martes, 1 de febrero de 2022

Fraternitas de la República 2021

 

Señor Vicepresidente de la República,

Señora Presidenta del Senado

Señor Presidente de la Corte Suprema

Autoridades en sus cargos y dignidades,

 Representantes de las Instituciones presentes,

Compatriotas,

En estos días, cuando la vida pública comienza a renacer en nuestro país, luego de mucho tiempo de incertidumbre y encierro, a causa de la pandemia del COVID, la que ha cobrado la vida de más de 37 mil compatriotas, y que ha alterado y puesto a prueba nuestra esencia como seres humanos en los más diversos ámbitos - en la vida familiar, en el trabajo, en los estudios y en nuestra convivencia nacional -, la masonería reabre las puertas de su templo principal, para convocar a los hombres y mujeres de nobles sentimientos, a seguir pensando en nuestra patria y en los valores que debemos compartir para renacer a un mañana más próspero y más justo.

Les damos a todas la autoridades presentes, políticas y sociales, la bienvenida a este Fraternitas de la República 2021, encuentro donde la Gran Logia de Chile y la Gran Logia Femenina de Chile, reciben a los representantes de las principales instituciones de nuestra República a compartir en un ambiente de respeto, fraternidad y tolerancia, para fortalecer nuestros lazos cívicos, donde nos podemos reconocer como hermanos e hijos de una tierra común.

En los próximos días, celebraremos doscientos once años desde que nuestros Padres de la Patria, con pundonor y a riesgo de sus propias vidas, se hicieron parte de la obra de legarnos una nación libre y soberana.

Pero también nos plantearon el desafío de construir un país acogedor, tal como lo señalaba el Libertador Bernardo O´Higgins en su carta a los pueblos originarios: “Nosotros hemos jurado y comprado con nuestra sangre esa Independencia, que habéis sabido conservar al mismo precio”- les dice, y destaca señala que, siendo idénticas sus respectivas causas, no debían reconocer en esta tierra otro enemigo de ella que no fuera el poder colonial. “No hay ni puede haber una razón que nos haga enemigos – les expresa -, cuando sobre estos principios incontestables de mutua conveniencia política, descendemos todos de unos mismos Padres, habitamos bajo de un clima; y las producciones de nuestro territorio, nuestros hábitos y nuestras necesidades respectivas no invitan a vivir en la más inalterable buena armonía y fraternidad”.

Aquellas inspiraciones dieron origen a nuestra naciente República, la que se ha ido consolidando a lo largo de los años, con la participación de todas y todos quienes nos han precedido, en una historia matizada de luces y sombras, de bonanzas y deudas.

En relación a ellas, con preocupación y prioridad, debemos hacernos cargo de una deuda histórica, con los hijos de la Araucanía. Arauco tiene una pena, decía una cantautora popular, y esa pena subsiste. La Masonería considera fundamental el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios y respalda los llamados efectuados para un diálogo constructivo, celebra la presencia del Centro Nansen para el Diálogo y la Paz, y hace votos para que este proceso germine en su semilla y traiga fructífera cosecha.

Compatriotas:

Enormes desafíos y enseñanzas nos han dejado estos últimos años. Primero con el estallido social, y luego con la pandemia, donde se han exaltado los sentimientos de solidaridad y de responsabilidad social, con esta aprendimos que cuidarnos trasciende lo individual y se transforma en un bien comunitario.

Así, también, hemos sido partícipes de la exitosa campaña de inmunización, donde las autoridades cumplieron a cabalidad su rol de planificar a tiempo y con responsabilidad, comprometiendo las necesarias dosis para cubrir a toda la población.

Agradecemos al Presidente de la República y a su gobierno, los esfuerzos y su visión sanitaria que ha permitido que, a través de un eficaz plan de vacunación, hoy estemos mirando con más seguridad el desarrollo de la pandemia dentro de las fronteras nacionales.

De modo especial, queremos destacar esta mañana a la Doctora Paula Daza Narbona, Subsecretaria de Salud, por su templanza y abnegada labor, en medio de tensiones y exigencias de un tiempo de grandes desafíos.

Agradecemos también a los trabajadores y trabajadoras de la salud, especialmente de los servicios públicos, que, con dedicación y entrega, se hicieron cargo del cuidado de los enfermos e implementaron el plan nacional de vacunación.

Nuestro recuerdo agradecido a aquellos funcionarios que dieron su vida, sucumbiendo ante el coronavirus, mientras cumplían sus exigentes horarios. A sus familias nuestro afecto y solidaridad ante la pérdida irreparable.

La palabra masón significa constructor. Cada uno de los masones y masonas que vienen a nuestros templos se comprometen a trabajar en ser mejores personas, mejores ciudadanos y ciudadanas, para ser parte de una obra mayor, a la que todos estamos convocados: hacer de Chile una nación más solidaria, más justa, más fraterna y más humana.

La masonería se nutre de la diversidad; a sus templos acuden hombres y mujeres de todas las nacionalidades, de todas las etnias, de todos los credos, de todas las ideologías, donde se respetan como iguales y comparten los mismos ideales y principios.

Para que una institución como la nuestra permanezca en el tiempo, es necesario estar unidos por el sentimiento de la fraternidad más pura. Es nuestra esperanza, que este amor de hermanos y hermanas permee a toda nuestra sociedad.

Es en este ánimo que hoy efectuamos esta Fraternitas de la República, donde nos ponemos como siempre a disposición de nuestro país, de sus autoridades y representantes políticos y sociales, para trabajar sin descanso por un futuro mejor, sin exclusiones, donde los sueños de nuestras niñas y niños, de las y los jóvenes, se puedan hacer realidad.

No existe nada más hermoso que construir un país que acoja los anhelos de quienes viven en su suelo, donde nadie se sienta marginado, donde todos y todas se sientan respetados en su dignidad, siendo parte de un destino común. 

Compatriotas:

Desde hace 23 meses, nuestro país ha estado sometido a un estrés permanente, muchas de sus gentes viven con temor y mantienen condiciones de afectación emocional que tendrán efectos por el resto de sus vidas; muchos han cambiado de modo determinante sus esperanzas, y sus proyectos de vida han experimentado cambios que, tal vez en la magnitud de sus alcances o en la perspectiva que los soñaron, nunca volverán a ser los mismos.

Al inicio de este tiempo de estrés, vivimos un estallido social que nadie se imaginó en su alcance, aun cuando había indicios ciertos de que los componentes de injusticia, de dogmatismo, de mal trato, de inequidad, de corrupción, de insuficiencias, estaban creando las condiciones para una manifestación social de rechazo de vastas proporciones.

La crisis de representación, que venía siendo una causa del descrédito creciente del contrato social, que surgiera de la transición a la democracia, tenía una evidencia que ningún integrante de nuestras élites había considerado adecuadamente en su análisis, pero donde nunca se dieron consensos para darle un nuevo enfoque a la práctica política y resolver los enormes rezagos que la democracia estaba provocando.

Durante una década, cada dos años, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, había puesto ante los ojos de las élites de nuestro país, el socavamiento de las instituciones de la democracia y la erosión de ellas, con un diagnóstico que consideraba 5 puntos claves: la desigualdad multidimensional; el abismo entre las élites y los ciudadanos; la inseguridad en ámbitos claves de la vida social, tales como la salud, las pensiones, el desempleo y la delincuencia; la creciente desconfianza frente a las instituciones, raptadas por una comprensión elitaria o por la corrupción; la desafección a la política tradicional y a las formas de organización representativas, incluyendo las de tipo gremial o reivindicativas.

No voy a abundar en aquello, ya que todos los chilenos tenemos una comprensión personal frente a lo ocurrido, y como la institucionalidad ha debido dar respuesta sobre la marcha a la presión de los acontecimientos, para crear una nueva idea de país, que logre conducirnos hacia un nuevo contrato social, siempre en la mira de satisfacer las legítimas aspiraciones de todos los que viven en este país, en un ambiente de justicia social, equidad y fraternidad, pero también de progreso, de trabajo y creativa pujanza.

Cuando recién se echaban a andar los primeros acuerdos, que abrió la puerta hacia el diseño de un proceso hacia una nueva Constitución, sobrevino lo menos esperado, y nuestro país fue pronto presa de la pandemia que ha afectado a la Humanidad, produciendo muerte, inseguridad y enormes descalabros socio-económicos.

Raptados de la vida cotidiana, millones de chilenos se vieron privados de su libertad y de sus planes existenciales, de la cotidianidad de su vida, no pocos vieron partir a uno de los suyos, abandonando prematuramente la oportunidad de vivir.

Durante la pandemia se ha profundizado la pobreza y la desigualdad, hemos visto la proliferación de campamentos, el aumento del desempleo, el incremento de la migración y la pérdida de expectativas para la vejez de millones de chilenos sigue planteando el problema de las bajas pensiones.

En el mismo contexto pandémico, el alma nacional se ha visto crecientemente violentada por el aumento de los flagelos de la delincuencia y el narcotráfico, de la violencia de sectores contrarios a los consensos y de hechos contra la propiedad, donde las pequeñas empresas y los emprendimientos de muchos chilenos laboriosos han sido destruidos por saqueos y actos irracionales.

Tarea fundamental, será enfrentarlos con decisión e inteligencia, con una visión de largo plazo, donde se aborde este problema social de manera integral, donde la educación debe ser uno de sus principales pilares.

Estudios de opinión, nos hablan de las preocupaciones que afectan el alma y la emocionalidad de los chilenos, tensionando la comprensión del presente y del futuro: la pandemia, por cierto; la profunda crisis institucional; la violencia de unos pocos, y una insuficiencia para abordar problemas tan acuciantes como el crimen y la violencia delictiva, la pobreza y la desigualdad, el desempleo, la educación de los niños y jóvenes, y la corrupción en las élites.

La posibilidad de los efectos del cambio climático sobre nuestro territorio, señalan desde ya hace tiempo, que las contingencias climáticas nos llevarán a nuevas tensiones, con eventos climáticos catastróficos como los producidos en países desarrollados en semanas recientes.

El cambio climático ya golpea con inclemencia a toda nuestra geografía, con una sequía que se extiende por más de una década, con localidades que no tienen agua suficiente para satisfacer sus necesidades básicas.

Resolver estas apremiantes carencias será una obligación en el futuro inmediato, y con seguridad en el futuro deberemos profundizar el desarrollo sustentable de las actividades productivas.

Aún frente a esas amenazas, debemos reconocer los avances del país en la generación de energía, a partir de alternativas que no generan huella de carbono. Nuestro esfuerzo es modelo para el mundo y debemos reconocer la virtud de las políticas del Estado y de las decisiones de inversión privada, que demuestran que es posible avanzar hacia la descarbonización.

Compatriotas:

La vida es un continuo renacer, y hoy estamos viviendo un proceso de profunda reflexión sobre nuestro futuro, de pensar en cómo nos organizaremos para construir un mañana mejor.

Los masones y masonas somos profundamente republicanos y demócratas, tenemos la convicción que del diálogo honesto y tolerante debe nacer la semilla de la patria que queremos.

Este año, los chilenos y chilenas en un proceso único en nuestra historia, hemos elegido a 155 compatriotas para constituir la Convención Constitucional, cuya misión es diseñar un nuevo contrato social, escribir una nueva Constitución.

Vivimos un momento único, donde se definirá nuestra forma de convivencia, la manera como nos relacionaremos, los valores con los que construiremos el alma nacional, y más allá de las contingencias temporales, en su trabajo está depositada la esperanza de millones de compatriotas.

La elección de la Señora Elisa Loncón como Presidenta de la Convención Constitucional, representante del pueblo mapuche, refleja con claridad el espíritu de un nuevo país que estamos avizorando, que reconoce la diversidad cultural como uno de los bienes más preciados que debemos atesorar y reconocer, donde tengan cabida nuestras particulares cosmovisiones. A ella, y a todas y todos los convencionales les expresamos nuestros mejores augurios de éxito en esa trascendental tarea.

En el mismo sentido de futuro, enfrentaremos antes del fin de año la elección de la autoridad que dirigirá el país en los próximos años, se renovará por completo la Cámara de Diputados y una parte del Senado.

Será el tiempo en que las diferentes visiones sobre cómo enfrentar los desafíos que tiene nuestro país, se someterán al escrutinio y a la voluntad popular.

La Masonería respeta todas las visiones y opiniones honestas que reflejan las particulares convicciones políticas. Respeta, así mismo, de manera irrestricta a toda autoridad emanada de procesos legales, constitucionales y democráticos. En eso consiste la democracia.

Ayudaremos en todo lo que podamos a prestigiar a quienes postulan a los distintos cargos, en valoración a la labor pública, y como preludio al debido reconocimiento y respeto para cuando sean elegidos.

Sabemos que la próxima administración del país deberá hacerse cargo de numerosos desafíos pendientes y otros que han emergido con fuerza en los últimos años, y desde este espacio, invitamos a quienes aspiran a dirigir nuestra patria, a reflexionar sobre su importancia y urgencia para enfrentarlos.

Encuestas encargadas por las dos universidades más importantes del país, a fines del año pasado, indicaban que los chilenos están consideran que “es importante llegar a acuerdos en los grandes temas del país” y que “es importante escuchar distintas opiniones para resolver los problemas”.

Pero también, tres cuartos de las personas que fueron encuestadas tienen la comprensión de que “se ha instalado un clima de descalificación donde no se respeta la opinión de los que piensan distinto”.

Encontramos coherente esos resultados con nuestra percepción, pues advertimos que hay una incapacidad de construir un lenguaje de debate que nos esté en la descalificación y la impertinencia, en la agresividad o la prepotencia.

No hay hogar que pueda sustentar su convivencia en medio de un ambiente enrarecido por prácticas descalificatorias y por un trato agresivo. No hay familia que pueda mirarse con afecto y respeto, en medio de un constante incordio.

Pensemos a nuestro país como un gran hogar, una gran familia que debe congregarse dentro de un ambiente de convivencia, donde podemos discrepar, pero no agredirnos ni maltratarnos. Todo habitante de nuestro país, salvo pequeños grupos, anhela un mejor ambiente de convivencia. 

Compatriotas:

El símbolo de esta ceremonia Fraternitas de la República 2021 es la espiga de trigo. En ella queremos plasmar alegóricamente el proceso histórico que vive nuestro país.

La espiga florece, luego es fruto, y puede ser transformada en alimento vital y satisfacer de buena manera las necesidades y aspiraciones de nuestro pueblo. La espiga es también semilla, y puede regresar a la tierra para iniciar un nuevo ciclo, bajo los cuidados de otros hombres y mujeres, los que mañana cosecharán y podrán disfrutar de nuevos frutos. 

La Masonería cree profundamente en la capacidad del ser humano para ser mejor cada día, es por eso que nuestro mensaje en tiempos de incertidumbre, es de sincero optimismo, porque más allá de la racionalidad que debe guiar nuestras acciones, sabemos que toda obra humana debe tener también convicción y propósito, no solo debe estar bien pensada en cómo realizarla, sino, y por, sobre todo, debe ser ejecutada para producir cambios positivos.

Así como las espigas de trigo florecen e inundan nuestros campos, fruto del paciente y dedicado cuidado que se les brinda, tenemos la esperanza que la conjunción de voluntades bien intencionadas, con responsabilidad y respeto, hará posible construir una sociedad mejor, más digna y más humana, un Chile como lo sueñan nuestros hijos y nietos.

Muchas gracias y reciban todas las personas de buena voluntad, presentes en este templo a la razón y el humanismo, nuestra fraterna acogida.

 

Homenaje a los bomberos de Santiago


 Muchas veces me he preguntado sobre el sentido de sacrificio y servicio que implica la vocación voluntaria que caracteriza a las bomberas y bomberos chilenos. Creo que esa reflexión toma mucha fuerza cuando sabemos que algún bombero dio la vida en el cumplimiento de su deber.

La abnegación de cada día, con pequeños y grandes episodios, sin declinar, sin renunciar, siendo fieles a una ética que pasa de generación a generación, de cuartel a cuartel, de ciudad a ciudad.

Busqué una explicación para la abnegación, pero que me permitiera extrapolar las causas o los orígenes. Encontré una forma de abnegación.

Hace tres años, murió una mujer singular. Era una filosofa y psicoanalista, hija de padre anglo-suizo y madre francesa. Esa mujer se llamó Anne Dufourmantelle. Se graduó de la Universidad Brown, en1994, para luego Doctorarse en Filosofía en la Universidad de París, en La Sorbona.  Enseñaba en la Escuela Nacional Superior de Arquitectura en La Villette, en el Instituto de Estudios de Psicoanálisis, en la Universidad de Nueva York y era miembro del "Círculo Freudien".

En 1998, recibió el Premio Raymond de Boyer de Sainte-Suzanne de la Academia Francesa, por uno de sus libros.

En su obra “El salvajismo materno”, publicado en 2001, está interesada en el riesgo que tiene que enfrentar el niño para deshacerse del vínculo con su madre, un vínculo que desea preservar inconscientemente.

Sobre esas ideas regresaría en 2011, en “Elogio del riesgo”, libro en que propone que las pasiones negativas, que se originan según ella en la primera adicción al salvajismo, sean aceptadas en lugar de negadas, para superar los temores y acompañarlos. Así, gran parte de su trabajo ahonda en la naturaleza del miedo humano y la libertad de tomar riesgos.

“La idea de seguridad absoluta — el ‘riesgo cero’ — es una fantasía”, afirmaba en una entrevista para el periódico francés “Libération” (2015), cuando se le preguntó sobre las nuevas medidas de seguridad por el incremento de ataques terroristas en Europa. Alentaba a la gente a aceptar el miedo para vivir de verdad. “Cuando uno admite sus miedos y que la vida no es eterna, la confianza puede renacer de esta vulnerabilidad”, decía Dufourmantelle. “Es un riesgo estar vivo, pocos seres lo están”.

Aquella pensadora, una mujer de la filosofía, se enfrentaría a sus propios miedos, con un coraje inaudito, en una conducta que tiene que ver con la ceremonia que hoy realizamos.

Se encontraba ella, un 21 de julio de 2017, en la playa Pampelonne, cerca de Saint Tropez, cuando hubo un cambio en el clima que volvió peligrosa el área de nado.

Divisó a dos niños en peligro mortal y se lanzó al mar para ayudarlos. Quedó atrapada por las fuertes olas. Otros nadadores la sacarían inconsciente del agua y no pudieron resucitarla. Ambos niños, objeto de la abnegación de Anne Dufourmantelle, sobrevivieron.

Hoy nos reunimos a homenajear la abnegación, en la tangivilización concreta de un grupo de hombres que, como Anne Dufourmantelle, están dispuestos a rendir elogio al riesgo. No desde la irracionalidad o la impertinencia de la inconciencia.

El impulso de su conducta viene del ethos del altruismo, para construir cohesión social, sentido de comunidad, con el deseo cierto de actuar en favor de los demás, a pesar de que aquellos sean absolutamente diferentes.

La abnegación, ciertamente, es una virtud moral que consiste en el sacrificio espontáneo en favor de los otros o, tal vez, en favor de todos los demás. Un ser humano abnegado deja de lado sus intereses personales para actuar en cuidado y asistencia de los afligidos, de los enfermos o de los postrados, de los desfallecidos.

Así, se entiende por abnegación la renuncia o el sacrificio por una causa que tiene un resultado positivo para los demás. La abnegación, para ser tal, tiene por finalidad el bien común. Es una conducta hecha con fines humanos y ha sido practicada en todos los tiempos. La vida es una continua abnegación, pues siempre se sacrifican unos objetivos para alcanzar otros.

Eckhart de Hochheim, teólogo y filósofo alemán del siglo 14, primer teólogo de la Universidad de París en ser sometido a un proceso por sospecha de herejía, afirmaba que “Una abnegación completa y sincera es una virtud preferible a todas. Ninguna obra de importancia puede llevarse a cabo sin ella”.

La motivación de toda abnegación, parece buscar una satisfacción que da un sentido de vida, por ello el escritor español Pío Baroja sostenía que “La vida de abnegación es casi siempre más agradable que la amargura”.

Por lo mismo, relacionamos con abnegación todo acto o idea contrarios al egoísmo; en este sentido, la filantropía o la caridad, el desinterés, el altruismo, vienen a ser compatibles con la idea de abnegación.

En la tradición bomberil, la abnegación no viene de una simple actitud conductual que proviene de la naturaleza individual. La hay, pero, en la regla general se construye. Y se construye a partir de un modelo ético que se encuentra en la doctrina, en el logos, es decir, en la palabra meditada, reflexionada, razonada, en la argumentación, el discurso o la instrucción sobre el propósito social de lo bomberil.

También en el ethos, en un comportamiento o conducta que adopta el grupo colectivo, en la compañía, en la vida del cuartel. Y, por último, en el Pathos, es decir, en la construcción emocional que une a todos en un propósito de hermandad para el servicio.

Cuando pensamos en personajes modelares, como Anne Dufourmantelle, tenemos que pensar en las voluntarias bomberiles que se forman reflexivamente en la doctrina institucional, pero también en los miles de voluntarios que han construido una vocación de servicio que ha formado una tradición, sin más propósito que ayudar a los demás, con la convicción de asumir el riesgo, ya que al admitir los miedos y que la vida no es eterna, la confianza puede renacer de esa vulnerabilidad, para construir el coraje y arrostrar el sufrimiento de los demás con valor y entereza.

En esta ceremonia, como otras que hemos realizado en semanas recientes, la Masonería presenta su homenaje a los Bomberos, repartidos en distintas compañías, en este caso de la Región Metropolitana, que día a día trabajan sin más retribución que saber que cumplen con su deber, y les brinda su reconocimiento, por su permanente labor cívica y moral, de acudir en ayuda de todos aquellos afectados por el fuego, o por eventos que traen dolor o sufrimiento, y que la presencia bomberil busca menguar con el servicio oportuno, solidario y abnegado.

Saludamos con cariño, a todos los homenajeados, porque ellos encarnan ese sentido de abnegación, que hemos querido resaltar en estas palabras.

viernes, 16 de julio de 2021

Solsticio de Invierno

Estamos en tiempo de solsticio, y los Obreros de Paz se reúnen en torno al altar de la Sabiduría, de la Fuerza y la Belleza, ante el Libro y las joyas, para reconocer en el seno fraternal el tiempo de la siembra, cuando reina el frio y las sombras de las noches más largas.  Bajo el agobio de la débil luz del sol y de las hojas que se desprenden de los árboles, la carencia de flores y el gris paisaje, todo parece adquirir una tonalidad lúgubre.

Es el tiempo en que el labrador introduce las herramientas para hacer surcos donde la semilla será depositada para sufrir su proceso de transmutación. La tierra ha sido preparada, a través del barbecho, en un proceso particular de regeneración, y la semilla penetra en ella, para descomponerse en la humedad subterránea, y pasará un tiempo hasta que brote hacia la luz, en forma de un débil brote, reiniciando el proceso de la vida.

 El invierno es una época de cambios por esencia, donde toda la Naturaleza señala con irrefutable evidencia que la descomposición de la materia es fundamental para producir su recomposición.

El pensamiento clásico griego hablaba de cambio sustancial, para referirse a los procesos que implicaban nacimiento, gestación o germinación, que se expresaban en definitiva en muerte, descomposición y pudrición.

Nacimiento, vida, muerte y descomposición, luego la regeneración. He allí un ciclo que determina no solo el proceso de la naturaleza, sino también la percepción de lo humano ante los procesos que, de forma concatenada, en ella se expresan. Es decir, no solo tales ciclos se suceden tangiblemente, sino también que son interpretados como tales y secuenciados en la inteligibilidad del observador humano. Esto es, comprendemos la Naturaleza a partir de los ciclos que conceptualizamos a través de la experiencia, esto es, replicamos lo que nuestro entender significa en lo observado.

La Masonería construye su concepción solsticial recogiendo aquella comprensión desarrollada por la Sabiduría Antigua, donde el misterio iniciático lleva al hombre a vivir el mismo ciclo de la Naturaleza, donde los cuatro elementos actúan para producir el proceso de transmutación. A través de la tierra, el aire, el fuego y el agua, la naturaleza cambia, transforma, regenera, en el ciclo fundamental de la vida. Así también es el proceso iniciático

Cierto. Los masones conceptualizamos el mundo y el universo a través de nuestra comprensión simbólica, en el espacio del templo en que la logia se congrega, donde vemos la marcha del sol a través del zodiaco, imponiéndonos iteradamente el ritmo de un ciclo, donde el rey de la luz recorre las doce columnas, para volver a recomenzar.

El Venerable Maestro, representando al sol en su desplazamiento zodiacal, realiza su marcha, desde el Oriente, a través del norte, el occidente y el sur, para regresar nuevamente al mismo derrotero, siguiendo la secuencia cíclica.

La condición caótica de la Naturaleza

Debemos preguntarnos, sin embargo, si ello ocurre de un modo inalterable, si los procesos de regeneración de la naturaleza mantienen una misma constante ordinal, o si ellos pueden ser imprevisibles.

Bien sabemos que el tiempo de siembra no puede garantizar una cosecha próspera. La transmutación de semilla a brote no es un proceso garantizado y está cruzado por la condición caótica de los factores que concurren en las distintas etapas. No siempre el resultado es exitoso. La semilla no garantiza la mies. Millones de espermios no fertilizan a millones de óvulos en la vida de los mamíferos, incluida la de los seres humanos.

Por cierto, no hay una armonía en cómo ocurren los procesos dentro de ese orden general determinado por los ciclos de la naturaleza. Habrá años de mejor cosecha y otros con resultados paupérrimos, años de más lluvias o de sequía. Habrá períodos en que las pestes y los parásitos atacarán con más intensidad.

Si bien los ciclos se expresan irreversiblemente, en cuanto a su desarrollo consustancial, es decir, inicio, plenitud y declinación, nacimiento, vida y muerte, no es posible establecer condiciones de repitencia u homologables entre uno y otro. Si dos niños nacen en una maternidad, el mismo día y a la misma hora, su ciclo existencial no será homologable o medible en su desarrollo por ningún factor de constancia. Cierto, ambos podrán tal vez estudiar en un mismo colegio, ir a la misma universidad y tal vez tener la misma profesión. E incluso muriendo el mismo día y de la misma enfermedad, nada podrá permitir decir que sus vidas fueron iguales.

De este modo, cada ciclo solsticial es único, aun cuando se manifiesten ciertas constantes que nos aventuren a pensar que todo ocurre dentro de un orden natural de las cosas. Habrá quienes piensen, entonces, que la iteración solsticial nos da una certeza de cómo se suceden las cosas. Sin embargo, siendo el solsticio una interpretación de ciertas observaciones sobre el comportamiento solar y su efecto sobre la naturaleza, esa interpretación solo está señalada por la esperanza. Por eso, la lógica científica nos ha privado de la conciencia solsticial de un modo brutal.

Sin embargo, la Masonería recoge en la comprensión solsticial, no el fenómeno astronómico que es solo aparente, producto del movimiento de inclinación sobre el plano de la eclíptica – la oblicuidad - y la nutación, o movimiento de trompo que nuestro planeta ejecuta en su viaje en torno al astro rey. La percepción terrestre es la que nos hace creer que el sol se detiene, luego de desplazarse hacia el sur, para volver hacia el norte, o viceversa, luego de desplazarse hacia el norte, parece detenerse para reversar su movimiento hacia el sur.

Como aquella condición produce las estaciones, siempre en sentido inverso, en los hemisferios, ello es lo que los pueblos antiguos interpretaban como el comienzo de un nuevo ciclo, cuando el sol parecía detenerse en la puerta solsticial de invierno. Asociado a la necesidad de preparar la siembra de los granos, el solsticio de invierno acogía la esperanza de que cuando el sol trajera el verano vendría el tiempo de la abundancia, de la plenitud de la naturaleza.

Iniciáticamente ello es rescatado por la Masonería en ese sentido de futuro, que abriga la esperanza de que vendrá un tiempo mejor para la condición humana, donde la abundancia y la fraternidad permitan que la felicidad llegue a cada vez más seres humanos. Así, sobre todo, el solsticio es una promesa de felicidad, que se construye en el convivir, en el hecho social, con el anhelo de que nadie sufra de privaciones, postergaciones ni injusticias.

Los cambios de época bajo una comprensión de los ciclos vitales

¿Es posible pensar que las comprensiones solsticiales nos den una respuesta a los fenómenos que afectan a los conglomerados sociales? ¿Pueden, desde el esoterismo, desde lo iniciático, entenderse los procesos que afectan a las sociedades? ¿En particular desde lo iniciático, es posible entender los procesos de descomposición de las sociedades, las crisis que las conmueven, los grandes cambios que han afectado a la Humanidad? ¿La comprensión del ciclo vital de lo humano puede ser aplicada a los procesos que desarrollan los seres humanos a través de las culturas, de la historicidad o de las civilizaciones? ¿Si el ciclo vital humano hace referencia al proceso de crecimiento y desarrollo que atraviesan las personas desde el nacimiento hasta su muerte, ello es aplicable a las obras humanas?

Por cierto, las sociedades humanas también viven ciclos y procesos de cambios, que presentan cierta recurrencia en cuanto a expresar ritmos, o al menos períodos en que las cosas parecen iniciar un proceso, que luego se desarrolla en sus virtudes, complejidades o características, para, en definitiva, vivir la descomposición y la muerte. Luego, la sociedad nace de nuevo con una impetuosa emergencia, para alcanzar una nueva maduración, pero sobrevendrá la fatiga irrecuperable y la muerte. Así parece ser, sucesivamente, a través de los tiempos.

Probablemente esa forma de percibir los desarrollos sociales y, luego, civilizacionales, no sea más que una consecuencia de nuestra propia forma de interpretar a la Naturaleza, que nos induce a establecer periodizaciones y tratar de incrustar en una línea de tiempo los desarrollos antropológicos.

Es que la historia de la Humanidad es una lucha de siglos, de milenios, en la búsqueda de lo que se considera mejor.

Aquello estuvo en la impronta de las comunidades pastoriles, de las tribus agrarias, de los pequeños reinos entre los ríos Tigris y Éufrates, de los pueblos nómades, de las comunidades primordiales de los distintos continentes. Cada siembra era motivo de la esperanza comunitaria. Se esperaba la abundancia, la seguridad, la constancia de la naturaleza en el ciclo vital.

Ese sueño de la felicidad sería desechado por los sueños de conquista, cuando la codicia de posesión se estableció para dar paso a las tribus conquistadoras, anhelo maximizado por los imperios guerreros. Ya no era necesario sembrar, sino apoderarse de las cosechas y del ganado de las comunidades conquistadas.

Ramsés II, Alejandro, Darío, Gengis Khan, Atila, Julio César, Constantino, los Incas, en fin, no tenían como meta la felicidad de sus vasallos sino la grandeza de sus conquistas, dejando una profunda huella de destrucción y portentosas obras, que muchas veces nos maravillan por sus vastas construcciones, y donde la sangre de los esclavos, provenientes de los pueblos conquistados, humedecieron la greda de la argamasa.

Cada uno de esos enormes procesos civilizacionales, encabezado por hombres como los mencionados y otros muchos que los homologaron, pusieron a la condición humana al servicio de sus aspiraciones monumentales de hegemonía militar. Grandes procesos de opresión y de aniquilación, en que lo humano era un simple sustrato de sacrificio y subyugación.

Luego, sabemos bien que, en nuestro Occidente vincular, surgió una iglesia que sinceró el ejercicio de su poder: la felicidad no era para esta vida, sino para otra que se conseguiría a través de la prosternación y la sumisión a un poder religioso excluyente y absoluto, fundado en la verdad supuestamente revelada a un poder temporal, expresado en un Papa, sus cardenales y obispos.

Fue más de un milenio de hegemonía, donde los placeres de la vida estaban radicados en las jerarquías religiosas y en los señores y reinos leales, cada uno con sus propios afanes de conquista y hegemonía.

Esa concepción de poder comenzó a descomponerse con el renacer de las visiones helenistas y con la aparición del movimiento de protesta que inició Lutero y siguió Calvino. Desde entonces, el omnímodo poder de la Iglesia hegemónica nunca sería, civilizacionalmente, igual. Se inició un nuevo ciclo, que abrigó una nueva forma de pensar.

En medio de la sangrienta contienda entre protestantes y papistas surgen los Estados Nacionales, donde uno de sus fundamentos radicaba en la fidelidad al rey o príncipe, y la subordinación de la individualidad a la Nación, incluso con la vida misma.

Asomó, poco después, el Siglo de las Luces, con la emergencia ilustrada, y tal vez, en el siglo XVIII, por primera vez, fue recuperado el sueño de las pequeñas sociedades primordiales, de que la felicidad era una meta en la vida humana. La Ilustración nos aportó una visión humanizadora. Surgieron los Derechos del Hombre, y una idea de sociabilidad sustentada en el Derecho. Cada ser humano debía ser respetado en sus propiedades y en su libertad a decidir por sí mismo respecto de las alternativas de la vida. Los poderes religiosos, los gobernantes absolutistas, fueron reemplazados por la soberanía del pueblo y por la decisión de los ciudadanos.

Aquella apreciación sobre el valor de la libertad y de la condición humana pronto sería negada por la emergencia de los Estados que llevaban la delantera en la revolución industrial. Un nuevo ciclo. Este trajo como consecuencia la división del mundo por las grandes naciones capitalistas, y sus disputas las pagaron con su vida los enrolados en los ejércitos y los países avasallados por el colonialismo. Asia, África, Oceanía y América Latina fueron repartidos entre los países europeos industriales y Estados Unidos.

América Latina sufrió pocas invasiones, pero primó el dominio a través de la corrupción de los gobernantes y de la dependencia económica.

Contra ese nuevo mundo de violencias y despojos, de las fábricas y del desarrollo industrial, emergió el capital financiero y, antagónicamente, la clase obrera, nuevamente levantando la esperanza de la felicidad para quienes producían con sus manos la riqueza. Esa emergente demanda por la justicia y el respeto a la condición humana, produjo revoluciones que fracasaron o fueron capturadas por el poder del Estado, revestido ahora de una reclamación de Estado Nacional de nuevo tipo, donde las estructuras condicionaron la idea de la felicidad a la abnegación y el sacrificio: una nueva forma de religión, esta vez sin divinidad.

¿Cuántos cambios de época y de emergencia y muerte de ciclos podemos comprobar en esta tan somera síntesis? Desde Babilonia hasta cualquier proceso reciente, hay miles de ciclos de las comunidades humanas, de civilizaciones, de poderes hegemónicos, que han surgido por lo general brutalmente, para alcanzar su esplendor o máxima ruindad, para luego descomponerse y fenecer irreversiblemente.

Del ciclo de la modernidad a la postmodernidad

Uno de los grandes debates de nuestro tiempo, tiene que ver con el cambio, donde debemos discernir si estamos viviendo una época de cambios o un cambio de época.

Cuando el Siglo de la Luces irrumpió hace 300 años, implicó un cambio de paradigmas que provocó una profunda promesa contra las bestialidades sostenidas en las torcidas aspiraciones de la hegemonía.  Como consecuencia de ese cambio, surgió el liberalismo, el capitalismo, la revolución industrial, la primera generación de los DDHH, el proletariado, el socialismo, el Estado moderno, la opinión pública.

Pero también, el Siglo de las Luces nos aportó instituciones, que morigeraron el rol de los poderes fácticos que instrumentalizan la condición humana. Cortes de justicia, parlamentos, gobiernos elegidos por el pueblo. Muchas veces nos parece horroroso cuando estas instituciones fallan, pero lo realmente es horroroso recorrer la historia cuando ellas no existen.

El pudor frente a los abusos y la violencia del poder permitieron ir estableciendo convenciones para proteger a los seres humanos de los propios seres humanos. Convenciones para hacer la guerra menos brutal, leyes laborales, derechos de los niños, declaración universal de DDHH, derechos de la mujer, arbitrajes económicos internacionales, justicia internacional, etc. Una institucionalidad internacional representada en la Organización de Naciones Unidas.

Las brutalidades del militarismo y de las violaciones sistemáticas de los DDHH por parte de dictaduras con distintos fundamentos - ideológicos, religiosos, étnicos, nacionalistas, etc. -, permitieron en las últimas décadas el incremento de acuerdos, tratados o convenciones, y varios genocidas han sido llevados a los tribunales. No todos, pero ya es un avance significativo.

Paralelo a ello, sobrevino el derrumbe de los grandes metarrelatos, es decir, aquellos relatos que están más allá del propio entorno objetivo de la historia, es decir, comprensiones abarcadoras, con una historicidad grandilocuente que se sobrepone a las particularidades, donde todo es comprendido dentro de un relato que subordina toda diversidad y contradicción. Una pancomprensión que asume los hechos – de cualquier tipo – de manera absoluta y predeterminada, pretendiendo dar respuesta a toda contingencia o coyuntura, a toda controversia.

No fue mucho después que, desde el pensamiento filosófico liberal y la filosofía devenida del revisionismo religioso, se culpó a la modernidad de muchos males, ya que había secularizado el transcurrir humano. Así, todos los excesos de la industrialización, del colonialismo del siglo XIX, del capitalismo salvaje, de la especulación financiera, la polución, fue sindicado a la modernidad, aquel movimiento espiritual, filosófico y moral, que había desvinculado al hombre de su historicidad devenida de la “recta Iglesia”. Curiosamente, al decir de Steven Spinker, el desdén por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso tiene un largo pedigree entre cierta elite intelectual y cierta cultura artística, también en el siglo XXI[1].

Pensadores secularistas previeron la gran frustración frente a la distorsión de los sueños obreros de un mundo más justo, y señalaron de un modo cierto el gran cansancio ante las utopías arrebatadas por el poder de los Estados. Pareció ser entonces que lo único digno de ser rescatado de las revoluciones del siglo dieciochesco y de aquellas que insinuaron las revoluciones sociales del siglo XIX fue, en definitiva, la democracia.

No fue una constatación absoluta en el siglo XX, donde casi el 70% de la Humanidad no alcanzó a vivirla. Sobreviniendo el siglo XXI, los porcentajes no han mejorado sustancialmente. Por cierto, en la última generación, la Humanidad se ha visto enfrentada a turbulencias profundas, donde la inestabilidad es un factor determinante producto de procesos sociales, económicos, políticos, tecnológicos, y donde la inseguridad para la vida humana adquiere nuevas amenazas.

Son las evidencias de un cambio de época, que producen desorientación, confrontaciones, inestabilidad, discontinuidad, incertidumbre e inseguridad, que coinciden y marcan el inicio de este nuevo milenio. Ello aparejado con cambios tecnológicos, que destruyeron todas las referencias con que se estructuraba el conocimiento y la opinión pública en las democracias. Sabemos que el cambio climático y la explotación irracional de los recursos amenaza con un próximo ciclo de carencias y cambios irreversibles en el planeta.

La textualización del conocimiento, uno de los grandes aportes de la Ilustración, sucumbe ante la digitalización, el nuevo vehículo de la información. Las estructuras de la democracia política son superadas por la democracia de las llamadas redes sociales, donde el acto de elegir por sufragio se relativiza y las personas deciden a través de una opinión, generalmente emocional y no construida a partir del raciocinio informado.

Hoy, millones de personas en las sociedades democráticas consideran que la propia democracia nada tiene que ver con sus intereses y sus libertades, convirtiéndose en ciudadanos permeables al populismo y a la deriva de las instituciones. Un peligroso giro hacia un sistema sin Estado de Derecho, donde el linchamiento del delincuente apresado nos retrotrae hacia el feudalismo o hacia la masa brutal que ahoga con sus brazos de pulpo al mismo pensador que aspira a emanciparla.

Como dice el pensador humanista canadiense, Steven Pinker, en una entrevista reciente para el diario La Tercera, al no estar al tanto de los progresos humanos, se considera que “si todo el sistema está fallando y está corrupto, y no puede ser corregido, entonces destrocemos todo, porque cualquier cosa que salga de estos escombros va a ser mejor que lo que tenemos ahora”.

Reflexión solsticial a modo de conclusión

Un trovador que permeó a tres generaciones, entre ellas las nuestras, masones de un milenio a otro, cantaba a propósito de un talismán de muchos sueños por muchos compartidos:

 

Le he preguntado a mi sombra
A ver cómo ando, para reírme
Mientras el llanto, con voz de templo
Rompe en la sala regando el tiempo

Mi sombra dice que reírse
Es ver los llantos como mi llanto
Y me he callado, desesperado
Y escucho entonces
La tierra llora

La era está pariendo un corazón
No puede más, se muere de dolor
Y hay que acudir corriendo
Pues se cae el porvenir

En cualquier selva del mundo
En cualquier calle

Debo dejar la casa y el sillón
La madre vive hasta que muere el sol
Y hay que quemar el cielo
Si es preciso, por vivir

Por cualquier hombre del mundo
Por cualquier casa

Esa trova tiene mucho que decirnos respecto de lo que estamos viviendo, con todo su dramatismo y angustia, donde la tierra llora.

Pero somos masones y somos humanistas. Nos comprometemos con un sistema de moral que no depende de creencias sobrenaturales o relatos mesiánicos seculares, sino en la comprensión de que las virtudes humanas son el cimiento de la bondad necesaria, que hace posible que la condición humana se encuentre frente a frente con la propia finitud de la vida y con lo efímero del vivir, y que evidencia la inutilidad de las hegemonías, provengan ellas de las ideas políticas, del poder económico, de las ideas religiosas, del poder de las armas, de las razas, o de cualquier distinción que justifique oprimir o degradar a otros seres humanos por ser diferentes o desafortunados o descaminados.

Pero estamos en tiempo solsticial, un tiempo de cambio. El inicio de un nuevo ciclo. Un momento en que podemos soñar con la felicidad que llegará al género humano. Como masones jamás podríamos dejar de soñar o aspirar o trabajar para que la condición humana tenga la oportunidad de realizarse como Humanidad.

Que no haya hambre, que las enfermedades sean sanadas o calmadas, que la justicia llegue a los postergados o humillados, que todo ser humano tenga un techo; que los talentos construyan, que generen arte, o que investiguen, para que la creación humana exalte la portentosa virtud de lo bueno y lo bello, o que sea capaz de desentrañar los misterios del universo.

Imposible entender a la Francmasonería sino en la buena nueva de la modernidad, a la cual representa en su espíritu y aspiración humanista: el derecho humano a la felicidad.

¿Preguntamos nuevamente, cuantos ciclos o épocas ha vivido la especie humana? ¿Cuántos procesos históricos han nacido, se han desarrollado y han muerto, en el determinismo que la naturaleza y la vida imponen de modo irreversible?

Porque todo lo que surge de cualquier modo tiene que sucumbir; así nos lo enseña el tiempo solsticial. Y nos enseña también que lo nuevo surge de la podredumbre de lo viejo. No hay cosecha que no se haya generado en la descomposición de las semillas, cosechadas en un tiempo previo, que muere con ella misma.

Tal vez ello nos induzca a colegir que todos los sueños de una vida mejor en el ser humano, parecen descomponerse finalmente en la degradación de la convivencia social, producto del factor corruptor del poder mal conducido.

Frente a las estructuras que imponen los sistemas de opresión, siempre nacerá la esperanza de la libertad, un anhelo y una demanda que la modernidad ha promovido como consustancial a la condición humana, pero ella, la Masonería – considerándola intransable -, la equilibra con la igualdad – el reconocimiento del otro para también ejercerla – y con la fraternidad – el lazo que nos une como seres humanos -.

Allí, el perfecto triángulo equilátero de la convivencia.

Ello implica que existe una contradicción entre el ejercicio de la libertad absoluta, donde cada cual se realiza sin importar deber social alguno, y la necesidad de mirarnos asociadamente para ayudarnos y construir en común la felicidad.

Pareciera ser que aquello está en los debates ocultos que nos plantea el estado de postmodernidad que marca esta época de profundas frustraciones, asumido por muchos actores sociales contemporáneos, desde la más absoluta ideologización.

De alguna manera podría estar al acecho una comprensión reminiscente del servilismo feudal, donde alguien debe protegernos y cuidarnos, a cambio de la obsecuencia que entreguemos como moneda de cambio. De alguna manera, aquello trató de ser representado también en los Estados policiales: te damos lo que necesitas, pero necesito tu sumisión, y en algún momento requeriré de tu vida.

El filósofo Fernando Savater, en su “Política para Amador” se peguntaba hace casi treinta años: “¿libres o felices?”, a partir de las ideas expuestas por Erich Fromm, en su libro “Miedo a la libertad”.

Nuestra sociedad en crisis se encuentra en una encrucijada donde debiera estar alguna interpretación en torno a esa pregunta.

La libertad ciertamente debe entenderse como un ejercicio con responsabilidad, y la felicidad como una consecuencia del devenir de la responsabilidad. La cuestión de fondo parece estar en la anécdota con que Savater concluye su reflexión en torno a aquella pregunta.

Cuenta Savater que, a Manuel Azaña, presidente de la Segunda República Española, alguien le preguntó “¿cree Ud. de veras que la libertad hace más felices a los hombres?”, y la respuesta del republicano fue “francamente no lo sé, pero de lo que estoy seguro es de que los hace más hombres”.

Y luego de la anécdota, Savater cita a Stendhal, quien expresara: “Un gobierno libre es un gobierno que no hace daño a los ciudadanos, sino por el contrario le da seguridad y tranquilidad. Pero aun, hay mucho trecho de ahí a la felicidad, y el hombre debe recorrerlo por sí mismo, pues sería un alma muy grosera la que se considerara perfectamente feliz porque goza de seguridad y tranquilidad”.

A pesar de dos siglos y medio, la triada de la redención humana - Libertad, Igualdad y Fraternidad - es insustituible para soñar el Humanismo, el tiempo en que lo humano sea una realización de la felicidad, tan efímera, tan circunstancial, pero tan necesaria en la suma y resta del existir. La barrera que se opone, ciertamente se encuentra precisamente en lo humano y en sus defectos de herencia: la codicia, la violencia, el fanatismo, la instrumentalización de las creencias, la ignorancia, el odio, los integrismos, los metarrelatos, la mentira, la superchería, los vicios, el egoísmo, en fin.

Hagamos votos para que este tiempo de solsticio, nos traiga un cambio en favor de nuestras esperanzas de que la felicidad impere en el género humano, especialmente en nuestra Patria, como producto del imperio moral de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero también por el imperio del Derecho, de la justicia social, y de las virtudes sociales y ciudadanas.

 



[1] En defensa de la Ilustración. Paidós. España, 2018

A propósito de un aniversario

La Gran Logia de Chile cumple 159 años de existencia. Si bien hubo Masonería antes de 1862, es, a partir de ese año, cuando se institucionaliza un órgano rector bajo la forma de una Gran Logia. El 24 de mayo de ese año, cuatro logias toman la decisión de unirse bajo una sola institución rectora, siguiendo la fórmula establecida en 1717 y regulada a partir de 1723, con la llamada Constitución de Anderson.

La ligazón que se produce entre la Masonería y la República, sin embargo, comienza con las logias precursoras en el proceso emancipatorio y en las primeras décadas de la nueva Nación, y en la medida que se constituye la Gran Logia de Chile, ello adquiere una relevancia que se plasma en una aportación ética a los grandes procesos que vivirá la República hasta hoy.

Así, en el desarrollo republicano, desde las logias han emergido comprensiones éticas centradas en la condición humana, en sus derechos inalienables y en la naturaleza evolutiva de las formas de convivencia, basadas en el Derecho y en principios rectores, tales como la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Tales comprensiones han sido canalizadas a través de la acción de sus miembros, que, de ese modo, se han constituido en actores fundamentales del hecho republicano y de los procesos que han permitido el progreso nacional en sus comprensiones materiales y espirituales.

La educación como responsabilidad pública, el civismo, el fomento industrial, la legislación laboral, el voto femenino, la salubridad como tarea del Estado, la beneficencia desinteresada, el Estado de bienestar, fueron algunos de los aportes realizados por masones de distintas vertientes políticas a la comprensión de un país que lo entendemos dentro de una perspectiva de progreso, que deviene de la capacidad humana de transformar positivamente los medios materiales y espirituales que hagan posible la realización humana, a través de la justicia social, los derechos humanos y la democracia.

Los hechos que marcan la realidad de nuestro país, desde octubre de 2019 no han escapado a la preocupación y a la reflexión que se hace desde las logias que integran a nuestra institución.

Las conclusiones del Convento Masónico (una convención realizada en las logias de todo el país), realizado a fines de 2019, fueron el resultado de una profunda reflexión frente al estallido social, que fue coherente con la necesidad, planteada por las demandas sociales, de avanzar hacia un nuevo contrato social, es decir, una nueva Constitución Política.

En ese contexto, la Gran Logia de Chile apoyó decididamente el acuerdo político del 16 de noviembre de 2019, con el fin de buscar una salida institucional a las demandas sociales, dentro de la mejor tradición democrática chilena, cuyos resultados son posibles de constatar en las elecciones realizadas el pasado 15 y 16 de mayo, proceso del cual los chilenos debemos sentirnos orgullosos por la transparencia y el concurso de todos, instituciones y ciudadanos, para tener un resultado inapelable, que abre el camino para resolver las deudas de la democracia y del sistema político y, por consecuencia, las deudas sociales que afectan a muchos chilenos.

El futuro del país requiere, como consecuencia de los resultados obtenidos, el máximo de buena voluntad y de exacta comprensión respecto de lo señalado por el electorado que concurrió a las urnas. Pero también requiere mesura y espíritu colaborativo, diálogo fecundo y un sentido de interés en el bien común, toda vez que nadie puede arrogarse más allá de los votos obtenidos, sin perder de perspectiva el hecho que mas de la mitad de los electores no se sintió comprometido con el proceso electoral y con las opciones presentadas.

Como institución ética al servicio de la condición humana, la Gran Logia de Chile y sus logias, colaborarán a través de sus miembros con las mejores capacidades, para que los principios del humanismo, de tolerancia, de justicia social y democracia, permitan la comprensión común republicana tan necesaria para asegurar una sana convivencia en diversidad e inclusión. Ello es coherente con su historia de servicio ético al país y su gente.

 

Presentación de la Fundación Moisés Poblete Troncoso

 

La Masonería reconoce en el trabajo la actividad que eleva la condición humana a su realización espiritual, material y moral. La importancia del trabajo, así entendida, hace de quienes trabajan – en toda su amplia comprensión – sean reconocidos en su importante significación social y moral.

Quienes son tipificados como trabajadores, en las leyes de los países y en los tratados internacionales, constituyen un objetivo fundamental para hacer realidad los logros de las naciones y para el género humano.

Así, para una institución humanista como la que represento, la dignidad de los trabajadores, el respeto a su elevación cualitativa, es un objetivo de un quehacer permanente en la docencia que ocurre en nuestro histórico quehacer.

Desde hace más de un siglo destacados líderes de las organizaciones sindicales y gremiales han sido miembros de la Orden. Destaco figuras históricas tales como Carlos Alberto Martínez, fundador y líder de la FOCH; a Alejandro Escobar Carvallo, uno de los grandes líderes de trabajadores en el tránsito del siglo XIX y XX. A Augusto Pinto, de notable aporte en las luchas por la jornada de 8 horas. Cientos de destacados dirigentes en un siglo, se suman a esos nombres.

La búsqueda de la dignificación del trabajo de los profesionales permitió que destacados masones de los años 1940, lideraran la formación de los colegios profesionales que tanta importancia tuvieron para la dignificación del ejercicio profesional de médicos, químicos farmacéuticos, contadores, agrónomos, veterinarios, etc.

Pero, no se trata solo de aquello tan importante. La sociedad democrática y un orden institucional republicano requieren de órganos que expresen la organización social. La organización gremial y sindical juega un rol de intermediación fundamental, no solo de carácter específicamente económico, sino también social, moral y político.

En la sociedad civil se expresan distintos intereses y objetivos, dentro de la amplia trama de voluntades y aspiraciones. Imposible que los que aportan con su trabajo manual o intelectual, no tengan las necesarias fortalezas de representación e interlocución.

Los acontecimientos nacionales de fines de 2019, desde el punto de vista de las organizaciones de trabajadores planteó un serio desafío, ante la carencia de organizaciones sociales fuertes y con capacidad de conducir las reivindicaciones de importantes sectores de la sociedad.

Acaso la falta de organizaciones representativas poderosas sea una de las explicaciones de la violencia y la incapacidad de consensuar caminos hacia la solución de los problemas que afectan a nuestra sociedad, donde no solo tiene valor la vertiente política.

Pero para construir fortalezas en la organización social, que se expresa a través de gremios y sindicatos, se requiere de formación de líderes que conozcan la legislación, que aprendan el arte de la negociación, que conozcan las tradiciones y la historia, que entiendan en propiedad el rol que les compete.

Las escuelas sindicales, la realización de cursos, la generación de seminarios y otros instrumentos, son los objetivos que nos hemos planteado para hacer posible el proyecto de la Fundación Moisés Poblete Troncoso.

Sabemos que hay otras entidades que cumplen los mismos objetivos. Valoramos a quienes nos preceden en este trabajo.

Nuestro propósito no es competir, sino sumar un acento distinto, sobre la base de no representar un acento ideológico o una particularidad de otro tipo. Queremos generar una línea de trabajo precisamente sin intereses ideológicos o perspectivas específicas, que no sean aquellas puestas en el interés de formar y consolidar liderazgos de calidad, orientados hacia el servicio de sus organizaciones y de la sociedad. El aporte laico, el acento humanista, el pluralismo, la convicción democrática, el sentido republicano del hecho social, serán parte de la gestión que debe abordar la fundación.

Esperamos que la inspiración que nos entrega el legado del destacado impulsor de la legislación laboral en Chile, en América Latina y el mundo, sea un estímulo para colaborar en la formación de una generación de liderazgos, que conduzcan procesos favorables para la dignificación del trabajo.  

Agradezco la participación en este acto de Fabio Bertranou, representante de la OIT, a quien lo tuvimos en el acto del centenario de su organización, la más antigua de las organizaciones internacionales; a José Pérez Debelli, presidente de la ANEF; a Bárbara Figueroa, presidenta de la CUT; y a Mónica Vargas, presidenta de la Asociación de Colegios Profesionales. Uds le han dado un marco de trascendencia a esta ceremonia tan importante para nosotros.

Saludo a la Masonería Colombiana en actividad telemática conjunta

          Sean mis primeras palabras para hacer llegar a los HH de la Gran Logia de Colombia, especialmente al Gran Maestro MRH Alexander Alarcón Camacho, el fraterno saludo de la Gran Logia de Chile, de su gobierno superior y de las logias de su Obediencia, con el mayor aprecio y consideración, con motivo de la celebración del Nonagésimo Noveno aniversario de la Gran Logia de Colombia, que se cumpliera el 19 de febrero pasado, y dentro de cuyas actividades de júbilo se inscribe esta, en que hemos sido invitados a exponer sobre la labor institucional extramural que realiza la Gran Logia de Chile.

Lejos de pretender ser Maestra en lo que hace, la invitación formulada la asumimos con la humildad de los Obreros de Paz, que están llamados a hacer obras de bien, en tanto deber y en tanto comprensión de la doctrina masónica, emanada de la Tradición de la Antigua Fraternidad, de los Usos y Costumbres, y de la Doctrina emanada de la Constitución Andersoniana, a la que la Gran Logia de Chile ha sido leal desde sus orígenes.

Para el masón chileno no existe Masonería si esta no es capaz de poner en práctica en la sociedad en que el masón vive y convive, los altos principios y la conducta coherente con las virtudes que el proceso de Iniciación construye en la cotidianidad del trabajo en Logia.

Somos hombres que, habiendo cumplido con las exigencias del honor y de un devenir libre de reproches morales, llegamos a los templos masónicos a perfeccionarnos y eliminar los resabios de herencia, que deben ser superados por un propósito de perfeccionamiento que nos lleve a la práctica de las virtudes.

Tal cambio no tiene sino un destino: volver a la sociedad como personas mejores, practicantes de la virtud, con una conducta más sublime, capaz de contribuir a la solución de las complejidades que expresa el tiempo histórico en el cual cada persona humana escribe su propia historicidad.

Contribuye de modo claro - a esa concepción de lo masónico - la tradición republicana tan presente en el desarrollo de la Masonería Latino-Americana, que nos une por herencia y por los lauros que muchos masones de nuestro continente, que no solo han aportado virtud moral al desarrollo de sus sociedades, sino también virtud cívica y ciudadana, contribuyendo de modo sustancial al progreso de las Naciones que integran la ilustre fama del Continente de las Repúblicas.

Lo que hace la Gran Logia de Chile, recoge esa tradición, con la depuración iniciática que da cuenta de un desarrollo institucional firmemente radicado en el trabajo en los templos, a través de una docencia moral claramente expresada en sus rituales. Desde el primer Gran Maestro, Juan de Dios Arlegui, hasta hoy, existe en la Masonería chilena una vinculación moral a los procesos que vive nuestra República.

A veces con mayor éxito, a veces con desaciertos. Y si vosotros QQHH han encontrado elementos de interés, por conocer el trabajo de la Gran Logia de Chile desde un punto institucional, bajo el actual gobierno superior de la Orden que encabezo, a propósito de las complejidades que como sociedad y país enfrentamos en estos tiempos de enormes desafíos, tengan la seguridad que ello es coherente con los esfuerzos que han hecho mis predecesores, y que es un ganancial que permite encauzar cualquier desafío.

Cuando asumimos nuestra gestión, a mediados de 2018, fijamos algunas ideas fundamentales para orientar nuestro quehacer, en el contexto de una divisa y una promesa: Mas y Mejor Masonería. Más esfuerzo por fortalecer la institucionalidad masónica, mejor proyección y prestigio de la Orden.

La primera cuestión era eliminar la imputación de ser una organización solo de hombres. Nuestra regularidad se funda en los principios que emanan de la Gran Logia Unida de Inglaterra, por lo cual, resolver la cuestión de la mujer ante la apreciación pública, de una sociedad como la chilena y en medio de una revolución feminista, paralela al momento en que asumíamos, nos obligó a tomar una opción moral insoslayable: el reconocimiento del derecho a la Iniciación para la mujer, en los mismos términos que fue asumida por la GLUI en 1999.

Así establecimos una Acta de Relación y Cooperación con la Gran Logia Femenina de Chile, sustentada en el reconocimiento del derecho a la Iniciación de la mujer, y en relaciones interinstitucionales basadas en la autonomía y en la decisión de abordar las cuestiones extramurales en que estuviéramos de acuerdo.

En ese contexto, asumimos la tarea en común de realizar una ceremonia republicana cada mes de septiembre, mes de la Patria en Chile, donde se invitan a todas las altas autoridades del país y a los representantes de las distintas fuerzas políticas, gremiales, religiosas, académicas, sociales etc. Esta ceremonia es co-presidida por la Gran Maestra de la GLF de Chile y el Gran Maestro de la GLCH.

La segunda cuestión fue que, cualquier actividad que desarrolláramos en la sociedad, debía estar lejos de toda identidad político partidista. Lo que debía expresar nuestro aporte a la sociedad chilena debía sostenerse firmemente en la Fraternidad como mensaje y práctica.

La prescindencia de la Orden, respecto de las opciones que puedan tener los miembros de la Orden, en sus legítimas apreciaciones partidistas, debían quedar fuera de cualquier expresión de nuestras opiniones institucionales.

La tercera cuestión era que debíamos respetar la ley, el orden constitucional, el estado de Derecho, y toda autoridad de la República, ejerciendo sus facultades en fidelidad con el orden constitucional y legal del país, independientemente de la identidad política.

En ese contexto, era muy relevante no tener opinión institucional sobre la gestión o las opiniones de las autoridades y abstenernos de asumir puntos de vista que nos vincularan con opiniones de algún sector político en particular. Tal vez esa es la cuestión crucial.

En cuarto lugar, ya en un plano internacional, la Masonería chilena respeta las Grandes Logias regularmente constituidas, y se abstiene de tener opinión sobre las realidades nacionales de cada país, sobre sus gobernantes y sus procesos políticos, y considera que cada Gran Logia es soberana para afrontar los desafíos de su país. La misma prescindencia pide en relación a los sucesos que puedan afectar al territorio de la República de Chile, donde ejerce su soberanía iniciática.

He señalado los aspectos que fundan nuestro accionar institucional, que no pretendemos poner de ejemplo, pero que no dudamos en exponer a través de la conferencia a la que se nos ha invitado de modo tan fraternal, frente a lo que ha significado la elaboración del libro “La Masonería propone a Chile”, que es una aportación no partidista, consensuada y colaboradora de muchos masones a los desafíos actuales de nuestro país.

Agradecemos la oportunidad y esperamos dar satisfacción a las expectativas fraternales.




Algunos contenidos del libro "Apuntes sobre la Masonería Chilena"

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