamente, en cualquier aspecto en debate, todos podemos habitualmente ser minoría (en algún sentido) y, en menos oportunidades, mayoría.
Todas las grandes ideas en el seno de la Humanidad, las buenas y las malas, han sido determinadas sobre la base del mismo proceso de legitimidad, que busca la exaltación política y legal, partiendo de la búsqueda del consenso moral. Todas parten de una apelación a la justicia para legitimar su fundamento moral. Las buenas y las malas.
Algo que ha enseñado la historia humana,  indisoluble de toda pretensión moral, es que hasta las buenas ideas, las más nobles y justas, en algún momento, cuando logran cierto asentamiento firme en la cabeza de playa de las batallas de las ideas, se visten con la pretensión hegemónica. Y toda hegemonía arrastra el oscuro anhelo irrefrenable de la exclusión.
Alguna vez, el ser humano se dio cuenta de que las hegemonías y el virus de la exclusión que conllevan, estaba en la argumentación, en la forma de pensar e interpretar las cuestiones morales, y luego políticas y jurídicas. Entonces generó una idea que llama a pensar las cosas desde la mutiplicidad y no del unicismo. Así nació el libre pensamiento como doctrina, que debía tener el antivirus frente a la hegemonía. Y cuando los libre pensadores vieron que las hegemonías morales tenían siempre como objetivo final la hegemonía política y jurídica, crearon un concepto sustancial: el laicismo, para promover precisamente el respeto a la diversidad en aquellos niveles jurídico-políticos donde la hegemonía pretende asentarse.
Y en la puesta en práctica de estas doctrinas inoculadas del virus del hegemonismo, quienes las promueven han llegado a comprobar que no solo las religiones tienen un alcance perverso cuando logran la hegemonía. Ciertamente, lo que dice al laicismo, por su origen conceptual, siempre estará asociado al hegemonismo religioso.
Pero, desde la mirada del libre pensamiento, es posible comprobar que muchas buenas ideas pueden tornarse en perversamente hegemónicas, en la medida que pretendan imponerse sobre la sociedad, que siempre tendrá, por esencia, por práctica y por el carácter evolutivo del ser humano, un carácter plural, determinado por la multiplicidad de  minorías que la componen, es decir, todo nosotros.
Desde la mirada laicista, se ha podido comprobar también que hay muchas grandes ideas, que no tienen implícita una idea de divinidad, que terminan optando por un especie de práctica religiosa, y donde sus elementos simbólicos llegan a expresar una condición sacramental, y todo lo que ponga en discusión la simbología asociada a ella, viene a ser declarado como apostasía, y por lo tanto merecedora de la condenación social, condenación que necesita la expresión de la mayoría en contra de los “desbandados” o “no consensuados” minoritarios
Desde la experiencia del laicismo, siempre debe promoverse la importancia de la libertad de pensamiento, porque la unicidad de pensamiento es el primer síntoma de una sociedad que se enferma con el hegemonismo y la exclusión. No hay ninguna buena idea, no hay ninguna justa idea, en la historia humana, que no necesite de la contextualización de la diversidad para desarrollarse sanamente.
Pretender que toda persona, en la adhesión a una idea razonable y razonada, deba expresar de manera irrenunciable lo que los obispos y las obispas, lo que los sacerdotes o sacerdotisas, encargadas de defender el huevo fundamental de la idea en discusión establecen como la forma y el fondo del asunto, atenta contra la libertad de conciencia y los derechos inalienables de cada persona a vivir su proceso individual e individualísimo a crecer junto a los demás en diversidad.
Ciertamente, toda idea, aspirante a hegemonizar o ya concretada en hegemonía, crea siempre sus hogueras o promueve los linchamientos colectivos, reales o simbólicos, cuando algo parece alejarse de su fundamento e integridad.
Olvidan que, cuando una idea es absolutamente justa, es más que nunca necesario someterla, como lo hace la ciencia con sus proposiciones, a la condición de teoría, no de verdad. Toda buena idea no puede adquirir modalidad de religión, ya que ello implica una connotación de revelación que excluye el análisis crítico.
Nuestra sociedad está plagada de espacios para quemar o linchar. Se está convirtiendo en una mala práctica en demasiadas personas buenas. Incluso en personas con una mente abierta al libre pensar. La propensión a la sacralización del corpus de toda doctrina, contiene un perverso afán que termina pervirtiendo incluso lo justo de cualquier argumentación.
La hegemonización mata cualquier pluralismo, mata la libertad de conciencia, mata el derecho a cualquier matiz de diversidad, mata la espontaneidad natural,  y hasta el humor. Toda expresión de la arrogancia de la hegemonización moral, mata primero simbólicamente, para terminar matando luego físicamente.
Anhelamos que, aquellos que han asumido el compromiso con la libertad de pensamiento, y nunca declinen ante la hegemonía moral de una transitoria mayoría y que renuncien siempre a la sacralización, ya que en ello descansa la libertad y el derecho a la diversidad, y en ello se sustenta la posibilidad cierta de seguir siendo seres humanos; seres que buscan, que aprenden, que cometen errores, que siguen relativizando la moral.
Cuidémonos, libre pensadores, de los antiguos y nuevos fundamentalismos, sobre todo de los que no vienen de una revelación divina, y sigamos trabajando por la laicidad, manteniendo a raya los integrismos que devienen de una religiosidad que se convierte en un oscuro afán de hegemonía.
Respetemos toda idea que se propone en bien de la Humanidad, en el ámbito de su modestia primordial, y que enriquece al hombre individual en su desarrollo en un medio social donde priman los derechos de todos.
Y cuidemos el humor. Es parte de la condición en que el ser humano advierte sus limitaciones y calibra sus capacidades de aprendizaje. Recordemos siempre que los fundamentalismos son absolutamente serios, hoscos y malhumorados.         

jueves, 10 de noviembre de 2016

Reflexiones laicas sobre el Reichspogromnacht

(Reflexión presentada en la conmemoración de los 78 años de la Noche de los Cristales Rotos, organizada por la Iglesia Luterana chilena y la Confraternidad Judeo Cristiana de Chile)e)


Sin duda, sobre el 09 de noviembre de 1938, de la Noche de los Cristales Rotos o Reichspogromnacht, se han dicho muchas cosas a través de los casi 80 años posteriores, y se seguirán diciendo. Su simbolismo, sus alcances, sus efectos, siguen estando latentes en cualquier conciencia informada y en cualquier análisis sobre los factores que disocian a los individuos y a las comunidades humanas, de las comprensiones comunes que tienen que ver con la convivencia y el respeto necesario de la legitimidad del otro, como sujeto válido en todos los alcances que de ello se desprenden: sociales, jurídicos, morales, políticos.
Cuando se conocen, analizan o reconstruyen en la memoria tales eventos, y este en especial, sin duda en la memoria colectiva aparecen otros sucesos igualmente desgarradores, que también expresan de alguna manera, esa misma manifestación de odio, esa irracionalidad, y esa negación de la legitimidad del otro, por alguna explicación sustentada en las conductas más disociadoras de todo colectivo humano: la intolerancia.
Para practicar y verbalizar la intolerancia no se necesitan grandes ideas, sino solo la manifestación de lo más elemental de la odiosidad. Y la odiosidad no necesita grandes cantidades de combustible moraloide o de desarrollos argumentales. Cuando hablo de odiosidad quiero hacer presente que es un estado ambiental, que en su condición de sustantivo abstracto, nos dice que hay una condición anímica y una determinación con atisbos moralizantes, que de lo individual se proyecta a lo colectivo y se transforma en un hecho político.
Los odios que alberga un individuo en sus capacidades emocionales y en los linderos de su conciencia, no es un hecho social, y cuando más queda en la historia dentro de los archivos judiciales, en la página roja de los medios, o cuanto más en la irrelevancia de su propia existencia. Los odios son parte de la existencia cotidiana del hombre individual. Muchas veces odiamos hasta por las cosas más pueriles.
 Sin embargo, cuando hablamos de odiosidad estamos hablando de una condición característica, de una condición cualitativa que, cuando adquiere presencia en los grupos humanos, es inevitable que se proyecte en una disposición política. Es decir, adquiere una manifestación concreta en la intención de intereses que buscan hacerse legítimos dentro del ordenamiento social.  Para ello es necesario solo desarrollar dos o tres ideas, que no necesiten una fuerza argumental compleja, y que establezcan un concepto diferenciador y la voluntad excluyente para zanjar la diferenciación.
Un aspecto diferenciador de recurrencia histórica, en todos los procesos humanos que han terminado en dolorosos dramas, ha sido la distinción racial. Otras veces, ha sido la distinción religiosa. Otras veces, la simple distinción cultural. Señalo estas, porque de alguna manera, estos han sido los factores de discriminación en las comunidades humanas que han escrito las páginas más dolorosas de la historia, al margen de los procesos determinados por las aspiraciones y  acciones de conquista de determinados hombres de guerra.
La condición étnica, la religión y las costumbres características de los grupos humanos, efectivamente, han sido las motivaciones para introducir dentro de las sociedades los efectos más devastadores contra la convivencia pacífica y el respeto a la condición humana que todos nos debemos respecto del otro.  Muchas veces las sociedades son sometidas a graves y hasta violentas tensiones, como resultado del choque de intereses y objetivos, sin embargo, cuando más perversión adquieren tales confrontaciones, son cuando se establece como elemento convocante del interés de algunos, la argumentación racial, la argumentación religiosa o la argumentación cultural.
El más artero de todos, es el factor racial. Cualquier ser humano, tal vez puede tener la posibilidad de cambiar de religión e incluso abandonar las costumbres colectivas más arraigadas, pero no puede abandonar los factores que dominan su linaje o el determinismo de sus genes. Son parte de su existir físico, en el que no tuvo posibilidad de elegir. Odiar a alguien por el color de su piel o sus características étnicas, de este modo, se transforma en una ventaja absoluta para quien estimula la odiosidad a partir de una discriminación racial.  De allí, que no hay peor, más artero y más deleznable propósito, que llamar y estimular el odio social, a propósito de las características étnicas de un individuo o de un grupo humano.
La otra causa histórica de gran alcance que ha estimulado la odiosidad, es aquella sustentada en la discriminación religiosa. Cuando la discriminación religiosa alcanza la categoría política, desde luego que se transforma en una motivación que perfectamente puede convertirse en un vector que se proyecte de la criminalidad hacia el genocidio. Las últimas décadas de la historia humana tienen ejemplos vergonzantes que ofenden a cualquier conciencia decente, y que parecieran ser acontecimientos geográficamente tan lejanos de nuestra realidad sudamericana, pero que son parte de esta aldea global en la que vivimos cada día.
Muchas veces, muy unido a lo religioso, está la cuestión de las costumbres de los grupos humanos, frente a lo cual, otros grupos reaccionan a través de odio. La afirmación cultural muchas veces se transforma en un obstáculo insalvable para el deseo de mezclarnos y admitirnos, para la voluntad de progresar y diversificarnos dentro de las cotidianidades del convivir.
Pertenezco a una comunidad de personas que me ha tenido por veinticinco años, participando en distintas reflexiones, gran parte de ellas centradas en la necesidad de la tolerancia como objetivo fundamental, como tarea societaria de primer orden.
En esas reflexiones he adquirido la convicción de que el racismo, los atavismos religiosos y las reclamaciones culturales, cuando convergen en una voluntad política, adquieren una potencialidad homicida que se abate como un tornado sobre las comunidades políticas. Sé que estoy hablando entre personas religiosas que podrían sentirse provocados por mis palabras. Sin embargo, debo decirles que respeto profundamente los propósitos religiosos, su doctrina y su fundamento. Pero, soy un convencido que cuando la religión deja de ser tal, para transformarse en una propuesta política, no cabe duda que se produce una desviación que siempre trae consecuencias para las sociedades.
Si hay algo que primó en la antesala, durante y posteriormente, en la Noche de los Cristales Rotos, fue precisamente la conjunción perversa del odio racial, del odio religioso y del odio cultural, en una voluntad  expresada a través de una ideología política. Entre los propósitos que insuflaron la intolerancia de aquella ideología demencial, manifestada en una acción política concreta,  convergen con absoluta claridad esos tres elementos que he mencionado.
Y cuando las tenemos presentes en cualquier sociedad, como lo fue la sociedad alemana de los años 1930, lo que viene a hacerse tangible en la forma como opera esa disposición política, donde, a los componentes señalados, se agregan otros tres elementos determinantes: el ejercicio desnudo del poder, lejos de cualquier consideración ética, la hegemonía y la exclusión.
La intolerancia y la odiosidad como categorías políticas adquieren relevancia solo en la medida que hay poder y ese poder es ejercido en función de determinados objetivos, pretendiendo y construyendo la hegemonía, y aplicando, una vez consolidados los pasos anteriores, la exclusión de aquellos a los que se considera prescindibles dentro del modelo que se pretende imponer.
Vuelvo a lo dicho al principio: Para sustentar un estado de cosas como el indicado, no se requieren grandes ideas o desarrollos argumentales de gran alcance. Basta lo más elemental. Hace algunos meses veces vi en televisión un reportaje sobre ISIS cuando tomó control en Mosul. Los hombres entrevistados, los niños, los combatientes, solo se expresaban en dos o tres frases: una frase para alabar a su divinidad, otra frase para definir a sus satánicos enemigos, y la otra frase para indicar lo que harían con sus enemigos.
Recuerdo haber estudiado alguna vez la fuerza argumental que sostuvo el nazismo para desatar la criminalidad colectiva que al final llegó al genocidio. También eran pocas frases, todas muy elementales. Si bien Hitler era abundante en su oratoria, sus seguidores más encumbrados solo necesitaban un reducido grupo de frases precisas para desatar el odio, el encono y la violencia.
He escuchado muchas veces la necesidad de promover la tolerancia en las sociedades humanas. Hay algunos que consideran esencial que las sociedades deben reconocer la importancia de la tolerancia racial, sobre todo cuando han tenido experiencias de odio étnico en sus vivencias. Hay otros que consideran y difunden la demanda de la importancia de la tolerancia religiosa, sobre todo cuando surgen antecedentes de expresiones de poder, hegemonía y exclusión. Creo que ello es positivo, aun cuando creo que expresan sesgadamente el problema de fondo que debe asentarse  radicalmente en toda sociedad donde impere la tolerancia, el derecho a la diversidad, y la paz entre sus distintos componentes en contradicción: la tolerancia civil.
Creo que el gran desafío para las sociedades sometidas a tensiones producto de presencias diversas en su composición, debiera descansar en la forma como articulamos la sociedad civil, a partir de una convicción de tolerancia en el convivir, legitimando a los otros que no son como yo, o no son como nosotros, como legítimos componentes de la sociedad, con sus libertades de conciencia y sus derechos a pensar libremente, con sus derechos a realizarse y desarrollarse como todos y cada uno. Ello lo sintetizo en el concepto de tolerancia civil, aquella que surge precisamente de la condición o cualidad de ser parte de una sociedad articulada por diversos grupos humanos y de personas que conviven dentro de una realidad y un espacio común.
Si las sociedades fueran capaces de construir esa tolerancia civil, cualquier incapacidad de aceptarse, a partir de distintas condiciones o especificidades, estaría en ese ámbito específico de resolución. Ello sería un basamento concreto para construir políticas más tolerantes y más inclusivas.
Cuando ocurrieron los hechos que conmemoramos con dolor y perplejidad, hace 78 años, lo que experimentó Alemania fue un espantoso derrumbe de los fundamentos de la sociedad civil, provocados por una comprensión de poder, de hegemonía y de exclusión. En aquellos años la sociedad alemana se olvidó de una comprensión civil de legitimidad, a la que tenían derecho todos los hombres y mujeres que vivían en su suelo.
Esa horrible realidad se ha reproducido en las décadas siguientes, en todos los continentes por diversas causas, protagonistas, motivaciones e intenciones. América Latina ha sido testigo también de esas rupturas dramáticas por razones ideológicas o de proyectos de sociedad. No hay continente que no tenga que lamentar consecuencias de purgas dentro de la vida civil, donde siempre han habido grupos que deben ser excluidos por criterios y conductas excluyentes. Chile lo vivió dramáticamente hace algunas décadas.
Nuestra sociedad sin embargo, parece haber aprendido la lección. En un sentido general, somos muchos más tolerantes de lo que pensamos. Hay odiosidades que aún están larvadas en la conciencia de cada cual, probablemente. Pero no hay inmunidad en las sociedades para volver a tropezar con piedras conocidas, por eso la importancia de esta actividad de hoy.
La reflexión final que hago frente a la comunidad religiosa luterana organizadora de esta conmemoración, que expresan la tradición de una historia fundada en la tolerancia civil, especialmente bajo el Siglo de las Luces, es que esa historia es un tremendo aporte que siempre deben potenciar. Sobre todo cuando hay muchos que, desde una perspectiva de adoración a Dios, sustentan visiones de poder, hegemonía y velada exclusión. Descomponer una sociedad a través del odio y el rencor es más fácil que componerla a través del amor y la misericordia.
Al recordar los hechos de aquella noche dramática, que como comunidades religiosas nos traen a la memoria y a la reflexión esta noche, pensemos que los desafíos que enfrentan los seres humanos, pueden y deben ser resueltos por nosotros los seres humanos… para gloria de Dios.



Algunos contenidos del libro "Apuntes sobre la Masonería Chilena"

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