Desde
que el hombre desarrollo su primera manifestación civilizatoria, la replicación
de lo humano ha estado en el centro de su creatividad. Reproducir lo humano,
mediante el uso de las técnicas que ha podido desarrollar, y con los materiales
que ha podido dominar.
Por
lo que sabemos, el hombre primitivo dibujó en las cuevas en que habitaba las
primeras figuras de hombres cazando animales. Fue el primer esfuerzo
probablemente de replicación
Con
el dominio de la arcilla generó réplicas de la figura humana en utilería
doméstica. Los alfareros, en distintos lugares de desarrollo civilizatorio,
fueron moldeando figuras a escala, que representaban partes del cuerpo humano,
a veces mezclados con partes animales para expresar sentidos distintos.
A
medida que tuvo herramientas para esculpir en piedra, fueron tratando de grabar
reproducciones de figuras humana, de acuerdo a las destrezas que lograron.
Un
día, los escultores aprendieron a trabajar el mármol. Comenzaron a aparecer las
mejores reproducciones de las formas humanas con detalles nunca alcanzados,
donde el arte greco-romano nos entregó las mejores expresiones de talento para
idealizar la anatomía humana.
La
reproducción pictórica, a medida que se desarrolló, estará presente en
distintas civilizaciones, o fases de ellas. En la plenitud del Renacimiento,
los rostros y sus emociones no tardaron en plasmarse en tela, con la
sorprendente expresión de los ojos y de los semblantes que hoy día nos asombran
en los museos europeos.
Cuando
el hombre pudo desarrollar los ingenios tecnológicos, pudo replicar en
reproducciones de la figura humana que fueran móviles y estáticos. Así,
aparecen los títeres, las marionetas o los maniquíes. En esa misma idea de
replicación de lo humano, ya hace cien años surgirá la idea del robot, asignándole
atributos propiamente humanos.
Llegó
el tiempo en que las capacidades creativas humanas han podido procesar
información de modo artificial, a través de ingenios electrónicos. Así como el
artista que hizo posible la más bella expresión ideal del cuerpo humano
expresada en un mármol, incluso superior en sus formas al cuerpo de la gran
mayoría de las personas de su tiempo; como lo hizo el más eximio pintor
renacentista que logró atrapar la expresión más fidedigna de un rostro en un
fresco o sobre tela; de la misma forma, la obsesión de un diseñador cibernético
ha estado buscando replicar el cerebro humano, a través de neuronas
artificiales, y de robots que tengan las mismas cualidades motoras humanas.
Ergo, impedir esa obsesión replicante de lo humano, sería impedir lo más extraordinario que tiene la mente del homo sapiens: su creatividad. Porque es la creatividad lo que le permite construir cultura, civilización, tecnología, ciencia.
El temor en lo humano frente a sus obras
El
primer modelo de neurona artificial fue creado hace 80 años. La idea de un
robot tiene 104 años, y su primer modelo se construyó hace 63 años. En 1968, hace 55 años, muchos fuimos al cine
Santa Lucía, en la esquina de Alameda y San Isidro, a ver en formato supercinerama,
una compleja alusión a la evolución humana que señalaba el conflicto entre una
supercomputadora y un navegante espacial, que representaba a la civilización
humana, en un viaje tras el origen de una señal. Parecía algo demasiando
lejano.
Pero,
consideremos que, todo lo que el hombre es capaz de generar tecnológicamente
produce temores. Hubo temor seguramente cuando los carros pasaban velozmente
sobre sus ruedas en tiempo de los egipcios. Hubo temor cuando comenzaron a
operar las primeras imprentas, sobre todo entre los monjes que reproducían la
Biblia a mano, para el uso exclusivo de los religiosos, los cuales eran dueños
de esas palabras. Reproducir la biblia masivamente quitó el control de los Evangelios
a los religiosos.
¿Cuántos
temores y adversarios generó la máquina a vapor? Cuando hace unos días pasábamos
frente a la antigua estación en Copiapó, alguien recordó publicaciones de
prensa en esa ciudad, antes de 1850, cuando se puso en movimiento el primer
ferrocarril en Chile, construido entre Caldera y Copiapó. En esas publicaciones
se suponía que las personas se desintegrarían subiéndose a los carros, debido a
que el tren viajaría a 50 kilómetros por hora.
Preguntémonos: ¿Cuántas veces ciertos religiosos se opusieron a determinados avances tecnológicos asegurando el carácter demoniaco de ellos? ¿Cuántas veces la ignorancia ha permitido que se satanice aquello que no se conoce?
El factor del mercado
Toda
gran invención, todo gran salto tecnológico ha pasado por un espacio humano que
fija las reglas y su interés: el mercado. Allí se han legitimado todos los
ingenios humanos. Si hay interesados en comprar un artefacto o un producto que
es útil para las personas, ese salto tecnológico estará asegurado.
En
el relato de García Márquez, que iluminó a la generación que represento, cuando
los gitanos llegaban a Macondo con sus artefactos sorprendentes, sabían que la
curiosidad, la ignorancia y la codicia aseguraban un mercado. Ciertamente
estaba también presente la necesidad que había que crear. Había algunos fáciles
de seducir, como José Arcadio Buendía, que estaban necesitando aquellos
artefactos para resolver algunos de sus problemas o crear otros.
La
inteligencia artificial es un producto del mercado. Habrá algunos que podrán
comprar sus herramientas y obtener la optimización de las ganancias. Habrá
otros que quedarán rezagados.
Los
empresarios de la era industrial comprobaron que, con la máquina a vapor,
podían producir más y reemplazar mucha mano de obra. Años después, cuando se
descubrió el uso de la electricidad se avanzó hacia la automatización. Hubo más
producción y más reemplazo de la mano de obra.
Todo
salto tecnológico ha significado poner más productos para los mercados, y
quienes son propietarios de las tecnologías han modificado las formas de
propiedad y el control sobre ellas, determinando de modo profundo la riqueza y
la pobreza de las personas.
Quienes
generan y son dueños de las tecnologías tienen el poder de determinar los
mercados. En un tiempo global aquello es mucho más drástico. Como las personas
pobres, los países pobres serán aquellos que tendrán menos capacidad de
competir en ese implacable mercado.
Pero,
la Inteligencia Artificial que estamos conociendo, es una pequeña punta del
iceberg. Desconocemos sus aplicaciones actuales a la industria tecnológica de
punta o en la tecnología militar. Nunca llegamos a saber hace cincuenta años
los alcances que tenía la investigación espacial y el desarrollo de tecnologías,
las que llegaron a los mercados veinte o treinta años después. De la misma
forma, hoy no sabemos los alcances de la industria militar de inteligencia
artificial, por ejemplo.
De allí que es válido también, construir preocupación en torno a como nuestro país puede abordar el desafío, creando oportunidades en el mercado de inteligencia artificial, generando aplicaciones y tecnologías, pues, de no hacerlo, puede quedar en el rezago que tantas naciones padecen, incluso afectando su propia existencia en un escenario mundial siempre cambiante y sometido a grandes contradicciones.
La enajenación como problema
Enajenar
implica que algo puede sacar a alguien fuera de sí, perturbarle el uso de la
razón o de los sentidos, y porque no decirlo privarle de sus facultades. Uno de
los peligros que algunos pensadores han planteado, tiene que ver con el factor
enajenante que puede provocar la IA, quitándole al ser humano facultades y
privándolo del ejercicio de su dominio sobre las máquinas, ingenios o los
algoritmos que permiten la funcionalidad artificial.
La
cantidad de información memorizada por las personas hace cincuenta años era
mucho mayor a la que memorizamos hoy. En tiempos de los griegos, nos recuerda
Irene Vallejos en su libro El Infinito en un Junco, memorizar el
equivalente a 400 páginas del relato de La Odisea, con sus 12.000
versos, o de La Eneida, con 15.000 versos, era un requisito vital para
un juglar.
Dice
Irene Vallejos, que los pueblos que no constaban con una forma de escritura,
necesitaban preservar sus leyes, sus creencias, su conocimiento técnico,
exclusivamente con la oralidad. Por eso necesitaban entrenar su memoria
expandiendo su capacidad, luchando permanentemente contra el olvido.
Décadas
atrás las capacidades de memorizar eran parte de los procesos de aprendizaje.
El estudiante debía hacer operaciones matemáticas usando 3 números en el
multiplicador o en el divisor, lo que debía hacer sin tocar papel ni lápiz.
Nuestras
capacidades de memorización, al parecer, se encuentran menguadas, por distintos
factores. Uno de ellos es la existencia de Internet y sus buscadores que nos
resuelven cualquier problema de conocimiento y ya no es necesario leer muchos
libros para memorizar su contenido cultural.
La
ilustración es un problema del smartphone y no la tenemos en nuestra
mente, sino en el bolsillo. Recordar algún conocimiento parece ser cada vez
menos humano, porque la digitalización y las bases de datos nos resuelve los
problemas.
Ergo,
es válido preguntarse si las redes neuronales artificiales terminarán por
enajenar parte de las funcionalidades del cerebro humano.
¿Cuánto
daño y perdida neuronal tendrá el ser humano, dejando de usar parte de su
cerebro, en la medida que los algoritmos resuelvan gran parte de sus
cotidianidades? ¿Será la pérdida neuronal humana una consecuencia inevitable?
Pero,
en menos de una década, tal vez dispongamos de un chip Neuralink insertado
en alguna parte de nuestro cerebro, el que activará y estimulará nuestras
neuronas, para adquirir capacidades inauditas de procesamiento y manejo de
información. Así, al mismo tiempo que podamos tener órganos artificiales
construidos por una impresora, tal vez podamos definir el tipo de chip de
aceleración neuronal, que nos permitirá, con nuestro desechado cerebro
biológico, competir con la velocidad de las máquinas.
¿Cuánto
costará ese chip, y quienes lo podrán comprar? Los que no puedan hacerlo,
seguramente, deberán adiestrar su cerebro para homologar de alguna manera lo
que será un privilegio.
Investigaciones
del Instituto de Tecnología de California (CALTECH), han permitido establecer
que la mente humana procesa información a una velocidad de 10 bits por segundo.
Un video se transmite a unos 25 millones de bits por segundo. La capacidad de
captación de nuestro sistema nervioso capta hasta mil millones de bits por
segundo, sin embargo, procesamos solo 10 bits, para percibir el mundo que nos
rodea y para tomar decisiones.
La pregunta que se ha planteado una investigación, liderada por
los científicos Jieyu Zheng y Markus Meister, es por qué el cerebro humano
con miles de millones de neuronas, solo utiliza una cantidad tan ínfima.
En
nuestra condición evolutiva nunca ha sido necesario procesar más información
que esa porción para sobrevivir. Así, con esos 10 bits por segundo de
procesamiento, es decir, 600 bits por minuto, los hombres han construido su
historia, sus grandes logros y sus grandes fracasos. La respuesta que
aventuran Zheng y Meister es que nuestro
cerebro está diseñado para la eficiencia, no para la velocidad.
¿El desafío futuro será procesar a mayor velocidad, con las neuronas humanas, las que podrán conectarse a neuronas artificiales, buscando una relación entre eficiencia y velocidad?
Inteligencia Artificial y Realización Humana
En
un tiempo en que la constatación de la inteligencia digital se ha vuelto una
realidad al alcance de cualquier consumidor, producto de las disponibilidades
que ya entrega Internet, es necesario discurrir sobre la realización humana frente
a la implicancia de la IA. La comprensión del consumidor es que cuenta con una
nueva herramienta, que le puede permitir ventajas para sintetizar diferentes
procesos o crear diferentes alternativas.
Pertenezco
a una institución humanista. Su preocupación se centra en la condición humana y
en la certeza en todo lo bueno para que la vida humana esté asegurada por
derechos y garantías, las que devienen de altos principios que nos transmite para
adquirir virtudes que tienen como propósito una vida mejor.
Dichos
principios nos hablan de construir una relación con nuestros congéneres de
carácter fraternal, nos habla de tolerancia y de caridad, nos señalan que la
libertad de conciencia y el propósito de igualdad, no convoca día a día, para
poner en la prioridad de las cosas, la idea de una Humanidad mejor.
Cuando
analizamos la condición humana y los procesos históricos que la determinan,
ponemos como primera referencia los principios que nos animan. En ese sentido,
cuando estamos en medio de herramientas nuevas en las disponibilidades
tecnológicas, debemos pensar en lo que ellas significan para una vida mejor
para las personas y las sociedades. Ciertamente, queremos que todo lo creado
por el ser humano sea para bien, para su felicidad y su más plena realización
moral.
La
creatividad humana es imposible de detener, porque los seres humanos poseemos
una chispa capaz de abordar lo imposible, una chipa que seguramente heredamos
de la evolución por disposición divina, y el deseo de replicar y hasta superar lo
humano, a partir de distintos ingenios, es algo que perdurará hasta la
extinción de nuestra especie.
La
tecnología y la ciencia, empero, como bien sabemos, tienen un campo de acción
que escapa a las consideraciones morales y las disposiciones éticas. La
filosofía camina algunos pasos atrás, ya que se refiere a cuestiones que ya están
en la realidad del vivir. Entonces, son las instituciones éticas las que deben
ser capaces de avizorar los problemas que marcan el carácter de las épocas,
como consecuencia de la forma como el ser humano cambia la naturaleza de las
cosas o de su propia condición humana. Está en las instituciones, no en las
corporaciones, crear convicciones profundas sobre lo esencial de lo humano.
En
una etapa de la Humanidad, marcada por guerras sangrientas y crueles, donde no
se respeta la vida humana, y se desprecia la racionalidad y misericordia, donde
el derecho a vivir está condicionado a liderazgos perversos, pareciera que los
desarrollos tecnológicos fueran herramientas que favorecen precisamente lo más
amenazante del hombre sobre el hombre. ¿Dependerá todo de quien controle el
switch del futuro, de acuerdo a sus particularidades e intereses?