martes, 31 de octubre de 2017

500 años de la Reforma Protestante

Hace 500 años, la tradición dice que Lutero clavó sus 95 tesis en las puertas de la iglesia de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517, en las que condenaba la avaricia y el paganismo de las jerarquías de la Iglesia Católica, a partir de la venta de la indulgencias. Impresas sus tesis con aquel nuevo portento tecnológico que era la imprenta, rápidamente se divulgaron estas por Alemania, entre los pocos que sabían leer. En dos semanas ya había llegado el texto impreso a todos los conventos y monasterios, y a la nobleza de ese país, y en dos meses a distintos lugares de Europa.
La imprenta se convertía así en un vehículo que permitía por primera vez la difusión de manera tan acelerada de un texto, que además contenía una idea divergente. Así, la tecnología y la discrepancia teológica de Lutero, convergieron para desatar uno de los procesos históricos más determinantes en la liberación de las conciencias del mundo occidental.
Ciertamente, Martín Lutero puede ser objeto hoy de distintas visiones críticas, sobre su personalidad y su pensamiento. Sin embargo, el efecto que tendrá su discrepancia con las prácticas religiosas sostenidas por el papismo, desencadenará procesos que cambiaron radicalmente no solo la percepción sobre el hecho religioso, sino sobre la libertad y la política.
La Reforma que promueve embrionariamente Lutero será un gran salto que ayuda a sacar a la civilización occidental de la Edad Media. Bajo una nueva comprensión teológica, se abren las compuertas de la revisión de las ideas sostenidas por la hegemonía papista, y los centros del pensamiento de ese tiempo, generalmente institutos religiosos, abren debate sobre aquellas cuestiones que hasta entonces eran imposibles de revisar o debatir.
Ello traerá distintos cambios políticos y la desobediencia contra la hegemonía católico-absolutista, lo que ya el Renacimiento estaba proponiendo simultáneamente, en rechazo al teocentrismo predominante por varios siglos.
Unida al Renacimiento, la Reforma Protestante que parte con las tesis de Lutero, provocarán un cambio radical en el pensamiento y la espiritualidad occidental. No fue un proceso fácil. Muchas de las confrontaciones teológicas, como siempre ocurre, adquirieron una cruenta expresión política, y pronto ocurrieron luchas de poder que llevaron a la guerra, sembrando de cadáveres los territorios europeos.
La Reforma, asimismo, adquirió distintas variables teológicas que aumentaron la complejidad religiosa, pero también política. Los factores de poder, devenidos de la opción religiosa, donde los religiosos protestantes - como lo han hecho históricamente los episcopados católicos -, también buscaron secularmente el poder político para establecer su hegemonía, cuestión que será determinante en todas las confrontaciones internas o entre naciones, ocurridas en Europa hasta fines del siglo XVIII.
Sin embargo, en otra perspectiva, la Reforma abrió los espacios para un gran cambio en el pensamiento. Pensadores protestantes serán los que iluminarán el progreso europeo, al punto que, así como la paz de Westfalia al término de la Guerra de los 30 años, establecerán los fundamentos y el derecho a la libertad de conciencia.
Fueron miembros de la Reforma - hombres como Miguel de Servet; el anglicano John Locke; el pietista Inmanuel Kant; el luterano Friedrich Schelling; Friedrich Hegel, formado en la elite del seminario protestante de Tubinga; el calvinista Johannes Althusius, o el hugonote Jean-Jacques Rousseau -, los que enunciaron un nuevo tiempo para la Humanidad, donde la libertad de conciencia posibilitó el desarrollo de las libertades políticas, de la ciencia, y los conceptos de igualdad ante el poder político, defenestrando las constantes del Absolutismo.
Fueron hijos de la Reforma los que concibieron uno de los movimientos éticos civiles más trascendentes en la promoción de la libertad de conciencia, la fraternidad, la tolerancia y la filantropía. Hace 300 años, fundaron la Masonería. Un pastor y anticuario redactaría sus reglamentos, donde señalaba el valor de “la única religión en la que todos estaban de acuerdo: ser hombres buenos, veraces, honrados y honestos”.
En las postrimerías de ese periodo, entendido como la era de la Modernidad, la Independencia de Estados Unidos expresará de un modo sobresaliente aquello que será definido como Estado laico, es decir, un Estado despojado del determinismo religioso.
El emergente Estados Unidos expresará el mejor aporte de los protestantes a la construcción de un Estado, donde la religión debía mantenerse en los ámbitos de los derechos de conciencia de cada cual, lejos del poder político. Los Padres Fundadores de EE.UU. no pretendieron mantener al Estado protegido de las religiones, sino, por el contrario, buscaron proteger a su religión del Estado. Constatando que las interpretaciones y las variables del protestantismo eran diversas dentro de las 13 colonias emancipadas de Inglaterra, temieron que una interpretación religiosa hegemonizara el Estado, afectando a las otras interpretaciones o corrientes religiosas (cuáqueros, presbiterianos, calvinistas, puritanos, bautista, metodistas, etc.).
Hombres como Roger Williams, Thomas Jefferson y James Madison, tendrán la genialidad de equidistar su opción religiosa respecto del poder del Estado, el cual debía garantizar, en la abstinencia de cualquier opcionalidad religiosa, la igualdad de trato hacia todas las confesiones, garantizando su derecho a reunirse y practicar su credo. Esto quedará específicamente señalado en la Primera Enmienda de la Constitución: “El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni de solicitar al gobierno una compensación de agravios”.
Hoy, muchos de los grandes aportes de la Reforma a la Humanidad, son ignorados por corrientes religiosas que se identifican como protestantes, las que buscan afanosamente el poder político para repetir los propósitos de los reformistas de la primera etapa, en medio del acoso del papismo. Así, existen nuevas opciones religiosas que se definen como protestantes, que carecen de la comprensión y el conocimiento de la historia más brillante del protestantismo, y se refugian en las exacerbaciones teológicas o en aspiraciones de hegemonía. Anhelan penetrar en el poder político y ponerlo al servicio de su interpretación de la fe.
Puestos los 500 años de la Reforma impulsada por Lutero en perspectiva, es importante que las tradiciones protestantes recuperen la fuerza de su esplendoroso aporte a la libertad de conciencia y a los derechos del Hombre, contra las viejas prácticas arcaicas ambiciosamente hegemónicas, que ahora se renuevan bajo denominaciones donde poco importan las enseñanzas de la historia, y donde la cercanía del poder político seduce obsesivamente. Lo vemos claramente en el neopentecostalismo que crece en muchos países.
Tal vez sería necesario que esas expresiones recabaran en un pronunciamiento de la Iglesia Presbiteriana de EE.UU, de 1789 que señalara: “Los magistrados civiles (autoridades políticas) no deben tomar para sí la administración de la Palabra y los sacramentos, ni el poder de las Llaves del Reino de los Cielos, ni se entrometerán en lo más mínimo en asuntos de fe”.

domingo, 29 de octubre de 2017

300 años de Masonería

El presente texto es un resumen de diversas disertaciones efectuadas por el autor, durante el año 2017, en relación a la conmemoración de la fundación de la Gran Logia de Londres, la noche de San Juan de 1717, punto de partida de la francmasonería universal.
                                   

Durante el año en curso se ha producido una conmemoración especial para la Humanidad. Hace 300 años fue fundada la Gran Logia  de Londres, primer antecedente concreto de lo que llamamos Masonería o Francmasonería. En muchas partes del mundo se ha puesto especial énfasis en conmemorar, el que, el 24 de junio de 1717, según el calendario juliano entonces vigente en ese país, un grupo de habitantes de Londres concurrieron a dar nacimiento a esa Gran Logia.
Hay autores que hablan que la Masonería proviene de un antiquísimo origen y se especula con ello. Lo cierto es que  aquel episodio fue el fundamente de este movimiento que ha sido definido como “una escuela de moral, velada por alegorías e ilustrada por símbolos”
La Humanidad, a partir de ese momento fundacional, comprobaría con los años que esa institución fue un momento de inflexión en su transcurrir histórico, porque la Masonería ha sido la causa de grandes cambios para la civilización humana, no porque tenga un plan para las sociedades en que el hombre se desarrolla, sino porque, bajo la influencia de la acción de sus miembros, ha sido una contribución decisiva para construir las éticas del Humanismo y de la realización humana, sobre la base de una labor formativa o correctiva de las conciencias de sus miembros, a partir de su relación simbólica con la Escuadra y el Compás, que asumen la fraternidad como un propósito fundamente de todo quehacer social de los hombres.
Para entender el momento fundacional de la Masonería, para explicarse por qué toman esa opción de reconocerse como Hermanos, los invito a que tratemos de entender el estado social en que se encontraba Londres en 1717, de lo que era el estado de ánimo de la gente común y corriente; de lo que eran, seguramente, las percepciones de la sociedad civil y la sociedad política.
Gran Bretaña venía y sobrevivía en medio de profundos conflictos entre católicos, presbiterianos y calvinistas. Cada hecho político manifestaba la confrontación violenta entre los jacobitas católicos y sus adversarios protestantes, conspirando permanentemente por el poder y la regencia del trono de Gran Bretaña, desde que el católico rey Jacobo de Escocia, se había transformado en el soberano también de Inglaterra e Irlanda.
Era una confrontación que dejaba la huella de la muerte, del despojo, del saqueo, de violaciones de mujeres y niñas, de carencias de derechos. En esos tiempos no había partidos políticos, tal como podemos verlos en cualquier escenario de confrontación democrática actual. Lo que en ese tiempo había eran religiones que determinaban las facciones políticas.
Las guerras civiles, las decapitaciones de reyes, las venganzas de los vencedores sobre los derrotados, el odio del hombre contra el hombre se manifestaba en la práctica políticas de los que tenían poder, pero quienes pagaban las consecuencias eran las personas comunes y corrientes, arrastrados como carne de cañón, cuando no como parte del botín de súbditos de quien se ceñía la Corona.
En ese contexto, lo que proponen los fundadores de la Masonería es que todos, más allá de sus diferencias, de sus querellas o sus denominaciones religiosas, fuesen en adelante considerados hermanos y que se tratasen como hermanos.
En consecuencia, dieron paso a una organización fraternal, una Hermandad, resolviendo el problema que determinaba los enconos humanos más insuperables entre los hombres de su tiempo: aquel derivado del odio religioso.

La fundación de la Gran Logia de Londres y su significación

La historia dice que las cuatro logias que llegan a conformar la nueva asociación de logias, provenían de distintos sectores de Londres, que recibían el nombre de las tabernas en que se reunían: “El Ganso y la Parrilla”, “La Corona”, “El Manzano” y “La Copa y las Uvas”. Era costumbre  londinense que los miembros de diversas organizaciones alquilasen alguna sala por algunas horas, como lo hacen hoy los hoteles de cualquier ciudad con sus salas de eventos.
En realidad, tales nombres de esas logias merecen dudas, ya que una de las cuatro logias ha sido identificada por un nombre específico. Su nombre era “Templo de Salomón” y era presidida por un personaje que será muy importante en la consolidación de la masonería: Jean Theophile Desagullier.  Hay indicios firmes de que aquellas logias habían sido fundadas para dar vida a la Gran Logia de Londres, por lo cual, tal vez alguna vez se llegue a confirmar que fue la fundación de esas logias realmente el inicio de la Masonería en el mundo, y que lo que junio de 1717, fue solo otro paso más.
Pero lo que es constatable hoy es que, aquellas cuatro logias, se reunieron la noche de San Juan de 1717, estableciendo el hecho histórico de la aparición de la Masonería, como una organización específica y única.
Esta naciente Masonería adoptó algunos usos o formas propias de los gremios de constructores, que algunos denominan “masones operativos”.
Sin embargo, lejos de lo que ocurría en asociaciones gremiales de denominación parecida, esta Gran Logia fue creada con independencia de la profesión u oficio de sus miembros, y como lo dirán sus primeras constituciones, con el propósito de servir como centro de unión de quienes querían practicar la fraternidad humana, más allá de cualquier consideración.
Ese es un aspecto que diferencia sustancialmente a las logias masónicas de las denominadas logias operativas.
Concurrieron a ese propósito fundacional de la Masonería, hombres de distintas actividades de la ciudad: carpinteros, militares, teólogos y presbíteros, caballeros o gentlemen, científicos de la Real Sociedad para el Avance de la Ciencia Natural.
Por cierto, nada hay en los acontecimientos humanos que no devenga de hechos y antecedentes anteriores. Lo mismo aplica a la Masonería. Sería absurdo considerar que tales hombres no tenían previamente una referencia de logias, las que existían como parte de los oficios constructivos. Sería temerario no considerar que hubiese ideas anteriores que no quisieran tomar para darle un sentido a lo que creaban. Así, recurrieron al simbolismo de antiguas tradiciones constructivas e hicieron de esa simbología un sistema velado por alegorías e ilustrado por símbolos.
Sin embargo, claramente, lo que fundaron aquellos hombres de 1717, era muy distinto a lo que hacían las logias de oficio. Ellos crearon algo sublime, un ideal de perfeccionamiento, y que da paso a lo que hoy hacen los masones en cualquier parte del mundo, más allá de ciertas modalidades o énfasis.
Uno de los grandes eruditos masones de esta parte del mundo, reconocido en las enciclopedias masónicas en esa condición, René García Valenzuela, tenía la opinión de que la Masonería era única, y que, aún compartiendo denominaciones y simbolismos con organizaciones e instituciones de los siglos anteriores, no descendía de ellas. Para explicarlo, con genialidad, usó una máxima que tiene valor para explicarlo de manera concreta. Decía que la Masonería tiene relaciones de afinidad con muchas escuelas antiguas, pero que no tiene relaciones de consanguinidad. Esto es: no es hija, ni nieta, ni sobrina, ni nada que la una en sangre con alguna eventual predecesora.
Siguiendo el modelo establecido por las 4 logias fundadoras de la emergente Gran Logia de Londres, trece años después, las logias se habían multiplicado a treinta, y cuando ya la Gran Logia de Londres tenía 21 años, debió cambiar de nombre para expresar su crecimiento, y optó por denominarse Gran Logia de Inglaterra. Más allá de cualquier antecedente previo, el crecimiento en torno al concepto de unión fraternal, expresado en la multiplicación de logias, superó cualquier práctica anterior fundada en relaciones de otro tipo, por ejemplo, en torno al oficio.
Una de las primeras tareas de la novel Gran Logia, fue disponerse a preparar sus constituciones, es decir, aquello sobre lo cual se caracterizaba el propósito de la nueva organización.
Tales Constituciones tuvieron como fundamento dos aspectos importantes.
La primera parte era una relación de tipo mítico o un relato que vinculaba a la organización con una antigua tradición, que se había “dormido” por la incuria de quienes la tenían a cargo, y que “ahora despertaba” para retomar sus fundamentos. Siguiendo las tradiciones y probablemente debiendo sortear la observación de los agentes reales en un tiempo plagado de conspiraciones,  se estableció un relato mítico que daba fundamento a la organización.
Sin embargo, la segunda parte es determinante, ya que establecía los “cargos” o responsabilidades de sus miembros. Esta parte, de contenido reglamentario, es lo que funda decisivamente la Masonería tal como se ha caracterizado históricamente. Allí se indicaba al masón lo que debía hacer correctamente y lo que tenía que evitar. 
Quienes han podido estudiar las influencias intelectuales en ese proceso fundacional, no dudan en afirmar el rol relevante que tuvo Jean Théophile Desaguliers, hijo de una familia de hugonotes emigrada de Francia por razones religiosas, quien estudió en Oxford filosofía experimental, lo que llamamos hoy física, el que además era pastor presbiteriano, pero también un destacadísimo miembro de la Real Sociedad y amigo de uno de sus miembros más trascendentes: Isaac Newton.
Influido por Desaguliers, segundo Gran Maestro de la Gran Logia de Londres, Anderson, anticuario y genealogista, encargado de redactar la Constitución, escribirá aquella definición conceptual de enorme trascendencia que es el punto de partida para todo masón y caracterización de la Masonería Universal:
Es deber de todo masón obedecer la ley moral”.
“El masón – decía aquella definición - que entiende bien su arte no será nunca un ateo estúpido ni un irreligioso libertino”. No estaba diciendo que no debían ser ateos, sino que no podía un ateo caer en la estupidez de no aceptar visiones sobre el existir humano que fueran diferentes. También aquella definición de libertino irreligioso, lo que estaba señalando que la irreligiosidad no debía estar en los ámbitos de la disipación y del renuncio moral.
Y luego, aquella definición completa las tres ideas  anteriormente mencionadas, señalando: “Aunque antiguamente se obligaba a los masones a pertenecer a la religión del país o nación en que viviesen, se ha creído ahora más acertado el que acepten la única religión en la que todos los hombres están de acuerdo, dejándolos en libertad de formar opinión por sí mismos. Esta religión consiste en ser hombres buenos, veraces, honrados y honestos”.
Allí está el verbo que hace la comprensión histórica de la Masonería. Sobre ese predicamento, el asentamiento de la Masonería en distintos lugares de Europa y América, trajo consigo una sucesión de impactos relevantes, que la vinculan con distintos procesos históricos. Unos más relevantes que otros.
Analizados los eventos que marcaron a la primera Gran Logia de la Masonería, de lo que hoy se practica como propósito, doctrina y rito, de lo que entendemos como fundante de la Tradición Masónica, el suceso de aquel 24 de junio de 1717, abre paso a una práctica que el tiempo se encargaría de consolidar como los fundamentos de toda logia y de toda práctica masónica: la Fraternidad y la Tolerancia. Sin ellas, cualquier organización que se llame “masónica” carece de sentido y recta doctrina; sin su práctica cualquier conducta apelada como masónica deja de serlo.
El ya mencionado René García Valenzuela, puso mucho acento en afirmar que la Masonería Chilena era andersoniana, en el sentido de vindicar las definiciones de 1723, esto es la primera Constitución masónica, como lo fundacional del asentamiento doctrinario de lo específicamente masónico.

El desarrollo de los Ritos y las identidades culturales

Los años siguientes a la fundación de la Gran Logia de Londres permitieron la formación de logias por toda la Gran Bretaña, y de manera acelerada, pronto pudo constatarse que ellas se multiplicaban por Europa.
En 1728 ya existía una Gran Logia de Francia. Ese mismo año se funda una logia en Madrid, en 1733 surgen logias en la península itálica, y  en 1735 en Suecia. En 1742, surge la primera logia austriaca. En 1749 se creaba una logia en Alemania, la Logia de los Tres Globos, madre de las demás que le siguieron. Fue un proceso aceleradísimo, considerando las condiciones comunicacionales de la época.
La proposición que desarrolló la Gran Logia de Londres era organizacionalmente un modelo social abierto, no dogmático, basado en cualidades humanas reconocidas como moralmente válidas, alcanzadas en torno a principios y valores desarrollados de un modo conductual, filosófico o científico, buscando ser un “centro de unión” de hombres que pensaban distinto.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo en que surgió la primera discrepancia, cuando algunos manifestaron objeción en la forma y el fondo de lo que se estaba haciendo como práctica masónica, y reclamando antiguas tradiciones de influencia teísta. Consecuencia de ello, seis logias se escindieron y formaron la Gran Logia de los Antiguos y Libres Aceptados Masones, donde adquiriría gran influencia Laurence Dermontt.
Este irlandés, iniciado en 1741, Venerable Maestro de una Logia de Dublín, se trasladó a Londres en 1748, sumándose a la corriente de los “Antiguos”, donde se encargaría de redactar un nuevo Libro de las Constituciones. El carácter ritual de esta corriente masónica se asentaría firmemente en las tradiciones operativas, caracterizadas por el componente religioso, y sus logias serían denominadas con el nombre de un santo patrono.
Ciertamente, aquella Gran Logia de Inglaterra, que reclamara inicialmente solo su territorialidad en torno a Londres, fundada en 1717, que no es la que conoceremos luego como Gran Logia Unida de Inglaterra, trabajó en dos grados y luego en tres, sobre la base de un método especulativo de los masones operativos, de influencia calvinista. El grado de Maestro pareciera que se vio influido por algunas investigaciones realizadas por la Real Sociedad, y que recogían antiguas tradiciones de las asociaciones gremiales operativas. Este rito estaba marcado por alcances morales y simbolismos, en consonancia con los cargos u obligaciones de las Constituciones.
Sin embargo, paralelamente ocurrían otros hechos. En Francia, siendo Gran Orador de la Gran Logia de ese país, Andrew Michael de Ramsay, en 1736, hace un discurso donde plantea - luego de invitar a los presentes a colaborar en la composición de una Enciclopedia Universal -, un análisis histórico en que vincula a la Masonería con las órdenes de Caballería, donde destaca las virtudes y las causas nobles como parte de perfeccionamiento personal, abriendo un nuevo universo simbólico a la reflexión masónica, introduciendo la idea de una masonería de perfección.
Ciertamente, su intervención no estaba ajena a las cuestiones políticas de su condición de escocés exiliado por los eventos políticos de la Gran Bretaña. Tampoco debemos pasar por alto su condición de miembro de la Real Sociedad, a la que accediera en 1730. Los historiadores mencionan a Ramsay como un caballero, es decir, un gentleman, que correspondía al trato dado con deferencia a aquellos súbditos ingleses que no eran nobles, pero que eran tratados con distinción por su comportamiento noble, cortés, y su comportamiento social adecuado a las formas convencionales.  
Con sus versados conocimientos, ligó su propuesta a una reclamada tradición de Maestros Escoceses, herederos de la antigua caballería templaria. La idea caballeresca irá creciendo en los años siguientes en la masonería francesa, que comienza a plantearse  la existencia de “grados escoceses” superiores al tercer grado simbólico.
Ese proceso se vería favorecido por el Conde de Clermont, quien, como Gran Maestro de la Gran Logia de Francia, a partir de 1743, aprueba la formación de un taller modelo, con el nombre de “San Juan de Jerusalén”, dando inicio a los grados de perfección superiores al Tercero. Esto es 7 años después de la afamada intervención de Ramsay.
De este modo, a medida que las logias se desarrollaban por el escenario europeo, pronto pudo comprobarse que también se ampliaba el horizonte de ritos con los cuales se desarrollaban los trabajos masónicos. Ello dio paso a un momento de singular creatividad, y aquello que estuvo, de un modo importante, presente en la elaboración de la primera constitución masónica, la necesidad de buscar una conexión con el pasado, también se hace presente en el deseo vincular a la naciente masonería con antiguas tradiciones, lo que influye en la elaboración de los nuevos rituales. De manera importante, la apelación a una herencia antigua pasó a ser parte de una etapa de gran creatividad, tras el esbozo de una doctrina que muchas veces fue sometida a reinterpretaciones y reclamaciones tradicionales.
A través del tiempo, y ya hacia finales del siglo XIX, existiendo al menos cinco o seis ritos de amplio alcance, así como algunos importantes ritos nacionales, la Masonería en el mundo había optado mayoritariamente por dos ritos, que son los más determinantes en la actualidad.
Por un lado, el Rito inglés, con sus múltiples variables  bajo la denominación de “York” y el Rito de Emulación, ambos con su extensión hacia el Real Arco para la Maestría. Más que de un rito inglés, deberíamos hablar de una tradición inglesa, que recoge un sinnúmero de versiones rituales. Este se caracterizó por  recoger una mirada más teísta, es decir, de más influencia religiosa.
Por otro lado, el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en sus versiones simbólicas y de Altos Grado. Este rito tendrá una mirada también bastante discutible desde el punto de vista de la pureza. En algunos países ha permitido una ligazón con el libre pensamiento, especialmente en los países latinos, y en consonancia con los aspectos fundamentales derivados de la herencia andersoniana.
No debemos creer que ello es absoluto, ya que en Inglaterra, por ejemplo, solo son parte del REAA aquellos que se declaran católicos. Así, las expresiones del REAA se matizan con las realidades culturales de los masones de cada país, y según las particulares convicciones que allí se expresan, sobre todo, a partir de las institutas establecidas por el convento de Lausanne.

El impacto ético de la Masonería en la sociedad

El asentamiento de la Masonería en distintos lugares de Europa y América, trajo consigo una sucesión de impactos relevantes, que la vinculan con distintos procesos históricos. Unos más relevantes que otros. De manera importante, los hombres que portaban los ideales del modernismo, entendido este como un proceso intelectual y material, determinó la importancia de la ciencia y la oposición a los dogmas de la tradición cultural y religiosa, fueron caracterizando a la Masonería como la inspiradora ética de la libertad individual, del libre pensamiento y el relativismo frente a las iglesias hegemónicas y los dogmatismos que de ello se deriva.
Aun la Masonería teísta constituyó la relativización frente a las Iglesias que tuviesen afirmaciones más dogmáticas. Las tradiciones protestantes que tenían un alcance más secular, fueron capaces de sintonizar con las proposiciones éticas que la Masonería proponía, y quien se transformaría en el principal antagonista del desarrollo de la Masonería fue el Papado.
En menos de veinte años, ante la proliferación de las logias, la Iglesia Católica condenó a la Masonería, ante dos peligros que consideró fundamentales: por un lado, las logias tenían un origen protestante y las consideró un vehículo de penetración de esa fe, y pronto como una herramienta del judaísmo. No mucho tiempo después, la consideraría como instrumento del relativismo religioso que imponía la ciencia.
De esta forma, la comprensión civil que se fue estableciendo respecto de la Masonería, fue, para los más cercanos a las élites católicas, que aquella era una profesión diabólica, en el sentido de que profesaban una doctrina contraria a los fundamentos dogmáticos de su iglesia; en tanto, para los más cercanos al progreso intelectual, la Masonería era una oportunidad asociativa de convivencia de hombres liberados de los sofismas que impulsan una fe ciega e incoherente con los avances del conocimiento humano.
El Papado impuso la idea en los siglos XVIII y XIX de que la Masonería era la abjuración a los fundamentos de la doctrina religiosa católica, e impuso la excomunión a todo aquel que se reuniera en logia. Esa postulación papista aún está vigente y es renovada por cada pontífice romano, desde la primera bula antimasónica In Eminenti Apostolatus Specula, emitida en 1738 (21 años después de la fundación de la Gran Logia de Londres), hasta nuestros días.
Fuera de esas antojadas interpretaciones y de descalificaciones absurdas, durante los tres siglos de Masonería, ser masón ha estado estrechamente ligado a la idea de la evolución intelectual, de la evolución ética y la evolución del conocimiento. No como el factor precipitante, sino como aquel espacio de reflexión que contribuye a establecer una ética humana, que asume los cambios en el pensamiento humano, para sedimentarlos en una ética precisa y concreta, libre de dogmatismos, libre de los resabios de la cultura, y libre de los determinismos que imponen determinados intereses humanos.
La Masonería ha sido, y se caracteriza por ser la manifestación de una asociatividad de hombres libres, que se reúnen para nutrir la libertad desde un punto de vista humanista, es decir, a partir del hombre y de lo que este es capaz de construir y hacer por el bien del hombre, en tanto individuo y en tanto miembro de una comunidad, sea esta local, regional, nacional, o para la Humanidad toda.

Influencias históricas

Cuando se analizan grandes hechos humanos, en los últimos 300 años de la historia humana generalmente surgen masones o logias, que han dado amparo a las ideas emancipadoras espirituales y políticas.
Hay procesos que fueron determinantes para muchos países y pueblos, donde es posible constatar el aporte progresista de los hombres identificados con la Escuadra y el Compás.
La presencia de masones se expresa de manera cierta en procesos emancipadores, tales como la Independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa. Se constata en los movimientos intelectuales y del pensamiento en el llamado Siglo de las Luces, y uno de sus hombres más brillantes, Voltaire, se ciñó el mandil de los Obreros de Paz.
Los hombres que inspiraron la Independencia americana de España, también trabajaron en Logia, como muchos de los que condujeron los movimientos contra el antiguo sistema en las revoluciones europeas en 1848.
El desarrollo de la ciencia, a partir del siglo 18, siempre ha tenido a destacados masones, protagonizando su desarrollo, en favor del conocimiento y el descubrimiento de avances significativos en favor de la Humanidad.
Grandes artistas e intelectuales han dejado a la sociedad humana su creación y su genio, así como su compromiso con los principios masónicos.
Políticos ejemplares por su capacidad de interpretar la voluntad popular y por llevar a sus pueblos por el camino del progreso y la justicia, de la educación y el bienestar, fueron masones y reivindicaron su condición de tal.
Médicos señeros en el combate contra las enfermedades y el dolor humano, han sido miembros de logias esparcidas por la faz de la tierra.
No hay ninguna actividad humana en favor de la condición humana, que no haya tenido, en estos tres siglos, la presencia de un masón o una logia.

Los desafíos del inmediato futuro

Si miramos la realidad que hoy muestra la Masonería, vigorosa y extendida por todo el mundo, no solo existe la certeza de las prácticas y doctrinas. También se manifiestan algunas cuestiones disonantes dado que hay varios problemas de fondo que no están resueltos en los tres siglos que han transcurrido en su desarrollo.
Las organizaciones que dan validez y reconocimiento a la regularidad masónica, un aspecto que tiene solo 87 años de vigencia, producto de la Declaración de la Gran Logia de Inglaterra del 4 de septiembre de 1929, sobre Principios Básicos para el reconocimiento de Grandes Logias, no han sido aún capaces de dar pasos efectivos hacia la consecución del Universalismo Masónico y superar las discrepancias producto de las caracterizaciones del siglo 18, es decir, la vieja querella establecida por aquellos que se autodenominaron “antiguos”.
Sin duda se hace necesario establecer un diálogo entre las distintas vertientes en que se expresa la Masonería en el mundo, para superar esos escollos, lo cual implica que deben abrirse los espacios de encuentro, para superar las diferencias que nacieron hace 260 años, entre los teístas y deístas.
La Masonería más que investir de nuevos bríos las querellas sobre la divinidad, y como ella se expresa en la práctica masónica, debiera ser capaz de acercarse más a los problemas de la sociedad, ante las crisis de la ética y la pérdida de los valores humanos en la práctica social.
Sin duda, el desafío de los tiempos obliga a las Masonería a una lectura común sobre la Tradición y si ello  no es posible, debe haber un explícito reconocimiento sobre las diferencias insalvables, pero que ellas, asumidas como algo que no es obstáculo, no pueden obstaculizar las tareas superiores que competen a las instituciones masónicas.  Debe prevalecer un consenso de que, por sobre todo, los Masones están llamados a ejercer un rol ético en la sociedad, a fin de construir una moral social que sea libre de dogmas y sofismas, y que por sobre todo estimule y proyecte hacia la especie humana su sublime mensaje y la práctica de la fraternidad.
La sociedad nos presenta múltiples desafíos como hombres libres, que deben asumir la tarea de construcción humanista. Son desafíos de este tiempo y que nos compelen a una enunciación rectora hacia la sociedad, libre de dogmas.
Los desafíos tienen distintas variables: la precarización de los recursos naturales, especialmente el agua; la irreversibilidad del desastre ecológico, y sus consecuencias sociales; la prolongación de la vida producto del avance científico y sus consecuencias en la superación de las enfermedades y en la causas de la morbilidad humana, lo que genera nuevos derechos y problemáticas; el debilitamiento del Estado frente al delito y el crimen, producto del narcotráfico y la corrupción; el problema latente que deviene de los procesos de acumulación de la riqueza crecientes que están cambiando los escenarios de la institucionalidad, devenida de las jurisdicciones nacionales actuales y de lo territorial: concretamente la riqueza  sine patriam ya supera la riqueza de muchos países del mundo, no paga impuestos y profundiza la desigualdad y la esclavización de personas en procesos industriales al margen de derechos laborales universales; la robotización y el impacto de la inteligencia artificial, en no más de una década, en los procesos de realización cotidiana y de control y ejecución automatizada de todo lo que hacemos como especie; las consecuencias de la hiper-urbanidad, con todos los problemas asociados a los suministros y la perdida de la relación definitiva con la autoproducción de alimentos y la dependencia excesiva de la industrialización.
Son temas de nuestro tiempo que deben ser abordados desde el conocimiento y los valores virtuosos de la Masonería, y donde sus miembros deben ser los precursores de una concepción ética, que permita permear las decisiones políticas y las conductas de las clases dirigentes y  la moral social, en bien del ideal superior de realización del Hombre y de la Humanidad, a partir del conocimiento y la libertad de conciencia.

Conclusiones

Han pasado 300 años, desde que aquellos cuatro grupos de masones, llegaron a una taberna londinense para establecer un momento fundacional de insospechadas consecuencias. Lo que provocaron ha tenido un impacto en gran parte del mundo.
Como consecuencia de ello la búsqueda del conocimiento tuvo un significativo apoyo ético, la verdad se materializó en constataciones concretas para el desarrollo humano, se consolidó una perspectiva de tolerancia moral, y el valor específico de la diversidad.
Sociedades enteras recibieron la acción bienhechora de los masones y pudieron acceder a una idea de progreso que ayudó a establecer la libertad de conciencias y el esclarecimiento como consecuencia de la evolución del pensamiento. Incluso, las geografías cambiaron como producto de la superación de un mundo determinado por apreciaciones de poder fundadas en dogmas.
Y, a pesar de los logros humanos, la tarea masónica se renueva en los desafíos que competen al Humanismo. Son desafíos que son abordados en las sociedades, que requieren de la orientación ética de la Masonería.
Sin duda, la Masonería llegó para cambiar al hombre individual y la sociedad en que vive y convive. Inspirada el Altos Ideales, encuentra allí el fundamento de su solidez, la universalidad de su prestigio, y su capacidad de adaptarse a las evoluciones sucesivas de la civilización.

lunes, 2 de octubre de 2017

En protección de la religiosidad

La Ley 19.638 que Establece Normas sobre la Constitución Jurídica de las Iglesias y Organizaciones Religiosas, más conocida como Ley de Cultos, promulgada en octubre de 1999, sin duda fue un avance significativo para garantizar los derechos de conciencia de las personas, aun cuando para las iglesias minoritarias o emergentes quedó la sensación de la mantención de privilegios que pueden ser calificados de obscenos, sobre todo en el tratamientos órganos del Estado en relación a un culto específico.
Por ejemplo, el privilegio protocolar de las autoridades religiosas católicas por parte del Estado, el privilegio de ciertas ramas de las FF.AA. en favor de lo católico, la existencia de un Obispado Católico en el Ejército, o aquellos referido a cuestiones patrimoniales, la propensión de los alcaldes y otras autoridades del Estado para favorecer la presencia católica en el espacio público, etc.
Sin embargo, desde un punto de vista general, la ley favorece la libertad de cultos y la emergencia de opciones religiosas, sin mayor control de aquello que tibiamente proponen los artículos del 13 al 20.
Sin embargo, valorando la significación de esa ley, en su contexto histórico, ya hay experiencia suficiente respecto de esa normativa para entrar a un debate que ayude a proteger a las religiones y a la religiosidad de su fin específico. La religiosidad es un derecho y como tal debe ser protegido no solo por el Estado y frente al Estado, sino también de aquello de amenace el propósito mismo que la ley garantiza.
Esto sobre la base que la religión y la religiosidad han estado siendo utilizadas con fines que escapan a los propósitos de la Ley de Cultos. Dado el impacto que tienen determinadas acciones de quienes usan el liderazgo religioso con otros fines, lo que corresponde es que la máxima bíblica de dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, oriente una revisión acabada de la Ley de Cultos.
Es importante que lo terrenal sea debidamente normado y regulado, y lo que corresponde a lo específicamente espiritual, goce de la más amplia protección legal y quede libre de cualquier regulación, pues corresponde al total y pleno ejercicio de la libertad de conciencia.
Por ejemplo, el ejercicio religioso debe quedar cautelado de cualquier alcance con cuestiones que tienen que ver con el poder temporal y terrenal. Así, ninguna autoridad religiosa debe tener privilegios en su incursión en temas fuera del ámbito de lo religioso. De este modo, no puede haber liderazgos religiosos incursionando en política contingente. Quien ejerce ministerio religioso no puede participar en contiendas políticas. La calificación del Ministerio religioso debe cumplir con ciertas exigencias, sobre todo en relación a su ejercicio en la existencia efectiva de una comunidad religiosa propiamente tal, compatible con la ley.
También debe haber una mayor regulación en lo referente al patrimonio, ya que determinadas entidades religiosas pareciera que se  orientan al desarrollo patrimonial, antes que a los fines religiosos propiamente tales. No puede ser la actividad religiosa un medio para que determinados liderazgos religiosos busquen su propia opulencia, sobre la base de la fidelidad religiosa de la comunidad creyente que conducen.
Tampoco el Estado debe dar tratamientos de privilegios fundados en la tradición, sobre todo si la separación de la Iglesia y el Estado se verificó constitucionalmente ya hace 92 años
Corresponde entonces, en bien de la legítima y verdadera religiosidad, que las autoridades y quienes aspiran a serlo, comprometan su voluntad de tener una Ley de Cultos que corrija lo que fue concebido como un derecho indiscutido e indiscutible, pero sobre la base de preservar ese derecho de quienes lo quieren utilizar para imponer sus particulares intereses personales, o los de grupos de poder con intereses propios del César y no en coherencia con los intereses sublimes de Dios.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Homenaje a la Patria

Cuando los aires primaverales de septiembre comienzan a soplar sobre Chile, sin duda el concepto de la Patria toma una connotación que parece llenar el sentimiento popular -  las sensaciones personales y colectivas -, y la simbología de la chilenidad se expresa en todos los lugares, igual como se manifiesta en todas la ocasiones donde las gentes concurren y manifiestan su habitabilidad citadina y rural.
Todos parecemos vernos asociados a la sensación de un sentimiento especial que se relaciona probablemente con las primeras manifestaciones de la primavera. Todo brota a nuestro alrededor, y el sol comienza a revelar la belleza de las geografías. La naturaleza misma parece decir que estamos en el mes de la Patria, y un estado de ánimo general pareciera embargarnos, tal vez prometiéndonos que vendrá el verano y que la vida sigue su ciclo maravilloso en el entorno de nuestra cotidianidad.
Es, sin duda, septiembre, por excelencia, el mes de la Patria. Algo que nos convoca y nos une, y queremos compartir las bondades de las comidas típicas y la libación de las bebidas tradicionales, y el costumbrismo de los juegos y entretenciones de antigua data.
La Patria, más allá de cualquier consideración, en este caso se nos manifiesta con su idea de asociatividad, con su invitación integradora, convocándonos a ser parte de su identidad, acogiéndonos con su relato.
Para quienes hemos incursionado en la lectura de la literatura chilena, encontramos afirmaciones ciertas en nuestra literatura costumbrista o romántica, y en todos aquellos poetas y narradores que han descrito las consecuencias de los grandes episodios de la historia, para dejarlos presentes en nuestra memoria colectiva que somos parte de una misma identidad.
Los poetas han exaltado a la patria desde los tiempos primeros de la República y sus sentimientos siguen siendo propuestas que reviven, a veces en la escuela, o tal vez en la boca de algún juglar rebuscón que quiere traernos la memoria de los sentimientos olvidados.
Tú eres la patria/ y también eres el amor/ pues quien dice patria dice amor” señalaba Manuel Magallanes Moure. “Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña. Mis ilusiones, y mis deseos, y mis esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña”, afirmaba Rubén Darío, un trasplantado en Chile por varios años. “Ay Patria, Patria / ay Patria, cuándo /ay cuándo y cuándo / cuándo me encontraré contigo? / Lejos de ti / mitad de tierra tuya y hombre tuyo / he continuado siendo /  y otra vez hoy la primavera pasa./ Pero yo / con tus flores me he llenado /, con tu victoria voy sobre la frente /y en ti siguen viviendo mis raíces”, susurraba Neruda en la distancia del desarraigado.
Todo juglar la siente, la necesita, la reclama, pero nadie la explica desde la razón. Sin embargo, un poeta latinoamericano, un día quiso responder las incógnitas desde esa trinchera de los consensos. Fue el argentino Jorge Luis Borges que nos propuso: Nadie es la Patria. Ni siquiera el jinete / que, alto en el alba de una plaza desierta, / rige un corcel de bronce por el tiempo, / ni los otros que miran desde el mármol, / ni los que prodigaron su bélica ceniza / por los campos de América / o dejaron un verso o una hazaña / o la memoria de una vida cabal / en el justo ejercicio de los días. / Nadie es la Patria. / Ni siquiera los símbolos. / Nadie es la Patria. / Ni siquiera el tiempo / cargados de batallas, de espadas y de éxodos / y de la lenta población de regiones / Que lindan con la aurora y el ocaso, / y de los rostros que van envejeciendo / en los espejos que se empañan / y de sufridas agonías anónimas / que duran hasta el alba / y de la telaraña de la lluvia / sobre negros jardines. / La Patria, amigos, es un acto perpetuo / como el perpetuo mundo. (Si el Eterno espectador dejara de soñarnos / un solo instante, nos fulminaría, / blanco y brusco relámpago, Su olvido.) / Nadie es la Patria, pero todos debemos / ser dignos del antiguo juramento / que prestaron aquellos caballeros / de ser lo que ignoraban, / de ser lo que serían por el hecho / de haber jurado en esa vieja casa. / Somos el porvenir de aquellos muertos; / nuestro deber es la gloriosa carga / que a nuestra sombra legan esas sombras / que debemos salvar. / Nadie es la Patria, pero todos lo somos. / Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, / ese límpido fuego misterioso”.
Alejándonos del lirismo, como hombres analíticos que seguramente somos, que nos congregamos en torno a la reflexión y al estudio de los fenómenos humanos, seguramente estaremos contestes que la Patria es la tierra natal de nuestros padres, una geografía a la cual nos ligamos afectivamente, porque es parte de nuestra raigambre emocional, y nuestra comprensión cultural del origen. Su significación está muchas veces unidas a connotaciones políticas, porque todo individuo humano es un ser político, o bien a lecturas ideológicas  que se construyen a partir de una raigambre común que pareciera nos obliga.
Hace un siglo y medio, la idea de Patria tenía algo profundamente ligado a una idea de inmolación. No importaba el acierto o los yerros de quienes dirigían los destinos de la reivindicada Patria, porque, por sobre todo, la determinación personal era estar dispuesta a morir por ella. Millones de cadáveres quedaron repartidos por el mundo por aquella voluntad decidida de servir a la Patria más allá de cualquier certeza en los objetivos perseguidos por las élites del Estado Nación.
Pero, en este siglo de revisiones y relativismos que impone la globalización  y las nuevas comprensiones de los deberes frente al Estado, la idea de Patria parece haber experimentado ciertos matices que no responden a las lógicas de fidelización.
La Patria – como sabemos - nace de la idea patriarcal, derivada de los clanes primitivos, asociada a cierta condición de arraigo con el lugar de asentamiento gregario.
El concepto de Patria, en su variable que ha predominado en nuestra cultura nacional, nace fundamentalmente de los procesos derivados de la revolución francesa y la independencia de Estados Unidos. En los siglos previos la fidelidad al Estado estaba determinado por la cualidad de súbditos a un rey, a quien se debía fidelidad y abnegación. Destronados los reyes, se impone la república, y esta se relaciona con un espacio territorial específico. Es así como cobra importancia el valor de un concepto de “patria”, como el factor que construye la ligazón emocional en torno a un país-Estado, o Nación, es decir, ese conjunto comunitario  que se siente parte de un mismo origen y que comparte un territorio.
La emancipación de América ocurre bajo esa invocación patriótica. Carentes de una relación emocional con el territorio, los criollos emancipacionistas, toman el concepto de Patria, como un relato que une a aquellos que sienten que sus lazos con la Corona española se han roto. Perdida la condición de súbditos, es decir, de una sociedad unida por la corona, no hay un elemento unificador de la condición común que articule el relato social.  Lo que hacen los promotores de la independencia es vindicar como elemento de unidad social la condición patriarcal. Se trata de ganar la independencia para quienes habían heredado la tierra de sus padres. Así, el objetivo era liberar la patria del yugo extranjero, y ellos mismos se calificaron como “patriotas” de la América a liberar.
Esa misma vindicación la tomarían quienes se levantaron contra las Coronas europeas, en la misma Europa. Fueron los románticos los que desarrollaron esa idea, en el marco de las revoluciones sociales que se desataron por Europa en 1848, contra las casas reales. Los países centroeuropeos fueron escenario de alzamientos contra la nobleza, especialmente en París y Praga. En ese intento revolucionario y sus efectos, frente a los excesos de la razón dieciochesca, los románticos pusieron su más profundo acento en los sentimientos, lo que, desde el punto de vista de las raigambres geográficas, la Patria fue la expresión más sublime y el patriotismo la expresión cierta de aquel sentimiento que unía a las personas a la tierra de sus padres.
Ello dio sentido a una convergencia social de distintos sectores dentro de un ámbito territorial común, de la misma forma que incentivó la lectura de lo nacional, como otro exponente de invocación unitaria de una comunidad social, en el marco territorial. Ello traería enormes consecuencias para muchos pueblos, que enfrentaron la obligación de compartir un territorio. Eso es lo que aún está presente en muchos conflictos del mundo, donde las fronteras fueron establecidas sobre basamentos de poder, impuestas muchas veces por la fuerza.
Luego, hacia inicios del siglo XX, la usurpación ideológica de los fanatismos del concepto de patriotismo, por los fascismos y nacionalismos militaristas, hará que la idea de Patria alcance niveles insospechados, cuando los grandes y poderosos Estados, tradujeron su propia caracterización en homologación con el concepto Patria.
Un notable ejemplo de ello fue la lucha de la Unión Soviética contra la Alemania Nazi, una conjunción de distintas nacionalidades o patrias, sometido a un concepto unificador a través de un poder soviético que convoca a una Gran Guerra Patria contra el nazismo y Alemania. Es lo mismo que pretendieron los germanófilos de los países limítrofes de Alemania en torno a Hitler.
Sin embargo, la civilización humana ha experimentado cambios muy profundos en las últimas décadas. Ello constituye una afirmación repetida y consensuada que nace de la comprobación cotidiana. Nada parece estar bajo los moldes y afirmaciones comunes, que caracterizaron la cultura occidental de hace medio siglo.
La globalización como proceso cultural se palpa cada día y los basamentos tradicionales parecen ser licuados en una nueva comprensión del mundo, sobre todo en las nuevas generaciones.
Las instituciones, los paradigmas, las afirmaciones fundacionales, la caracterización de los grupos y comunidades humanas, las categorías culturales, etc. ya no son las mismas en su apreciación vetusta e inconmovible. Quienes tienden a afirmarse en las antiguas concepciones y discursos, probablemente sean mirados sin un reclamado respeto por quienes ven las cosas bajo los prismas de una libertad e irreverencia que impacta a quien sigue pensando que las cosas son como ayer.
Así, ocurren muchas revisiones conceptuales. Una muy respetable es la revisión del patriotismo desde el punto de vista filosófico, que hace el alemán Jurgens Habermas, cuando busca superar los efectos catastróficos de la idea de Patria impuesta por el nazismo, y propone alternativamente la idea de un patriotismo constitucional, que se apoye en una identificación de carácter reflexivo, no con contenidos particulares de una tradición cultural determinada.
En equidistancia con las comprensiones nacionalistas,  propone constituir la idea de patriotismo sobre contenidos universales recogidos por el orden normativo sancionado por la Constitución Política del Estado, los derechos humanos y los principios fundamentales del Estado democrático y del Estado de Dwerecho.
El objeto de adhesión a una idea patriótica no sería – según Habermas - el país en que a uno le ha tocado vivir, sino aquel que reúne los requisitos de civilidad exigidos por el constitucionalismo democrático; sólo de este modo cabe sentirse legítimamente orgulloso de pertenecer a un país. Dado su destacado componente universalista que la idea de Habermas contiene, su tipo de patriotismo propuesto se contrapone al nacionalismo de base étnico-cultural, como explicación de una idea de Patria.
Por cierto, que la idea de Patria tiene hoy comprensiones que varían las referencias tradicionales. Las personas que deben viajar por el mundo, que captan el cosmopolitismo de un planeta crecientemente interconectado, donde la prevalencia de las culturas tiende a tener fracturas cada vez más profundas, es dable reconocer que hoy, la interculturalidad redibuja de una manera mucho más racional la ligazón individual con la tierra de origen. Los exilios y las migraciones han generado condiciones nuevas, donde los discursos no tienen el mismo asidero que cuando el horizonte de la mirada humana era mucho más limitada.
Refractariamente hay millones de personas en el mundo que reivindican más la cultura o la identidad religiosa que la idea de Patria. Es lo que marca muchos conflictos sangrientos de nuestro tiempo.
Producto de las migraciones – voluntarias u obligadas - en gran medida, la Patria más que una tierra heredada, tiende a mutar en una tierra adoptada. Muchos hijos de españoles, croatas, árabes, italianos y alemanes, verbigracia, nacidos en tierra chilena, no reivindican en general la tierra de sus padres como la Patria.
Todo apunta a que, cuando más reflexivo es el hombre actual, la idea de Patria tiende a ser crecientemente asociada al lugar donde se vive, y donde las personas adquieren su realización como proyecto personal de vida. Eso significa que la idea de Patria está asociada a lo que podemos llamar el “patriotismo de derechos y deberes”. Es mi Patria porque en ella yo puedo realizarme en mi proyecto de vida, donde cumplo deberes fundamentales, como es aportar al beneficio colectivo, y donde tengo derechos que me dignifican como persona e individuo único e irrepetible.
Pero está también la Patria sentimental. Aquella que no tiene fundamentos intelectivos y no obedece a razones, sino a la suma de vivencias y arraigos, determinado por sueños y recuerdos, por las referencias geográficas de circunstancias que subyacen en los sentimientos. Recuerdo al respecto que, hace algunas décadas atrás, reunido con algunos exiliados chilenos en Europa, aparecía la Patria en la nostalgia y el desarraigo, en la sublimación de recuerdos plañideros, sin ninguna proximidad  con la racionalidad del análisis político o de la lógica de los hechos que los motivaban habitualmente.
Recuerdo de ellos que nunca encontré una descripción de la Cordillera de Los Andes, con tan fino detalle, como en aquellos añorantes apátridas, que la magnificaban en sus formas y colores, cortando la base de un cielo azul de alcances sin iguales. Simple sublimación de las ausencias obligadas. En fin, la Patria venía a ser aquello del cual habían sido despojados.
 Comprendí entonces, que la Patria adquiere un valor emocional enorme cuando se pierde su vivencial y emocional constatación. Tal vez aquello que vivió Ulises, de regreso a Itaca, tuvo mucho de lo que tan apasionadamente nos describe Neruda, antes de volver de París, en su cargo consular en 1938.
Patriami patria, vuelvo hacia ti la sangre./ Pero te pido, como a la madre el niño / lleno de llanto./ Acoge esta guitarra ciega / y esta frente perdida./ Salí a encontrarte hijos por la tierra, / salí a cuidar caídos con tu nombre de nieve, / salí a hacer una casa con tu madera pura, / salí a llevar tu estrella a los héroes heridos./ Ahora quiero dormir en tu substancia. / Dame tu clara noche de penetrantes cuerdas, / tu noche de navío, tu estatura estrellada./ Patria mía: quiero mudar de sombra./ Patria mía: quiero cambiar de rosa./ Quiero poner mi brazo en tu cintura exigua / y sentarme en tus piedras por el mar calcinadas, / a detener el trigo y mirarlo por dentro. / Voy a escoger la flora delgada del nitrato,  / voy a hilar el estambre glacial de la campana, / y mirando tu / ilustre y solitaria espuma  / un ramo litoral tejeré a tu belleza” (Himno y regreso).
Siendo esta una reflexión masónica, destinado a homenajear a la Patria, cabe reflexionar, aunque sea brevemente, sobre la Patria masónica y el patriotismo en Masonería. No en vano, muchos masones han luchado por la Patria, y muchos, muchos más, han hecho Patria.  Hacer Patria ¿Cómo se hace Patria? ¿Una institución de perspectiva universal puede hacer Patria?
Sin duda alguna, la Masonería radica en una territorialidad específica, constituida sobre la base del Derecho y está llamada a respetar la ley del país en la cual se encuentra regularmente establecida. Desde sus orígenes mismos, hace 300 años, cada Masonería ha estado ligada a la realidad del país en que se desarrolla y practica su Rito.
Nuestro Rito nos conmina a cumplir un programa que nos indica: “obedecer las leyes del país, vivir honradamente, practicar la justicia, amar a tus semejantes, trabajar sin descanso por la felicidad de la Humanidad y por su emancipación progresista y pacífica”
Eso hace que cada organización masónica se entronque con los valores que unen a su sociedad, con su identidad y con aquello que potencia la unidad, la solidaridad y la filantropía de la gente que habita un país determinado. Todos los conceptos que contribuyen a la vida en sociedad, a la convivencia pacífica, a la concreción de nuestro ideal de fraternidad, basados en el respeto del hombre y en el desarrollo de sus capacidades, tienen valor e importancia para nosotros los masones.
De allí que el concepto de Patria está arraigado profundamente en la comprensión fraternal de la naturaleza masónica. No amamos la patria por ser una estructura ordenada en torno al Estado. Amamos la Patria por sus gentes, por sus comunidades que bregan cotidianamente para hacer de la geografía y el territorio, una oportunidad para sus integrantes. Amamos la Patria porque es el lugar donde podemos ser y hacer, donde se materializan nuestros sueños personales y colectivos. Amamos la Patria porque es el lugar donde se conjugan con perfección los derechos y los deberes de cada cual, por el solo hecho de ser parte de su integridad.
Sin duda, la inspiración de la Patria debe ser fraternal, porque todos nos reconocemos simbólicamente hijos de ella. Allí debe reinar la tolerancia, porque no todos pensamos de la misma manera. Debe ser un lugar donde la caridad adorne las conductas, porque siempre ayudaremos al desvalido o rezagado. Es la trilogía fundamental de la Patria masónica del Aprendizaje. Sin esos tres valores fundamentales no podríamos construir una idea de Patria.
Siempre debemos tener presente, que la Patria no está donde no hayan cualidades que la expresen en la conciencia y en la comprobación cotidiana, porque – por sobre cualquier diseño argumental racional -, la Patria es padre y madre de una colectividad humana, congregada en torno a valores sublimes, que deben ser enseñados a sus hijos. Como todo Padre-Madre, nos enseña, nos guía, desde nuestros primeros pasos, nos cobija, nos acompaña aún cuando nos equivocamos, nos quiere en toda nuestra diversidad.
La Patria del Masón, es aquella que nos hace libres, pero conscientes del deber colectivo, y la que nos exige coherencia en nuestros principios y los valores que preconizamos.
La Patria del Masón chileno, es aquella que dibujaron como un ideal los masones de la emancipación: O´Higgins, Carrera, Pinto, Freire, Blanco. La que fue pensada desde los ideales de la institucionalización libertaria, por Lastarria, Bilbao, Matta y Gallo. Lo que fue adornada por los valores del libre pensamiento, por Espejo, De la Barra e Isidoro Errázuriz. La que fue defendida con vigor por Emilio Sotomayor, Estanislao del Canto y Latorre. La que fue señalada por la esclarecedora  docencia de Letelier y Salas. La que fue modelada desde los derechos sociales por Martínez, Grove, Matte y Allende. La que fue sanada en sus dolores por Noé, García, Asenjo o Sendic. La que ha sido formulada por el Derecho, con los aportes de Moisés Poblete, Aguirre Cerda, Silva Cimma y Abeliuk. En fin.
La Patria del Masón chileno es aquella que hacemos cada día, con nuestros principios y nuestras conductas, en la sociedad de la que somos parte, trabajando y aportando a la idea de un país mejor, de una sociedad más justa y en paz. Porque, como lo dicen nuestros Principios Constitucionales “los masones aman a su patria, respetan la ley y la autoridad legítima del país en que viven y en el que se reúnen libremente”


500 años de la Reforma Protestante

Hace 500 años, la tradición dice que Lutero clavó sus 95 tesis en las puertas de la iglesia de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517, en l...