domingo, 25 de diciembre de 2016

A cuidarse del fundamentalismo



(Publicado en www.iniciativalaicista.cl el 18 de diciembre de 2016)


Toda persona medianamente informada sabe que se, entiende como “fundamentalistas”, a aquellas actitudes o conductas que son contrarias a los cambios o reinterpretaciones de las doctrinas, fundamentos, o prácticas consideradas esenciales e inamovibles en un sistema de ideas, especialmente cuando este tiene un carácter religioso. Cuando ello tiene un alcance concreto, en las opciones prácticas y cotidianas de las personas que siguen un determinado sistema de ideas, se habla también de “integrismo”.
Ambos conceptos se hicieron habituales en el uso comunicacional, hace 40 años, entre quienes censuraban los alcances y opciones promovidas por el régimen teocrático que se instaló en Irán, luego de la caída del sha Mohammad Reza Pahlevi.
Sin embargo, el uso habitual de ambos conceptos permitió que la gente comenzara a emplearlos para calificar conductas o actitudes de otras corrientes de ideas que, más allá de lo religioso tratan de regimentar la vida social, desde otras perspectivas, y que, también, buscan asentarse en el ámbito moral, para llegar así a la legitimidad social y política, hasta formar parte de la legitimidad jurídica.
Así, todo sistema de ideas, o todo conjunto de ideas específicas dentro de un sistema, tratará siempre, en ánimo de penetrar la conciencia social, de lograr la legitimidad moral, para coronarse al fin en legitimidad política y jurídica. Todas las grandes ideas humanas, las buenas y las malas, han seguido el mismo proceso y lo seguirán haciendo.
De allí la importancia de la democracia y el derecho a la libertad de conciencia, para el debate y la discusión de los temas que afectan a la sociedad. De allí,  el efecto que tienen los derechos de las minorías en cualquier sociedad auténticamente democrática, donde, en definitivamente, en cualquier aspecto en debate, todos podemos habitualmente ser minoría (en algún sentido) y, en menos oportunidades, mayoría.
Todas las grandes ideas en el seno de la Humanidad, las buenas y las malas, han sido determinadas sobre la base del mismo proceso de legitimidad, que busca la exaltación política y legal, partiendo de la búsqueda del consenso moral. Todas parten de una apelación a la justicia para legitimar su fundamento moral. Las buenas y las malas.
Algo que ha enseñado la historia humana,  indisoluble de toda pretensión moral, es que hasta las buenas ideas, las más nobles y justas, en algún momento, cuando logran cierto asentamiento firme en la cabeza de playa de las batallas de las ideas, se visten con la pretensión hegemónica. Y toda hegemonía arrastra el oscuro anhelo irrefrenable de la exclusión.
Alguna vez, el ser humano se dio cuenta de que las hegemonías y el virus de la exclusión que conllevan, estaba en la argumentación, en la forma de pensar e interpretar las cuestiones morales, y luego políticas y jurídicas. Entonces generó una idea que llama a pensar las cosas desde la mutiplicidad y no del unicismo. Así nació el libre pensamiento como doctrina, que debía tener el antivirus frente a la hegemonía. Y cuando los libre pensadores vieron que las hegemonías morales tenían siempre como objetivo final la hegemonía política y jurídica, crearon un concepto sustancial: el laicismo, para promover precisamente el respeto a la diversidad en aquellos niveles jurídico-políticos donde la hegemonía pretende asentarse.
Y en la puesta en práctica de estas doctrinas inoculadas del virus del hegemonismo, quienes las promueven han llegado a comprobar que no solo las religiones tienen un alcance perverso cuando logran la hegemonía. Ciertamente, lo que dice al laicismo, por su origen conceptual, siempre estará asociado al hegemonismo religioso.
Pero, desde la mirada del libre pensamiento, es posible comprobar que muchas buenas ideas pueden tornarse en perversamente hegemónicas, en la medida que pretendan imponerse sobre la sociedad, que siempre tendrá, por esencia, por práctica y por el carácter evolutivo del ser humano, un carácter plural, determinado por la multiplicidad de  minorías que la componen, es decir, todo nosotros.
Desde la mirada laicista, se ha podido comprobar también que hay muchas grandes ideas, que no tienen implícita una idea de divinidad, que terminan optando por un especie de práctica religiosa, y donde sus elementos simbólicos llegan a expresar una condición sacramental, y todo lo que ponga en discusión la simbología asociada a ella, viene a ser declarado como apostasía, y por lo tanto merecedora de la condenación social, condenación que necesita la expresión de la mayoría en contra de los “desbandados” o “no consensuados” minoritarios
Desde la experiencia del laicismo, siempre debe promoverse la importancia de la libertad de pensamiento, porque la unicidad de pensamiento es el primer síntoma de una sociedad que se enferma con el hegemonismo y la exclusión. No hay ninguna buena idea, no hay ninguna justa idea, en la historia humana, que no necesite de la contextualización de la diversidad para desarrollarse sanamente.
Pretender que toda persona, en la adhesión a una idea razonable y razonada, deba expresar de manera irrenunciable lo que los obispos y las obispas, lo que los sacerdotes o sacerdotisas, encargadas de defender el huevo fundamental de la idea en discusión establecen como la forma y el fondo del asunto, atenta contra la libertad de conciencia y los derechos inalienables de cada persona a vivir su proceso individual e individualísimo a crecer junto a los demás en diversidad.
Ciertamente, toda idea, aspirante a hegemonizar o ya concretada en hegemonía, crea siempre sus hogueras o promueve los linchamientos colectivos, reales o simbólicos, cuando algo parece alejarse de su fundamento e integridad.
Olvidan que, cuando una idea es absolutamente justa, es más que nunca necesario someterla, como lo hace la ciencia con sus proposiciones, a la condición de teoría, no de verdad. Toda buena idea no puede adquirir modalidad de religión, ya que ello implica una connotación de revelación que excluye el análisis crítico.
Nuestra sociedad está plagada de espacios para quemar o linchar. Se está convirtiendo en una mala práctica en demasiadas personas buenas. Incluso en personas con una mente abierta al libre pensar. La propensión a la sacralización del corpus de toda doctrina, contiene un perverso afán que termina pervirtiendo incluso lo justo de cualquier argumentación.
La hegemonización mata cualquier pluralismo, mata la libertad de conciencia, mata el derecho a cualquier matiz de diversidad, mata la espontaneidad natural,  y hasta el humor. Toda expresión de la arrogancia de la hegemonización moral, mata primero simbólicamente, para terminar matando luego físicamente.
Anhelamos que, aquellos que han asumido el compromiso con la libertad de pensamiento, y nunca declinen ante la hegemonía moral de una transitoria mayoría y que renuncien siempre a la sacralización, ya que en ello descansa la libertad y el derecho a la diversidad, y en ello se sustenta la posibilidad cierta de seguir siendo seres humanos; seres que buscan, que aprenden, que cometen errores, que siguen relativizando la moral.
Cuidémonos, libre pensadores, de los antiguos y nuevos fundamentalismos, sobre todo de los que no vienen de una revelación divina, y sigamos trabajando por la laicidad, manteniendo a raya los integrismos que devienen de una religiosidad que se convierte en un oscuro afán de hegemonía.
Respetemos toda idea que se propone en bien de la Humanidad, en el ámbito de su modestia primordial, y que enriquece al hombre individual en su desarrollo en un medio social donde priman los derechos de todos.
Y cuidemos el humor. Es parte de la condición en que el ser humano advierte sus limitaciones y calibra sus capacidades de aprendizaje. Recordemos siempre que los fundamentalismos son absolutamente serios, hoscos y malhumorados.         

jueves, 10 de noviembre de 2016

Reflexiones laicas sobre el Reichspogromnacht

(Reflexión presentada en la conmemoración de los 78 años de la Noche de los Cristales Rotos, organizada por la Iglesia Luterana chilena y la Confraternidad Judeo Cristiana de Chile)e)


Sin duda, sobre el 09 de noviembre de 1938, de la Noche de los Cristales Rotos o Reichspogromnacht, se han dicho muchas cosas a través de los casi 80 años posteriores, y se seguirán diciendo. Su simbolismo, sus alcances, sus efectos, siguen estando latentes en cualquier conciencia informada y en cualquier análisis sobre los factores que disocian a los individuos y a las comunidades humanas, de las comprensiones comunes que tienen que ver con la convivencia y el respeto necesario de la legitimidad del otro, como sujeto válido en todos los alcances que de ello se desprenden: sociales, jurídicos, morales, políticos.
Cuando se conocen, analizan o reconstruyen en la memoria tales eventos, y este en especial, sin duda en la memoria colectiva aparecen otros sucesos igualmente desgarradores, que también expresan de alguna manera, esa misma manifestación de odio, esa irracionalidad, y esa negación de la legitimidad del otro, por alguna explicación sustentada en las conductas más disociadoras de todo colectivo humano: la intolerancia.
Para practicar y verbalizar la intolerancia no se necesitan grandes ideas, sino solo la manifestación de lo más elemental de la odiosidad. Y la odiosidad no necesita grandes cantidades de combustible moraloide o de desarrollos argumentales. Cuando hablo de odiosidad quiero hacer presente que es un estado ambiental, que en su condición de sustantivo abstracto, nos dice que hay una condición anímica y una determinación con atisbos moralizantes, que de lo individual se proyecta a lo colectivo y se transforma en un hecho político.
Los odios que alberga un individuo en sus capacidades emocionales y en los linderos de su conciencia, no es un hecho social, y cuando más queda en la historia dentro de los archivos judiciales, en la página roja de los medios, o cuanto más en la irrelevancia de su propia existencia. Los odios son parte de la existencia cotidiana del hombre individual. Muchas veces odiamos hasta por las cosas más pueriles.
 Sin embargo, cuando hablamos de odiosidad estamos hablando de una condición característica, de una condición cualitativa que, cuando adquiere presencia en los grupos humanos, es inevitable que se proyecte en una disposición política. Es decir, adquiere una manifestación concreta en la intención de intereses que buscan hacerse legítimos dentro del ordenamiento social.  Para ello es necesario solo desarrollar dos o tres ideas, que no necesiten una fuerza argumental compleja, y que establezcan un concepto diferenciador y la voluntad excluyente para zanjar la diferenciación.
Un aspecto diferenciador de recurrencia histórica, en todos los procesos humanos que han terminado en dolorosos dramas, ha sido la distinción racial. Otras veces, ha sido la distinción religiosa. Otras veces, la simple distinción cultural. Señalo estas, porque de alguna manera, estos han sido los factores de discriminación en las comunidades humanas que han escrito las páginas más dolorosas de la historia, al margen de los procesos determinados por las aspiraciones y  acciones de conquista de determinados hombres de guerra.
La condición étnica, la religión y las costumbres características de los grupos humanos, efectivamente, han sido las motivaciones para introducir dentro de las sociedades los efectos más devastadores contra la convivencia pacífica y el respeto a la condición humana que todos nos debemos respecto del otro.  Muchas veces las sociedades son sometidas a graves y hasta violentas tensiones, como resultado del choque de intereses y objetivos, sin embargo, cuando más perversión adquieren tales confrontaciones, son cuando se establece como elemento convocante del interés de algunos, la argumentación racial, la argumentación religiosa o la argumentación cultural.
El más artero de todos, es el factor racial. Cualquier ser humano, tal vez puede tener la posibilidad de cambiar de religión e incluso abandonar las costumbres colectivas más arraigadas, pero no puede abandonar los factores que dominan su linaje o el determinismo de sus genes. Son parte de su existir físico, en el que no tuvo posibilidad de elegir. Odiar a alguien por el color de su piel o sus características étnicas, de este modo, se transforma en una ventaja absoluta para quien estimula la odiosidad a partir de una discriminación racial.  De allí, que no hay peor, más artero y más deleznable propósito, que llamar y estimular el odio social, a propósito de las características étnicas de un individuo o de un grupo humano.
La otra causa histórica de gran alcance que ha estimulado la odiosidad, es aquella sustentada en la discriminación religiosa. Cuando la discriminación religiosa alcanza la categoría política, desde luego que se transforma en una motivación que perfectamente puede convertirse en un vector que se proyecte de la criminalidad hacia el genocidio. Las últimas décadas de la historia humana tienen ejemplos vergonzantes que ofenden a cualquier conciencia decente, y que parecieran ser acontecimientos geográficamente tan lejanos de nuestra realidad sudamericana, pero que son parte de esta aldea global en la que vivimos cada día.
Muchas veces, muy unido a lo religioso, está la cuestión de las costumbres de los grupos humanos, frente a lo cual, otros grupos reaccionan a través de odio. La afirmación cultural muchas veces se transforma en un obstáculo insalvable para el deseo de mezclarnos y admitirnos, para la voluntad de progresar y diversificarnos dentro de las cotidianidades del convivir.
Pertenezco a una comunidad de personas que me ha tenido por veinticinco años, participando en distintas reflexiones, gran parte de ellas centradas en la necesidad de la tolerancia como objetivo fundamental, como tarea societaria de primer orden.
En esas reflexiones he adquirido la convicción de que el racismo, los atavismos religiosos y las reclamaciones culturales, cuando convergen en una voluntad política, adquieren una potencialidad homicida que se abate como un tornado sobre las comunidades políticas. Sé que estoy hablando entre personas religiosas que podrían sentirse provocados por mis palabras. Sin embargo, debo decirles que respeto profundamente los propósitos religiosos, su doctrina y su fundamento. Pero, soy un convencido que cuando la religión deja de ser tal, para transformarse en una propuesta política, no cabe duda que se produce una desviación que siempre trae consecuencias para las sociedades.
Si hay algo que primó en la antesala, durante y posteriormente, en la Noche de los Cristales Rotos, fue precisamente la conjunción perversa del odio racial, del odio religioso y del odio cultural, en una voluntad  expresada a través de una ideología política. Entre los propósitos que insuflaron la intolerancia de aquella ideología demencial, manifestada en una acción política concreta,  convergen con absoluta claridad esos tres elementos que he mencionado.
Y cuando las tenemos presentes en cualquier sociedad, como lo fue la sociedad alemana de los años 1930, lo que viene a hacerse tangible en la forma como opera esa disposición política, donde, a los componentes señalados, se agregan otros tres elementos determinantes: el ejercicio desnudo del poder, lejos de cualquier consideración ética, la hegemonía y la exclusión.
La intolerancia y la odiosidad como categorías políticas adquieren relevancia solo en la medida que hay poder y ese poder es ejercido en función de determinados objetivos, pretendiendo y construyendo la hegemonía, y aplicando, una vez consolidados los pasos anteriores, la exclusión de aquellos a los que se considera prescindibles dentro del modelo que se pretende imponer.
Vuelvo a lo dicho al principio: Para sustentar un estado de cosas como el indicado, no se requieren grandes ideas o desarrollos argumentales de gran alcance. Basta lo más elemental. Hace algunos meses veces vi en televisión un reportaje sobre ISIS cuando tomó control en Mosul. Los hombres entrevistados, los niños, los combatientes, solo se expresaban en dos o tres frases: una frase para alabar a su divinidad, otra frase para definir a sus satánicos enemigos, y la otra frase para indicar lo que harían con sus enemigos.
Recuerdo haber estudiado alguna vez la fuerza argumental que sostuvo el nazismo para desatar la criminalidad colectiva que al final llegó al genocidio. También eran pocas frases, todas muy elementales. Si bien Hitler era abundante en su oratoria, sus seguidores más encumbrados solo necesitaban un reducido grupo de frases precisas para desatar el odio, el encono y la violencia.
He escuchado muchas veces la necesidad de promover la tolerancia en las sociedades humanas. Hay algunos que consideran esencial que las sociedades deben reconocer la importancia de la tolerancia racial, sobre todo cuando han tenido experiencias de odio étnico en sus vivencias. Hay otros que consideran y difunden la demanda de la importancia de la tolerancia religiosa, sobre todo cuando surgen antecedentes de expresiones de poder, hegemonía y exclusión. Creo que ello es positivo, aun cuando creo que expresan sesgadamente el problema de fondo que debe asentarse  radicalmente en toda sociedad donde impere la tolerancia, el derecho a la diversidad, y la paz entre sus distintos componentes en contradicción: la tolerancia civil.
Creo que el gran desafío para las sociedades sometidas a tensiones producto de presencias diversas en su composición, debiera descansar en la forma como articulamos la sociedad civil, a partir de una convicción de tolerancia en el convivir, legitimando a los otros que no son como yo, o no son como nosotros, como legítimos componentes de la sociedad, con sus libertades de conciencia y sus derechos a pensar libremente, con sus derechos a realizarse y desarrollarse como todos y cada uno. Ello lo sintetizo en el concepto de tolerancia civil, aquella que surge precisamente de la condición o cualidad de ser parte de una sociedad articulada por diversos grupos humanos y de personas que conviven dentro de una realidad y un espacio común.
Si las sociedades fueran capaces de construir esa tolerancia civil, cualquier incapacidad de aceptarse, a partir de distintas condiciones o especificidades, estaría en ese ámbito específico de resolución. Ello sería un basamento concreto para construir políticas más tolerantes y más inclusivas.
Cuando ocurrieron los hechos que conmemoramos con dolor y perplejidad, hace 78 años, lo que experimentó Alemania fue un espantoso derrumbe de los fundamentos de la sociedad civil, provocados por una comprensión de poder, de hegemonía y de exclusión. En aquellos años la sociedad alemana se olvidó de una comprensión civil de legitimidad, a la que tenían derecho todos los hombres y mujeres que vivían en su suelo.
Esa horrible realidad se ha reproducido en las décadas siguientes, en todos los continentes por diversas causas, protagonistas, motivaciones e intenciones. América Latina ha sido testigo también de esas rupturas dramáticas por razones ideológicas o de proyectos de sociedad. No hay continente que no tenga que lamentar consecuencias de purgas dentro de la vida civil, donde siempre han habido grupos que deben ser excluidos por criterios y conductas excluyentes. Chile lo vivió dramáticamente hace algunas décadas.
Nuestra sociedad sin embargo, parece haber aprendido la lección. En un sentido general, somos muchos más tolerantes de lo que pensamos. Hay odiosidades que aún están larvadas en la conciencia de cada cual, probablemente. Pero no hay inmunidad en las sociedades para volver a tropezar con piedras conocidas, por eso la importancia de esta actividad de hoy.
La reflexión final que hago frente a la comunidad religiosa luterana organizadora de esta conmemoración, que expresan la tradición de una historia fundada en la tolerancia civil, especialmente bajo el Siglo de las Luces, es que esa historia es un tremendo aporte que siempre deben potenciar. Sobre todo cuando hay muchos que, desde una perspectiva de adoración a Dios, sustentan visiones de poder, hegemonía y velada exclusión. Descomponer una sociedad a través del odio y el rencor es más fácil que componerla a través del amor y la misericordia.
Al recordar los hechos de aquella noche dramática, que como comunidades religiosas nos traen a la memoria y a la reflexión esta noche, pensemos que los desafíos que enfrentan los seres humanos, pueden y deben ser resueltos por nosotros los seres humanos… para gloria de Dios.



martes, 11 de octubre de 2016

Sobre el libro "La Integración Humana" de Luis Téllez Mellado


Introducción

En primer lugar, quiero agradecer la oportunidad que me ha dado la Universidad La República, para presentar el libro de Luis Tellez Mellado, con quien me ha unido la posibilidad de poder colaborarle en instancias de reflexión sobre una misma preocupación por el hombre. Con su claridad de ideas, su humor y su sencillez nos convoca regularmente a algunas de las cuestiones que este libro expresa como parte de su pensamiento.
No puedo dejar de considerar que su estilo y sus convicciones profundas sobre la libertad de espíritu, a veces produce desconcierto en algunos de nuestros amigos, pero para muchos de nosotros es un bien que es inherente a Luis Téllez, como manifestación de  sus certezas y su temperamento, y por lo mismo son un tributo a la sapiencia que le ha dado una vida de experiencias y reflexiones.
Ese acerbo de ideas que bullen en su mente y en su reflexividad es lo que está presente en esta obra que hoy presentamos, gracias al impulso eficaz de la Universidad La República. Es una obra singularísima que la lectura fácil no permite comprender, sobre todo para quienes gustan de las lecturas rápidas que parecen ser la tónica de gran parte de la cotidianidad de este tiempo que nos toca vivir, y donde lo contingente de cada día parece ser una necesidad para quien toma un libro con el preferente propósito de adherir a los debates con alguna munición adicional para disparar opiniones fugaces. 

Reflexionar sobre lo humano

No deja de ser necesario un libro que escape a las condiciones de la decepcionante condición incierta que nos toca vivir. Decepcionante por cierto para quienes sentimos en la piel los tráfagos del hombre histórico de nuestro tiempo, para quienes creemos que el hombre tiene solo una oportunidad de vivir, y que cualquier otra posibilidad está en ámbitos que nos son desconocidos y que están fuera de nuestra verdadera comprensión intelectiva, es decir, fuera de procesos verdaderamente inteligibles, al margen de experiencias que nos permitan otear otra oportunidad de vivir y corregir tal vez todo lo que ahora debemos resolver.
Cada ser humano solo tiene un tiempo para vivir, desde que sale desde el caldo uterino en el cual llegó a ser posible, por un conjunto de frágiles circunstancias, entre la casualidad y la causalidad, hasta que sus signos vitales se apagan por causas prematuras o por la culminación necesaria de los órganos que lo componen.
No es posible reflexionar sobre lo humano, sin mensurar aquella fragilidad sustancial que lo hace propiamente humano. Un ser finito que tiene solo una oportunidad para precisamente ser.
Un ser finito que debe realizarse como tal, esto es, hacer posible sus anhelos más sentidos, vivir y convivir, satisfacer sus necesidades, aproximarse a la realización de sus ambiciones personales y colectivas, vislumbrar y construir su felicidad, encontrarle un sentido a su propia existencia y transmitirla a los demás en el hecho mismo del convivir. Reproducir la vida con una impronta de esperanza. Todo un desafío, tal vez inaudito, que debe asumir con alcances indómitos todo ser humano en la significación del vivir. Con ello no estoy diciendo que, tal vez, por procesos intelectivos diferenciados, no haya individuos humanos que tengan el gozo de no tener que asumir su finitud y avancen hasta la ancianidad y su inexorable desenlace, sin tener que hacerse cargo de la contextualización inevitable de su humanidad.
Pero ello no es la regla de quienes abrevaban en el día a día, en la constancia de la reflexividad. No ocurre con quienes, cada día salen del sueño, y afrontan el día haciéndose cargo de aquello que implica nuestra temporalidad humana, y salen a la calle con un propósito vital: superar las realidades para transformarlas, sobre la base de un conocimiento y la experiencia, en la búsqueda de la realización individual, en el marco absoluto de lo colectivo.
Eso es lo que hace posible la pequeña historia de cada día, lo que hace posible la condición del hombre histórico, de aquello que llamamos ser humano, una caracterización de lo colectivo en el ámbito de lo individual.
Y aquel individuo que se gesta en el líquido amniótico, entre la casualidad y la causalidad, ciertamente estará sometido a una vida extrauterina, que también tendrá una inexorable realidad entre la casualidad y la causalidad. Y su historia individual, en su búsqueda que se desencadena desde que apenas puede discurrir algunas ideas, estará señalada por un deseo vital de realización, que solo la casualidad le dará la oportunidad, en  tanto las causalidades de su tiempo lo ubiquen en un espacio donde pueda ser relativamente posible.
Cuando leía, en días precedentes, este libro que hoy presentamos, leía paralelamente en las noticias que en la frontera de Bolivia con la provincia argentina de Jujuy, había un sórdido tráfico de niños, donde, por doscientos o trescientos mil pesos chilenos, un niño era arrancado de su hogar para ser entregado como esclavo en la producción agrícola o una niña era vendida para prestar servicios sexuales. Cuando leía a Luis Téllez, estábamos trabajando para preparar la próxima edición de la revista Iniciativa Laicista, donde informamos que se va a realizar un congreso del libre pensamiento en Ecuador y queríamos contextualizarlo en la realidad de América Latina, nuestro vecindario geográfico y cultural, y tomábamos nota de las 67.000 niñas que , año a año, en Guatemala son embarazadas antes de los 14 años, como consecuencia de violaciones o abusos de sus mayores; de los 520.000 niños mexicanos que cada año son víctimas de alguna manifestación de violencia que determinará irreversiblemente su vida antes que dejen la adolescencia.
Entenderán Uds. esa aprehensión mía cuando remarco la idea de casualidad y causalidad de lo humano. ¿Cómo será el ámbito de lo humano de esas vidas? ¿Cuántas serán sus posibilidades? ¿Habrá en ellos una posibilidad de esperanza, o llegarán a reflexionar algún sentido o propósito de vida?
Y cuando hablamos de nuestro vecindario, de todo ese continente que nos identifica, desde el Río Grande hasta el Cabo de Hornos, como pueblos unidos por muchas historias comunes, luego de un tiempo no lejano en que los derechos humanos fueron pisoteados, las vidas arrebatadas y  los sueños destruidos, fruto de las botas militares y los estados de excepción, una encuesta nos dice que la desilusión con la democracia en los latinoamericanos sigue aumentando, y solo unos puntos nos permiten decir que aún, poco más de la mitad de nuestras sociedades siguen dándole algún crédito a la democracia como sistema político adecuado para resolver los problemas cotidianos de las personas. Por cierto, Chile, con una clase política desprestigiada, está entre los países donde la democracia ha perdido más confianza.
No pretendo hacer una reflexión amplia sobre nuestra contemporaneidad, sobre la condición de casualidad y causalidad que marca al hombre histórico, cuando ya estamos en medio de la segunda década de este siglo XXI, el siglo que, hace cuarenta o cincuenta años veíamos como el siglo de la gran oportunidad del Hombre individual y colectivo.
Lo que quiero traer a Uds. es la convicción de que, quienes estamos en condiciones de reflexionar, porque la casualidad y la causalidad nos ha dado la oportunidad de realizarnos en muchos de nuestros anhelos, tenemos que hacernos cargo de todos los proyectos y oportunidades de vida que se han visto y se verán frustradas. Debemos hacernos cargo de todos aquellos que están marginados de la felicidad, de los que están rezagados de la historia y en la imposibilidad de construirse según sus sueños, de los que están ignorados y ninguneados por la opulencia, de los que ni siquiera sueñan con una idea de justicia social, o con la posibilidad de sumarse a los beneficios del conocimiento. Y allí está precisamente el valor extraordinario que tiene este libro de Luis Téllez, que nos viene hablar de la Integración Humana.

Vindicación de lo intelectual

Cuando observamos lo que diariamente se publica en Chile, en el formato de un libro, sea este en papel o digital, queda la sensación de que el inmediatismo es lo que marca el estado de ánimo de los individuos y los colectivos cualquiera sea su dimensión. Detenerse a pensar desde una perspectiva humanista, es decir, desde una perspectiva que reflexione sobre el hombre en una vectorialidad que escape de lo político contingente o de la especialización del conocimiento, es una locura. Para quienes, desde la academia o desde alguna atalaya de la consagración del pensamiento institucionalizado, donde se sostienen las presuntas legitimidades del pensamiento reflexivo, hacer un esfuerzo de integración puede parecer de locos o de ilusos, o de religiosos, ya que las religiones son las únicas instancias que creen tener el derecho de unir al hombre en una visión común,  y que son aceptadas como legítimas para propender a integrarnos más allá de nuestras diferencias políticas o civiles.
¿Cómo no podría ser así, cuando los intelectuales han sido dados por muertos por la sociedad del consumo y por el conservadurismo que ha sostenido, contradictoriamente, todo el discurso neoliberal? Porque allí está la contradicción de las contradicciones de los santones y gurúes del modelo neoliberal; ser conservadores en esencia, para proponer una suerte de concepción libertaria solo en los negocios y el comercio, en tanto se sustenten firmemente en el monopolio y el control de los mercados. Son esos conservadores en esencia los que han desprestigiado y dado extremaunción a los intelectuales, y que aspiran a que ojalá desaparezca todo vestigio de la filosofía hasta en los planes de estudio.
Para estos, la intelectualidad y la filosofía son armas demasiado cargadas de futuro y de rebeldía libertaria, para que existan en los ámbitos del pensamiento que tiene alcance en la cotidianidad de las personas. Está bien en la academias, señalan en un extraña tolerancia, y que ojalá se esconda en un lenguaje incomprensible, pero no puede estar en los círculos donde se permea la cotidianidad de las personas.
Lo que hace a contrapelo, Luis Téllez, es precisamente reclamar con su libro los fueros de la intelectualidad y de la filosofía dentro del alcance mundanal. Reclama para sí la práctica del intelectualismo y la necesidad de hacer un ensayo filosófico fuera de las atalayas de los academicismos. Lo que nos dice con el solo hecho de gestar esta obra que hoy presentamos, es que no podemos pensar al hombre y contribuir a una perspectiva humanista, es decir, donde el hombre es el sujeto y objeto de la acción del hombre, para su realización histórica, para su verdadero progresismo, sin que sea necesario una disposición de intelectualidad, es decir, un terreno donde el imperio cualitativo de la reflexión intelectual y de una disposición al debate filosófico, ocurra necesariamente en los ámbitos ciertos del derecho de todo hombre a concebir su propia ubicación en el mundo, para encontrar un destino mejor a partir de la superación de las cuestiones de fondo que nos desintegran.
Hay varios componentes y caracteres en este libro que lo señalan con claridad. Como buen intelectual, Luis Tellez hace su exploración desde un intachable secularismo. Y con coraje se introduce decididamente a abordar un tema que pareciera, en el tiempo actual, que solo fuera patrimonio de las religiones: la integración humana. Y viene a hacerlo usando como objetivo, un concepto que ha sido usurpado por las concepciones  sustentadas en los determinismos de diverso tipo: el bien común.
Y parte su esfuerzo, poniendo sobre la mesa una afirmación contradictoria, no sé si en un afán de provocación. Sus primeras líneas dicen concretamente: “la integración humana, como disciplina social, corresponde a una preocupación mayor del espíritu humano por conocer, comprender y erigir las bases de una cultura integrada, solidaria y responsable, que impregnada de humanidad permita a cada individuo un crecimiento más digno dentro de la realidad circundante, que le garantice un progreso singular con un desarrollo social sustentado en relaciones de confianza que agreguen valor a los nobles impulsos de quienes trabajan por cristalizar una vida más justa e inclusiva, que erradique toda forma de trato discriminatorio y perjudicial generado por motivos de raza, sexo, religión, política o riqueza, por constituirse en actos arbitrarios que afecten las condiciones de calidad de un colectivo mundial que está enfermo, carente de valores morales suficientes como consecuencia de un proceso despótico y deliberado de deshumanización”.
Nadie que tenga una visión humanista puede estar en desacuerdo con tan enaltecedor propósito fundado en el hombre e inspirador de un libro que pretende aportar a una reflexión sobre el pensamiento humano, sin embargo, me golpea fuerte como presentador que aquello se deba dar en el marco de una disciplina, aun cuando ella sea en un sentido social. Las disciplinas, como procesos intelectuales, creo que son una consecuencia de un proceso de desintegración objetiva, que han marcado la compartimentación del pensamiento, e invocarlas aportan una regimentación que agota precisamente toda potencialidad integradora. Como también lo agota todo concepto de valoración de la cultura como un fin. Creo que todo objetivo que supere las visiones que separan al hombre, necesariamente deben sostenerse siempre en la superación de todo concepto de cultura, causas de muchos males de la humanidad. No en vano todo purismo nace de una sustentación cultural, y por lo tanto, toda reivindicación cultural termina segregando y luego asesinando a personas.
Luego de esas primeras líneas del libro, toda la reflexión que nos aporta Luis Téllez es precisamente lo contrario. Escapa a las disciplinas y reniega de los moldes culturales, y con evocación renacentista, pasa de un área a otra del conocimiento, burlando las compartimentaciones de los especialistas. De allí que quiero entender esos dos conceptos iniciales como una provocación o como los objetos intelectuales de los cuales el autor quiere renegar, para pensar de modo eficaz en torno a la integración humana.

Un autor político

En su obra Luis Téllez nos introduce en un viaje que es tremendamente seductor, un viaje que es raro encontrar en un libro en estos tiempos. Y lo hace con la sinceridad de un hombre político, aquel espécimen que ciertamente es también una rareza. Me dirán que estoy hablando sandeces, sobre todo cuando hay tantos políticos en la agenda diaria, manchando o degradando la condición política. Creo que justamente ello ocurre porque están lejos de la cualidad del hombre político, es decir, de aquel que pone la política al servicio de la condición esencial de la comprensión de su naturaleza humana: ser político a partir del interés inicial de ser hombre, un ser humano que se construye colectivamente en el interés de lo humano. Es decir, un hombre político es aquel que se entiende en un contexto histórico y en un plan de humanidad. Los que integran las clases políticas de muchas sociedades contemporáneas – no todos, por supuesto, pero si demasiados - son solo un conjunto híbrido de inmediatismos y de parasitismos en torno al poder.
Luis Tellez es un zoon politikon en propiedad. Usa las herramientas políticas y los productos del pensamiento contemporáneo para asentar su reflexividad y esbozar afirmaciones certeras sobre lo que pueden ser las políticas públicas para establecer basamentos efectivos que permitan redimensionar la conducta humana. Y eso me parece extraordinariamente valioso como hipótesis de trabajo y de reflexión. Esto sobre la base de que las políticas públicas no solo son soluciones a problemas, sino que también son instrumentos capaces de gestar una nueva moral y una nueva comprensión ética en las personas. Es decir, no son solo medios de consagración de derechos, sino que crean una comprensión que permea a toda la sociedad sobre la necesidad de determinada política en el tiempo, como una forma de hacer sociedad, de validar un derecho como una actividad social permanente, que enseña y la hace parte de una cotidianidad. 
El desafío de la integración hoy está en la disposición intelectiva de muchos pensadores honestos. La fragmentación del pensamiento es una cuestión que tiene alcances que dan certeza a muchos, de que ello es lo que impide poner un acento efectivo en un proyecto de Humanidad, que recupere aquel impulso inicial de los grandes procesos de renovación del pensamiento humanista, pero corrigiendo las deformaciones que vinieron después del impulso primario.
Hace ya aproximadamente dos años, compartimos con Luis Téllez el momento en que el profesor Luis Razeto presentó un libro con su tesis sobre el cosmos noético, donde propone ideas para fundar la posibilidad de unificar el conocimiento, o establecer los fundamentos teóricos y epistemológicos de lo que pudiera ser “una teoría única capaz de comprender toda la realidad”, una respuesta final a todas las indagaciones del hombre a través de los tiempos, a través de distintas disciplinas y teorías.
Aquella tesis contiene 20 proposiciones complejas aunque perfectamente armónicas con la idea que motivó a ese autor,  apuntando a la idea de salvaguardar el planeta que nos hizo posibles, reorganizar la sociedad y crear una civilización superior, que facilite el más pleno desarrollo humano.
Creo que hay, inevitablemente, una conexión entre aquel libro y lo que hace Luis Téllez en el libro que hoy presentamos. Porque, para entender lo que Luis Téllez pretende, hay que entender también lo que se vislumbró para el ser humano en el Renacimiento, en la Grecia clásica o en el Iluminismo. De allí que, nadie que se considere humanista puede abstraerse de esta proposición de Luis Téllez.
Vivimos una época de fragmentación del conocimiento que construye las catedrales, y consagra los obispados y los arzobispados de la especialización. Poco se discute desde la convergencia y mucho sobre la disgregación y la segmentación. Cuando queremos ver a un traumatólogo, debemos tener claro si es especialista en codo, mano, pies, rodilla, brazos o piernas. Ya pocos se atreven a considerarse en medicina hijos de un Hipócrates universal, sistémico, capaz de responder a la complejidad del cuerpo humano desde una mirada integral.
En nuestro tiempo, en las instituciones que financian la profundización del conocimiento, nadie puede ser considerado con respeto si no luce una especialización y no ha labrado su propio pequeño nicho para horadar en la roca inconmensurable del saber. Cada cual sobrevive y se potencia en la celda de este panal cada vez más imponderable de información que constituye la compartimentación del conocimiento de la especie humana.
La diversidad de intereses y visiones, de formaciones profesionales y de historias personales, es un escollo que cuesta compaginar, no digo unificar, sino simplemente compaginar para establecer ciertas metas, ciertos objetivos comunes. Por ello, a muchos nos viene haciendo peso, que las posibilidades de vencer la atomización, la fragmentación y la excluyente especialización, es posible en la medida que se ponga en ejercicio una idea concreta de Hombre y de Humanidad.

La integración como propósito

Cada cierto tiempo surgen reflexiones sinceras, de que no hay posibilidad efectiva de que la ciencia y la investigación científica logren encontrar aquella teoría, que logre ser comprobada, que permita unir lo macro-cósmico, con aquello que es atómico y hasta subatómico. Creo que cada vez es más difícil, porque cada cual prefiere su propia caverna donde cobijarse, sin poner en el centro de su motivación la necesidad de la Humanidad, y solo importa el éxito particular de su tesis, de su equipo, de su Universidad, de su centro de investigación.
Muchos han llegado a sostener que estamos en una época extraordinaria del conocimiento humano. Sin embargo, gran parte de ese conocimiento no está disponible como un instrumento útil  para resolver problemas graves de los seres humanos en muchos lugares del mundo, frente a distintos procesos del desenvolvimiento humano, o para entender lo macro y lo micro del universo. Sabemos que estamos poniendo a la Naturaleza en que vivimos en situaciones límites, pero no aplicamos las capacidades que nos ha dado el conocimiento que tenemos, para proteger la continuidad de las virtudes planetarias que han permitido la casualidad de la vida humana.
Frente a esas convicciones un tanto desalentadas, se expresa el pensamiento de hombres como Luis Téllez. Alguien podría motejar este libro de ambicioso,  y no faltará alguien que diga que es utópico. Esas son virtudes que inducen precisamente a leerlo.
En sus contenidos está el deseo holístico de muchas de las apreciaciones que el autor expresa en sus conversaciones con quienes comparten sus espacios de reflexión. Ambos participamos en una institución que recoge antiguas sabidurías que se fundan en una pretensión holística de hacer del hombre objeto y sujeto de la acción humana, en pos de la realización de una idea cierta de Humanidad, de un humanismo que expresa determinantemente una idea de integración.
Eso es lo que refleja y expresa arraigadamente este libro.
Téllez no está pensando en Chile, cuando escribe esta reflexión profunda que nos ofrece, pero toma a Chile para pensar el conjunto. El autor nos dice que somos parte de un barco mucho más grande que la pequeña nave que es nuestro aún provinciano país, que se sigue mirando el ombligo en la cotidianidad de una clase dirigente cortoplacista y economicista, que vive atrapada en el disciplinarismo y la tecnocracia, y subyugada por los intereses mezquinos de una clase poseedora incapaz de cambiar sus tradiciones conceptuales. Resulta una pena no haber podido tener en Chile, clases ricas como las que tuvieron los holandeses del siglo XVII o las repúblicas italianas del renacimiento. Pero eso es tema de otro momento.
Recomiendo a todos los que conocen a Luis Tellez que lean este libro, y la misma recomendación hago a esta comunidad educacional que esta tarde nos acoge.  Nuestra sociedad y nuestro tiempo necesita de este tipo de reflexiones y aportes.  Acompañemos, leyendo su libro, a este viaje que nos  propone para construir afirmaciones en torno a su deseo holístico.
Su lógica se entiende en el contexto de su concepto de unidad que posibilita la integración como un hecho irreversible.
Dice, avanzando hacia el final de su análisis: “La unidad existe y subyace en la frondosa diversidad de formas esparcidas por el universo. La cadena de la existencia está compuesta de interdependencias e inter-relaciones que conforman ecosistemas, cuya homeóstasis puede verse alterada por el comportamiento irresponsable de parte de un segmento poderoso y/o refractario de la humanidad que atente contra el delicado equilibrio de la naturaleza.
En el entendido que las formas de pensar han llevado a una desintegración gradual del sistema social de la humanidad, con un fuerte impacto en las condiciones planetarias, se hace aconsejable invertir el proceso de creación humana, a través de un actuar integrado que incorpore el sentido de pertenencia al grupo humano, como una fórmula capaz de eliminar formas torcidas de pensamiento que se han constituido en la raíz de los males que aquejan la orbe”.
Para Luis Téllez es necesario un plan universal, insiste en que se requiere de un esfuerzo armónico y armonizador, es necesario recurrir a ciertas marcas sobre el terreno de alcance universal (usa el concepto landmark), acoge la idea de un orden universal de nuevo tipo, defiende la originalidad del individuo como base de la integración, exige una cultura solidaria, anhela una educación integral,  en fin.
Comparto ampliamente la idea del prologuista, Francisco Coloane, de que después de leer este libro quedamos con una buena dosis de optimismo y de convicciones de que sus enunciados son posibles, de que el hombre histórico puede asumir el desafío de la integración, a partir de un factor motivador tremendamente potente: la fraternidad y los procesos re-ligadores que ese sentimiento relacional contiene.
Los amigos y quienes constantemente nos relacionamos con Luis Téllez, podemos sentirnos congratulados de conocer esta obra que nos entrega, fruto de sus tantas y diferenciadas reflexiones. Nos confirma que no se tratan de pensamientos improvisados, sino de un deseo sincero de buscar y aportar las respuestas que la Humanidad y el hombre histórico necesitan para abordar la próxima etapa de su desarrollo, aquella en que se ponga fin a la locura de la fragmentación y la dispersión como paradigmas del accionar en torno a la formación y profundización del conocimiento, y como práctica de los modelos de construcción social y de las políticas que distancian a los grupos humanos de los objetivos comunes.
Las convenciones, los consensos, las convergencias, son más que nunca necesidades estructurales. La integración un desafío inevitable. Muchas columnas deben ser derribadas para ese efecto. Los  desafíos nos señalan que hay una tarea que hacer para lograrlo: instruir e iluminar a los hombres. Creo que este libro es una aportación tremendamente valiosa para ese efecto.
Insisto. Este libro debe ser leído, para contaminarnos positivamente con su optimismo, con sus ideas maduradas más allá de las disciplinas y con una inspiración que trasunta una voluntad arraigada en los clásicos del Humanismo. Felicito a la Universidad La República por haberlo publicado, porque este tipo de reflexiones merecen una oportunidad y todos los que lean el libro lo agradecerán por lo que aporta a la reflexividad que trasciende las motivaciones pedestres de  cada día.



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