sábado, 16 de septiembre de 2017

Homenaje a la Patria

Cuando los aires primaverales de septiembre comienzan a soplar sobre Chile, sin duda el concepto de la Patria toma una connotación que parece llenar el sentimiento popular -  las sensaciones personales y colectivas -, y la simbología de la chilenidad se expresa en todos los lugares, igual como se manifiesta en todas la ocasiones donde las gentes concurren y manifiestan su habitabilidad citadina y rural.
Todos parecemos vernos asociados a la sensación de un sentimiento especial que se relaciona probablemente con las primeras manifestaciones de la primavera. Todo brota a nuestro alrededor, y el sol comienza a revelar la belleza de las geografías. La naturaleza misma parece decir que estamos en el mes de la Patria, y un estado de ánimo general pareciera embargarnos, tal vez prometiéndonos que vendrá el verano y que la vida sigue su ciclo maravilloso en el entorno de nuestra cotidianidad.
Es, sin duda, septiembre, por excelencia, el mes de la Patria. Algo que nos convoca y nos une, y queremos compartir las bondades de las comidas típicas y la libación de las bebidas tradicionales, y el costumbrismo de los juegos y entretenciones de antigua data.
La Patria, más allá de cualquier consideración, en este caso se nos manifiesta con su idea de asociatividad, con su invitación integradora, convocándonos a ser parte de su identidad, acogiéndonos con su relato.
Para quienes hemos incursionado en la lectura de la literatura chilena, encontramos afirmaciones ciertas en nuestra literatura costumbrista o romántica, y en todos aquellos poetas y narradores que han descrito las consecuencias de los grandes episodios de la historia, para dejarlos presentes en nuestra memoria colectiva que somos parte de una misma identidad.
Los poetas han exaltado a la patria desde los tiempos primeros de la República y sus sentimientos siguen siendo propuestas que reviven, a veces en la escuela, o tal vez en la boca de algún juglar rebuscón que quiere traernos la memoria de los sentimientos olvidados.
Tú eres la patria/ y también eres el amor/ pues quien dice patria dice amor” señalaba Manuel Magallanes Moure. “Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña. Mis ilusiones, y mis deseos, y mis esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña”, afirmaba Rubén Darío, un trasplantado en Chile por varios años. “Ay Patria, Patria / ay Patria, cuándo /ay cuándo y cuándo / cuándo me encontraré contigo? / Lejos de ti / mitad de tierra tuya y hombre tuyo / he continuado siendo /  y otra vez hoy la primavera pasa./ Pero yo / con tus flores me he llenado /, con tu victoria voy sobre la frente /y en ti siguen viviendo mis raíces”, susurraba Neruda en la distancia del desarraigado.
Todo juglar la siente, la necesita, la reclama, pero nadie la explica desde la razón. Sin embargo, un poeta latinoamericano, un día quiso responder las incógnitas desde esa trinchera de los consensos. Fue el argentino Jorge Luis Borges que nos propuso: Nadie es la Patria. Ni siquiera el jinete / que, alto en el alba de una plaza desierta, / rige un corcel de bronce por el tiempo, / ni los otros que miran desde el mármol, / ni los que prodigaron su bélica ceniza / por los campos de América / o dejaron un verso o una hazaña / o la memoria de una vida cabal / en el justo ejercicio de los días. / Nadie es la Patria. / Ni siquiera los símbolos. / Nadie es la Patria. / Ni siquiera el tiempo / cargados de batallas, de espadas y de éxodos / y de la lenta población de regiones / Que lindan con la aurora y el ocaso, / y de los rostros que van envejeciendo / en los espejos que se empañan / y de sufridas agonías anónimas / que duran hasta el alba / y de la telaraña de la lluvia / sobre negros jardines. / La Patria, amigos, es un acto perpetuo / como el perpetuo mundo. (Si el Eterno espectador dejara de soñarnos / un solo instante, nos fulminaría, / blanco y brusco relámpago, Su olvido.) / Nadie es la Patria, pero todos debemos / ser dignos del antiguo juramento / que prestaron aquellos caballeros / de ser lo que ignoraban, / de ser lo que serían por el hecho / de haber jurado en esa vieja casa. / Somos el porvenir de aquellos muertos; / nuestro deber es la gloriosa carga / que a nuestra sombra legan esas sombras / que debemos salvar. / Nadie es la Patria, pero todos lo somos. / Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, / ese límpido fuego misterioso”.
Alejándonos del lirismo, como hombres analíticos que seguramente somos, que nos congregamos en torno a la reflexión y al estudio de los fenómenos humanos, seguramente estaremos contestes que la Patria es la tierra natal de nuestros padres, una geografía a la cual nos ligamos afectivamente, porque es parte de nuestra raigambre emocional, y nuestra comprensión cultural del origen. Su significación está muchas veces unidas a connotaciones políticas, porque todo individuo humano es un ser político, o bien a lecturas ideológicas  que se construyen a partir de una raigambre común que pareciera nos obliga.
Hace un siglo y medio, la idea de Patria tenía algo profundamente ligado a una idea de inmolación. No importaba el acierto o los yerros de quienes dirigían los destinos de la reivindicada Patria, porque, por sobre todo, la determinación personal era estar dispuesta a morir por ella. Millones de cadáveres quedaron repartidos por el mundo por aquella voluntad decidida de servir a la Patria más allá de cualquier certeza en los objetivos perseguidos por las élites del Estado Nación.
Pero, en este siglo de revisiones y relativismos que impone la globalización  y las nuevas comprensiones de los deberes frente al Estado, la idea de Patria parece haber experimentado ciertos matices que no responden a las lógicas de fidelización.
La Patria – como sabemos - nace de la idea patriarcal, derivada de los clanes primitivos, asociada a cierta condición de arraigo con el lugar de asentamiento gregario.
El concepto de Patria, en su variable que ha predominado en nuestra cultura nacional, nace fundamentalmente de los procesos derivados de la revolución francesa y la independencia de Estados Unidos. En los siglos previos la fidelidad al Estado estaba determinado por la cualidad de súbditos a un rey, a quien se debía fidelidad y abnegación. Destronados los reyes, se impone la república, y esta se relaciona con un espacio territorial específico. Es así como cobra importancia el valor de un concepto de “patria”, como el factor que construye la ligazón emocional en torno a un país-Estado, o Nación, es decir, ese conjunto comunitario  que se siente parte de un mismo origen y que comparte un territorio.
La emancipación de América ocurre bajo esa invocación patriótica. Carentes de una relación emocional con el territorio, los criollos emancipacionistas, toman el concepto de Patria, como un relato que une a aquellos que sienten que sus lazos con la Corona española se han roto. Perdida la condición de súbditos, es decir, de una sociedad unida por la corona, no hay un elemento unificador de la condición común que articule el relato social.  Lo que hacen los promotores de la independencia es vindicar como elemento de unidad social la condición patriarcal. Se trata de ganar la independencia para quienes habían heredado la tierra de sus padres. Así, el objetivo era liberar la patria del yugo extranjero, y ellos mismos se calificaron como “patriotas” de la América a liberar.
Esa misma vindicación la tomarían quienes se levantaron contra las Coronas europeas, en la misma Europa. Fueron los románticos los que desarrollaron esa idea, en el marco de las revoluciones sociales que se desataron por Europa en 1848, contra las casas reales. Los países centroeuropeos fueron escenario de alzamientos contra la nobleza, especialmente en París y Praga. En ese intento revolucionario y sus efectos, frente a los excesos de la razón dieciochesca, los románticos pusieron su más profundo acento en los sentimientos, lo que, desde el punto de vista de las raigambres geográficas, la Patria fue la expresión más sublime y el patriotismo la expresión cierta de aquel sentimiento que unía a las personas a la tierra de sus padres.
Ello dio sentido a una convergencia social de distintos sectores dentro de un ámbito territorial común, de la misma forma que incentivó la lectura de lo nacional, como otro exponente de invocación unitaria de una comunidad social, en el marco territorial. Ello traería enormes consecuencias para muchos pueblos, que enfrentaron la obligación de compartir un territorio. Eso es lo que aún está presente en muchos conflictos del mundo, donde las fronteras fueron establecidas sobre basamentos de poder, impuestas muchas veces por la fuerza.
Luego, hacia inicios del siglo XX, la usurpación ideológica de los fanatismos del concepto de patriotismo, por los fascismos y nacionalismos militaristas, hará que la idea de Patria alcance niveles insospechados, cuando los grandes y poderosos Estados, tradujeron su propia caracterización en homologación con el concepto Patria.
Un notable ejemplo de ello fue la lucha de la Unión Soviética contra la Alemania Nazi, una conjunción de distintas nacionalidades o patrias, sometido a un concepto unificador a través de un poder soviético que convoca a una Gran Guerra Patria contra el nazismo y Alemania. Es lo mismo que pretendieron los germanófilos de los países limítrofes de Alemania en torno a Hitler.
Sin embargo, la civilización humana ha experimentado cambios muy profundos en las últimas décadas. Ello constituye una afirmación repetida y consensuada que nace de la comprobación cotidiana. Nada parece estar bajo los moldes y afirmaciones comunes, que caracterizaron la cultura occidental de hace medio siglo.
La globalización como proceso cultural se palpa cada día y los basamentos tradicionales parecen ser licuados en una nueva comprensión del mundo, sobre todo en las nuevas generaciones.
Las instituciones, los paradigmas, las afirmaciones fundacionales, la caracterización de los grupos y comunidades humanas, las categorías culturales, etc. ya no son las mismas en su apreciación vetusta e inconmovible. Quienes tienden a afirmarse en las antiguas concepciones y discursos, probablemente sean mirados sin un reclamado respeto por quienes ven las cosas bajo los prismas de una libertad e irreverencia que impacta a quien sigue pensando que las cosas son como ayer.
Así, ocurren muchas revisiones conceptuales. Una muy respetable es la revisión del patriotismo desde el punto de vista filosófico, que hace el alemán Jurgens Habermas, cuando busca superar los efectos catastróficos de la idea de Patria impuesta por el nazismo, y propone alternativamente la idea de un patriotismo constitucional, que se apoye en una identificación de carácter reflexivo, no con contenidos particulares de una tradición cultural determinada.
En equidistancia con las comprensiones nacionalistas,  propone constituir la idea de patriotismo sobre contenidos universales recogidos por el orden normativo sancionado por la Constitución Política del Estado, los derechos humanos y los principios fundamentales del Estado democrático y del Estado de Dwerecho.
El objeto de adhesión a una idea patriótica no sería – según Habermas - el país en que a uno le ha tocado vivir, sino aquel que reúne los requisitos de civilidad exigidos por el constitucionalismo democrático; sólo de este modo cabe sentirse legítimamente orgulloso de pertenecer a un país. Dado su destacado componente universalista que la idea de Habermas contiene, su tipo de patriotismo propuesto se contrapone al nacionalismo de base étnico-cultural, como explicación de una idea de Patria.
Por cierto, que la idea de Patria tiene hoy comprensiones que varían las referencias tradicionales. Las personas que deben viajar por el mundo, que captan el cosmopolitismo de un planeta crecientemente interconectado, donde la prevalencia de las culturas tiende a tener fracturas cada vez más profundas, es dable reconocer que hoy, la interculturalidad redibuja de una manera mucho más racional la ligazón individual con la tierra de origen. Los exilios y las migraciones han generado condiciones nuevas, donde los discursos no tienen el mismo asidero que cuando el horizonte de la mirada humana era mucho más limitada.
Refractariamente hay millones de personas en el mundo que reivindican más la cultura o la identidad religiosa que la idea de Patria. Es lo que marca muchos conflictos sangrientos de nuestro tiempo.
Producto de las migraciones – voluntarias u obligadas - en gran medida, la Patria más que una tierra heredada, tiende a mutar en una tierra adoptada. Muchos hijos de españoles, croatas, árabes, italianos y alemanes, verbigracia, nacidos en tierra chilena, no reivindican en general la tierra de sus padres como la Patria.
Todo apunta a que, cuando más reflexivo es el hombre actual, la idea de Patria tiende a ser crecientemente asociada al lugar donde se vive, y donde las personas adquieren su realización como proyecto personal de vida. Eso significa que la idea de Patria está asociada a lo que podemos llamar el “patriotismo de derechos y deberes”. Es mi Patria porque en ella yo puedo realizarme en mi proyecto de vida, donde cumplo deberes fundamentales, como es aportar al beneficio colectivo, y donde tengo derechos que me dignifican como persona e individuo único e irrepetible.
Pero está también la Patria sentimental. Aquella que no tiene fundamentos intelectivos y no obedece a razones, sino a la suma de vivencias y arraigos, determinado por sueños y recuerdos, por las referencias geográficas de circunstancias que subyacen en los sentimientos. Recuerdo al respecto que, hace algunas décadas atrás, reunido con algunos exiliados chilenos en Europa, aparecía la Patria en la nostalgia y el desarraigo, en la sublimación de recuerdos plañideros, sin ninguna proximidad  con la racionalidad del análisis político o de la lógica de los hechos que los motivaban habitualmente.
Recuerdo de ellos que nunca encontré una descripción de la Cordillera de Los Andes, con tan fino detalle, como en aquellos añorantes apátridas, que la magnificaban en sus formas y colores, cortando la base de un cielo azul de alcances sin iguales. Simple sublimación de las ausencias obligadas. En fin, la Patria venía a ser aquello del cual habían sido despojados.
 Comprendí entonces, que la Patria adquiere un valor emocional enorme cuando se pierde su vivencial y emocional constatación. Tal vez aquello que vivió Ulises, de regreso a Itaca, tuvo mucho de lo que tan apasionadamente nos describe Neruda, antes de volver de París, en su cargo consular en 1938.
Patriami patria, vuelvo hacia ti la sangre./ Pero te pido, como a la madre el niño / lleno de llanto./ Acoge esta guitarra ciega / y esta frente perdida./ Salí a encontrarte hijos por la tierra, / salí a cuidar caídos con tu nombre de nieve, / salí a hacer una casa con tu madera pura, / salí a llevar tu estrella a los héroes heridos./ Ahora quiero dormir en tu substancia. / Dame tu clara noche de penetrantes cuerdas, / tu noche de navío, tu estatura estrellada./ Patria mía: quiero mudar de sombra./ Patria mía: quiero cambiar de rosa./ Quiero poner mi brazo en tu cintura exigua / y sentarme en tus piedras por el mar calcinadas, / a detener el trigo y mirarlo por dentro. / Voy a escoger la flora delgada del nitrato,  / voy a hilar el estambre glacial de la campana, / y mirando tu / ilustre y solitaria espuma  / un ramo litoral tejeré a tu belleza” (Himno y regreso).
Siendo esta una reflexión masónica, destinado a homenajear a la Patria, cabe reflexionar, aunque sea brevemente, sobre la Patria masónica y el patriotismo en Masonería. No en vano, muchos masones han luchado por la Patria, y muchos, muchos más, han hecho Patria.  Hacer Patria ¿Cómo se hace Patria? ¿Una institución de perspectiva universal puede hacer Patria?
Sin duda alguna, la Masonería radica en una territorialidad específica, constituida sobre la base del Derecho y está llamada a respetar la ley del país en la cual se encuentra regularmente establecida. Desde sus orígenes mismos, hace 300 años, cada Masonería ha estado ligada a la realidad del país en que se desarrolla y practica su Rito.
Nuestro Rito nos conmina a cumplir un programa que nos indica: “obedecer las leyes del país, vivir honradamente, practicar la justicia, amar a tus semejantes, trabajar sin descanso por la felicidad de la Humanidad y por su emancipación progresista y pacífica”
Eso hace que cada organización masónica se entronque con los valores que unen a su sociedad, con su identidad y con aquello que potencia la unidad, la solidaridad y la filantropía de la gente que habita un país determinado. Todos los conceptos que contribuyen a la vida en sociedad, a la convivencia pacífica, a la concreción de nuestro ideal de fraternidad, basados en el respeto del hombre y en el desarrollo de sus capacidades, tienen valor e importancia para nosotros los masones.
De allí que el concepto de Patria está arraigado profundamente en la comprensión fraternal de la naturaleza masónica. No amamos la patria por ser una estructura ordenada en torno al Estado. Amamos la Patria por sus gentes, por sus comunidades que bregan cotidianamente para hacer de la geografía y el territorio, una oportunidad para sus integrantes. Amamos la Patria porque es el lugar donde podemos ser y hacer, donde se materializan nuestros sueños personales y colectivos. Amamos la Patria porque es el lugar donde se conjugan con perfección los derechos y los deberes de cada cual, por el solo hecho de ser parte de su integridad.
Sin duda, la inspiración de la Patria debe ser fraternal, porque todos nos reconocemos simbólicamente hijos de ella. Allí debe reinar la tolerancia, porque no todos pensamos de la misma manera. Debe ser un lugar donde la caridad adorne las conductas, porque siempre ayudaremos al desvalido o rezagado. Es la trilogía fundamental de la Patria masónica del Aprendizaje. Sin esos tres valores fundamentales no podríamos construir una idea de Patria.
Siempre debemos tener presente, que la Patria no está donde no hayan cualidades que la expresen en la conciencia y en la comprobación cotidiana, porque – por sobre cualquier diseño argumental racional -, la Patria es padre y madre de una colectividad humana, congregada en torno a valores sublimes, que deben ser enseñados a sus hijos. Como todo Padre-Madre, nos enseña, nos guía, desde nuestros primeros pasos, nos cobija, nos acompaña aún cuando nos equivocamos, nos quiere en toda nuestra diversidad.
La Patria del Masón, es aquella que nos hace libres, pero conscientes del deber colectivo, y la que nos exige coherencia en nuestros principios y los valores que preconizamos.
La Patria del Masón chileno, es aquella que dibujaron como un ideal los masones de la emancipación: O´Higgins, Carrera, Pinto, Freire, Blanco. La que fue pensada desde los ideales de la institucionalización libertaria, por Lastarria, Bilbao, Matta y Gallo. Lo que fue adornada por los valores del libre pensamiento, por Espejo, De la Barra e Isidoro Errázuriz. La que fue defendida con vigor por Emilio Sotomayor, Estanislao del Canto y Latorre. La que fue señalada por la esclarecedora  docencia de Letelier y Salas. La que fue modelada desde los derechos sociales por Martínez, Grove, Matte y Allende. La que fue sanada en sus dolores por Noé, García, Asenjo o Sendic. La que ha sido formulada por el Derecho, con los aportes de Moisés Poblete, Aguirre Cerda, Silva Cimma y Abeliuk. En fin.
La Patria del Masón chileno es aquella que hacemos cada día, con nuestros principios y nuestras conductas, en la sociedad de la que somos parte, trabajando y aportando a la idea de un país mejor, de una sociedad más justa y en paz. Porque, como lo dicen nuestros Principios Constitucionales “los masones aman a su patria, respetan la ley y la autoridad legítima del país en que viven y en el que se reúnen libremente”


miércoles, 16 de agosto de 2017

Lo que Chile espera del Tribunal Constitucional


La reciente aprobación de una ley de aborto por tres causales, ha dado paso a que, algunos sectores políticos, a partir de miradas particulares fundadas en observaciones de tipo religioso, hayan apelado al Tribunal Constitucional acusando que la ley aprobada por el Congreso Nacional atenta contra cierto precepto constitucional que garantiza la vida del que está por nacer.
No advertimos claridad jurídica ni constitucional en el concepto apelado “del que está por nacer”, ya que ello nunca ha sido precisado por nuestro orden constitucional con claridad, ni nunca ha habido una definición legal que establezca también con claridad, desde el punto de vista jurídico-sanitario, el “comienzo de la vida”.
Por el contrario, en el ámbito internacional, hay definiciones que las convenciones de salud y derechos humanos establecen en tales casos con claridad, sobre la base de antecedentes científicos y médicos, a los que Chile debe aproximarse de manera decidida.
 Parece que la apelación al Tribunal Constitucional, para impedir la promulgación de la ley, es simplemente ideológica y busca imponer a las mujeres chilenas sus propias convicciones religiosas, las que solo obligan a quienes las sustentan en el ejercicio legítimo de su libertad de conciencia.
Por otro lado, no debemos perder de vista que las destinatarias de la ley aprobada por el Congreso solo tiene efecto en mujeres que, en los casos excepcionales contemplados, podrían decidir, también de acuerdo a sus convicciones, si ponen en práctica tal derecho. No puede una ley de la República establecer obligaciones que estén en el ámbito particular de las convicciones personales de cada cual. Lo aprobado en el Congreso Nacional protege ese derecho. 
La ley aprobada por el Congreso Nacional solo establece un derecho limitado a casos específicos, tal como está consagrado en todo el mundo civilizado, dada la condición extrema en que se aplicaría según decisión de las directamente afectadas: en caso de peligro de vida de la madre, en caso de inviabilidad fetal y en caso de violación.
En este último caso, el más discutido en la tramitación del proyecto, por factores ideológicos y prejuicios, tampoco se debe perder de vista que hay organismos internacionales que promueven los derechos de la mujer y de las niñas, que han hecho un llamado expreso a Chile a acoger el aborto en la causal de violación, dado los efectos en la salud y su dignidad personal, de que quienes han sido fertilizadas bajo tales condiciones inhumanas.
En virtud de ello, creemos que el Tribunal Constitucional debe ratificar el carácter constitucional de la ley aprobada por el parlamento, órgano establecido por la Constitución para generar las leyes, y no exponer a nuestro país a una condición de paria desde el punto de vista de los derechos médicos, de los derechos humanos y de las convenciones internacionales que garantizan los derechos fundamentales de la mujer.
La mayoría de los chilenos espera que su institucionalidad y sus leyes sean coherentes con las convenciones y prácticas internacionales. Un rezago siempre inducirá hacia la injusticia o a la inexistencia de derechos fundamentales.

viernes, 28 de julio de 2017

La influencia de la Royal Society en la fundación de la Gran Logia de Londres

Hace 300 años fue fundada la Gran Logia  de Londres, primer antecedente concreto de lo que llamamos Masonería o Francmasonería. Dentro de un mes, el próximo 24 de junio, habrán transcurrido tres centurias, de lo que llamamos con propiedad Masonería.
La Masonería es la Masonería en su esencia, desarrollo y carácter, y cualquier apellido que le pongamos nos puede llevar por caminos que no son sino la continuidad de afirmaciones que rayan en la especulación inconducente.
Es lo que nos deja la historia y la constatación concreta. Los antecedentes historiográficos señalan que cuatro logias concurrieron a dar nacimiento a la Gran Logia de Londres, aún cuando no sabemos cuál era el origen de ellas. Hay indicios de que puede haberse dado el caso de que su formación haya sido ad hoc, es decir, que se hayan formado para luego constituir aquella primera gran logia, piedra fundante de lo que entendemos como la Masonería que practicamos y conocemos.

La realidad del tiempo fundacional

Para entender históricamente el nacimiento de la Masonería, imaginémonos las enormes tragedias en el siglo XVII, en que tantas personas murieron, fueron perseguidas, encarceladas, mutiladas, violadas, heridas gravemente o asesinadas, en nombre de opciones políticas sustentadas en alguna de las religiones que pretendían la hegemonía y el poder.
Debemos pensar que no podían estar ausentes hombres que, en medio de esas odiosas conflagraciones buscaron otros rumbos y perspectivas para salir de la lógica de la odiosidad y mirar otras cosas de su entorno. Es imposible pretender que no hubiera hombres que quisieran otra forma de entenderse, superando la lógica sectaria religiosa y las políticas de bandos fundados en ella. Es imposible pretender que no hubiera hombres que se plantearan que, aquel tiempo de confrontaciones, debía llegar a su fin. 
Cuando se analiza el siglo XVII, es imposible no considerar los hechos que, desde otro ámbito, marcan su trascendencia extraordinaria en la historia humana, en el ámbito del esclarecimiento, y que señalan de manera importante, la actitud del hombre no solo como producto de sus ideas sobre Dios.  Es el momento preambular del llamado “siglo de la luces”, y donde se dan pasos importantes hacia una nueva comprensión de la realidad.
El siglo XVII fue aquel en que Galileo irrumpe con su teoría astronómica, y en el que debió retractarse para salvar la vida;  en que producto de la liberación del espíritu religioso, el hombre emprende grandes desafíos civilizadores, como las Compañías Holandesa e Inglesa de la Indias Orientales; es el siglo en que se inicia la colonización de América; en que se realiza la primera cesárea, se descubre la circulación de la sangre y se efectúa la primera transfusión; en que diversos descubrimientos e invenciones matemáticas sobrevienen como resultado de la posibilidad de pensar más allá del determinismo religioso.
Es el tiempo de Kepler, el momento en que irrumpe Newton, que consolida una nueva concepción del Universo; en que la Ilustración comienza a manifestarse en Europa, aplicando nuevos métodos de observación guiados por la razón, y donde muchos intelectuales afirmaron que todo puede ser desentrañado por la mente humana si ésta utiliza la razón y el método de la ciencia.
Es el momento de consolidación de los Estados Nacionales europeos, que se habían instituido en el siglo XVI, y tras los cuales el componente religioso será determinante. Bajo el concepto del derecho divino de los reyes europeos, expresado en el principio absolutista francés “un roi, une foie, une loi”, se impone la unidad de la religión con el poder político y la nación. En torno al rey se une una nación que debe reconocer una religión exclusiva, que obliga a sus súbditos a respetar y obedecer.
Sin duda, el acontecimiento con implicancias religiosas más determinante en el siglo que nos ocupa, es la Guerra de los Treinta Años, la primera guerra europea según los conceptos modernos, y que sintetiza de un modo dramático las lucha entre católicos y protestantes. Sin embargo, para algunos historiadores europeos, es el conflicto que determina el proceso de inflexión entre el predominio socio-estructural de la religión, el que pasa a ser sustituido por la política, y donde los protestantes adquieren su derecho a existir pacíficamente en el escenario europeo.
Los inicios de la guerra, en 1616, estuvieron en el enfrentamiento entre los príncipes y regentes de los pequeños estados alemanes, agrupados según su adhesión religiosa en la Unión Evangélica y la Liga Católica, en el seno del Sacro Imperio Romano Germánico, que se encontraba en sus últimos estertores. Ello fue el comienzo de un conflicto que arrastró a toda Europa Central y Escandinavia, por el norte, hasta España por el oeste.
Todo ello consolidó la hegemonía centro-europea de Francia, que terminó por imponer sus términos en Westfalia, al Sacro Imperio y a sus propios aliados, y por último a los españoles algunos años después[1].
Sin embargo, como todo momento de inflexión, tuvo las dos caras de la moneda: una, la negativa, la guerra misma y su desolador efecto en Alemania; la otra, la positiva, que la paz pactada, garantizó la diversidad religiosa entre los contendientes, que reconocieron el derecho de los protestantes a ser respetados, lo que traerá enormes consecuencias culturales para Europa y la Humanidad.
Gracias a ello, Europa evolucionó en todos los aspectos, y la Modernidad entró derechamente para bien del pensamiento, de la ciencia, de las artes, y una nueva concepción del mundo y de la realidad fue posible, algo que bajo el atávico predominio católico no habría tenido lugar.
Inglaterra y Escocia, en tanto, no eran una excepción, debido a los procesos que venían en desarrollo, desde el siglo XVI, donde el reinado de Jacobo VI de Escocia, y luego conocido como Jacobo I de Inglaterra, destacado por su gran ilustración y por promover un periodo de florecimiento intelectual notable, no logró superar los rencores entre católicos y protestantes, estos últimos expresados en distintas identificaciones, producto de las diferentes doctrinas e intereses que contenían. Su hijo y rey, Carlos I, terminó decapitado en medio de las conspiraciones de los católicos escoceses y de los puritanos ingleses, y con las dudosas intervenciones presbiterianas, que produjeron dos guerras civiles.
Luego de la dictadura o protectorado de Cromwell (1653-1658), gobernó Carlos II, quien estuvo también sujeto a las conspiraciones políticas sustentadas en cuestiones de tipo religioso, donde la Ley de Indulgencia, dictada por el rey, para favorecer a los católicos, y la Ley de Exclusión, promovida por el parlamento para apartar de la sucesión a su hermano, el duque de York, son expresiones de como la política de Inglaterra y Escocia estaba determinada por los intereses religiosos. Bajo su reinado se produjo el gran incendio que devastó casi el 80% de Londres.
Jacobo II, católico, no dudó en favorecer el retorno de la influencia de los de su credo, y enunció una nueva ley de indulgencia, lo que llevó a los protestantes a aliarse con el príncipe holandés Guillermo de Orange, que era reconocido por estos como un adalid del protestantismo, al haberse enfrentado al rey francés, Luis XIV. El príncipe holandés se había casado con la hija María del rey inglés, en un momento que aquel quiso aplacar las conspiraciones protestantes. Guillermo de Orange desembarcó en Inglaterra con un ejército protestante, y obligo a Jacobo II a huir, ante lo cual el parlamento lo dio por abdicado. Asumieron la corona de Inglaterra, Escocia e Irlanda en forma compartida, Guillermo y María.
No tuvieron descendencia, por lo cual, la triple corona fue heredada a la hermana de la Reina María, Ana, educada en el protestantismo y casada con el príncipe también protestante Jorge de Dinamarca. Es en su reinado que se unifican Inglaterra y Escocia en un solo reino con el nombre de Gran Bretaña. La Reina Ana murió sin dejar descendencia, por lo cual, la mayoría del parlamento determinó que el familiar más cercano y protestante, quedara en la línea de sucesión, desechando a aquellos familiares católicos más cercanos. Esa decisión de 1701, provocó que la heredera fuera su prima holandesa Sofía de Wittelsbach. El Acta de Naturalización de 1705 concedió la nacionalidad británica a los descendientes no católicos de Sofía.  Sin embargo, Sofía moriría antes que Ana, por lo cual, su hijo Jorge asumió el trono de Gran Bretaña e Irlanda, fundando la dinastía Hannover[2].
Nadie con inteligencia puede haber soportado por toda la vida tales confrontaciones. Sin duda debía haber precursores de una nueva realidad. Creo que las cuatro logias de Londres, que dieron aquel paso histórico, fueron precursores de un nuevo tiempo. ¿Cómo unir a tantos que se seguían odiando? Tal vez con una religión en que todos estuvieran de acuerdo. ¿Con una religión en su comprensión primaria, o con una religión en su comprensión de trinchera, que tantas tragedias afectaban por un siglo de luchas políticas devastadoras?

La realidad política que incide en el tiempo de la Real Sociedad

Llevaba poco más de un año en el ejercicio de su reinado, cuando Jorge I debió enfrentar una rebelión de los jacobitas, en 1715, la cual se gestó en Escocia para entregarle el trono al hermano de religión católica de la fallecida reina Ana. No escapaba a esas conspiraciones los intereses de Francia, donde finalmente terminaron refugiados los artífices del alzamiento. Las consecuencias que enfrentaron los escoceses insurrectos que no alcanzaron a escapar a Francia fueron devastadoras: los que no fueron ejecutados, fueron desterrados a las colonias para efectuar trabajos forzados, en el caso de los que no eran nobles o propietarios. Los nobles y terratenientes perdieron sus propiedades y patrimonio.
Conspiradores o no, los escoceses que vivían en Inglaterra, no dejaron de sentir congoja frente a las consecuencias que sufrieron no pocos de aquellos  que representaban sus referencias nacionales.
El conflicto político, por lo demás, justificado en cuestiones religiosas tenía a la sociedad inglesa y, particularmente, la londinense en un estado de agotamiento anímico, luego de aquel siglo de conflictos. Todos los ingleses de ese tiempo, no importando sus distintos orígenes sociales, habían nacido y se habían criado en ese ambiente de violentas contradicciones y, sin duda alguna, esperanza debían tener de una vida más tranquila, más disfrutable y condiciones de mayor seguridad y estabilidad.
Por entonces la ciudad tenía medio millón de habitantes y había sido reconstruida luego del gran incendio de 1666, proceso que duró todo un decenio. En esa reconstrucción tuvo un rol destacado, en cuanto a las edificaciones cívicas y culturales, el arquitecto escocés Christopher Wren.
A pesar de las confrontaciones religiosas que marcaban los procesos políticos, la realidad inglesa mostraba un creciente esplendor económico, en su fase pre-industrial, que se vio incrementada por el comercio con las colonias y por el incendio de Londres. En los ambientes culturales, los reyes jacobitas, de espíritu ilustrado, habían favorecido el desarrollo del conocimiento, a pesar de su condición católica. Muchos historiadores masones ven en ello la particularidad en que se desarrolla el catolicismo en Escocia, y la equidistancia de los desarrollos del papismo centro-europeo.
Inglaterra, que tenía un mayor desarrollo económico y comercial, provocó la migración hacia sus ciudades. Sin duda, ello significaba que había un peso en las tradiciones culturales que agobiaba a quienes querían tener una nueva oportunidad, o una vida distinta a las raíces arcaicas.
Debía haber hombres lúcidos capaces de interpretar en el pensamiento y en las prácticas asociativas civiles, aquello que muchos deseaban: una sociedad más tolerante. Es imposible que hombres que se reunían a conversar y fraternizar en las tabernas no hubiesen tenido una comprensión clara sobre lo que ocurría en su sociedad y no lo tradujeran en sus reflexiones escritas.
Es así como, bajo el reinado de Carlos II, se constituyó una de las instituciones más relevantes, no solo para la realidad científica y filosófica inglesa, sino para la civilización europea de su tiempo, y que impactará también en el desarrollo intelectual del siglo XVIII: la Sociedad Real de Londres para el Avance de la Ciencia Natural, vulgarizada en español como “Real Sociedad” y en inglés como “Royal Society”. Fue el primer faro de luz para escapar de aquella forma de convivencia y su antecedente inmediato era la Sociedad Invisible, formada a mediados del siglo XVII, que se reunía en la casa de Jonathan Goddard, un hombre amante de la ciencia y la búsqueda del conocimiento, quien facilitaba su residencia para las reuniones aún fuera de cualquier formalidad legal de la época, que tenía estrictas reglas reales para evitar que se efectuaran reuniones conspirativas contra la corona.

El dato de la Royal Society en la liberación de las conciencias

Comparto la idea de aquellos que piensan que la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge determinó de manera importante a la Masonería, en su proceso fundacional. Creo que no es casualidad que miembros de aquella institución que buscaba desentrañar los misterios de la naturaleza, se hubiesen vinculado a esta naciente forma de asociación. No es casualidad que algunos de sus miembros siguieran ciertas investigaciones que tenían que ver con tradiciones que luego sirvieron para modelar los contenidos masónicos. No es casualidad que quien en ese momento ejercía como presidente de la Real Sociedad, Isaac Newton, se haya dedicado a estudiar paralelamente la simbología y los alcances arquitectónicos del templo de Salomón, que tendrán tanta relevancia para perfilar el mito hirámico.
Creo que varios miembros de esa sociedad de hombres de ciencia, creyeron necesario desarrollar en la sociedad civil, una organización que reprodujera de algún modo, el ambiente que se vivía en aquella institución de hombres libres dedicados a desentrañar los códigos del árbol de la naturaleza.
Un erudito investigador masónico Q:.D:.E:.O:.E:. Francisco Sohr, diría que el surgimiento de la Sociedad Invisible, a iniciativa del alemán Theodor Haak, que luego adoptó el nombre de Royal Society, obedeció al interés de los científicos de superar las realidades de la época. “Cansados de las guerras religiosas, de los antagonismos, la intolerancia y los extremismos de los puritanos, esa sociedad fue el punto de reunión de la elite del saber[3].
El ambiente que reinó entre los socios era de absoluta racionalidad, opuesto a la religión y al esoterismo – señala Sohr -. El Dr. Stukeley, famoso por sus observaciones contenidas en su diario, que incluyen notas sobre la Masonería, miembro de esa Sociedad, escribió: "Si se habla en la Real Sociedad de Moisés, del diluvio, de la religión o de la Escritura Sagrada, esto causa grandes risotadas entre los asistentes".
Sohr se refiere al médico William Stukeley, que destacaría como promotor enciclopedista y arqueólogo, y que se desempeñó como primer secretario de la Sociedad de Anticuarios de Londres. Anotamos también que fue iniciado masón en 1721. Así como Newton dedicó muchos esfuerzos especulativos en torno al templo de Salomón, Stukeley indagó especulativamente en torno a Stonehenge y el legado de los druidas. Esto no debe llevarnos a prejuicios, ya que mucha de las investigaciones científicas modernas se inician con el análisis de determinados vestigios observados de manera especulativa.
Sohr nos recuerda los nombres relevantes que están en el proceso de fundación y consolidación de la Gran Logia de Londres – luego Gran Logia de Inglaterra -, y que tienen relación con la Royal Society: “Entre los nombres de los miembros más conocidos para nosotros, podemos mencionar el ya nombrado Dr. Stukeley, a Elías  Ashmele, Christopher Wren, constructor de la catedral de San Pablo de Londres y de más de cincuenta edificios públicos e iglesias, después del incendio de Londres; Jean Theophile Desaguliers, predicador presbiteriano, físico, colaborador de Sir Isaac Newton, descubridor de la diferencia entre materiales conductores  y no  conductores de electricidad y, finalmente, nombraremos al duque de Montagu”.
La mención al segundo Duque de Montagú, no debe pasarnos inadvertida, Fue el segundo Gran Maestro de la Gran Logia de Londres, y un destacado filántropo, que cometió un acto de extraordinaria modernidad, que nos da un ejemplo de audacia moral para su tiempo: con sus recursos financió los estudios de dos primeros estudiantes negros en la Universidad de Cambridge.
Sin embargo, quisiera resaltar en esta remembranza, la figura de la Real Sociedad que considero más determinante en la gestación de la Masonería que conocemos y practicamos: Jean Theophile Desaguliers.
Desaguliers fue una extraordinaria personalidad intelectual y científica, divulgador de las ideas de la Royal Society, y el único es su historia que recibió tres veces la Medalla Copley, instituida a partir de 1731. Nuestro personaje la recibió en 1734, 1736 y 1741, en mérito a aportes investigativos concretos en bien de la ciencia.
Su figura aún no recibe de la Masonería todo el reconocimiento que se merece. Fue determinante en las definiciones que caracterizarán a la Gran Logia de Londres, en su relato y en sus obligaciones. Ingresó y presidió una de las logias que participó en la fundación de la Gran Logia de Londres, cuyo nombre  era Salomon´s Temple,  y dos años después ya la estaba dirigiendo como Gran Maestro, y ejercía esa condición cuando Anderson redactó la definición de 1723, en la que se le reconoce la condición de co-redactor. Cultivó una estrecha amistad con Newton, quien ejerció como Presidente de la Real Sociedad entre 1703-1727.
Ignorar que Desaguliers fue el nexo de un pensamiento objetivo de aquella entidad científica – la Real Sociedad - con la naciente masonería, y pretender que no la influyó en sus contenidos y definiciones, merced a su excepcional inteligencia y conocimientos, significaría que mientras ejerció el rol de Gran Maestro, o cuando presidió su logia, sufrió de mudez y amnesia, por lo cual no tuvo la capacidad de exponer su visión del tiempo que él a plenitud representaba.
Que la Royal Society influyó en la organización o fundación masónica de 1717, de modo institucional, es un dato que muchos aún no dan como cierto. Ignorar que algunos de sus hombres tuvieron un rol significativo en la institucionalización de la Gran Logia de Londres, sería un acto de absoluta estupidez. Pretender que los sentimientos religiosos no habían agotado la paciencia de muchos hombres lúcidos de Inglaterra, luego de tan abundante confrontación política fundada en esas razones e intereses, con su consiguiente mortandad y privaciones, ciertamente sería una comprensión demasiado bravía de los eventos que marcaron un tiempo azolado por los pretendientes al trono y sus conspiradores teístas.

El deísmo se consolida con la Real Sociedad

Para muchos investigadores masónicos libre pensadores, siempre ha estado en el análisis del proceso fundacional de la Masonería, la contradicción que manifestará el debate sobre la religión y la divinidad en el Siglo de las Luces. En ese análisis la contradicción surgida, ya en  el siglo XVI y que tendrá su mayor expresión en el siglo XVII y XVIII, entre la comprensión teísta y deísta.
No debemos olvidar que el deísmo tuvo grandes exponentes en muchos de los hombres que moldearon la Ilustración, y serán determinantes en imponer la idea de la separación de lo divino y lo humano, hasta implementarlo políticamente en la separación de la Iglesia y el Estado, como ocurrió en la fundación nacional de Estados Unidos, por ejemplo, y en la libertad de culto garantizada por el Estado en muchos países, hasta que se formula la idea de Estado laico con posterioridad.
Recordemos que el deísmo acepta la existencia de un Dios Creador y Padre de la Humanidad, y lo considera la Primera Causa, pero no comparte la idea de que Dios tenga una intervención directa en el desenvolvimiento de las personas, de la realidad y la naturaleza, sobre todo en lo que tiene que ver en cuestiones ordinales de la sociedad. Nada de lo de Dios, a juicio del deísmo, puede estar involucrado en la cotidianidad de este mundo. Antagónicamente, el teísmo – concepto de origen griego, relacionado con la intervención en la cotidianidad humana de lo divino -  asevera la relación del orden universal de lo humano y la naturaleza (o cosmos), con un activo y omnipresente determinismo divino.  
Es pertinente analizar cuanto pudo penetrar ese debate entre quienes, con un mayor bagaje intelectual, participaron en el proceso de institucionalización de la Gran Logia de Londres.
Uno de los propulsores filosóficos del deísmo fue el inglés Thomas Hobbes, precisamente en el siglo XVII. La Royal Society mantuvo una relación activa con su persona y pensamiento. En el pensamiento de Hobbes desaparece todo derecho real de reclamar autoridad proveniente de Dios, lo que le ganó el encono de los partidarios del rey en ejercicio y de todos los pretendientes al trono. De allí que su influencia se desarrolló entre quienes recababan en el ideal republicano, donde la soberanía y la autoridad emanarían del pueblo.
En ese contexto, su pensamiento coincidiría con su contemporáneo alemán, el calvinista Johannes Althusius, que no recibió acusaciones de ateísmo como en el caso de Hobbes, y que era parte de uno de los enclaves calvinistas más liberales de Europa, la ciudad puerto de Emden, punto de conexión privilegiado entre Holanda, Inglaterra y Alemania (según sus denominaciones actuales).
Obviamente, tanto en los debates de la Royal Society, como entre los sectores ilustrados, políticos y religiosos de ese tiempo, el pensamiento de ambos filósofos no pudo estar ausente. De un modo especial, esa mirada secularizadora estuvo presente entre quienes profesaban puntos de vista protestantes (puritanos, presbiterianos, etc.).

La querella entre Antiguos y Modernos se origina en la Real Sociedad

Para entender la importancia de la definición que aún provoca dos comprensiones tan distintas sobre el carácter de lo masónico, hay otro aspecto que debemos tener presente. Tiene que ver con las definiciones, que luego se darán, entre los que aceptaron la opinión andersoniana y los que no la compartieron y prefirieron recurrir a una comprensión anterior, optando por patentizar en el seno de la masonería, la pugna entre “antiguos” y “modernos”, conceptos que no nacieron en la naturaleza de lo masónico, sino que fueron adoptados desde el debate intelectual de su tiempo. Sin duda, provienen de la Real Sociedad y de sus debates formales o informales.
 Estas definiciones se encuentran presentes ya en los siglos previos, pero cuando se hacen presentes de modo influyente en las ideas intelectuales de Inglaterra, es como consecuencia del desarrollo cultural del siglo XVII. Es obvio que los reyes jacobitas fueron proclives al desarrollo de las artes y de las ciencias, lo que se vio ampliamente favorecido con el desarrollo económico y su desarrollo como potencia ultramarina.
El protestantismo favorecía ese desarrollo económico, a la luz de la revisión de los dogmas que estancaban las iniciativas liberales y secularistas.
De allí que no pasó por alto, para los pensadores, intelectuales y científicos, el debate francés sobre lo antiguo y lo moderno, en el plano literario, donde Charles Perrault, escribió sobre la comparación entre esas opciones, en 1688, evidenciando la confrontación entre las obras clásicas y la creatividad tradicional y los impulsos de renovación que venían expresándose desde el Renacimiento. Su planteamiento, desarrollado en cuatro tomos, bajo el título de Parallèle des anciens et des modernes, no solo se referirá a las cuestiones estéticas y literarias, sino que también tiene alcances sobre aspectos relativos a la ciencia.
Ello tuvo impacto en el ambiente intelectual y científico londinense del siglo XVII, y al menos dos grandes referentes expresivos de ese tiempo, intervinieron en tal debate, que se identifica como “la querella entre los antiguos y modernos”. Uno de ellos fue el escritor Jonathan Swift, con su obra satírica “La batalla de los libros antiguos y modernos” (1704).  El otro fue nada menos que Isaac Newton, quien se consideró un moderno subido sobre los hombros de los gigantes del clasicismo. Esto debido a que repitió una frase que buscaba el desagravio, ante las arremetidas despectivas de quienes adherían al clasicismo en el pensamiento. Los escolásticos, sobre la base del principio de autoridad, habían establecido la idea de que los clásicos eran gigantes y que lo nuevo solo era cosa de enanos. Esto incidía fuertemente en la administración y en el concepto de verdad de la ciencia (recordemos a lo que se enfrenta Galileo, cuando propone sus ideas).
La Royal Society vino a romper con esa idea de autoridad y con el clasicismo en la ciencia, de allí que Newton, influyente partícipe, trajo a la graficación de los nuevos caminos de investigación, una frase que hoy es reconocida como elaborada por Bernardo de Chartres, que admitía el presunto enanismo de las nuevas ideas, pero que estas y sus promotores estaban sobre los hombros de los gigantes – los antiguos -, por lo cual, estaban en condiciones de ver más lejos. De hecho, la Royal Society asumió el lema  Nullius in verba (En palabras de nadie) señalando su determinación de obtener evidencias empíricas para el avance del conocimiento, en vez de asumir el criterio de autoridad clásico de cualquier postulado, usado frecuentemente por los escolásticos.
Es obvio que tal debate estuvo presente entre los hombres que intervienen en la reorganización masónica de la primera parte del siglo XVIII, y tomaron partido intelectualmente de las posiciones que dividían a quienes buscaban normar la institucionalidad masónica. Ello tenía que ver, precisamente, con el origen de la autoridad, con el fundamento del relato corporativo, con la interpretación de la tradición, con la legitimidad civil, con la lectura del tiempo histórico.

Reflexiones sobre lo expuesto

No es ajeno a cualquier indagación de las primeras décadas de la Masonería, el intento formalizado por Dermontt, en 1751 por erradicar el legado andersoniano. La conducta reactiva ante lo nuevo pervive en todos los ámbitos de pensamiento y la asociatividad humana. Está presente en muchos momentos de la historia de la mal llamada Masonería Universal. La pretensión de teocratizar la Masonería no viene solo de ciertos Ritos, sino de comprensiones de hegemonía latentes y que aspiran a ser dueños de una verdad absoluta.
Desde miradas oscuras se pretenden imponer ideas de “pura francmasonería”, que no son sino pretensiones excluyentes y sectarias.
Así, la Masonería Chilena no ha estado exenta de esos propósitos. No hace más de un lustro, pretendió imponerse un proyecto refundacional que fracasó ante la irrenunciable comprensión andersoniana que radica en la esencia de la Masonería chilena, y en la forma como esta ha expresado el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, según lo definen sus rituales iniciáticos.
Habrá seguramente nuevas recurrencias en el futuro. De allí la importancia de aprender de los legados que nos deja la modernidad, que no es otra cosa que el pulso potente hacia lo nuevo, sobre los pilares de los aprendizajes del pasado.
La Humanidad vive momentos dramáticos producto de las afirmaciones excluyentes de determinadas visiones confesionales. Sin embargo, parafraseando a Anderson, podemos señalar que cuando nos religamos en torno a una idea en la que todos estamos de acuerdo, un religare en torno a los más sublimes propósitos,  es lo que permite superar los propósitos encarnizados de dividir hasta el crimen.
Solo aquellos grupos humanos que no son capaces de considerar que el hombre es un ser evolutivo, que cambia y que aprende de su experiencia - solo quienes se empecinan en volver al pasado -, tienen propensión a considerar las tradiciones y las miradas arcaicas como fuente inagotable de comprensión de la realidad y de los hechos del hombre.
Más, hay que tener presente, que todas estas reivindicaciones siempre son sesgadas y nunca llegan a representar la plenitud del pasado. Siempre, quienes se apegan a lo antiguo,  pierden la perspectiva de que ellos son producto de la evolución irreversible de todo lo humano, por ley biológica y natural. Nada de lo que existe lo es para siempre. Hasta lo más inmutable terminará entrópicamente mutando en algún proceso nuevo. Más aún lo que tiene que ver intrínsecamente con lo humano y con sus ideas y motivaciones.
Probablemente los antiguos, considerándose gigantes con la reivindicación de los “verdaderos y puros usos y costumbres”, reclamaron el legado de los gigantes que fundaban lo que era como ellos: irrenunciable. Menospreciaron - como todos los gigantes -, a los pequeños, a los enanos, a los insignificantes precursores. Sin embargo, no se dieron cuenta que los modernos, aquellos enanos, estaban parados sobre sus hombros viendo el horizonte, como dijeron De Chartres y Newton, es decir, estaban viendo más lejos y mejor.
Desagulliers y Anderson, como Newton y los miembros de la Royal Society, pensadores e intelectuales modernos de su tiempo, respetando el valor de la tradición, delinearon un nuevo tiempo, donde se iniciaba el reconocimiento a la diversidad y a la libertad.
Ellos impusieron la idea de una religión en la que todos los hombres debían estar de acuerdo. Un concepto ideal, frente a una realidad dramática. Aquella frase demuestra una perspectiva tolerante, que respeta la diversidad, que respeta la condición y denominación de cada cual en relación a los credos y cualquiera de sus convicciones.
Hoy día, bajo el imperio de las convenciones de derechos humanos, debemos reivindicar el legado de la Gran Logia de Londres y su aporte al valor de la diversidad de convicciones, y prontos a cumplir tres siglos le debemos el más trascendente homenaje a su legado y su modernismo.
También debemos revindicar el alma mater de las ideas que promovieron la búsqueda de los misterios de la Naturaleza y la promoción de las nuevas ideas: la Sociedad Real de Londres para el Avance de la Ciencia Natural.




[1] Ver: “La Guerra de los Treinta Años”. Serie Monografías Históricas. Edit. Sopena. Barcelona, España. 1900.
[2] En Internet hay abundante información relacionada con los reyes y las conspiraciones que hicieron de Inglaterra, durante el siglo XVII, un escenario marcado por los conflictos religiosos.
[3] “La Real Sociedad y la Francmasonería”. Francisco Sohr. Instrucción Preliminar. Anuario 3. R:.L:.I:.E:.M:. “Pentalpha” n° 119

lunes, 17 de abril de 2017

Necesitamos una Europa sensata




Las angustias y la desazón se esparcen por Europa como mancha de aceite descompuesto. Mientras escribo estas líneas se han conocido los resultados del proceso electoral en Holanda, ese país que aquellos que lo visitan por primera vez siempre se sorprenden con simpatía por su liberalidad y su forma tolerante de tratar muchos de los problemas de la condición humana. Haciendo gala de grandes episodios del pasado, de hombres ilustres que supieron dejar su huella en la reflexión y el conocimiento humano, lo holandés en Europa ha sido siempre un modelo de sobria comprensión de los pulsos históricos. Sin embargo, es un país que se ha asomado también a la incertidumbre y pese a los agoreros el grueso de su electorado ha dado una señal potente contra la retrogradación y el pasado.
Es tranquilizador el dato holandés de ayer, ya que, por causas que seguirán analizándose, pareciera que Europa está en las puertas de un momento de inflexión que puede ser dramático para todo el mundo. De alguna manera da la sensación de que la sensatez se bate en retirada en el llamado Viejo Continente.
Más allá de los modelos económicos, que han generado consecuencias en parte de la población, que son profundos y que dejan a las democracias en deuda, pero cuyas soluciones no escapan a la posibilidad de la democracia misma, lo que está en juego a partir del Brexit que se impuso en las últimas elecciones de Gran Bretaña y que se promulga hoy, es la capacidad de Europa de mantenerse sensata. 
No hay un futuro promisorio de paz y democracia, si Europa pierde la sensatez. Esa es una verdad que impacta al mundo de manera definitiva, y que puede ser el anuncio de graves consecuencias, dado el creciente enervamiento que se observa en la política internacional, fruto del quiebre de las racionalidades que han permitido que ese continente histórico haya mantenido sus territorios en paz, desde la Segunda Guerra Mundial, por lo menos en aquellos países que constituyeron el alma de la viga en que se ha sostenido la Unión Europea. Por cierto, otros se han agregado con el paso del tiempo, luego de superar periodos marcados por la violencia y los traumas.
Aquella idea surgida por los acuerdos del carbón y el acero, no solo construyeron una comunidad económica, que llegará a expresarse como sujeto político y de derecho internacional, con un modelo comunitario complejo y único, sino también, como consecuencia de las experiencias de su historia, ha sido un actor fundamental e insustituible para delinear un concepto de la paz, de la convivencia pacífica y de los derechos humanos.
Muchos de los derechos que hoy garantizan a las personas su libertad y su cualidad humana, han surgido bajo la reflexión y el liderazgo de hombres y mujeres que han dejado su impronta, a partir de su aporte y vivencia europea. Mucho del mundo racional y racionalizado, de las comprensiones democráticas, del objeto político moderno, de las reflexiones sobre las seguridades humanas, del preludio del derecho futuro, han sido cobijados bajo el amparo del proyecto comunitario europeo.
Hace dos meses, y a modo de ejemplificar lo que asevero, los miembros del Comité Parlamento Europeo para Asuntos Legalesvotaron a favor de una moción para garantizar estatus legal a los robots, a los que se les otorga la condición de "personas electrónicas".
La propuesta, que fue aprobada por mayoría absoluta,estableceque "los robots autónomos más sofisticados podrían recibir el estatus de persona electrónica, con derechos y obligaciones específicos", incluyendo la de subsanar los daños que causen. Los androides serían definidos según distintas categorías, en función de su autonomía y capacidades, presuponiendo una mayor responsabilidad por sus actos a los robots más avanzados. Asimismo, se estipuló que los robots deben contar con mecanismos externos de emergencia, como un botón, para poderlos desactivar en caso de necesidad y emergencia.
Para cualquier observador, colmado por las cuestiones cotidianas, aquello seguramente le pareció extemporáneo, por decir lo menos. Sin embargo, no pasará una década en que ese acuerdo de la Comisión para Asuntos Legales del actual Parlamento Europeo será señero y referente para muchos de los problemas que afectarán a la Humanidad en pocos años más, y donde los problemas de los refugiados y migrantes que hoy dominan la agenda parecerán casi primarios.
¿Qué importancia tiene ese acuerdo legislativo para lo que analizamos? Que Europa tiene esa potencialidad enorme de proyectar el futuro. Que en la esencia del raciocinio comunitario europeo está la posibilidad de encontrar respuestas a los grandes desafíos de la Humanidad, tanto actuales como futuros. Y no hablo de un futuro que escape a nuestra vivencia personal, sino de uno que nos alcanza o que alcanzaremos.
Sin embargo, Europa está en una enorme encrucijada que puede conducir al mundo a una tragedia. Tal vez la peor de todas. El erizamiento, la prepotencia, la arrogancia, el estímulo de los conflictos, la irracionalidad y los ensimismamientos sociales, apuntan inexorablemente a destruir la sensatez del proyecto comunitario y sus efectos sobre los países que han aprendido de sus fundamentos.
La democracia en América Latina y en Chile, le deben mucho al espíritu comunitario europeo. Las categorías del pensamiento político, del humanismo, de la gobernanza, de las seguridades sociales, de la reflexión ética en muchos sentidos. Nuestros dirigentes y las clases políticas de nuestros países han construido muchas de sus afirmaciones a partir de su relación con la sensatez europea. Por cierto, ello no da garantías de la misma sensatez en su interpretación o aplicación, pero es innegable que, en la asertividad de nuestras clases dirigentes, siempre ha estado la reflexión europea sobre los fines y alcances de toda labor política, al margen de la orientación política de quienes los pongan en acción.
No deja de preocupar la aparición y persistencia, en algunos casos, de políticos xenofóbos, claustropopulistas, rupturistas y basados en el recelo y la exclusión. Tipos que van contra todos los progresos en los derechos y seguridades humanas, generalmente asociados al fanatismo nacional-racial- religioso. Un sector de la población que no lee, que no tiene ilustración, que no analiza las consecuencias, sino que se deja llevar por sentimientos impulsivos, producto de las frustraciones que no ha resuelto oportunamente la democracia, que no es menor, pero que generalmente son minoría, ha crecido merced la indiferencia de los votantes que no ejercen su sufragio.
Frente a los desafíos que surgen en el horizonte, esperamos que en definitiva, la ciudadanía europea se haga cargo de la sensatez y del futuro, que Europa representa en el progreso político y reflexivo por antonomasia. En Holanda se ha dado un buen paso en esa dirección.

Algunos contenidos del libro "Apuntes sobre la Masonería Chilena"

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