domingo, 8 de abril de 2018

El moderno O´Higgins y su victoria política en Maipú


(Disertación efectuada el 04 de abril de 2018, en Rancagua, con motivo del bicentenario de la batalla de Maipú)

Introducción

El pensamiento moderno, aquel que se incuba y desarrolla bajo la Ilustración y que cambia el curso de la Humanidad a través de los profundos cambios en la filosofía, en los descubrimientos científicos, en la emergencia de los derechos políticos y en el derrumbe del Absolutismo, produjo transformaciones decisivas en el modo como Occidente concebía el orden social y político.
El Siglo de la Luces derrumbó gran parte de las afirmaciones sobre el hombre, la sociedad, la economía y el poder, que habían predominado durante toda la Edad Media, determinando el destino de las personas de un modo subordinado, ya sea al feudalismo y al absolutismo, o al poder religioso proveniente del papado.
El pensamiento moderno y la Modernidad como una nueva comprensión de la historicidad humana derrumban el antiguo régimen, e introducen la comprensión de que los problemas del hombre estaban en el campo de acción del hombre, y no en un poder presuntamente devenido de un determinismo divino, interpretado y expresado a través de los vicarios papales y su alianza con las coronas católicas europeas.
Con la Modernidad llegó la diversidad religiosa (protestantismo), una nueva y terrenal concepción estética, una ética humanista, y una nueva concepción política que ponía en los ciudadanos el poder constituyente de los Estados.
A partir de entonces, la política fue erradicada de los cortesanos, de los cardenales y de los monarcas, y pasó a ser del dominio de las asambleas y de los representantes del pueblo, manifestándose tangiblemente en dos grandes procesos históricos: la independencia de las 13 colonias inglesas de América del Norte y de la revolución francesa. Advino la convicción republicana y la soberanía del pueblo.
 Luego, la América española comenzaría a vivir los mismos procesos, los que fueron más lentos, producto del peso cultural colonial más arraigado a la terratenencia, aún con perfiles propios de la época feudal.
Esta exposición quiere poner el acento en lo que fue la construcción política del proceso independentista y en el rol político del hombre que determinó la independencia de Chile, y que se selló en un hecho de armas, del cual celebramos 200 años.
Sin embargo, debemos tener claro que, lo que se produjo en Maipú, fue el triunfo de una política para lograr la emancipación. Desde luego, el triunfo de Maipú no eliminó la presencia de fuerzas españolas en Chile, sin embargo, erradicó del país precisamente el control político de la Corona Española sobre el territorio chileno de un modo irreversible y se impuso la idea de una república.
Al iniciar esta mirada a los acontecimientos de hace 200 años, no escapa a este expositor, en la perspectiva de evidenciar la política del moderno O’Higgins, la afirmación del prusiano Clausewitz, militar y teórico de la guerra, para quien esta – la guerra - es solo la continuación de la política por otros medios.
Creo que O´Higgins fue una gran figura política que evidencia la máxima de Clausewitz.  El campo de acción más privilegiado del Padre de la Patria siempre estuvo en lo político, y de esa forma inicia su incursión en la historia chilena, del mismo modo que la termina. Sus glorias militares, merced a su arrojo y valentía, solo fueron la complementación de su comprensión y acción política, que fue decisiva para lograr la emancipación y la republicanización de Chile y Perú, y de alguna manera, en acontecimientos que ocurrieron junto al Río de la Plata, solidarizando con tropas en los eventos de ese país.

O´Higgins, un líder político moderno

El joven O´Higgins llegó a Inglaterra en medio del apogeo del desarrollo del pensamiento moderno, aquella enorme revolución cultural que conocerá cercanamente a través de quien será su maestro político por excelencia: Francisco de Miranda, privilegio que, bien sabemos, no tuvieron ni Bolívar, ni San Martín, ni Carrera. El venezolano es, sin duda, la figura política e intelectual moderna más significativa en el ámbito de la concepción del proyecto emancipacionista de las colonias españolas.
La relación discipular que el joven chileno tiene con Miranda, sin duda, dio el soporte ideológico que sustenta el pensamiento político o´higginiano. Penetrar el pensamiento de O´Higgins es fácil, conociendo sus decisiones y la orientación de su política, pero, por sobre todo, se deja entrever con claridad en sus cartas. Es en su epistolario donde se constatan las fuentes del pensamiento moderno de O´Higgins. No se advierte allí la condición de un teórico modernista, sino de un hombre de acción inspirado con las ideas de la modernidad: la idea de progreso, la idea de la libertad individual, la soberanía de los pueblos, la libertad de conciencia, el espíritu de fraternidad, la razón – entendida esta como decisiones y paradigmas asociadas a lo humano -, una comprensión donde el porvenir sustituye el determinismo del pasado y manifiesta la opción política de cambiar las reglas del ordenamiento social. La modernidad es cultural y políticamente la emancipación de las doctrinas y tradiciones, y, en consecuencia, la emancipación de la legitimidad construida por las ideas absolutistas.
Si hay algo realmente significativo en la emergencia de O´Higgins como protagonista de la independencia de Chile, es precisamente que lo hace desde la política y con un sello objetivamente moderno. Es un hombre que trae las nuevas ideas, que propone lo moderno. Su relación con los hombres más ilustrados y emancipados de la provincia sureña de Concepción lo irán validando como un actor de creciente protagonismo, entre 1810 y 1813, precisamente por las ideas que señala.
Es en la provincia sureña, donde formará sus propios discípulos y donde se relacionará con el integrante de la Junta de 1810, Juan Martínez de Rosas, el político intelectualmente más adelantado en favor del independentismo, dentro de la realidad que surge del primer episodio autonomista chileno.

La política chilena en la llamada Patria Vieja

Los acontecimientos que marcan la historia de la llamada Patria Vieja, que no es otra cosa que el primer proceso por establecer una autoridad política autónoma en Chile, como consecuencia de los eventos de España, donde había algunos con intenciones de romper todo vínculo con la Corona, otros con la pretensión de un nuevo trato con el poder colonial, y otros con la clara disposición de cautelar el poder realista.
Lo que evidencian tales acontecimientos de modo más perdurable en la historiografía chilena, es el choque creciente entre dos figuras que representarán la voluntad independentista, y que provocarán una desgastante dicotomía dentro del bando que buscaba poner fin al vínculo colonial: José Miguel Carrera y Bernardo O´Higgins.
Si pensamos que, en ese periodo, la pugna estaba determinado por el choque político y militar entre patriotas y realistas, estamos en un error. Los intereses eran variados respecto a lo que se pretendía. También eran variables. Había una gama de intereses y miradas que provocaban cambios constantes de intereses, a medida que los acontecimientos políticos, iniciados con la Junta de Gobierno de 1810 y que fueron desarrollándose hasta el desenlace doloroso de Rancagua.
Cuando se analiza el fracaso independentista de la Patria Vieja, todo se atañe a la cuestión militar y la pugna creciente entre los dos generales en jefe que tuvieron las tropas chilenas. En realidad, ambos actuaron como consecuencia de los intereses políticos que se dieron en el seno de las familias que sostenían el tramado político en que se trataba de construir una institucionalidad autonomista.
Allí estaban las poderosas familias terratenientes criollas, los mercaderes, la emergente clase media colonial y criolla, y los intereses de españoles que estaban cansados de tributar de manera extenuante a una lejana Corona, que actuaba a través del Virreinato limeño, muchas veces con poca comprensión frente a las dificultades cotidianas de los propietarios y emprendedores de la Capitanía General de Chile.
Muchos de los componentes de estos grupos de interés, no vacilaron en algún momento en variar su compromiso con la causa independentista y simplemente retroceder en sus planes, en la medida que los acontecimientos eran favorables o desfavorables. Eso es patéticamente evidente en el primer intento de independencia, que fue militarmente derrotado en Rancagua
Es, en ese ambiente de intereses políticos controversiales y muchas veces inconstantes, donde emerge la figura política del hijo del irlandés que fue Virrey, asociada a aquellos intereses del sur, cuyo centro de poder estaba en Concepción.
Aquel joven moderno, propietario de una vasta heredad en Las Canteras, merced a su posición y a su pensamiento político, en la medida que su abogado Juan Martínez de Rozas toma una posición creciente en el medio político colonial, irá adquiriendo un ascendente rol que parte con su designación como Subdelegado de Los Ángeles.
Es en la provincia de Concepción, que abarcaba todo el sur chileno de entonces – las otras provincias eran Santiago y Coquimbo -, donde comienza a gestarse el rol político de O´Higgins, y lo hace de manera cada vez más gravitante. Apenas constituida la Junta de 1810, O´Higgins propone a Martínez de Rozas la creación de un Congreso Nacional y la libertad de comercio. Se considera que la idea del Congreso Nacional es una idea matriz en el pensamiento de O´Higgins, que Rozas impulsó para hacer realidad.
Como toda instancia que surge de la inexperiencia, ese Congreso estuvo marcado por las dificultades, los errores y las contradicciones propias de una emergente institucionalidad política. Sin embargo, fue el comienzo de una política autonomista, y a donde llegó el discípulo de Miranda como Diputado, por mandato de los electores de Los Ángeles. Sin duda, aquel primer Congreso fue la primera señal política de modernidad dentro de la realidad colonial de Chile.
Es cierto que no se debatieron allí grandes proposiciones hacia la emancipación, pero fue la primera vez que se formó una instancia institucional, donde se expresaron los intereses políticos presentes en aquellas tres provincias de la Capitanía General de Chile, dependiente del Virreinato del Perú, y por su intermedio de la Corona española.
Algunos padecimientos de salud, condicionaron la presencia y protagonismo en aquel Congreso de nuestro personaje, pero una de sus iniciativas, revolucionarias para su tiempo, lo obligaron a participar en su debate: el proyecto que presentara para erradicar los cementerios de las áreas urbanas, en un tiempo en que la clase pudiente concebía “como único lugar de descanso eterno, las iglesias y los templos, lugares más próximos a la divinidad y al perdón de los pecados” (Ibáñez Vergara).
El breve funcionamiento de aquel primer Congreso Nacional, con representantes de las tres provincias, y donde estaban también expresadas las tendencias con sus matices, desde los realistas hasta los partidarios de la independencia, terminaría en diciembre de 1811, luego de las dos acciones de fuerza lideradas por José Miguel Carrera, que provocaron los cambios en las Juntas de Gobierno y en la composición del Congreso Nacional.
Los acontecimientos que siguieron estuvieron dominados por las decisiones de Carrera y su protagonismo basado en las armas, hasta el desenlace doloroso de Rancagua. Pese a la derrota y la audaz fuga desde la plaza de Rancagua, en medio del encarnizado sitio de las tropas españolas, la figura de O´Higgins seguiría creciendo. Reunidos en Santiago en las horas siguientes, ambos generales no estuvieron de acuerdo en lo que debía hacerse frente a la derrota, y O´Higgins toma la decisión de buscar apoyo al otro lado de Los Andes y emprende el camino a Mendoza, con el poco contingente militar que le quedaba, y con los civiles que se sumaron al éxodo, ante el peligro de represalias de la restauración española.
Aquella decisión de O´Higgins otorga un sentido político a ese éxodo, al que Carrera, después de insistir en su pretensión de replegarse a Coquimbo, terminó por sumarse. Sin embargo, estaba claro que ambos seguirían en el futuro opciones absolutamente diferentes, y que dividen aún hoy a quienes leen la historia de entonces, a partir de sus simpatías por cada uno de ellos.
        
La articulación política del exilio y el Ejército de Los Andes

El exilio en Mendoza fraguó dos estrategias políticas distintas en ambos jefes político-militares, que marcaron la historia de la independencia chilena. O´Higgins, bajo el influjo del pensamiento de Miranda, basó su política en el sentido y propósito americanista. La opción de Carrera era más personal, era más local, más de las provincias de Chile, y no tenía el alcance que el pensamiento mirandino produjo en O´Higgins.
La derrota chilena en Rancagua, para este, era la derrota de todo el movimiento emancipatorio americano, por lo tanto, las Provincias Unidas del Río de la Plata estaban amenazadas en su flanco occidental, por las fuerzas que provenían del Virreinato del Perú. Los líderes de las Provincias Unidas sabían que, si no se conjuraba el peligro del Perú, su propio proceso de independencia estaba en riesgo. Las amenazas de enfrentar una expedición española frente a sus costas era también una posibilidad latente. Así era como O´Higgins entendía la situación, con una mirada más amplia que la de Carrera. Esa opción política de O´Higgins tendría una coherencia que se mantuvo hasta su exilio en Perú, en 1823.
Mientras estuvo en aquel exilio, en Mendoza y Buenos Aires, O´Higgins se dedicó con celo a trabajar en torno a aquella estrategia para liberar a Chile y al sur americano del dominio español, la cual, por lo demás, siendo el gran objetivo político, necesariamente requería una solución militar. Carrera, en tanto, se plantó en Mendoza casi renuentemente y reclamando derechos.
Mientras O´Higgins, con más sentido político, entendía la naturaleza de los procesos que vivían las Provincias Unidas del Rio de la Plata, y buscó alianzas sin exigir para sí más allá que un lugar en el propósito común, Carrera seguía demandando reconocimientos y preponderancias donde no tenía la fuerza para imponer sus condiciones. De allí que, pese a logros transitorios por los cambios en el poder en las Provincias rioplatenses, cuando Alvear tuvo transitoriamente el poder, Carrera resolvió partir a Estados Unidos a buscar el apoyo que del otro lado de Los Andes no encontraba y la dignidad que no se le reconocía.
En Buenos Aires, sin embargo, O´Higgins tomará una ventaja determinante, al incorporarse a la Logia Lautaro que existía en esa ciudad desde 1812. La habían fundado San Martín, Álvarez y Alvear. Luego de una modesta vida en esa ciudad, y de un año de tratativas con las autoridades de las Provincias Unidas, regresa a Mendoza con el nombramiento de Brigadier del ejército que, a iniciativa de San Martin, se estaba formando para enfrentar a las fuerzas españolas en las provincias chilenas.
Poco a poco, por su prudencia y capacidad de integrar el equipo organizador de la fuerza armada en formación, O´Higgins se transformó en el segundo hombre tras el liderazgo de San Martín. Ciertamente, aquella expedición militar tenía un componente chileno, de aquellos que habían cruzado la cordillera hacia el exilio junto a O´Higgins y Carrera y que habían combatido a los españoles en las contiendas que culminaron con la derrota de Rancagua. En ese contexto, la ponderación, el buen juicio, la eficiencia, la lealtad con el propósito emancipador americanista del Brigadier, le hicieron ganar respetabilidad y ascendiente entre la tropa chileno-rioplatense en preparación y entre los civiles mendocinos.
Cuando ya ese ejército estaba en Chile, enfrentando a las tropas españolas, el crudo invierno de 1817, detuvo las acciones de ambos bandos, O´Higgins se preocupó de establecer un hecho político de importancia jurídica: comunicar al mundo la condición independiente de Chile. Era necesario proclamar la independencia y para ello se requería poner en el papel un acto que fuera irrefutable desde el punto de vista del testimonio jurídico. 
La redacción inicial fue encargada a Miguel de Zañartu, que fue objetada por O´Higgins por estar teñida de una exclusiva mirada religiosa. Ese es un testimonio de modernidad incuestionable, en el pensamiento o´higginiano. Su carta donde objeta esa redacción expresa: “La protesta de fe que observo en el borrador, cuando habla de nuestro invariable deseo de vivir y morir libres defendiendo la fe santa en que nacimos, me parece suprimible en cuanto no hay en ella una necesidad absoluta y que acaso pueda chocar algún día con nuestra política. Los países cultos han proclamado abiertamente la libertad religiosa (…) Yo, a lo menos, no descubro el motivo que nos obligue a protestar la defensa de la fe en la declaración de nuestra independencia”.
El texto, reformado por una comisión, fue puesto en todas las ciudades, junto a un libro, para que los habitantes de ellas lo refrendaran, a fin de darle el necesario apoyo popular a esa declaración, contra la idea de algunos que señalaban que era un acto que debía emanar del Congreso.
Sabemos que existe una discusión sobre en que lugar fue proclamada por O´Higgins y que esta ha cumplido también 200 años en el pasado mes de febrero, sin embargo, es un hecho que el día de la celebración del primer aniversario de Chacabuco, el Director Supremo Delegado, Luis de la Cruz, juró la declaración de Independencia “dada en el palacio directoral de Concepción el 01 de enero de 1818”, con la primera firma del Director Supremo don Bernardo O´Higgins.
La tregua obligada por el invierno de 1817, entre las fuerzas radicadas en Concepción y Talcahuano, permitió al Virrey del Perú enviar refuerzos al mando del General Osorio. Era un contingente experimentado y bien preparado para establecer la restauración definitiva del régimen colonial. Ello obligó a O´Higgins a replegarse hacia la línea del Maule, donde también llegaron las tropas al mando de San Martín, que tomó el mando y diseñó la estrategia, desplegando las divisiones para tener una batalla decisiva el 20 de marzo, en Cancha Rayada, cerca de Talca.
Sin embargo, Osorio, en un gesto de audacia atacó la noche del día 19, lo que produjo un desbande generalizado, que impidió un reagrupamiento en medio de la oscuridad de la noche. Al amanecer, San Martin reagrupó parte de las fuerzas en San Fernando, a donde llegó O´Higgins herido de un brazo. Mientras tanto, la población de Santiago, al conocer las noticias entraba en pánico y comenzó a gestarse un nuevo éxodo hacia Mendoza. Felizmente, Gregorio Las Heras había sido más exitoso en reagrupar las fuerzas, y llegó con más de 4.000 soldados.
En Santiago, los carreristas creyeron llegada su hora, y a través de Manuel Rodríguez circularon la noticia de la muerte de O´Higgins y la huida de San Martin, y formó un escuadrón de caballería que denominó “Húsares de la Muerte”, conformado por 200 hombres armados de sables y pistolas. Un cabildo abierto de Santiago, el 23 de marzo, fue el escenario en que Rodríguez trató de manejar los temores, pero a él se opusieron Joaquín Prieto y Miguel Zañartu. Este envió una nota a O´Higgins informando de la situación, el cual llegó a Santiago la madrugada del 24 de marzo, en medio de la fiebre por la herida y el agotamiento de las jornadas anteriores.
La sola presencia del Director Supremo restableció el orden, mientras las tropas patriotas al mando de San Martín se desplegaban al sur de Santiago, en Ochagavía, y bloqueando la posibilidad de que las fuerzas de Osorio pudieran tomar el camino de Valparaíso. De esta manera el lugar de batalla quedaba dispuesto en Maipú, a 10 kms de Santiago. El genio militar de San Martín impuso la obligación a Osorio de enfrentarse de manera definitiva. Se produjo una batalla sangrienta, que obligó a Osorio a huir y a replegarse a Lo Espejo. Cuando la batalla estaba ya decidida, O’Higgins llegó a reforzar las fuerzas patriotas con un cuerpo de milicias, de cadetes y huasos a caballo.
Lo que quedó de la fuerza española se replegó a Talcahuano y siguió luego una guerra infame de guerrillas y montoneras, que no permitió a los realistas reagruparse debidamente para ofrecer nuevamente batalla. En septiembre, Osorio debió embarcar lo salvado por orden del Virrey. Hubo ciudades del sur que siguieron bajo el control español, y hubo nuevos enfrentamientos, pero la realidad fue que el poder realista había quedado definitivamente erradicado del país después de su derrota en Maipú.

La victoria de Maipú y su consecuencia política

El triunfo de Maipú, que recordamos en su segundo centenario, tuvo efectos en todos los países que luchaban por su independencia en América del Sur. Para O´Higgins aquella victoria de armas, le otorgó las condiciones para tomar parte en el gran teatro de la historia, y encabezar el primer gobierno independiente y soberano de Chile e insertarse destacadamente en el movimiento emancipacionista de América del Sur. Fue, indiscutidamente, su victoria política, aquella que configuró en su exilio en Mendoza.
No fue la política de O´Higgins una manifestación de intereses localistas. Lo que buscó al cruzar la cordillera, luego del desastre de Rancagua, no fue formular solo una estrategia de socorro para los chilenos frente a la derrota militar. Lo que hizo al llegar a Mendoza, fue afirmar frente a las Provincias Unidas del Río de la Plata la política común de independencia de todos los países sometidos a la Corona española.
Allí está la diferencia de foco de lo que será la política de Carrera. Para este general, el objetivo siempre fue volver a tomar el control político y militar de Chile, que consideraba le había sido arrebatado por los españoles y por sus adversarios criollos. La intención de Carrera de ser reconocido como el líder político y militar de Chile, por parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, fue el foco de su política. Es eso lo que marca de modo constante las actividades de Carrera en su permanencia argentina, antes y después de su viaje a EE. UU. Solo cuando Alvear controló en poder en la Provincias Unidas del Rio de la Plata por tres meses, en 1815, Carrera tuvo una opción de desarrollar su propia estrategia, merced a la antigua amistad que tuvieron luchando por España contra el ejército de Napoleón. Su viaje a Estados Unidos da cuenta de su imposibilidad de desarrollar una estrategia eficaz en las provincias argentinas, luego de la caída de Alvear. Ello lo dejará al margen de incidir en el proceso que culmina en Maipú.
O´Higgins, en tanto, no tiene problemas en subordinarse a quienes tengan la capacidad, en ese momento, de formar una fuerza expedicionaria que no solo libere a Chile, sino que termine por derrotar el poder colonial firmemente asentado en el Virreinato del Perú. La estrategia de O´Higgins tiene la virtud de contemporizar de forma mucho más concreta con lo que está ocurriendo en la América Española. Esta se encontraba sometida a los riesgos de restauración realista en el Río de la Plata, mediante el desembarco de una fuerza restauradora. El Virreinato de Perú podía ser capaz de generar un escenario que preparse un gran ataque contra las Provincias Unidas, ya sea desde Chile o desde Alto Perú, por las espaldas rioplatenses.
Esa comprensión estratégica de la realidad sudamericana hace que la política de O´Higgins adquiera más envergadura con el paso del tiempo, sumado a las dotes personales de un talento flexible, preparado para las contingencias inesperadas, sin lazos familiares y de clase social que le impongan obligaciones de grupos, lo que le da más independencia para tomar decisiones según sus personales convicciones.
Con modestia y lealtad a sus aliados, sumado al prestigio de que gozaba entre los soldados y civiles chilenos que compartían el exilio mendocino, fue inclinando la balanza y favoreciendo el contexto de esa política, y pronto se convirtió en el segundo hombre tras San Martín, en los preparativos de lo que sería una fuerza expedicionaria contra las fuerzas españolas que controlaban las provincias chilenas.
Pero en política y en su continuidad por medio de la guerra, los triunfos no son definitivos. O´Higgins, sabía que el triunfo de Maipú sería efímero si no se atacaba y destruía el poder español radicado en Perú. De allí que Maipú fue un triunfo político que solo le daba el poder, pero no para solazarse del éxito, sino para seguir desarrollando la estrategia de emancipación.
Sabemos lo que siguió: la Escuadra Libertadora, los altos costos de la expedición al Perú, una relación de claroscuros con San Martín (promovida por ese general y no por O´Higgins), los costos económicos de la presencia de montoneros realistas en el sur, y los costos políticos de su coherencia con el proceso de independencia, que terminaron llevándolo al exilio al país que había ayudado a emancipar, ya no por causas españolas sino por motivaciones chilenas.
La política, bien sabemos, cambia según los intereses en juego. Cuando no hubo intereses marcados por la contradicción entre patriotas y realistas, aparecieron los conflictos de intereses entre los dirigentes de Chile, donde las antiguas familias de criollos comenzaron a hacer valer su condición y sus aspiraciones. O´Higgins, sin familia poderosa tras de sí, sin tener círculos relacionales en la aristocracia criolla, y solo dedicado a sus altos ideales, fue defenestrado y abandonó Chile para morir en el exilio, y solo pudo volver a través de sus restos, décadas después, para conquistar la gloria. Solo entonces pudo ocupar el lugar que le reservaba la historia, merced a los elementos mesocráticos que se consolidaban en Chile en la segunda parte del siglo 19.

A modo de conclusión. La política de O´Higgins.

La política de O´Higgins tuvo un fundamento esencialmente moderno. No debemos suponer que su pensamiento fue el de un erudito filosófico o un teórico. Era, sin duda, un político de acción.
Su pensamiento moderno estaba caracterizado por los siguientes elementos:

1)      El emancipacionismo
La comprensión de O´Higgins respecto del proceso independentista americano se inserta con nitidez respecto de lo que es la emancipación del absolutismo. Es la lucha contra el antiguo régimen y sus aliados, contra las Coronas europeas que representan la opresión, la subyugación y la antítesis de la idea de libertad, y contra los poderes que facilitan su continuidad.

2)      El americanismo
Ciertamente el héroe del Desastre de Rancagua tenía una firme convicción en torno al carácter americanista de la emancipación de España. Esa comprensión de que todos los países americanos eran parte de la misma gesta, domina sus decisiones políticas y el mejor reconocimiento a su compromiso con ese esfuerzo lo hace Perú cuando lo nombra Mariscal en su condición de exiliado. De esa forma, asumió la inspiración de Miranda con un compromiso que será causa de sus profundas diferencias con la clase dirigente que toma el control de Chile después del triunfo de Maipú.

3)      Republicanismo
Pocos, en la lucha por la emancipación, tenían la convicción republicana de O´Higgins, y que lo señala como el personaje de su tiempo más influido por la Modernidad. La idea de un país donde todos eran iguales en el ejercicio político, y que el poder emanaba de la voluntad popular, es un dato irrefutable de su pensamiento. Dentro de las limitaciones de la guerra de emancipación, hizo más de un esfuerzo para la que soberanía del pueblo se expresara, y cuando consideró que no contaba ya con la voluntad de ese pueblo, no vaciló en tomar el camino de la abdicación.

4)      Modernismo
En muchas de sus decisiones de gobierno, se advierte su comprensión del tiempo histórico señalado por el Iluminismo. En esa comprensión, se advierte su interés por la diversidad religiosa, un aspecto tipificador de la Modernidad. Su esfuerzo por establecer un sistema de educación lo hace traer a un protestante para desarrollar un nuevo concepto educativo. Como buen modernista, considera que la educación es fundamental para el desarrollo de las conciencias y para hacer un país progresista. Pese al carácter dictatorial de su gobierno, impuso su deseo de contar con un parlamento – el Senado Conservador -, que equilibrara aquel poder omnímodo. Fue el impulsor de un cementerio general, para terminar con el poder y las exclusiones de los cementerios en torno a las iglesias católicas. La eliminación de los títulos de nobleza y los escudos de armas, es otra de las manifestaciones con que el modernismo pudo crear una concepción de igualdad, para poner fin al Antiguo Régimen.

En tiempos recientes, la historia chilena ha sido interpretada por un grupo de jóvenes historiadores, con una mirada más audaz e impertinente, que nuestros historiadores tradicionales. En su tercer libro, uno de ellos – Jorge Baradit – hace un análisis de nuestros símbolos patrios, en uno de sus capítulos (“La historia secreta de Chile 3”. Penguin Random House. Enero 2018).
Para este historiador, lo que los emancipadores como O´Higgins buscaban era “que la ciencia y la reflexión fueran las fuentes que entregaran las respuestas; que la naturaleza pudiera ser explicada a través de leyes científicas y no mediante designios religiosos, que la política no estuviera definida por rangos de nobleza ni reyes de origen divino, sino por los hombres y su consenso; que el bien común fuera lo que moviera a los gobernantes y no las pataletas azarosas de un rey ni las interpretaciones subjetivas de los libros sagrados”.
Rescata luego, el sentido de lo republicano: “En la República la única salvación posible es la de todos, no solo la de los más fuertes, mejor educados, los que tienen más dinero o los más pillos. La República no es la selva donde el más débil, el discriminado, se jode. Es, justamente, la creación de un sistema de gobierno en el cual todos, incluso el más débil, puede alcanzar su potencial y donde los más fuertes tendrían la responsabilidad y el deber de ayudar hacia abajo”.
Creo que esas palabras son el mejor homenaje a hombres como O´Higgins, que trajeron a Chile la luz de la razón y la modernidad. Y, en su momento, él más que ninguno.

El aporte ético en la república y la democracia


(Artículo publicado en Revista "Occidente", edición de marzo de 2018)

Las organizaciones éticas – como lo es la Masonería -, están llamadas a jugar un rol fundamental en la reflexión de la sociedad de la que son parte, no solo en relación con los problemas que afectan la cotidianidad de las personas, sino también respecto de lo que implica la presencia y desarrollo de procesos que pueden afectar fundamentalmente la condición humana, el carácter de su convivencia y las formas instituidas de organización social.
Cuando observamos el desempeño de las organizaciones éticas en la realidad contemporánea, comprobamos que, muchas veces, se transforman en un problema para las decisiones de los Estados y de quienes ejercen el poder, ya que lo que hacen es, precisamente, evidenciar miradas distintas a las lógicas de interés, que son propias de todo conflicto político, y ayudan a sostener ciertos principios y valores que atañen al desarrollo de derechos y concepciones fundamentales en torno a la persona humana y al hecho colectivo de vivir en sociedad.
Ese es uno de los grandes legados que ha dejado la modernidad, como proceso reflexivo de los fines del hombre, y el humanismo, como idealidad del valor de lo humano más allá de toda circunstancia que lo limite. Es bueno tenerlo presente cuando muchas voces, en ocasiones o reiteradamente, se valen del paternalismo o de cierta propensión inductiva, para imponer argumentos superiores a lo intrínsecamente humano, así como buscan la hegemonía de argumentos de intereses de grupos de poder específicos, frente a lo que representa la racionalidad por excelencia del propósito humano legado por la modernidad: realizarse cada cual en la oportunidad única de la vida, en la constante contradicción entre la autonomía personal y la necesidad de convivencia en sociedad.
La importancia de las organizaciones éticas está en poner el acento en la preocupación de las sociedades en torno a determinados valores y principios, que tienen una importancia fundamental en los arreglos que hacen posible, precisamente, superar la dicotomía entre la autonomía personal y las obligaciones que nos impone la vida en sociedad.
Si bien ello parece determinado oportunamente por el Derecho, la realidad es que el aporte de las organizaciones éticas está precisamente en prever lo que aquel no asume aún como una constatación o necesidad, o aquello que las prácticas de personas o grupos han impedido o coartado como una práctica legítima o una obligación social socialmente válida.

El efecto de la modernidad

En toda sociedad democrática, y aún en las que dramáticamente no lo son, la política ocupa un lugar fundamental para la resolución de los conflictos y en la construcción, validación y garantización de los derechos. También, para actuar en sentido contrario a esa perspectiva cuando los fines no están enmarcados en la democracia. La nobleza de la política, cuando ella institucionaliza la resolución de los conflictos de intereses mediante el diálogo y el bien común, es un valor indiscutido de cualquier sociedad que consideramos sana en sus formas de convivencia y en su institucionalidad.
Sin embargo, la propia naturaleza de los conflictos y su alcance, que se hacen presente en cualquier sociedad, puede provocar la enfermedad política de la democracia, su crisis o su hecatombe. La historia nos enseña como hubo sociedades que se aproximaron a cierta idealidad en un conjunto de prácticas, que muchos apreciamos como fundamentales para una buena institucionalidad o una forma ideal de convivencia, pero que cayeron en reversiones ocasionales o definitivas.
Muchas de esas experiencias las hemos usado como paradigmas, aun con sus defectos. Así, verbigracia, cuando pensamos en la república y la democracia, muchas veces pensamos en el legado griego como un basamento de reflexión. La república norteamericana también ha sido fuente de paradigmas, como lo ha sido la Francia revolucionaria de 1789 y 1848. También validamos modelos del último siglo, donde la politología ha incursionado en profundidad, por ejemplo, en la experiencia de la llamada República de Weimar.
Más allá de los paradigmas, una buena sociedad será siempre aquella en que los conflictos políticos, consustanciales a la existencia de intereses contrapuestos y en diálogo, se canalicen a través de espacios institucionales legitimados por todos y garantizados por el Derecho, y donde prevalezcan los derechos fundamentales inherente a lo humano.
Sin embargo, las capacidades humanas no son estancas, y cada día lo humano enfrenta nuevos desafíos, muchas veces provocados por la propia capacidad individual y colectiva de crear y construir nuevas realidades e ingenios. La importancia de la modernidad ha sido precisamente constatar la progresión como un resultado consustancial de la actividad del hombre y como un hecho evolutivo que surge de las capacidades creativas humanas. No en vano, en más de 300 años de modernidad el hombre ha creado ingenios y procesos que han cambiado su modo de vida radicalmente.
Una de las consecuencias de la modernidad, es precisamente la emergencia de la reflexión ética sobre lo que el ser humano hace, en tanto las acciones humanas traen consecuencias en los demás seres humanos. El gran valor de la reflexión ética, originada en el pensamiento griego clásico, es sustituir la comprensión conductual determinada por un determinismo por una toma de responsabilidad personal reflexiva frente a los demás.
Es así como, en tres siglos, desde una reflexividad liberada del sentido del pecado, la historia humana ha construido una multiplicidad de derechos y ha tomado cuenta de los problemas que afectan esos derechos, complejizando los ámbitos de preocupación y de resolución de los problemas que afectan o favorecen el existir humano. En esa complejidad aparecen múltiples organizaciones que vienen a expresar el sentido de la convivencia humana, su alcance y sus necesidades.

La función de las organizaciones éticas

En el principio de la modernidad, y hasta parte del siglo XX, hubo organizaciones que eran capaces de expresar no solo el interés político, sino también el interés de reflexión ética y el interés por demandas y reivindicaciones. Grandes movimientos sociales aunaron no solo la práctica política, sino también la promoción de los derechos y la lucha social por aquellos. Las revoluciones del siglo XVIII, las emancipaciones americanas, las revoluciones de 1848, la comuna de París, el movimiento obrero, las demandas sufraguitas de la mujer, etc. dan cuenta de la convergencia en una organización de lo político, lo ético y lo reivindicativo, en un propósito de consumación de derechos y formas de convivencia.
Sin embargo, la complejización de los problemas de las sociedades de la era postindustrial, han ido separando los fueros institucionales y las responsabilidades de cada organización o institución. Así, hoy los roles institucionales y organizacionales, como muchas de las actividades humanas, tienden a separarse y compartimentarse.
Contemporáneamente, no podemos pensar la república y la democracia, sin organizaciones políticas, sin organizaciones reivindicativas de los derechos e intereses, y sin organizaciones que apunten a la reflexión ética, estas en el preludio de los derechos y la manifestación del interés particular de proteger y estimular ciertos valores esenciales de la convivencia social.
Desde esa separación creciente de funciones, las organizaciones éticas se han convertido en la oportunidad de poner énfasis en aquellos valores que son fundamentales, frente a una actividad política que, a veces, está determinada por sesgos ideológicos o particularidades de poder, que lesionan o amenazan los propósitos de bien común que debe tener toda actividad política en democracia. El mismo rol atañe a las organizaciones éticas, cuando las demandas sectoriales – sobre todo reivindicativas - buscan imponerse por sobre ese bien común, aún en la legitimidad de sus aspiraciones.
De allí la importancia de sacar a las organizaciones éticas del marco de lo específicamente político o reivindicativo, es decir, de la pugna de intereses legítimos en una sociedad democrática, para que puedan tener la capacidad de anticiparse al establecimiento de derechos y conductas, previendo siempre que ellos se impongan bajo la sustentación de valores que promuevan las mejores prácticas y las mejores conductas en la cotidianidad del ejercicio republicano y democrático.
La necesidad de tener organizaciones éticas dedicadas a cumplir su tarea informadora y formadora de buenas prácticas y buenas conductas sociales, así como poner el valor de lo humano ante las nuevas realidades, es el gran desafío que estas organizaciones e instituciones deben asumir, más allá de todo interés político particular o de un interés reivindicativo específico. Su responsabilidad es prever el alcance del valor de lo humano, sus oportunidades y amenazas, antes del Derecho y de las consecuencias de las decisiones que competen a los organismos, instancias o instituciones de la democracia y la república.

El rol de la Masonería en la república

La Masonería es, tal vez, una de las primeras instituciones éticas de la modernidad, y su vigencia radica, precisamente, en que pone en su centro la construcción de buenas prácticas y buenas conductas en beneficio de la sociedad y de la Humanidad. Hay valores supremos que le son característicos y que han sido una contribución esencial en la forma en que se han organizado las democracias, más allá de donde haya sido exitosa o haya experimentado reversiones históricas.
Desde sus orígenes formales e informales, como organización ética, ha pregonado entre sus miembros los valores fundamentales del humanismo, desde su mirada dieciochesca hasta las miradas de las convenciones de derechos humanos que hoy imperan en las sociedades democráticas, para construir una práctica social que garantice el valor de lo humano y una convivencia de derechos y deberes basada en la fraternidad, la tolerancia y la filantropía.
Como toda organización ética, trata de prever los escenarios que presenten amenazas a esos propósitos y que pueden afectar el valor de lo humano y la convivencia, al Derecho y su imperio.
En el análisis del tiempo que vivimos, ciertamente hay desafíos formidables: el deterioro medioambiental, la pérdida creciente de los recursos no renovables y el agua, la precarización de la habitabilidad humana, los efectos de los procesos de automatización y robotización, los accesos al conocimiento y la educación, la garantización de los derechos de conciencia, las variables que surgen de la prolongación de la vida, el aseguramiento de la laicidad en los sistemas políticos; los desafíos de la territorialidad, comunidad y soberanía que afectan a los países por variables globales en constantes cambios, de alcances muchas veces imprevisibles; todo ello, cuando aún no se  concretan a plenitud muchos de los derechos fundamentales de lo humano en una parte importante de la Humanidad.
El siglo XXI está plagado de oportunidades y amenazas para la condición humana, y lo que corresponde a las organizaciones éticas, en la república y en la democracia, entre ellas y de modo privilegiado a la Masonería, es profundizar su rol y alcance, tanto en lo formativo como en lo informativo. Solo de esa manera podrán cumplir su rol ético – en las personas – y moral – en la realidad social -, en un sentido práctico que la sociedad reconocerá y valorará en sus necesidades cotidianas de ejercicio republicano y democrático. ///


martes, 31 de octubre de 2017

500 años de la Reforma Protestante

Hace 500 años, la tradición dice que Lutero clavó sus 95 tesis en las puertas de la iglesia de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517, en las que condenaba la avaricia y el paganismo de las jerarquías de la Iglesia Católica, a partir de la venta de la indulgencias. Impresas sus tesis con aquel nuevo portento tecnológico que era la imprenta, rápidamente se divulgaron estas por Alemania, entre los pocos que sabían leer. En dos semanas ya había llegado el texto impreso a todos los conventos y monasterios, y a la nobleza de ese país, y en dos meses a distintos lugares de Europa.
La imprenta se convertía así en un vehículo que permitía por primera vez la difusión de manera tan acelerada de un texto, que además contenía una idea divergente. Así, la tecnología y la discrepancia teológica de Lutero, convergieron para desatar uno de los procesos históricos más determinantes en la liberación de las conciencias del mundo occidental.
Ciertamente, Martín Lutero puede ser objeto hoy de distintas visiones críticas, sobre su personalidad y su pensamiento. Sin embargo, el efecto que tendrá su discrepancia con las prácticas religiosas sostenidas por el papismo, desencadenará procesos que cambiaron radicalmente no solo la percepción sobre el hecho religioso, sino sobre la libertad y la política.
La Reforma que promueve embrionariamente Lutero será un gran salto que ayuda a sacar a la civilización occidental de la Edad Media. Bajo una nueva comprensión teológica, se abren las compuertas de la revisión de las ideas sostenidas por la hegemonía papista, y los centros del pensamiento de ese tiempo, generalmente institutos religiosos, abren debate sobre aquellas cuestiones que hasta entonces eran imposibles de revisar o debatir.
Ello traerá distintos cambios políticos y la desobediencia contra la hegemonía católico-absolutista, lo que ya el Renacimiento estaba proponiendo simultáneamente, en rechazo al teocentrismo predominante por varios siglos.
Unida al Renacimiento, la Reforma Protestante que parte con las tesis de Lutero, provocarán un cambio radical en el pensamiento y la espiritualidad occidental. No fue un proceso fácil. Muchas de las confrontaciones teológicas, como siempre ocurre, adquirieron una cruenta expresión política, y pronto ocurrieron luchas de poder que llevaron a la guerra, sembrando de cadáveres los territorios europeos.
La Reforma, asimismo, adquirió distintas variables teológicas que aumentaron la complejidad religiosa, pero también política. Los factores de poder, devenidos de la opción religiosa, donde los religiosos protestantes - como lo han hecho históricamente los episcopados católicos -, también buscaron secularmente el poder político para establecer su hegemonía, cuestión que será determinante en todas las confrontaciones internas o entre naciones, ocurridas en Europa hasta fines del siglo XVIII.
Sin embargo, en otra perspectiva, la Reforma abrió los espacios para un gran cambio en el pensamiento. Pensadores protestantes serán los que iluminarán el progreso europeo, al punto que, así como la paz de Westfalia al término de la Guerra de los 30 años, establecerán los fundamentos y el derecho a la libertad de conciencia.
Fueron miembros de la Reforma - hombres como Miguel de Servet; el anglicano John Locke; el pietista Inmanuel Kant; el luterano Friedrich Schelling; Friedrich Hegel, formado en la elite del seminario protestante de Tubinga; el calvinista Johannes Althusius, o el hugonote Jean-Jacques Rousseau -, los que enunciaron un nuevo tiempo para la Humanidad, donde la libertad de conciencia posibilitó el desarrollo de las libertades políticas, de la ciencia, y los conceptos de igualdad ante el poder político, defenestrando las constantes del Absolutismo.
Fueron hijos de la Reforma los que concibieron uno de los movimientos éticos civiles más trascendentes en la promoción de la libertad de conciencia, la fraternidad, la tolerancia y la filantropía. Hace 300 años, fundaron la Masonería. Un pastor y anticuario redactaría sus reglamentos, donde señalaba el valor de “la única religión en la que todos estaban de acuerdo: ser hombres buenos, veraces, honrados y honestos”.
En las postrimerías de ese periodo, entendido como la era de la Modernidad, la Independencia de Estados Unidos expresará de un modo sobresaliente aquello que será definido como Estado laico, es decir, un Estado despojado del determinismo religioso.
El emergente Estados Unidos expresará el mejor aporte de los protestantes a la construcción de un Estado, donde la religión debía mantenerse en los ámbitos de los derechos de conciencia de cada cual, lejos del poder político. Los Padres Fundadores de EE.UU. no pretendieron mantener al Estado protegido de las religiones, sino, por el contrario, buscaron proteger a su religión del Estado. Constatando que las interpretaciones y las variables del protestantismo eran diversas dentro de las 13 colonias emancipadas de Inglaterra, temieron que una interpretación religiosa hegemonizara el Estado, afectando a las otras interpretaciones o corrientes religiosas (cuáqueros, presbiterianos, calvinistas, puritanos, bautista, metodistas, etc.).
Hombres como Roger Williams, Thomas Jefferson y James Madison, tendrán la genialidad de equidistar su opción religiosa respecto del poder del Estado, el cual debía garantizar, en la abstinencia de cualquier opcionalidad religiosa, la igualdad de trato hacia todas las confesiones, garantizando su derecho a reunirse y practicar su credo. Esto quedará específicamente señalado en la Primera Enmienda de la Constitución: “El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni de solicitar al gobierno una compensación de agravios”.
Hoy, muchos de los grandes aportes de la Reforma a la Humanidad, son ignorados por corrientes religiosas que se identifican como protestantes, las que buscan afanosamente el poder político para repetir los propósitos de los reformistas de la primera etapa, en medio del acoso del papismo. Así, existen nuevas opciones religiosas que se definen como protestantes, que carecen de la comprensión y el conocimiento de la historia más brillante del protestantismo, y se refugian en las exacerbaciones teológicas o en aspiraciones de hegemonía. Anhelan penetrar en el poder político y ponerlo al servicio de su interpretación de la fe.
Puestos los 500 años de la Reforma impulsada por Lutero en perspectiva, es importante que las tradiciones protestantes recuperen la fuerza de su esplendoroso aporte a la libertad de conciencia y a los derechos del Hombre, contra las viejas prácticas arcaicas ambiciosamente hegemónicas, que ahora se renuevan bajo denominaciones donde poco importan las enseñanzas de la historia, y donde la cercanía del poder político seduce obsesivamente. Lo vemos claramente en el neopentecostalismo que crece en muchos países.
Tal vez sería necesario que esas expresiones recabaran en un pronunciamiento de la Iglesia Presbiteriana de EE.UU, de 1789 que señalara: “Los magistrados civiles (autoridades políticas) no deben tomar para sí la administración de la Palabra y los sacramentos, ni el poder de las Llaves del Reino de los Cielos, ni se entrometerán en lo más mínimo en asuntos de fe”.

domingo, 29 de octubre de 2017

300 años de Masonería

El presente texto es un resumen de diversas disertaciones efectuadas por el autor, durante el año 2017, en relación a la conmemoración de la fundación de la Gran Logia de Londres, la noche de San Juan de 1717, punto de partida de la francmasonería universal.
                                   

Durante el año en curso se ha producido una conmemoración especial para la Humanidad. Hace 300 años fue fundada la Gran Logia  de Londres, primer antecedente concreto de lo que llamamos Masonería o Francmasonería. En muchas partes del mundo se ha puesto especial énfasis en conmemorar, el que, el 24 de junio de 1717, según el calendario juliano entonces vigente en ese país, un grupo de habitantes de Londres concurrieron a dar nacimiento a esa Gran Logia.
Hay autores que hablan que la Masonería proviene de un antiquísimo origen y se especula con ello. Lo cierto es que  aquel episodio fue el fundamente de este movimiento que ha sido definido como “una escuela de moral, velada por alegorías e ilustrada por símbolos”
La Humanidad, a partir de ese momento fundacional, comprobaría con los años que esa institución fue un momento de inflexión en su transcurrir histórico, porque la Masonería ha sido la causa de grandes cambios para la civilización humana, no porque tenga un plan para las sociedades en que el hombre se desarrolla, sino porque, bajo la influencia de la acción de sus miembros, ha sido una contribución decisiva para construir las éticas del Humanismo y de la realización humana, sobre la base de una labor formativa o correctiva de las conciencias de sus miembros, a partir de su relación simbólica con la Escuadra y el Compás, que asumen la fraternidad como un propósito fundamente de todo quehacer social de los hombres.
Para entender el momento fundacional de la Masonería, para explicarse por qué toman esa opción de reconocerse como Hermanos, los invito a que tratemos de entender el estado social en que se encontraba Londres en 1717, de lo que era el estado de ánimo de la gente común y corriente; de lo que eran, seguramente, las percepciones de la sociedad civil y la sociedad política.
Gran Bretaña venía y sobrevivía en medio de profundos conflictos entre católicos, presbiterianos y calvinistas. Cada hecho político manifestaba la confrontación violenta entre los jacobitas católicos y sus adversarios protestantes, conspirando permanentemente por el poder y la regencia del trono de Gran Bretaña, desde que el católico rey Jacobo de Escocia, se había transformado en el soberano también de Inglaterra e Irlanda.
Era una confrontación que dejaba la huella de la muerte, del despojo, del saqueo, de violaciones de mujeres y niñas, de carencias de derechos. En esos tiempos no había partidos políticos, tal como podemos verlos en cualquier escenario de confrontación democrática actual. Lo que en ese tiempo había eran religiones que determinaban las facciones políticas.
Las guerras civiles, las decapitaciones de reyes, las venganzas de los vencedores sobre los derrotados, el odio del hombre contra el hombre se manifestaba en la práctica políticas de los que tenían poder, pero quienes pagaban las consecuencias eran las personas comunes y corrientes, arrastrados como carne de cañón, cuando no como parte del botín de súbditos de quien se ceñía la Corona.
En ese contexto, lo que proponen los fundadores de la Masonería es que todos, más allá de sus diferencias, de sus querellas o sus denominaciones religiosas, fuesen en adelante considerados hermanos y que se tratasen como hermanos.
En consecuencia, dieron paso a una organización fraternal, una Hermandad, resolviendo el problema que determinaba los enconos humanos más insuperables entre los hombres de su tiempo: aquel derivado del odio religioso.

La fundación de la Gran Logia de Londres y su significación

La historia dice que las cuatro logias que llegan a conformar la nueva asociación de logias, provenían de distintos sectores de Londres, que recibían el nombre de las tabernas en que se reunían: “El Ganso y la Parrilla”, “La Corona”, “El Manzano” y “La Copa y las Uvas”. Era costumbre  londinense que los miembros de diversas organizaciones alquilasen alguna sala por algunas horas, como lo hacen hoy los hoteles de cualquier ciudad con sus salas de eventos.
En realidad, tales nombres de esas logias merecen dudas, ya que una de las cuatro logias ha sido identificada por un nombre específico. Su nombre era “Templo de Salomón” y era presidida por un personaje que será muy importante en la consolidación de la masonería: Jean Theophile Desagullier.  Hay indicios firmes de que aquellas logias habían sido fundadas para dar vida a la Gran Logia de Londres, por lo cual, tal vez alguna vez se llegue a confirmar que fue la fundación de esas logias realmente el inicio de la Masonería en el mundo, y que lo que junio de 1717, fue solo otro paso más.
Pero lo que es constatable hoy es que, aquellas cuatro logias, se reunieron la noche de San Juan de 1717, estableciendo el hecho histórico de la aparición de la Masonería, como una organización específica y única.
Esta naciente Masonería adoptó algunos usos o formas propias de los gremios de constructores, que algunos denominan “masones operativos”.
Sin embargo, lejos de lo que ocurría en asociaciones gremiales de denominación parecida, esta Gran Logia fue creada con independencia de la profesión u oficio de sus miembros, y como lo dirán sus primeras constituciones, con el propósito de servir como centro de unión de quienes querían practicar la fraternidad humana, más allá de cualquier consideración.
Ese es un aspecto que diferencia sustancialmente a las logias masónicas de las denominadas logias operativas.
Concurrieron a ese propósito fundacional de la Masonería, hombres de distintas actividades de la ciudad: carpinteros, militares, teólogos y presbíteros, caballeros o gentlemen, científicos de la Real Sociedad para el Avance de la Ciencia Natural.
Por cierto, nada hay en los acontecimientos humanos que no devenga de hechos y antecedentes anteriores. Lo mismo aplica a la Masonería. Sería absurdo considerar que tales hombres no tenían previamente una referencia de logias, las que existían como parte de los oficios constructivos. Sería temerario no considerar que hubiese ideas anteriores que no quisieran tomar para darle un sentido a lo que creaban. Así, recurrieron al simbolismo de antiguas tradiciones constructivas e hicieron de esa simbología un sistema velado por alegorías e ilustrado por símbolos.
Sin embargo, claramente, lo que fundaron aquellos hombres de 1717, era muy distinto a lo que hacían las logias de oficio. Ellos crearon algo sublime, un ideal de perfeccionamiento, y que da paso a lo que hoy hacen los masones en cualquier parte del mundo, más allá de ciertas modalidades o énfasis.
Uno de los grandes eruditos masones de esta parte del mundo, reconocido en las enciclopedias masónicas en esa condición, René García Valenzuela, tenía la opinión de que la Masonería era única, y que, aún compartiendo denominaciones y simbolismos con organizaciones e instituciones de los siglos anteriores, no descendía de ellas. Para explicarlo, con genialidad, usó una máxima que tiene valor para explicarlo de manera concreta. Decía que la Masonería tiene relaciones de afinidad con muchas escuelas antiguas, pero que no tiene relaciones de consanguinidad. Esto es: no es hija, ni nieta, ni sobrina, ni nada que la una en sangre con alguna eventual predecesora.
Siguiendo el modelo establecido por las 4 logias fundadoras de la emergente Gran Logia de Londres, trece años después, las logias se habían multiplicado a treinta, y cuando ya la Gran Logia de Londres tenía 21 años, debió cambiar de nombre para expresar su crecimiento, y optó por denominarse Gran Logia de Inglaterra. Más allá de cualquier antecedente previo, el crecimiento en torno al concepto de unión fraternal, expresado en la multiplicación de logias, superó cualquier práctica anterior fundada en relaciones de otro tipo, por ejemplo, en torno al oficio.
Una de las primeras tareas de la novel Gran Logia, fue disponerse a preparar sus constituciones, es decir, aquello sobre lo cual se caracterizaba el propósito de la nueva organización.
Tales Constituciones tuvieron como fundamento dos aspectos importantes.
La primera parte era una relación de tipo mítico o un relato que vinculaba a la organización con una antigua tradición, que se había “dormido” por la incuria de quienes la tenían a cargo, y que “ahora despertaba” para retomar sus fundamentos. Siguiendo las tradiciones y probablemente debiendo sortear la observación de los agentes reales en un tiempo plagado de conspiraciones,  se estableció un relato mítico que daba fundamento a la organización.
Sin embargo, la segunda parte es determinante, ya que establecía los “cargos” o responsabilidades de sus miembros. Esta parte, de contenido reglamentario, es lo que funda decisivamente la Masonería tal como se ha caracterizado históricamente. Allí se indicaba al masón lo que debía hacer correctamente y lo que tenía que evitar. 
Quienes han podido estudiar las influencias intelectuales en ese proceso fundacional, no dudan en afirmar el rol relevante que tuvo Jean Théophile Desaguliers, hijo de una familia de hugonotes emigrada de Francia por razones religiosas, quien estudió en Oxford filosofía experimental, lo que llamamos hoy física, el que además era pastor presbiteriano, pero también un destacadísimo miembro de la Real Sociedad y amigo de uno de sus miembros más trascendentes: Isaac Newton.
Influido por Desaguliers, segundo Gran Maestro de la Gran Logia de Londres, Anderson, anticuario y genealogista, encargado de redactar la Constitución, escribirá aquella definición conceptual de enorme trascendencia que es el punto de partida para todo masón y caracterización de la Masonería Universal:
Es deber de todo masón obedecer la ley moral”.
“El masón – decía aquella definición - que entiende bien su arte no será nunca un ateo estúpido ni un irreligioso libertino”. No estaba diciendo que no debían ser ateos, sino que no podía un ateo caer en la estupidez de no aceptar visiones sobre el existir humano que fueran diferentes. También aquella definición de libertino irreligioso, lo que estaba señalando que la irreligiosidad no debía estar en los ámbitos de la disipación y del renuncio moral.
Y luego, aquella definición completa las tres ideas  anteriormente mencionadas, señalando: “Aunque antiguamente se obligaba a los masones a pertenecer a la religión del país o nación en que viviesen, se ha creído ahora más acertado el que acepten la única religión en la que todos los hombres están de acuerdo, dejándolos en libertad de formar opinión por sí mismos. Esta religión consiste en ser hombres buenos, veraces, honrados y honestos”.
Allí está el verbo que hace la comprensión histórica de la Masonería. Sobre ese predicamento, el asentamiento de la Masonería en distintos lugares de Europa y América, trajo consigo una sucesión de impactos relevantes, que la vinculan con distintos procesos históricos. Unos más relevantes que otros.
Analizados los eventos que marcaron a la primera Gran Logia de la Masonería, de lo que hoy se practica como propósito, doctrina y rito, de lo que entendemos como fundante de la Tradición Masónica, el suceso de aquel 24 de junio de 1717, abre paso a una práctica que el tiempo se encargaría de consolidar como los fundamentos de toda logia y de toda práctica masónica: la Fraternidad y la Tolerancia. Sin ellas, cualquier organización que se llame “masónica” carece de sentido y recta doctrina; sin su práctica cualquier conducta apelada como masónica deja de serlo.
El ya mencionado René García Valenzuela, puso mucho acento en afirmar que la Masonería Chilena era andersoniana, en el sentido de vindicar las definiciones de 1723, esto es la primera Constitución masónica, como lo fundacional del asentamiento doctrinario de lo específicamente masónico.

El desarrollo de los Ritos y las identidades culturales

Los años siguientes a la fundación de la Gran Logia de Londres permitieron la formación de logias por toda la Gran Bretaña, y de manera acelerada, pronto pudo constatarse que ellas se multiplicaban por Europa.
En 1728 ya existía una Gran Logia de Francia. Ese mismo año se funda una logia en Madrid, en 1733 surgen logias en la península itálica, y  en 1735 en Suecia. En 1742, surge la primera logia austriaca. En 1749 se creaba una logia en Alemania, la Logia de los Tres Globos, madre de las demás que le siguieron. Fue un proceso aceleradísimo, considerando las condiciones comunicacionales de la época.
La proposición que desarrolló la Gran Logia de Londres era organizacionalmente un modelo social abierto, no dogmático, basado en cualidades humanas reconocidas como moralmente válidas, alcanzadas en torno a principios y valores desarrollados de un modo conductual, filosófico o científico, buscando ser un “centro de unión” de hombres que pensaban distinto.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo en que surgió la primera discrepancia, cuando algunos manifestaron objeción en la forma y el fondo de lo que se estaba haciendo como práctica masónica, y reclamando antiguas tradiciones de influencia teísta. Consecuencia de ello, seis logias se escindieron y formaron la Gran Logia de los Antiguos y Libres Aceptados Masones, donde adquiriría gran influencia Laurence Dermontt.
Este irlandés, iniciado en 1741, Venerable Maestro de una Logia de Dublín, se trasladó a Londres en 1748, sumándose a la corriente de los “Antiguos”, donde se encargaría de redactar un nuevo Libro de las Constituciones. El carácter ritual de esta corriente masónica se asentaría firmemente en las tradiciones operativas, caracterizadas por el componente religioso, y sus logias serían denominadas con el nombre de un santo patrono.
Ciertamente, aquella Gran Logia de Inglaterra, que reclamara inicialmente solo su territorialidad en torno a Londres, fundada en 1717, que no es la que conoceremos luego como Gran Logia Unida de Inglaterra, trabajó en dos grados y luego en tres, sobre la base de un método especulativo de los masones operativos, de influencia calvinista. El grado de Maestro pareciera que se vio influido por algunas investigaciones realizadas por la Real Sociedad, y que recogían antiguas tradiciones de las asociaciones gremiales operativas. Este rito estaba marcado por alcances morales y simbolismos, en consonancia con los cargos u obligaciones de las Constituciones.
Sin embargo, paralelamente ocurrían otros hechos. En Francia, siendo Gran Orador de la Gran Logia de ese país, Andrew Michael de Ramsay, en 1736, hace un discurso donde plantea - luego de invitar a los presentes a colaborar en la composición de una Enciclopedia Universal -, un análisis histórico en que vincula a la Masonería con las órdenes de Caballería, donde destaca las virtudes y las causas nobles como parte de perfeccionamiento personal, abriendo un nuevo universo simbólico a la reflexión masónica, introduciendo la idea de una masonería de perfección.
Ciertamente, su intervención no estaba ajena a las cuestiones políticas de su condición de escocés exiliado por los eventos políticos de la Gran Bretaña. Tampoco debemos pasar por alto su condición de miembro de la Real Sociedad, a la que accediera en 1730. Los historiadores mencionan a Ramsay como un caballero, es decir, un gentleman, que correspondía al trato dado con deferencia a aquellos súbditos ingleses que no eran nobles, pero que eran tratados con distinción por su comportamiento noble, cortés, y su comportamiento social adecuado a las formas convencionales.  
Con sus versados conocimientos, ligó su propuesta a una reclamada tradición de Maestros Escoceses, herederos de la antigua caballería templaria. La idea caballeresca irá creciendo en los años siguientes en la masonería francesa, que comienza a plantearse  la existencia de “grados escoceses” superiores al tercer grado simbólico.
Ese proceso se vería favorecido por el Conde de Clermont, quien, como Gran Maestro de la Gran Logia de Francia, a partir de 1743, aprueba la formación de un taller modelo, con el nombre de “San Juan de Jerusalén”, dando inicio a los grados de perfección superiores al Tercero. Esto es 7 años después de la afamada intervención de Ramsay.
De este modo, a medida que las logias se desarrollaban por el escenario europeo, pronto pudo comprobarse que también se ampliaba el horizonte de ritos con los cuales se desarrollaban los trabajos masónicos. Ello dio paso a un momento de singular creatividad, y aquello que estuvo, de un modo importante, presente en la elaboración de la primera constitución masónica, la necesidad de buscar una conexión con el pasado, también se hace presente en el deseo vincular a la naciente masonería con antiguas tradiciones, lo que influye en la elaboración de los nuevos rituales. De manera importante, la apelación a una herencia antigua pasó a ser parte de una etapa de gran creatividad, tras el esbozo de una doctrina que muchas veces fue sometida a reinterpretaciones y reclamaciones tradicionales.
A través del tiempo, y ya hacia finales del siglo XIX, existiendo al menos cinco o seis ritos de amplio alcance, así como algunos importantes ritos nacionales, la Masonería en el mundo había optado mayoritariamente por dos ritos, que son los más determinantes en la actualidad.
Por un lado, el Rito inglés, con sus múltiples variables  bajo la denominación de “York” y el Rito de Emulación, ambos con su extensión hacia el Real Arco para la Maestría. Más que de un rito inglés, deberíamos hablar de una tradición inglesa, que recoge un sinnúmero de versiones rituales. Este se caracterizó por  recoger una mirada más teísta, es decir, de más influencia religiosa.
Por otro lado, el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en sus versiones simbólicas y de Altos Grado. Este rito tendrá una mirada también bastante discutible desde el punto de vista de la pureza. En algunos países ha permitido una ligazón con el libre pensamiento, especialmente en los países latinos, y en consonancia con los aspectos fundamentales derivados de la herencia andersoniana.
No debemos creer que ello es absoluto, ya que en Inglaterra, por ejemplo, solo son parte del REAA aquellos que se declaran católicos. Así, las expresiones del REAA se matizan con las realidades culturales de los masones de cada país, y según las particulares convicciones que allí se expresan, sobre todo, a partir de las institutas establecidas por el convento de Lausanne.

El impacto ético de la Masonería en la sociedad

El asentamiento de la Masonería en distintos lugares de Europa y América, trajo consigo una sucesión de impactos relevantes, que la vinculan con distintos procesos históricos. Unos más relevantes que otros. De manera importante, los hombres que portaban los ideales del modernismo, entendido este como un proceso intelectual y material, determinó la importancia de la ciencia y la oposición a los dogmas de la tradición cultural y religiosa, fueron caracterizando a la Masonería como la inspiradora ética de la libertad individual, del libre pensamiento y el relativismo frente a las iglesias hegemónicas y los dogmatismos que de ello se deriva.
Aun la Masonería teísta constituyó la relativización frente a las Iglesias que tuviesen afirmaciones más dogmáticas. Las tradiciones protestantes que tenían un alcance más secular, fueron capaces de sintonizar con las proposiciones éticas que la Masonería proponía, y quien se transformaría en el principal antagonista del desarrollo de la Masonería fue el Papado.
En menos de veinte años, ante la proliferación de las logias, la Iglesia Católica condenó a la Masonería, ante dos peligros que consideró fundamentales: por un lado, las logias tenían un origen protestante y las consideró un vehículo de penetración de esa fe, y pronto como una herramienta del judaísmo. No mucho tiempo después, la consideraría como instrumento del relativismo religioso que imponía la ciencia.
De esta forma, la comprensión civil que se fue estableciendo respecto de la Masonería, fue, para los más cercanos a las élites católicas, que aquella era una profesión diabólica, en el sentido de que profesaban una doctrina contraria a los fundamentos dogmáticos de su iglesia; en tanto, para los más cercanos al progreso intelectual, la Masonería era una oportunidad asociativa de convivencia de hombres liberados de los sofismas que impulsan una fe ciega e incoherente con los avances del conocimiento humano.
El Papado impuso la idea en los siglos XVIII y XIX de que la Masonería era la abjuración a los fundamentos de la doctrina religiosa católica, e impuso la excomunión a todo aquel que se reuniera en logia. Esa postulación papista aún está vigente y es renovada por cada pontífice romano, desde la primera bula antimasónica In Eminenti Apostolatus Specula, emitida en 1738 (21 años después de la fundación de la Gran Logia de Londres), hasta nuestros días.
Fuera de esas antojadas interpretaciones y de descalificaciones absurdas, durante los tres siglos de Masonería, ser masón ha estado estrechamente ligado a la idea de la evolución intelectual, de la evolución ética y la evolución del conocimiento. No como el factor precipitante, sino como aquel espacio de reflexión que contribuye a establecer una ética humana, que asume los cambios en el pensamiento humano, para sedimentarlos en una ética precisa y concreta, libre de dogmatismos, libre de los resabios de la cultura, y libre de los determinismos que imponen determinados intereses humanos.
La Masonería ha sido, y se caracteriza por ser la manifestación de una asociatividad de hombres libres, que se reúnen para nutrir la libertad desde un punto de vista humanista, es decir, a partir del hombre y de lo que este es capaz de construir y hacer por el bien del hombre, en tanto individuo y en tanto miembro de una comunidad, sea esta local, regional, nacional, o para la Humanidad toda.

Influencias históricas

Cuando se analizan grandes hechos humanos, en los últimos 300 años de la historia humana generalmente surgen masones o logias, que han dado amparo a las ideas emancipadoras espirituales y políticas.
Hay procesos que fueron determinantes para muchos países y pueblos, donde es posible constatar el aporte progresista de los hombres identificados con la Escuadra y el Compás.
La presencia de masones se expresa de manera cierta en procesos emancipadores, tales como la Independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa. Se constata en los movimientos intelectuales y del pensamiento en el llamado Siglo de las Luces, y uno de sus hombres más brillantes, Voltaire, se ciñó el mandil de los Obreros de Paz.
Los hombres que inspiraron la Independencia americana de España, también trabajaron en Logia, como muchos de los que condujeron los movimientos contra el antiguo sistema en las revoluciones europeas en 1848.
El desarrollo de la ciencia, a partir del siglo 18, siempre ha tenido a destacados masones, protagonizando su desarrollo, en favor del conocimiento y el descubrimiento de avances significativos en favor de la Humanidad.
Grandes artistas e intelectuales han dejado a la sociedad humana su creación y su genio, así como su compromiso con los principios masónicos.
Políticos ejemplares por su capacidad de interpretar la voluntad popular y por llevar a sus pueblos por el camino del progreso y la justicia, de la educación y el bienestar, fueron masones y reivindicaron su condición de tal.
Médicos señeros en el combate contra las enfermedades y el dolor humano, han sido miembros de logias esparcidas por la faz de la tierra.
No hay ninguna actividad humana en favor de la condición humana, que no haya tenido, en estos tres siglos, la presencia de un masón o una logia.

Los desafíos del inmediato futuro

Si miramos la realidad que hoy muestra la Masonería, vigorosa y extendida por todo el mundo, no solo existe la certeza de las prácticas y doctrinas. También se manifiestan algunas cuestiones disonantes dado que hay varios problemas de fondo que no están resueltos en los tres siglos que han transcurrido en su desarrollo.
Las organizaciones que dan validez y reconocimiento a la regularidad masónica, un aspecto que tiene solo 87 años de vigencia, producto de la Declaración de la Gran Logia de Inglaterra del 4 de septiembre de 1929, sobre Principios Básicos para el reconocimiento de Grandes Logias, no han sido aún capaces de dar pasos efectivos hacia la consecución del Universalismo Masónico y superar las discrepancias producto de las caracterizaciones del siglo 18, es decir, la vieja querella establecida por aquellos que se autodenominaron “antiguos”.
Sin duda se hace necesario establecer un diálogo entre las distintas vertientes en que se expresa la Masonería en el mundo, para superar esos escollos, lo cual implica que deben abrirse los espacios de encuentro, para superar las diferencias que nacieron hace 260 años, entre los teístas y deístas.
La Masonería más que investir de nuevos bríos las querellas sobre la divinidad, y como ella se expresa en la práctica masónica, debiera ser capaz de acercarse más a los problemas de la sociedad, ante las crisis de la ética y la pérdida de los valores humanos en la práctica social.
Sin duda, el desafío de los tiempos obliga a las Masonería a una lectura común sobre la Tradición y si ello  no es posible, debe haber un explícito reconocimiento sobre las diferencias insalvables, pero que ellas, asumidas como algo que no es obstáculo, no pueden obstaculizar las tareas superiores que competen a las instituciones masónicas.  Debe prevalecer un consenso de que, por sobre todo, los Masones están llamados a ejercer un rol ético en la sociedad, a fin de construir una moral social que sea libre de dogmas y sofismas, y que por sobre todo estimule y proyecte hacia la especie humana su sublime mensaje y la práctica de la fraternidad.
La sociedad nos presenta múltiples desafíos como hombres libres, que deben asumir la tarea de construcción humanista. Son desafíos de este tiempo y que nos compelen a una enunciación rectora hacia la sociedad, libre de dogmas.
Los desafíos tienen distintas variables: la precarización de los recursos naturales, especialmente el agua; la irreversibilidad del desastre ecológico, y sus consecuencias sociales; la prolongación de la vida producto del avance científico y sus consecuencias en la superación de las enfermedades y en la causas de la morbilidad humana, lo que genera nuevos derechos y problemáticas; el debilitamiento del Estado frente al delito y el crimen, producto del narcotráfico y la corrupción; el problema latente que deviene de los procesos de acumulación de la riqueza crecientes que están cambiando los escenarios de la institucionalidad, devenida de las jurisdicciones nacionales actuales y de lo territorial: concretamente la riqueza  sine patriam ya supera la riqueza de muchos países del mundo, no paga impuestos y profundiza la desigualdad y la esclavización de personas en procesos industriales al margen de derechos laborales universales; la robotización y el impacto de la inteligencia artificial, en no más de una década, en los procesos de realización cotidiana y de control y ejecución automatizada de todo lo que hacemos como especie; las consecuencias de la hiper-urbanidad, con todos los problemas asociados a los suministros y la perdida de la relación definitiva con la autoproducción de alimentos y la dependencia excesiva de la industrialización.
Son temas de nuestro tiempo que deben ser abordados desde el conocimiento y los valores virtuosos de la Masonería, y donde sus miembros deben ser los precursores de una concepción ética, que permita permear las decisiones políticas y las conductas de las clases dirigentes y  la moral social, en bien del ideal superior de realización del Hombre y de la Humanidad, a partir del conocimiento y la libertad de conciencia.

Conclusiones

Han pasado 300 años, desde que aquellos cuatro grupos de masones, llegaron a una taberna londinense para establecer un momento fundacional de insospechadas consecuencias. Lo que provocaron ha tenido un impacto en gran parte del mundo.
Como consecuencia de ello la búsqueda del conocimiento tuvo un significativo apoyo ético, la verdad se materializó en constataciones concretas para el desarrollo humano, se consolidó una perspectiva de tolerancia moral, y el valor específico de la diversidad.
Sociedades enteras recibieron la acción bienhechora de los masones y pudieron acceder a una idea de progreso que ayudó a establecer la libertad de conciencias y el esclarecimiento como consecuencia de la evolución del pensamiento. Incluso, las geografías cambiaron como producto de la superación de un mundo determinado por apreciaciones de poder fundadas en dogmas.
Y, a pesar de los logros humanos, la tarea masónica se renueva en los desafíos que competen al Humanismo. Son desafíos que son abordados en las sociedades, que requieren de la orientación ética de la Masonería.
Sin duda, la Masonería llegó para cambiar al hombre individual y la sociedad en que vive y convive. Inspirada el Altos Ideales, encuentra allí el fundamento de su solidez, la universalidad de su prestigio, y su capacidad de adaptarse a las evoluciones sucesivas de la civilización.

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