jueves, 10 de noviembre de 2016

Reflexiones laicas sobre el Reichspogromnacht

(Reflexión presentada en la conmemoración de los 78 años de la Noche de los Cristales Rotos, organizada por la Iglesia Luterana chilena y la Confraternidad Judeo Cristiana de Chile)e)


Sin duda, sobre el 09 de noviembre de 1938, de la Noche de los Cristales Rotos o Reichspogromnacht, se han dicho muchas cosas a través de los casi 80 años posteriores, y se seguirán diciendo. Su simbolismo, sus alcances, sus efectos, siguen estando latentes en cualquier conciencia informada y en cualquier análisis sobre los factores que disocian a los individuos y a las comunidades humanas, de las comprensiones comunes que tienen que ver con la convivencia y el respeto necesario de la legitimidad del otro, como sujeto válido en todos los alcances que de ello se desprenden: sociales, jurídicos, morales, políticos.
Cuando se conocen, analizan o reconstruyen en la memoria tales eventos, y este en especial, sin duda en la memoria colectiva aparecen otros sucesos igualmente desgarradores, que también expresan de alguna manera, esa misma manifestación de odio, esa irracionalidad, y esa negación de la legitimidad del otro, por alguna explicación sustentada en las conductas más disociadoras de todo colectivo humano: la intolerancia.
Para practicar y verbalizar la intolerancia no se necesitan grandes ideas, sino solo la manifestación de lo más elemental de la odiosidad. Y la odiosidad no necesita grandes cantidades de combustible moraloide o de desarrollos argumentales. Cuando hablo de odiosidad quiero hacer presente que es un estado ambiental, que en su condición de sustantivo abstracto, nos dice que hay una condición anímica y una determinación con atisbos moralizantes, que de lo individual se proyecta a lo colectivo y se transforma en un hecho político.
Los odios que alberga un individuo en sus capacidades emocionales y en los linderos de su conciencia, no es un hecho social, y cuando más queda en la historia dentro de los archivos judiciales, en la página roja de los medios, o cuanto más en la irrelevancia de su propia existencia. Los odios son parte de la existencia cotidiana del hombre individual. Muchas veces odiamos hasta por las cosas más pueriles.
 Sin embargo, cuando hablamos de odiosidad estamos hablando de una condición característica, de una condición cualitativa que, cuando adquiere presencia en los grupos humanos, es inevitable que se proyecte en una disposición política. Es decir, adquiere una manifestación concreta en la intención de intereses que buscan hacerse legítimos dentro del ordenamiento social.  Para ello es necesario solo desarrollar dos o tres ideas, que no necesiten una fuerza argumental compleja, y que establezcan un concepto diferenciador y la voluntad excluyente para zanjar la diferenciación.
Un aspecto diferenciador de recurrencia histórica, en todos los procesos humanos que han terminado en dolorosos dramas, ha sido la distinción racial. Otras veces, ha sido la distinción religiosa. Otras veces, la simple distinción cultural. Señalo estas, porque de alguna manera, estos han sido los factores de discriminación en las comunidades humanas que han escrito las páginas más dolorosas de la historia, al margen de los procesos determinados por las aspiraciones y  acciones de conquista de determinados hombres de guerra.
La condición étnica, la religión y las costumbres características de los grupos humanos, efectivamente, han sido las motivaciones para introducir dentro de las sociedades los efectos más devastadores contra la convivencia pacífica y el respeto a la condición humana que todos nos debemos respecto del otro.  Muchas veces las sociedades son sometidas a graves y hasta violentas tensiones, como resultado del choque de intereses y objetivos, sin embargo, cuando más perversión adquieren tales confrontaciones, son cuando se establece como elemento convocante del interés de algunos, la argumentación racial, la argumentación religiosa o la argumentación cultural.
El más artero de todos, es el factor racial. Cualquier ser humano, tal vez puede tener la posibilidad de cambiar de religión e incluso abandonar las costumbres colectivas más arraigadas, pero no puede abandonar los factores que dominan su linaje o el determinismo de sus genes. Son parte de su existir físico, en el que no tuvo posibilidad de elegir. Odiar a alguien por el color de su piel o sus características étnicas, de este modo, se transforma en una ventaja absoluta para quien estimula la odiosidad a partir de una discriminación racial.  De allí, que no hay peor, más artero y más deleznable propósito, que llamar y estimular el odio social, a propósito de las características étnicas de un individuo o de un grupo humano.
La otra causa histórica de gran alcance que ha estimulado la odiosidad, es aquella sustentada en la discriminación religiosa. Cuando la discriminación religiosa alcanza la categoría política, desde luego que se transforma en una motivación que perfectamente puede convertirse en un vector que se proyecte de la criminalidad hacia el genocidio. Las últimas décadas de la historia humana tienen ejemplos vergonzantes que ofenden a cualquier conciencia decente, y que parecieran ser acontecimientos geográficamente tan lejanos de nuestra realidad sudamericana, pero que son parte de esta aldea global en la que vivimos cada día.
Muchas veces, muy unido a lo religioso, está la cuestión de las costumbres de los grupos humanos, frente a lo cual, otros grupos reaccionan a través de odio. La afirmación cultural muchas veces se transforma en un obstáculo insalvable para el deseo de mezclarnos y admitirnos, para la voluntad de progresar y diversificarnos dentro de las cotidianidades del convivir.
Pertenezco a una comunidad de personas que me ha tenido por veinticinco años, participando en distintas reflexiones, gran parte de ellas centradas en la necesidad de la tolerancia como objetivo fundamental, como tarea societaria de primer orden.
En esas reflexiones he adquirido la convicción de que el racismo, los atavismos religiosos y las reclamaciones culturales, cuando convergen en una voluntad política, adquieren una potencialidad homicida que se abate como un tornado sobre las comunidades políticas. Sé que estoy hablando entre personas religiosas que podrían sentirse provocados por mis palabras. Sin embargo, debo decirles que respeto profundamente los propósitos religiosos, su doctrina y su fundamento. Pero, soy un convencido que cuando la religión deja de ser tal, para transformarse en una propuesta política, no cabe duda que se produce una desviación que siempre trae consecuencias para las sociedades.
Si hay algo que primó en la antesala, durante y posteriormente, en la Noche de los Cristales Rotos, fue precisamente la conjunción perversa del odio racial, del odio religioso y del odio cultural, en una voluntad  expresada a través de una ideología política. Entre los propósitos que insuflaron la intolerancia de aquella ideología demencial, manifestada en una acción política concreta,  convergen con absoluta claridad esos tres elementos que he mencionado.
Y cuando las tenemos presentes en cualquier sociedad, como lo fue la sociedad alemana de los años 1930, lo que viene a hacerse tangible en la forma como opera esa disposición política, donde, a los componentes señalados, se agregan otros tres elementos determinantes: el ejercicio desnudo del poder, lejos de cualquier consideración ética, la hegemonía y la exclusión.
La intolerancia y la odiosidad como categorías políticas adquieren relevancia solo en la medida que hay poder y ese poder es ejercido en función de determinados objetivos, pretendiendo y construyendo la hegemonía, y aplicando, una vez consolidados los pasos anteriores, la exclusión de aquellos a los que se considera prescindibles dentro del modelo que se pretende imponer.
Vuelvo a lo dicho al principio: Para sustentar un estado de cosas como el indicado, no se requieren grandes ideas o desarrollos argumentales de gran alcance. Basta lo más elemental. Hace algunos meses veces vi en televisión un reportaje sobre ISIS cuando tomó control en Mosul. Los hombres entrevistados, los niños, los combatientes, solo se expresaban en dos o tres frases: una frase para alabar a su divinidad, otra frase para definir a sus satánicos enemigos, y la otra frase para indicar lo que harían con sus enemigos.
Recuerdo haber estudiado alguna vez la fuerza argumental que sostuvo el nazismo para desatar la criminalidad colectiva que al final llegó al genocidio. También eran pocas frases, todas muy elementales. Si bien Hitler era abundante en su oratoria, sus seguidores más encumbrados solo necesitaban un reducido grupo de frases precisas para desatar el odio, el encono y la violencia.
He escuchado muchas veces la necesidad de promover la tolerancia en las sociedades humanas. Hay algunos que consideran esencial que las sociedades deben reconocer la importancia de la tolerancia racial, sobre todo cuando han tenido experiencias de odio étnico en sus vivencias. Hay otros que consideran y difunden la demanda de la importancia de la tolerancia religiosa, sobre todo cuando surgen antecedentes de expresiones de poder, hegemonía y exclusión. Creo que ello es positivo, aun cuando creo que expresan sesgadamente el problema de fondo que debe asentarse  radicalmente en toda sociedad donde impere la tolerancia, el derecho a la diversidad, y la paz entre sus distintos componentes en contradicción: la tolerancia civil.
Creo que el gran desafío para las sociedades sometidas a tensiones producto de presencias diversas en su composición, debiera descansar en la forma como articulamos la sociedad civil, a partir de una convicción de tolerancia en el convivir, legitimando a los otros que no son como yo, o no son como nosotros, como legítimos componentes de la sociedad, con sus libertades de conciencia y sus derechos a pensar libremente, con sus derechos a realizarse y desarrollarse como todos y cada uno. Ello lo sintetizo en el concepto de tolerancia civil, aquella que surge precisamente de la condición o cualidad de ser parte de una sociedad articulada por diversos grupos humanos y de personas que conviven dentro de una realidad y un espacio común.
Si las sociedades fueran capaces de construir esa tolerancia civil, cualquier incapacidad de aceptarse, a partir de distintas condiciones o especificidades, estaría en ese ámbito específico de resolución. Ello sería un basamento concreto para construir políticas más tolerantes y más inclusivas.
Cuando ocurrieron los hechos que conmemoramos con dolor y perplejidad, hace 78 años, lo que experimentó Alemania fue un espantoso derrumbe de los fundamentos de la sociedad civil, provocados por una comprensión de poder, de hegemonía y de exclusión. En aquellos años la sociedad alemana se olvidó de una comprensión civil de legitimidad, a la que tenían derecho todos los hombres y mujeres que vivían en su suelo.
Esa horrible realidad se ha reproducido en las décadas siguientes, en todos los continentes por diversas causas, protagonistas, motivaciones e intenciones. América Latina ha sido testigo también de esas rupturas dramáticas por razones ideológicas o de proyectos de sociedad. No hay continente que no tenga que lamentar consecuencias de purgas dentro de la vida civil, donde siempre han habido grupos que deben ser excluidos por criterios y conductas excluyentes. Chile lo vivió dramáticamente hace algunas décadas.
Nuestra sociedad sin embargo, parece haber aprendido la lección. En un sentido general, somos muchos más tolerantes de lo que pensamos. Hay odiosidades que aún están larvadas en la conciencia de cada cual, probablemente. Pero no hay inmunidad en las sociedades para volver a tropezar con piedras conocidas, por eso la importancia de esta actividad de hoy.
La reflexión final que hago frente a la comunidad religiosa luterana organizadora de esta conmemoración, que expresan la tradición de una historia fundada en la tolerancia civil, especialmente bajo el Siglo de las Luces, es que esa historia es un tremendo aporte que siempre deben potenciar. Sobre todo cuando hay muchos que, desde una perspectiva de adoración a Dios, sustentan visiones de poder, hegemonía y velada exclusión. Descomponer una sociedad a través del odio y el rencor es más fácil que componerla a través del amor y la misericordia.
Al recordar los hechos de aquella noche dramática, que como comunidades religiosas nos traen a la memoria y a la reflexión esta noche, pensemos que los desafíos que enfrentan los seres humanos, pueden y deben ser resueltos por nosotros los seres humanos… para gloria de Dios.



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