sábado, 25 de abril de 2020

Virtud cívica

El civismo de los chilenos se expresa de manera objetiva, como lo señala la experiencia, cuando las tragedias y las conmociones de la naturaleza asolan no solo las geografías, sino a las comunidades que constituyen a través del territorio la población de nuestra República, la mayor riqueza que ella contiene.
Las páginas históricas de diarios y sitios Internet que muestran la solidaridad, el espíritu colaborativo, la conciencia social frente al que sufre, la capacidad de trabajar por el bien común, adornan lo mejor de la identidad chilena y el carácter de sus gentes.
Sin embargo, parece que algo se ha estado perdiendo de ese honroso civismo, y lo que tiende a prevalecer es un eruptivo egoísmo y la sombra oscura del fanatismo.
Estamos ante una de las peores crisis que afronta la civilización humana, en las presentes generaciones. Para los chilenos, ni los grandes terremotos de 1939, 1960 y 2010, presentan el nivel de amenaza letal que puede alcanzar la actual pandemia.
Pero, esta amenaza, tiene un componente de oportunidad. Muchas de las víctimas de aquellos grandes terremotos fueron a causa de la ignorancia y por la falta de adecuada información, especialmente al producirse los consiguientes tsunamis. Ahora se tiene la información y vemos como crece la “marea” del contagio de manera exponencial.
En esta amenaza no habrá que lamentar las pérdidas en infraestructura, sino el alcance de las pérdidas humanas, y la proyección de los que acontece en Europa indica que la letalidad que puede tener el ataque viral en nuestro país superará las cifras que tuvieron individualmente aquellos grandes sismos.
En aquellas tragedias, lo mejor de los chilenos emergió después de los terremotos. La diferencia en esta ocasión es que lo mejor de los chilenos debe emerger antes de la tragedia. Es decir, como no ocurre con los terremotos y sus consecuencias, en este riesgo más letal podemos evitar muchas víctimas, porque sabemos cómo hacerlo.
Y la forma esencial para contener esta ola viral, es con actitud cívica, y no a través del capricho, del cuestionamiento desinformado, de la avaricia audaz, del egoísmo exacerbado, o del individualismo estéril. De esas conductas hemos visto mucho en esta primera fase del avance viral.
Es la fortaleza del civismo lo que nos permitirá que haya menos contagiados, y consecuentemente, menos víctimas fatales. Si entendemos que todos, unidos como sociedad, somos más fuertes y más eficaces, aquello que es racionalmente necesario será lógico y determinante para contener la pandemia.
El civismo se construye a partir del buen ejemplo, y felizmente lo hemos ido viendo en distintos liderazgos, que someten sus persistentes posiciones a un esfuerzo de interés común a través de la virtud cívica. Les reconocemos su ejemplo y conducta, a pesar de las amenazas y de los ataques desde el egoísmo y el fanatismo.
Construyamos esa convicción común, y superaremos esta amenaza global con menos víctimas de las calculadas. En este caso, las consecuencias podemos controlarlas, más allá de la necesaria estrategia sanitaria, con civismo.

viernes, 10 de abril de 2020

Trabajemos por la justicia y el respeto a la condición humana


Discurso del Día de la Mujer 2020 e Inauguración
de las actividades de la Asociación de Mujeres Laicas 

Constituye para el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, un honor saludar el inicio de las actividades anuales de los centros femeninos de la Asociación de Mujeres Laicas de Chile, y dirigirme a Uds. en la inauguración de este Consejo Nacional. Ello, en el marco de la celebración del Dia Internacional de la Mujer, en un contexto nacional lleno de desafíos.
Paralelamente, esta semana las logias del país han retomado sus trabajos institucionales, y nuestro país se apresta a abordar un año de grandes decisiones, que solo las entendemos posibles a través de la democracia y de la solución pacifica de las controversias, que afectan a toda sociedad cuando las cosas no se hacen bien, cuando no se hacen en un sentido de respeto a la condición humana y a los derechos que le son inalienables, o cuando no prevalece un sentido de justicia en el actuar de sus distintos componentes.
Porque todos los diagnósticos que han prevalecido en los análisis de la sensatez, no desde la óptica del simplismo ideológico o desde la soberbia de creer que la verdad deviene del empecinamiento, nos indican que la causa de la crisis profunda que provocó el estallido social se encuentra en la percepción de amplios sectores sociales, respecto de la carencia de justicia y de respeto de parte de las élites y de quienes manejan el poder, en sus distintas variables, con las necesidades, los nuevos derechos y las aspiraciones de oportunidades de las personas.
La Asociación de Mujeres Laicas de Chile, es una organización que ha representado las aspiraciones y el quehacer de la mujer por más de siete décadas, y su gestación se entronca con el tiempo en que las mujeres adquirieron los derechos de igualdad electoral, un paso fundamental para conseguir la plena ciudadanía en la democracia.
Ciertamente, aquel paso del derecho a voto no garantizó los plenos derechos a la igualdad para la mujer, y por ello sigue siendo el 8 de marzo de cada año, no una simple jornada de conmemoración de aquellas mujeres pioneras en el mundo, sino que, sobre todo, una manifestación de la vigencia de la reivindicación de los derechos de la mujer, en un tiempo donde la negación de ellos adquiere distintas recurrencias, no solo a nivel internacional, sino también en nuestra realidad social. 
 Ciertamente, la mujer ha avanzado de modo significativo en logros para su género, que hasta hace un siglo eran imposibles de imaginar. Precisamente, esos logros son los inducen a mayores demandas y reclamaciones, por más igualdad de género, frente a un camino recorrido que señala que aún hay cuestiones fundamentales, referidas a derecho y trato, que se encuentran postergadas como producto de concepciones o visiones arcaicas que impiden mayor liderazgo femenino en la política y la economía, que perpetúan las condiciones de violencia de género, que marginan a la mujer de procesos que necesariamente deben considerar su participación activa o su liderazgo.
Sin duda, en el sentido del reloj de la historia, no podemos dejar de mencionar algo tremendamente potente, en lo que significa la igualdad de géneros en Chile, y que ocurrió hace dos días. En el Congreso Nacional se aprobó un proyecto histórico, estableciendo la paridad de género para la convención constituyente. Esa votación de ambas corporaciones de nuestro parlamento será un hito en cuanto a las conquistas de la igualdad de la mujer, porque, por primera vez, un órgano institucional de la República y del Estado estará conformado en una misma proporción por hombres y mujeres, estableciendo una referencia que no podrá ser obviada en el futuro. Por primera vez. Y ello es consecuencia fundamentalmente de la firme voluntad de las mujeres por imponer su agenda de derechos, en este momento de grandes encrucijadas.
Ello se contrapone, por cierto, al baldón moral que ha afectado la conciencia de Chile, porque, si miramos los eventos que han marcado la realidad de nuestro país en los últimos meses, advertimos que no han sido propicios para muchas mujeres.
La constatación de que ha habido violaciones de derechos humanos contra mujeres, en medio de estallido social, es algo que, pensábamos, no podía ocurrir nuevamente en Chile, y con mucho dolor, hemos comprobado que estas efectivamente han tenido lugar, según lo han establecido órganos internacionales calificados para tal efecto, y frente a lo cual esperamos que el sistema de administración de justicia de nuestro país establezca las responsabilidades con la mayor premura.
En el mismo contexto, la mutilación visual de mujeres, producto de acciones por todos conocidas, es algo que debemos no solo repudiar, sino colaborar con fuerza con aquellos esfuerzos dentro de nuestra sociedad para que nunca más se repitan acciones que dañen la integridad física y espiritual de la mujer, bajo cualquier circunstancia. No puede ser que la violencia que adquiera un estallido social, justifique un daño tan brutal como la mutilación de personas.

Queridas hermanas hoy presentes en este significativo comienzo de actividades y exaltación del Día Internacional de la Mujer.
Desde octubre pasado, estamos en una realidad social marcada por las demandas de una amplia mayoría de los chilenos, que expresan su frustración y desesperanza ante un modelo económico social, que no ha sido sensible frente a los abusos de los que tienen el poder económico y ante las desigualdades.
Es una crisis que no tiene solución, sino en el diálogo, en la capacidad de escuchar e interpretar adecuadamente el sentido de las demandas.
Toda crisis social, bien sabemos, debe ser encausada a través de la política. Si alguien piensa que cualquiera de las manifestaciones que confluyen a expresar el estallido social contiene en sí misma una solución, sin duda está en un error. La manifestación del descontento es distinta a cualquier quehacer que esté orientado a la búsqueda de las soluciones.
El descontento expresado en movilización social es legítimo y es así como las sociedades expresan su rechazo a la forma como el poder resuelve o no resuelve los problemas. Si estudiamos los estallidos sociales a través de la historia, siempre constataremos que el poder estaba lejos de interpretar adecuadamente los anhelos sociales.
El estallido social, que hemos vivido, vino a expresar por esencia una acción de frustración y repudio y una aspiración de un nuevo estado de cosas. Con factores precipitantes o acelerantes, sin duda. Con influencias o activantes, probablemente. Se ha tratado de buscar determinadas tramas, pero sería absurdo pensar en la efectividad social realmente de aquellas, en relación a las causas objetivas de la expresión de muchedumbres que expresan desobediencia frente al contrato social.
Lo que hemos estado viviendo en los meses pasados, muestra la profunda contradicción entre dos percepciones del país. Para no pocos - los que veían un vaso casi lleno -, es incomprensible que nuestro país, en la OCDE, tenga comportamientos sociales propios del tercermundismo. Para los que veían el vaso vacío, también era incomprensible que nuestro país, estando en la OCDE tuviera resultados sociales propios del tercer mundo.
A modo, de anécdota, les cuento que, cuando trabajaba en una empresa internacional o global como se dice ahora, recuerdo que llegaban a las oficinas chilenas profesionales desde todo el mundo, a oficinas impecables en barrios impecables, las oficinas chilenas eran homologables a las de Australia, Nueva Zelandia, Inglaterra o China, llegaban a hoteles en Las Condes o Vitacura, pero siempre comentaban lo que veían en los primeros kilómetros de la Costanera Norte, viniendo desde el aeropuerto.
Esa postal vertiginosa, en vehículos desplazándose sobre los 100 kms por hora, la veían aquellos visitantes, y se asombraban de los tolderíos en torno al río Mapocho, las poblaciones en medio de la basura de sus riveras. Recuerdo que preguntaban y nosotros sabíamos la respuesta: nuestras élites nunca experimentaban pudor social cuando la veían. Era tal vez consecuencia de la rutina que establece la habitualidad. Lo que cualquier persona observa cada día, puede ser parte de la normalidad, pero no puede ser normalidad aquello que se manifiesta en constante contradicción.
Si Ud. llega a una parte de la ciudad que no se parece en recursos y disponibilidades a la otra parte, es que algo no está bien. Si Ud. va a un extremo de la ciudad que no se parece absolutamente en nada a otro extremo, en ningún sentido, ni espacialmente, ni constructivamente, ni en servicios, ni vialmente, ni en espacios públicos, ni en condiciones de vida, en nada, algo debe estar mal, y ello debe ser motivo de acción, no solo de preocupación; de acción, con un propósito de equidad, de caridad, de civismo, de humanidad.

Queridas hermanas:
En medio de los desafíos que presenta la realidad actual de nuestra sociedad, se hace necesario pensar, cual puede ser el camino para dar solución a los problemas y cumplir las expectativas y aspiraciones de los postergados o atribulados. Dentro de la institución que presido, hicimos un debate entre noviembre y enero pasados, a través de todo el país. El Convento Masónico Nacional, que se realizó en las Cámaras de cada logia, y luego en las jurisdicciones, para terminar en una jornada nacional, ha arrojado una comprensión de las causas y los desafíos.
Las conclusiones de ese debate ya están disponibles y a partir de los próximos días haremos una entrega nacional a las autoridades y representantes sociales en todo el país.
Sabemos que Uds. también han hecho debates al respecto.
Creo que nuestros debates y los vuestros en los centros femeninos, señalan una conminación moral común, en cuanto a trabajar por la justicia y el respeto a la condición humana. Justicia en el trato, justicia frente al abuso, justicia en el desarrollo de las políticas públicas, justicia en el reconocimiento del derecho a la diversidad y al ejercicio de la libertad de conciencia. Respeto a la condición misma de lo humano, en todo aquello que sostenga las oportunidades que da la riqueza, la ciencia y el conocimiento. Respeto en el valor y la condición del otro, como legítimo otro.
Y en ese contexto de debates y desafíos, enfrentamos un desafío ciudadano de gran relevancia en la búsqueda de los caminos tendientes a redibujar a nuestro país, bajo un matiz distinto al que ha sido repudiado por una gran mayoría de los chilenos.
El 26 de abril los chilenos estamos convocados a expresar nuestra opinión sobre la continuidad o sustitución de la actual Constitución Política del Estado. Viviremos un momento único en la historia de Chile. Nunca ocurrió antes que el soberano de la República, el pueblo, pudiera pronunciarse sobre la vigencia o el cambio de la Constitución. De este modo, todos y todas, tenemos en nuestras manos el destino de nuestro país.
Pese a que algunos digan lo contrario, la Constitución Política define todo en Chile. Así lo ha sido desde nuestros orígenes republicanos. Todo deviene de la Constitución: las leyes, los derechos, el tipo de Estado, por lo cual, en nuestra tradición institucional es fundamental para establecer el modelo de país que queremos. Sin Constitución, la base del contrato social, donde todos cedemos libertades en función del bien común, nadie puede esperar protección y seguridad, nadie puede tener garantías. De hecho, muchos de los derechos que han sido postergados y que son parte de las frustraciones sociales que alimentaron el estallido social, no fueron consagrados como tales, en apelación a determinados preceptos constitucionales.
Frente a ello, hay un esfuerzo que debiera hacerse para mejorar el clima en que estamos debatiendo en nuestra sociedad. Sin duda, es legítimo debatir y exponer las ideas y los puntos de vista. Pero, lo que preocupa es la intensidad y la irracionalidad de muchas conductas en los debates, en fin, la propensión a tratarse como enemigos encarnizados, como personas que tiene que atacarse con odio y con insana virulencia.
Creo que debemos hacer un gran esfuerzo, todos los que amamos a Chile, los que creemos en la democracia, los que consideramos que la fraternidad debe ser el camino que nos conduzca a la unidad necesaria, los que creemos en las capacidades humanas de superar el error, la mentira y la violencia, para establecer un modelo conductual, con el fin de disuadir las distintas actitudes artilladas y recalcitrantes.
Ese modelo conductual descansa en la prudencia, la responsabilidad y el respeto. Si somos capaces de internalizar en la conciencia cívica de nuestra sociedad esas virtudes, seríamos capaces de construir una nueva convivencia social que, sin duda, resolvería de buena forma los grandes problemas que hoy nos dividen.
Prudencia en las palabras, en las decisiones, en la forma como modelamos las soluciones y las alternativas. Responsabilidad frente a las consecuencias de todo lo que hacemos en el hecho social, responsabilidad frente a como obramos en nuestro entorno y con quienes actuamos. Y respeto para tratarnos y para construir la inter-relación social de cada día; respeto con quienes tenemos controversias y que tienen visiones diametralmente opuestas. Respeto por la democracia, por el espacio público y por quienes deben representar posiciones en los debates para resolver la crisis en que estamos inmersos.
Ese modelo conductual nos permitiría tener una nueva política, porque en si mismas tales virtudes son un modelo político. Y también un modelo social que haga posible la justicia y el respeto a la condición humana.
Estamos Queridas Hermanas en un tiempo de grandes conmociones e incertidumbres. Estamos en una crisis nacional, como estamos en una crisis hídrica de vastos alcances y consecuencias. Estamos en una crisis sanitaria de alcance global.
Sin embargo, solo en las virtudes humanas descansa la capacidad de resolver todas esas encrucijadas.
Hagamos votos y pongamos todos nuestros esfuerzos en ayudar a resolver esas amenazas. Cada cual puede hacer un gran aporte, desde la prudencia, desde la responsabilidad y desde el respeto que todos se merecen, aún en sus infinitas diferencias.
Y trabajemos por la justicia, eterna exigencia de la condición humana, la que debemos preservar desde nuestras responsabilidades.
Que este año de trabajo institucional de la Asociación de Mujeres Laicas de Chile, a través de los centros femeninos que cubren todo Chile, sea fructífero y pleno de satisfacciones.
Muchas gracias.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Prudencia, Responsabilidad y Respeto


   

La Masonería, como institución eminentemente ética que se funda en los valores del humanismo, hace un llamado a todos los chilenos y chilenas, y a las organizaciones e instituciones políticas, para implementar en conjunto las soluciones que nuestro país requiere.
En estos días convulsionados, en que las pasiones amenazan la convivencia, cuando todas las argumentaciones reclaman legitimidad y supremacía sobre las posiciones diferentes, la Masonería quiere hacer un llamado a construir en conjunto, a entender que nuestro supremo fin es el bien común y que, en consecuencia, debemos actuar con prudencia, responsabilidad y respeto.
Entendemos el momento crucial que está viviendo nuestro país y vemos con preocupación que no hay una comprensión común sobre la imperiosa y ética necesidad de implementar soluciones consensuadas, para resolver los agobiantes problemas que viven nuestros compatriotas; que no se asume con claridad el compromiso de desarrollar un proceso constituyente ejemplar; y que hay quienes no expresan con fuerza y claridad su respaldo a los caminos institucionales, donde la violencia y los excesos no deben ser permitidos.
Debemos construir la convicción común de que todo lo que hagamos o dejemos de hacer marcará inexorablemente el devenir de nuestra querida patria y su gente, su mayor riqueza.
A todos, más allá de nuestras particulares identidades, nos corresponde ser actores de nuestro tiempo, y enfrentar el presente con toda su descarnada realidad. Ello conlleva una tremenda responsabilidad para con nuestra sociedad, la que debemos asumir con decisión y claridad de propósitos.
Estamos conscientes de que en nuestro país existen diferentes miradas sobre los problemas sociales y sobre sus soluciones, y es natural y bueno que así sea. Los masones nos nutrimos de la diversidad de opiniones, y ella es un valor fundamental de la democracia.
Pero es indispensable que esas diferencias no se constituyan en barreras insalvables, y que se debatan en un permanente esfuerzo de tolerancia y de respeto, para lograr un gran acuerdo que guíe a nuestra patria hacia superiores destinos, que prestigie a quienes hacen política ante una ciudadanía escéptica frente a lo que hacen sus élites, factor determinante en la crisis que nos afecta.
Construyamos comunicaciones y lenguajes fundados en la prudencia, establezcamos consensuadamente las responsabilidades del momento histórico y respetémonos en todos los espacios del hacer común. Ese es el camino que nos permitirá la paz social, la solidez de nuestras instituciones y la construcción de una senda común de progreso y justicia social.

Bienvenidos los que dialogan


En un tiempo en que todo parece inasible y líquido, la confianza parece ser solo una autoafirmación de sí mismo en un ambiente caótico (como los viejos paradigmas del individualismo que nos ha impuesto el cine hollywoodense), o se expresa solo en la certeza del propio bando o pandilla.
A pesar de ello, es necesario pensar en el hecho social como un acto colectivo, donde infinitas individualidades hacen posible lo humano del convivir, en la relación siempre creativa de ser y hacer como parte de una comunidad.
La vida misma de las personas comunes, sencilla y cotidiana, lograda a través del esfuerzo de trabajo, de su abnegación y del amor por los suyos, no por medio de la egolatría o la declinación ante la parcialidad, es lo que marca la comprensión del hecho social, que potencia las capacidades colectivas como un espacio virtuoso donde todos podemos ser y hacer, en bien de todos los que integran la comunidad.
Así debe entenderse el ser país, ser sociedad y ser Humanidad.
El proceso que vive nuestro país tiene que ver precisamente con un quiebre sostenido y continuo, donde las personas han sido sometidas a un individualismo exacerbado, que nos ha llevado a desconsagrar el espacio común, para convertirlo en un espacio de individuos atomizados en subgrupos de grupos, donde cada cual trata de imponer su propio capricho, su propio interés e irracional ambición o el de su bando.
Primero lo hicieron los poderosos y lo establecieron como paradigma en la práctica social. Luego, lo hicieron los corruptos que impusieron su propio poder. Luego, los que viven del delito, con sus parcelas territoriales donde ellos son dueños y señores. Ahora, los que nunca han tenido poder y lo ambicionan, consideran que nada vale que no sea su propia afirmación de sobrevivencia e individualismo, donde solo cabe su comprensión de las cosas, y donde ni siquiera hay historia común que rescatar.
Sin embargo, la vasta mayoría de las personas, creen que este es su país donde sus hijos y nietos deben crecer con seguridad, realizarse como personas y lograr sus sueños. Esta gran mayoría aspira al orgullo de ser parte de una comunidad que los acoge y donde ellos acogen. Consideran que ellos, como son distintos, necesitan vivir en diversidad y ser reconocidos como personas legítimas, en un ambiente de legitimidad.
De allí que apelan a la razón, esa capacidad humana de construir en común con afirmaciones comunes, donde lo que hacemos todos es en bien de todos, reservando una parte de la obra y sus frutos para el albedrío personal o la íntima satisfacción individual o de los suyos. He allí la epopeya de la fraternidad consustancial al género humano, aquella que conduce a la paz y a la convivencia, a respetar a los otros como otros, con los mismos derechos que a mi me corresponden.
Cuando el verbo convivir ha sido avasallado, lo fácil es la recriminación, la descalificación y el revanchismo, donde todos son capaces de ver la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el propio, cuando la autoafirmación y la arrogancia individualista campea en los espacios comunicacionales, debemos construir nuevas formas de relación que se orienten hacia el valor fraternal de ser parte de una historia dura que mucho nos ha enseñado, de un territorio que, aún con su stress ambiental, mucho puede seguirnos entregando, en fin, nuestra tierra prometida por los fundadores de la República, donde hacer posible  nuestros sueños de felicidad.
Recabar en nuestra fraternidad es fundamental para encontrar respuestas racionales, porque ellas no son posibles desde el individualismo, el egoísmo y la ambición de poder. Allí, en la construcción fraterna, no hay espacio para lo absoluto.
Así, quienes creen en la paz, en el diálogo, en la desafiliación del empecinamiento, en la reconstrucción de la razón, en la virtud de la legitimidad, en la responsabilidad del ejercicio político, en el patriotismo y en la democracia, merecen todo nuestras esperanzas y nuestro firme apoyo. Demos, pues, la bienvenida a aquellos que piensan en todos nosotros y creen en lo posible, a los que dialogan y asumen la responsabilidad que la República les entregó, para hacer el arte más difícil en tiempos de crisis: la política.     

(Columna publicada en Portal de Radio Cooperativa el 14 de febrero de 2020)

Para los Masones, Chile debe ser más justo, igualitario y digno



El recién pasado 29 de enero, se realizó en Santiago el VI Convento Masónico Nacional, consecuencia de un debate a lo largo del país, que se realizó desde la segunda quincena de noviembre hasta culminar en la fecha citada. Esto significó más de 960 conventos de base (tres por logias) y 35 conventos jurisdiccionales (agrupaciones geográficas de logias).
La jornada de cierre se realizó en Santiago, con la presencia de 417 delegados provenientes de las jurisdicciones, junto a los integrantes del Consejo de la Gran Logia de Chile y otras autoridades masónicas.
Este convento - convención que se hace de manera cerrada o exclusiva con sus miembros – responde a la necesidad que emana de circunstancias excepcionales, para conocer la opinión de todos los masones, frente a desafíos que presenta el tiempo secular, como lo es en esta ocasión la necesidad de analizar los alcances, consecuencias y perspectivas que surgen ante el estallido social.
La comprobación de que se ha producido un quiebre en el contrato social, establecido en Chile a partir de la recuperación de la democracia, el motivo central del convento apuntó a avizorar un nuevo contrato social para Chile, que recoja los desafíos que ha presentado el estallido social y las aspiraciones de los chilenos, en cuanto a tener un país más justo, más igualitario y donde la meta suprema sea la garantización de la dignidad de las personas, a través de derechos y un nuevo trato desde el poder.
Las conclusiones, que están en proceso de redacción final, luego de aprobados los informes por 9 de cada 10 asistentes, serán entregadas ampliamente a las distintas representaciones, instituciones y organizaciones del país (políticas, gremiales, educacionales, estudiantiles, sindicales, religiosas, éticas, etc.).
De manera general, se asume que la sociedad chilena se encuentra en un estado de crisis, generada por la insatisfacción frente a un modelo que ha afectado a un gran número de chilenos, merced a un Estado débil, que habilita una sociedad de severas diferencias socio-económicas, con trazas de corrupción y abusos reiterados.
Se reconoce que el modelo consolidó como objetivo central el crecimiento de la economía, incentivando el individualismo, el consumo, la depredación y la explotación indiscriminada de recursos naturales, el endeudamiento y consecuente empobrecimiento y precarización de la población, la concentración de la riqueza económica en muy pocos, generando frustración, desconfianza y rabia, así como la desesperanza de la mayoría de los chilenos ante los abusos.
Frente a esa realidad, existe consenso que la solución a esta crisis tiene como componentes lo político y lo social, y en ese contexto se ha valorado el Proceso Constituyente como una solución para avanzar en uno de los aspectos fundamentales para tener un nuevo contrato social: una nueva Constitución, entendiendo que junto a ello hay que construir también una trama de acuerdos en el plano social, que pongan la justicia social y la dignificación como elementos determinantes.
En la primera fase de este proceso, que se expresa en el plebiscito de entrada, el llamado que se hace por lo pronto, es a asumir el deber ciudadano de participar, pero de manera informada. Ello implica que los ciudadanos conozcan lo que está en debate, más allá de la consigna y de la opinión liviana.
La solución para las grandes dificultades que tensionan a nuestro país, producto de las causas que llevaron al estallido social, descansan nuevamente en la democracia, donde los ciudadanos deben recuperar su protagonismo con la fuerza de su voto libre e informado.

(Columna publicada en el Portal de Radio Cooperativa el 31 de enero de 2020)

miércoles, 19 de febrero de 2020

Hacia un Nuevo Contrato Social para Chile


Discurso inaugural del VI Convento Masónico Nacional de la Gran Logia de Chile

La Masonería tiene por objeto la búsqueda incesante de la verdad, el estudio de la moral y la práctica de las virtudes. Sometida a las leyes de la República, procura la Masonería que sus miembros sean actores de toda reforma que coadyuve siempre a la justicia y al imperio de la razón, que no es otra cosa que el consenso social sobre los desafíos que conduzcan a los conglomerados humanos hacia la felicidad individual y colectiva.
En ese contexto nos reunimos hoy, delegados de todo el país en convento nacional, para culminar un proceso que comenzó a mediados del mes de noviembre, a través de conventos camerales logiales, para continuar luego en conventos camerales jurisdiccionales en las semanas recientes.
Ello ha sido consecuencia de un llamado del Gobierno Superior de la Orden para canalizar las inquietudes de la membresía, ante los acontecimientos que han impactado a Chile desde hace cien días, y para tratar de construir una mirada común frente a los desafíos que emergen de esa crisis.
Convocamos al Convento Masónico bajo la intención de reflexionar en la perspectiva de un nuevo Contrato Social para Chile, ante la comprobación de que hay un profundo quiebre en aquel que emergió con la recuperación de la democracia, hace 30 años.
No podemos ignorar la opinión de una minoría de nuestros Hermanos que consideraron excluyente de nuestro interés institucional, discutir temas que están fuera de las tareas estrictamente docentes. Respetable opinión, pero no compatible con el relato que relaciona estrechamente el curso de la masonería chilena con la República. No compatible también con el propósito de formar mejores personas para una sociedad mejor. No compatible, por último, con el carácter secular de lo masónico, donde el trabajo citerior es parte fundamental del espíritu ilustrado bajo la Luz de la Iniciación.
El masón de cada tiempo es inseparable con la comprensión de su tiempo. Y ese es el desafío del convento masónico. Interpretar nuestra realidad social, para proponer aquello que ayude a la realización humana, en los ámbitos de la sociedad de la cual somos en el día a día. Así, hablar del contrato social no es ajeno a lo que en esencia es el deseo de tipificar los elementos que hacen la convivencia en sociedad.
Cuando hablamos de contrato social, sin duda estamos refiriéndonos a la comprensión que estableciera el pensamiento ilustrado preambular, del cual deviene la francmasonería en su origen histórico. Para los pensadores como Hobbes y Locke, seguido posteriormente por Rousseau, el estado natural de la condición humana, se encuentra sin las reglas que le permitan vivir en comunidad. En esa condición natural surge el poder y la capacidad de unos por sobre otros, sin factores reguladores que garanticen los derechos de los que no tienen poder. Así fue el absolutismo y el despotismo. La sola voluntad de los que tienen poder, implicaba la subyugación absoluta de la vida de cada cual, a un poder ilimitado.
Para vivir en sociedad, para convivir, surge la necesidad de generar un orden, donde todos renuncian a parte del derecho a ser naturalmente libres, y acuerdan las condiciones de convivencia, donde el Estado es el encargado de garantizarla y facilitar condiciones que impidan que alguien será abusado por quienes tienen poder. Aquello es lo que establece el contrato social, que se expresa en el marco constituyente del Derecho, en las leyes y en las convenciones de vida social, donde los aspectos morales cumplen aquellos aspectos que no son necesariamente regulados por la ley o que complementan, por tradición, el sentido y propósito de la ley.
Así, todos cedemos parte de nuestra libertad natural en bien del propósito superior de vivir en comunidad, y el poder debe ejercerse dentro de los límites que convencionalmente se establecen, regulados por el Estado, que debe estar sobre cualquier ejercicio privado ilimitado del poder.
El 18 de octubre pasado, Chile fue testigo de un estallido social que nadie pudo prever en sus alcances, aún cuando muchos habíamos percibido que un descontento profundo estaba manifestándose en el sentir social, producto de las brechas que el sistema económico, político y social, estaba generando, fruto de un sentimiento de exitismo inmoderado frente a cifras, que algunos siempre miraban con marcada indiferencia pese a los altos impactos sociales.
Mucho se puede especular sobre los actores sociales que están en la explicación del estallido social y su enorme impacto. Se mencionan varios. Pero, sin duda, el sector social más determinante en lo ocurrido desde octubre, ha sido la clase media, que se siente vulnerada y abusada. Una clase media que es difusa en su composición y número, pero que, en definitiva, está integrada por quienes sostienen con su esfuerzo, trabajo, sacrificio e impuestos, los logros del modelo que ha sido defendidos de manera irrenunciable por quienes lo han liderado, con ausencia de una mirada de país, con ausencia de un sentido republicano, y muchas veces, con cierta prepotencia intelectual y técnica, en desmedro de una comprensión societaria más solidaria y fraterna.
Parece extraño que nuestras élites no se hayan dado tiempo para analizar la crisis de la democracia en el mundo, en América Latina y en nuestro país, a partir de las cifras que entregaban muchos estudios de seriedad incuestionable. Verbigracia, dos tercios de los habitantes de los países democráticos del mundo, han considerado e la última década que los partidos políticos ignoran su opinión; cerca del 70% cree que la economía está organizada para favorecer a los más ricos[1].
En América Latina, en 2008, un 59% sentía insatisfacción por la democracia. Diez años después la cifra había aumentado a 71%[2]. En nuestro país, en 2018, un 42% de los chilenos se sentía satisfecho con la democracia.
La confianza en el gobierno, en 2008, estaba bajo el 40% y 10 años después bajo el 20%. La confianza en los partidos político en los mismos diez años, nunca superó el 20%. La confianza en el Congreso, en el mismo periodo, se mantuvo en promedio bajo el 15%. Respecto a la confianza en los tribunales de justicia, cada año fue en caída, con excepción del 2012, siendo en 2018 en torno al 10%[3].
La percepción de que los partidos políticos “solo sirven para dividir a la gente” era de un 31% en 2008, y 10 años después era de un 49%. Respecto del Congreso, la evaluación de su labor legislativa, era un 36% favorable en 2010, mientras en 2018 solo llegaba a un 18%. El 80% de los encuestados pensaba en 2018, que los Tribunales siempre favorecen a los poderosos.
En la percepción de la corrupción de las instituciones, los partidos políticos eran percibidos con un 69% de imputabilidad, seguidos por Carabineros con un 63%, el Congreso con un 62%, el Gobierno con un 59% y los Tribunales con un 57%.
Justa o injusta esa apreciación, ello nos habla de una profunda erosión de la confianza en las instituciones fundamentales de la República y que hacen posible la democracia. Una creciente erosión, que nos ha llevado a constatar un quiebre del contrato social.
Sin embargo, pese a la profundidad de la llamada recesión de la democracia, por parte de algunos expertos y analista, cuando se han hecho estudios de opinión, la democracia sigue siendo considerada por los chilenos como la mejor forma de generar las representaciones y el gobierno. Seis de cada diez personas siguen creyendo que la democracia es mejor que el autoritarismo, mientras que menos de dos piensan que esto último es mejor[4].
Un segundo aspecto fundamental de la crisis, tiene que ver con la imposibilidad de las élites, y de quienes han sido electos para representar y/o gobernar, para interpretar o comprender los enormes cambios culturales que se han producido en las sociedades a las que deben conducir y satisfacer, no solo someter a la ley.
Desde una concepción paternalista y, a veces, reminiscentemente autoritaria, cuando no derechamente prepotente, temas naturalmente entendidos como derechos por las nuevas generaciones han sido ninguneados, ridiculizados ignorados o atropellados por parte de las élites, sin meditar los efectos discriminatorios y las humillaciones que tales decisiones o disposiciones han provocado en los afectados y en quienes se han sentido violentados por las argumentaciones reactivas y, luego, por las decisiones.
A saber, temas tales como la igualdad de derechos y de trato con las mujeres, las orientaciones sexuales, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la protección a los animales, el derecho a los accesos, el trato a los migrantes, la garantización de la vida a través del sistema de salud, la vejez en dignidad, los derechos de los indígenas, los derechos a un medio ambiente protegido, etc. son demandas que han sido minimizados, tipificados ideológicamente y nunca aceptados como cuestiones que tienen que ver con nuevos cánones morales, propio de nuevas comprensiones del existir y del ser.
Un tercer aspecto, tiene que ver con la ética del poder, que ha producido profundos efectos en la sociedad. Una ética excluyente ha generado mutaciones en los procesos institucionales y en el prestigio del ejercicio de la política. El reproche ético de la ciudadanía se ha expresado permanentemente contra esa forma de ejercer poder en la política, en la economía, y en la propia realidad de la sociedad civil. Imposible no considerar que hay una comprensión ética nefasta, fundada en el solo hecho de tener poder, que se ha expresado en colusión y corrupción.
Cada vez que en los últimos años se han producido notables escándalos investigados por la justicia, estos han involucrado a personas con poder, o socialmente vinculados con el poder político o económico, y la sensación social es que no hay justicia, y que la desigualdad atraviesa todo, entre los que tienen poder y los que no lo tienen.
El 14 de noviembre, transcurrido ya un mes del estallido social, luego de movilizaciones masivas y de jornadas de violencia imposibles de contener a través de medios legítimos, un acuerdo político se produjo, teniendo como escenario el parlamento y como protagonistas principales a los partidos políticos. El Acuerdo por la Paz y una Nueva Constitución abrió una posibilidad de poder dar salida política a la profunda crisis de confianza y de repudio social a la forma como se ha expresado el poder.
No cabe duda que habrá algunos que consideren que la solución a la crisis que vivimos está en el uso absoluto de la autoridad. Sin embargo, en los tiempos de la tecnología, nadie parece estar en condiciones de actuar con tal libertad y empecinamiento.
Así, entonces, el gran desafío está en la política y en la democracia. De allí que dicho Acuerdo debemos entenderlo como una oportunidad muy importante y trascendente para posibilitar una solución política e institucional.
Surge, pues, la posibilidad de construir un nuevo contrato social, y ello no tiene que ver con el simple hecho de generar una nueva Constitución. Si así fuese, sería un enorme fracaso.
Un nuevo contrato social tiene que ver con determinar como podemos convivir en el futuro y como nos vamos a relacionar los ciudadanos con quienes tienen poder, y como el poder del Estado de Derecho es capaz de garantizar más humanidad para las personas, aquello más cercano a sus sueños, a su realización personal y colectiva, una realidad más vinculada a una moral más próxima al sueño humano por excelencia: encontrar la felicidad.
 La oportunidad que se genera en este Convento, es ayudar a buscar las ideas, los sueños, las aspiraciones y las reivindicaciones, con el simple ejercicio del intelecto y la reflexión, para aportar a los debates de nuestra sociedad, donde cada cual encuentre su camino con la inspiración de nuestros más altos principios, que la Orden sugiere a la conciencia individual en su proceso iniciático, esotérico y simbólico.
Las conclusiones de este convento no constituyen obligación para masón alguno. Solo representan un momento de reflexión colectiva, reflejando los aportes de todos los que trabajaron en sus Cámaras a lo largo del país, sintiéndose conminados moralmente a expresar su libre e ilustrada opinión. Pero, en la sociedad, en el espacio en que cada masón actúa, cada cual debe aplicar los dictados de su conciencia, bajo la conminación moral de la Orden de ser un esforzado Obrero de Paz.
Aún así, sin duda, las personas de buena voluntad, los espíritus esclarecidos y los patriotas, agradecerán el aporte, aún con las carencias que se expresen en estas conclusiones, porque, en definitiva, nadie puede pretender que cualquier producto humano sea definitivo.
La sociedad y la condición humana, son producto de la diversidad de sus partes, y esta parte de la Orden que producirá este convento, es una más, pero siempre bajo la inspiración iniciática de trabajar en bien de nuestra sociedad, bajo los principios y doctrina que nos entrega el proceso de la Iniciación


[1] Populist and nativist sentiment. Encuesta Ipsos Global Advisor, año 2019. Realizada en 27 países democráticos. Citada en Diez años de auditoria a la Democracia. PNUD
[2] Encuestas Latinobarómetro., citadas en Diez años de auditoria a la Democracia. PNUD
[3] Diez años de auditoria a la Democracia. PNUD
[4] Diez años de auditoria a la Democracia. PNUD

lunes, 17 de febrero de 2020

La masonería chilena es inseparable de la República



(Saludo a Reunión Blanca de la Logia "Pedro Castelblanco Agüero", del 22 de enero de 2020)

Quiero expresar a todos los presentes, en primer lugar, el saludo fraterno de la Gran Logia de Chile, entidad que agrupa a 241 logias masónicas, a lo largo del país, y donde una de ellas es esta Logia que lleva el nombre de un destacado masón valdiviano, Pedro Castelblanco Agüero, quien fuera diputado de la República por tres periodos, y que luego, dirigiera con gran brillo a una de las ramas de la Masonería chilena, por más de una década.
Se constituyó esta logia con el propósito de servir de espacio de trabajo fraternal especialmente para quienes deben trabajar en el Congreso Nacional, considerando las variables que conlleva el trabajo parlamentario en cuanto a los tiempos y los espacios de trabajo masónico, pocas veces compatibles.
Así, nació esta logia de parlamentarios para hacer posible el trabajo fraternal que caracteriza el modo masónico, tendiente a favorecer el crecimiento ético de sus miembros, en torno a valores que dicen relación con el humanismo y el desarrollo de una
Como ya se dijo, este templo donde hoy compartimos, es para los masones un lugar muy especial, dedicado al estudio y al desarrollo espiritual. Para bien de nuestros caros principios y la más fructífera convivencia, cultivamos con esmero la tolerancia y la fraternidad, virtudes indispensables para que una institución como la nuestra, constituida por personas libres de los más diversos pensamientos y credos permanezca sólida y vigente.
Nuestra declaración de principios nos señala que “La Francmasonería es una institución universal, esencialmente ética, filosófica e iniciática, se funda en el sentimiento de la Fraternidad, constituyendo el centro de unión para los hombres de espíritu libre de todas las razas, nacionalidades y credos.”
La masonería ha querido compartir esta experiencia enriquecedora con Uds., invitándolos a participar de este espacio de reflexión, para que en un sano ejercicio de intercambio de ideas y opiniones puedan compartir sus personales convicciones y puedan aprender de las convicciones de los demás.
Hoy celebramos una Reunión Blanca por la República, por nuestra república y todo lo que ella significa, donde lo fundamental es que su objetivo único y final es el bien común. República, en esencia, es el espacio de participación y construcción social de todos, por todos y para todos, a partir de la soberanía popular, es decir, es el pueblo, la gente, la que permite la organización política con fines de interés común, y la satisfacción de las necesidades que hacen posible y el convivir, con el fin último de la felicidad, como lo establece la Constitución norteamericana y todos los esfuerzos de los Padres Fundadores de las repúblicas americanas.
Por eso es que expresamos con nítida convicción, que la masonería chilena es inseparable de la República. Porque la masonería es por esencia una institución humanista, es la condición humana en su integridad, el objeto y sujeto de sus afanes, y por ello estudiamos con vivo interés la sociedad en todas sus complejidades.
En efecto, la opción republicana de la emancipación y su reafirmación en el siglo XIX, son inseparables de la patriótica contribución de destacados masones, expresada en un Estado capaz de conducir los intereses de toda la sociedad, hacia el bienestar, el aseguramiento de los derechos y la legalidad,
Hay muchos hitos donde masones, como expresión de una conciencia fundada en el humanismo, fueron decisivos para su realización y establecimiento, siempre pensando en la República como un espacio de inclusión de todos los compatriotas, sin distinción. Así tenemos: la republicanización del proceso emancipacionista, que nos hizo como país; la laicización del registro civil y los cementerios; la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria, dictada hace 100 años; las primeras leyes en favor del trabajador y la protección social, frutos del debate de la llamada “cuestión social”; el derecho a voto de la mujer; la difusión de los derechos humanos, en Chile y en América Latina, a partir de su proclamación universal en 1948; y todos los hitos donde pusimos el interés común sobre la mesa de debates ciudadana.
Es que la Masonería, aboga por un ideal de República, donde todos los ciudadanos son respetados en su condición humana, más allá de sus particulares ideas o de su origen social. Este ideal se expresa en el deseo universal del imperio de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Es cierto que, a partir del 18 de octubre pasado, todos hemos debido enfrentarnos con la incertidumbre, con un país que ya no nos habla, nos grita, y nuestra obligación, como la vuestra, es oír, entender y actuar.
Nada será como antes. Pero eso no debe asustarnos, pues todo cambia y nada es inmutable. Esa es una realidad permanente, y tal vez lo especial es la velocidad del cambio, pero esto tampoco es nuevo. Es parte de constatación del tiempo que privilegiadamente nos toca vivir, producto de la cualidad transformadora humana.
En ese contexto, observamos con esperanza y compartimos el “Acuerdo por la Paz Social y una Nueva Constitución”, alcanzado por nuestros dirigentes políticos el 15 de noviembre. Este logro es para nosotros doblemente esperanzador, por un lado, por su contenido, que pone de cara al pueblo - popularibus ius iudiciumque - la aprobación de una nueva Constitución, y por otro, la amplitud del espectro político de los convocados a dicho acuerdo, que nos recuerda las más recordadas gestas inspiradoras del patriotismo y de la racionalidad política.
Valoramos enormemente en ello el rol de los partidos políticos. Mucho se habla de la baja aprobación de los partidos políticos en la actualidad. Sin embargo, de ellos depende la política, y más allá de la simpatía social, el rol del político es buscar hacer realidad lo imposible, para bien de su soberano: el pueblo. El político de verdad no depende de las encuestas, sino del deber, porque es su deber. Solamente el trabajo bien hecho es lo que permite el justo salario, y el pueblo siempre agradece el sacrificio, la abnegación y el deseo de servirlo. Esa es una verdad republicana por esencia.
Por ello, permítanme hablar sobre los basamentos morales de la República, que recordamos en la Fraternitas de septiembre pasado, cuarenta días antes del estallido social. Allí señalamos que
LA REPUBLICA SE FUNDA EN LA LIBERTAD, porque este es un atributo fundamental de la condición humana. Somos libres porque somos personas humanas. Dotados de conciencia, cada persona tiene el derecho a la libertad de decidir en torno a su destino, comprenderse en la vida y decidir sobre sí mismo.
LA REPÚBLICA SE FUNDA EN LA IGUALDAD porque todos los individuos nacen iguales en su dignidad por el simple hecho de ser. Eso implica ver en cada semejante a un igual - un legítimo otro - y, al mismo tiempo, trabaja por mitigar las diferencias que la vida va dibujando de la mano del destino o de las injusticias.
LA REPUBLICA SE FUNDA EN LA FRATERNIDAD porque somos todos, en nuestro origen de la vida y en nuestro destino final, hermanos. La masonería propone a todos los integrantes de la Patria la búsqueda de un entendimiento fraterno, lo hacemos para que esta sea la más sublime forma de relacionarnos.
LA REPUBLICA SE FUNDA EN LA TOLERANCIA, no por la resignada aceptación de las diferencias con los otros, sino por la constatación de que la diversidad es la esencia de lo humano a partir de la comprobación de la propia existencia, distinta, única e irrepetible. La tolerancia es lo que hace posible el diálogo, el pluralismo, constituyéndose en la condición indispensable para la convivencia de los seres humanos.
LA REPUBLICA SE FUNDA EN EL PATRIOTISMO por que la Patria es el lugar donde el espíritu de hermandad adorna las conductas civiles, la patria nos hace libres pero conscientes del deber colectivo de la comunidad que nos vio nacer, a la cual nos sentimos ligados por destinos y esfuerzo comunes.
LA REPUBLICA SE FUNDA EN LA CARIDAD, sentimiento que se sostiene irrenunciablemente en el propósito de amar a los otros como a uno mismo. Practicar la caridad es un deber que surge del hecho de ser iguales, es decir, hermanos, lo que nos conmina a valorar y priorizar la condición humana como un objetivo de todo el actuar de lo humano.


Algunos contenidos del libro "Apuntes sobre la Masonería Chilena"

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