miércoles, 19 de febrero de 2020

Hacia un Nuevo Contrato Social para Chile


Discurso inaugural del VI Convento Masónico Nacional de la Gran Logia de Chile

La Masonería tiene por objeto la búsqueda incesante de la verdad, el estudio de la moral y la práctica de las virtudes. Sometida a las leyes de la República, procura la Masonería que sus miembros sean actores de toda reforma que coadyuve siempre a la justicia y al imperio de la razón, que no es otra cosa que el consenso social sobre los desafíos que conduzcan a los conglomerados humanos hacia la felicidad individual y colectiva.
En ese contexto nos reunimos hoy, delegados de todo el país en convento nacional, para culminar un proceso que comenzó a mediados del mes de noviembre, a través de conventos camerales logiales, para continuar luego en conventos camerales jurisdiccionales en las semanas recientes.
Ello ha sido consecuencia de un llamado del Gobierno Superior de la Orden para canalizar las inquietudes de la membresía, ante los acontecimientos que han impactado a Chile desde hace cien días, y para tratar de construir una mirada común frente a los desafíos que emergen de esa crisis.
Convocamos al Convento Masónico bajo la intención de reflexionar en la perspectiva de un nuevo Contrato Social para Chile, ante la comprobación de que hay un profundo quiebre en aquel que emergió con la recuperación de la democracia, hace 30 años.
No podemos ignorar la opinión de una minoría de nuestros Hermanos que consideraron excluyente de nuestro interés institucional, discutir temas que están fuera de las tareas estrictamente docentes. Respetable opinión, pero no compatible con el relato que relaciona estrechamente el curso de la masonería chilena con la República. No compatible también con el propósito de formar mejores personas para una sociedad mejor. No compatible, por último, con el carácter secular de lo masónico, donde el trabajo citerior es parte fundamental del espíritu ilustrado bajo la Luz de la Iniciación.
El masón de cada tiempo es inseparable con la comprensión de su tiempo. Y ese es el desafío del convento masónico. Interpretar nuestra realidad social, para proponer aquello que ayude a la realización humana, en los ámbitos de la sociedad de la cual somos en el día a día. Así, hablar del contrato social no es ajeno a lo que en esencia es el deseo de tipificar los elementos que hacen la convivencia en sociedad.
Cuando hablamos de contrato social, sin duda estamos refiriéndonos a la comprensión que estableciera el pensamiento ilustrado preambular, del cual deviene la francmasonería en su origen histórico. Para los pensadores como Hobbes y Locke, seguido posteriormente por Rousseau, el estado natural de la condición humana, se encuentra sin las reglas que le permitan vivir en comunidad. En esa condición natural surge el poder y la capacidad de unos por sobre otros, sin factores reguladores que garanticen los derechos de los que no tienen poder. Así fue el absolutismo y el despotismo. La sola voluntad de los que tienen poder, implicaba la subyugación absoluta de la vida de cada cual, a un poder ilimitado.
Para vivir en sociedad, para convivir, surge la necesidad de generar un orden, donde todos renuncian a parte del derecho a ser naturalmente libres, y acuerdan las condiciones de convivencia, donde el Estado es el encargado de garantizarla y facilitar condiciones que impidan que alguien será abusado por quienes tienen poder. Aquello es lo que establece el contrato social, que se expresa en el marco constituyente del Derecho, en las leyes y en las convenciones de vida social, donde los aspectos morales cumplen aquellos aspectos que no son necesariamente regulados por la ley o que complementan, por tradición, el sentido y propósito de la ley.
Así, todos cedemos parte de nuestra libertad natural en bien del propósito superior de vivir en comunidad, y el poder debe ejercerse dentro de los límites que convencionalmente se establecen, regulados por el Estado, que debe estar sobre cualquier ejercicio privado ilimitado del poder.
El 18 de octubre pasado, Chile fue testigo de un estallido social que nadie pudo prever en sus alcances, aún cuando muchos habíamos percibido que un descontento profundo estaba manifestándose en el sentir social, producto de las brechas que el sistema económico, político y social, estaba generando, fruto de un sentimiento de exitismo inmoderado frente a cifras, que algunos siempre miraban con marcada indiferencia pese a los altos impactos sociales.
Mucho se puede especular sobre los actores sociales que están en la explicación del estallido social y su enorme impacto. Se mencionan varios. Pero, sin duda, el sector social más determinante en lo ocurrido desde octubre, ha sido la clase media, que se siente vulnerada y abusada. Una clase media que es difusa en su composición y número, pero que, en definitiva, está integrada por quienes sostienen con su esfuerzo, trabajo, sacrificio e impuestos, los logros del modelo que ha sido defendidos de manera irrenunciable por quienes lo han liderado, con ausencia de una mirada de país, con ausencia de un sentido republicano, y muchas veces, con cierta prepotencia intelectual y técnica, en desmedro de una comprensión societaria más solidaria y fraterna.
Parece extraño que nuestras élites no se hayan dado tiempo para analizar la crisis de la democracia en el mundo, en América Latina y en nuestro país, a partir de las cifras que entregaban muchos estudios de seriedad incuestionable. Verbigracia, dos tercios de los habitantes de los países democráticos del mundo, han considerado e la última década que los partidos políticos ignoran su opinión; cerca del 70% cree que la economía está organizada para favorecer a los más ricos[1].
En América Latina, en 2008, un 59% sentía insatisfacción por la democracia. Diez años después la cifra había aumentado a 71%[2]. En nuestro país, en 2018, un 42% de los chilenos se sentía satisfecho con la democracia.
La confianza en el gobierno, en 2008, estaba bajo el 40% y 10 años después bajo el 20%. La confianza en los partidos político en los mismos diez años, nunca superó el 20%. La confianza en el Congreso, en el mismo periodo, se mantuvo en promedio bajo el 15%. Respecto a la confianza en los tribunales de justicia, cada año fue en caída, con excepción del 2012, siendo en 2018 en torno al 10%[3].
La percepción de que los partidos políticos “solo sirven para dividir a la gente” era de un 31% en 2008, y 10 años después era de un 49%. Respecto del Congreso, la evaluación de su labor legislativa, era un 36% favorable en 2010, mientras en 2018 solo llegaba a un 18%. El 80% de los encuestados pensaba en 2018, que los Tribunales siempre favorecen a los poderosos.
En la percepción de la corrupción de las instituciones, los partidos políticos eran percibidos con un 69% de imputabilidad, seguidos por Carabineros con un 63%, el Congreso con un 62%, el Gobierno con un 59% y los Tribunales con un 57%.
Justa o injusta esa apreciación, ello nos habla de una profunda erosión de la confianza en las instituciones fundamentales de la República y que hacen posible la democracia. Una creciente erosión, que nos ha llevado a constatar un quiebre del contrato social.
Sin embargo, pese a la profundidad de la llamada recesión de la democracia, por parte de algunos expertos y analista, cuando se han hecho estudios de opinión, la democracia sigue siendo considerada por los chilenos como la mejor forma de generar las representaciones y el gobierno. Seis de cada diez personas siguen creyendo que la democracia es mejor que el autoritarismo, mientras que menos de dos piensan que esto último es mejor[4].
Un segundo aspecto fundamental de la crisis, tiene que ver con la imposibilidad de las élites, y de quienes han sido electos para representar y/o gobernar, para interpretar o comprender los enormes cambios culturales que se han producido en las sociedades a las que deben conducir y satisfacer, no solo someter a la ley.
Desde una concepción paternalista y, a veces, reminiscentemente autoritaria, cuando no derechamente prepotente, temas naturalmente entendidos como derechos por las nuevas generaciones han sido ninguneados, ridiculizados ignorados o atropellados por parte de las élites, sin meditar los efectos discriminatorios y las humillaciones que tales decisiones o disposiciones han provocado en los afectados y en quienes se han sentido violentados por las argumentaciones reactivas y, luego, por las decisiones.
A saber, temas tales como la igualdad de derechos y de trato con las mujeres, las orientaciones sexuales, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la protección a los animales, el derecho a los accesos, el trato a los migrantes, la garantización de la vida a través del sistema de salud, la vejez en dignidad, los derechos de los indígenas, los derechos a un medio ambiente protegido, etc. son demandas que han sido minimizados, tipificados ideológicamente y nunca aceptados como cuestiones que tienen que ver con nuevos cánones morales, propio de nuevas comprensiones del existir y del ser.
Un tercer aspecto, tiene que ver con la ética del poder, que ha producido profundos efectos en la sociedad. Una ética excluyente ha generado mutaciones en los procesos institucionales y en el prestigio del ejercicio de la política. El reproche ético de la ciudadanía se ha expresado permanentemente contra esa forma de ejercer poder en la política, en la economía, y en la propia realidad de la sociedad civil. Imposible no considerar que hay una comprensión ética nefasta, fundada en el solo hecho de tener poder, que se ha expresado en colusión y corrupción.
Cada vez que en los últimos años se han producido notables escándalos investigados por la justicia, estos han involucrado a personas con poder, o socialmente vinculados con el poder político o económico, y la sensación social es que no hay justicia, y que la desigualdad atraviesa todo, entre los que tienen poder y los que no lo tienen.
El 14 de noviembre, transcurrido ya un mes del estallido social, luego de movilizaciones masivas y de jornadas de violencia imposibles de contener a través de medios legítimos, un acuerdo político se produjo, teniendo como escenario el parlamento y como protagonistas principales a los partidos políticos. El Acuerdo por la Paz y una Nueva Constitución abrió una posibilidad de poder dar salida política a la profunda crisis de confianza y de repudio social a la forma como se ha expresado el poder.
No cabe duda que habrá algunos que consideren que la solución a la crisis que vivimos está en el uso absoluto de la autoridad. Sin embargo, en los tiempos de la tecnología, nadie parece estar en condiciones de actuar con tal libertad y empecinamiento.
Así, entonces, el gran desafío está en la política y en la democracia. De allí que dicho Acuerdo debemos entenderlo como una oportunidad muy importante y trascendente para posibilitar una solución política e institucional.
Surge, pues, la posibilidad de construir un nuevo contrato social, y ello no tiene que ver con el simple hecho de generar una nueva Constitución. Si así fuese, sería un enorme fracaso.
Un nuevo contrato social tiene que ver con determinar como podemos convivir en el futuro y como nos vamos a relacionar los ciudadanos con quienes tienen poder, y como el poder del Estado de Derecho es capaz de garantizar más humanidad para las personas, aquello más cercano a sus sueños, a su realización personal y colectiva, una realidad más vinculada a una moral más próxima al sueño humano por excelencia: encontrar la felicidad.
 La oportunidad que se genera en este Convento, es ayudar a buscar las ideas, los sueños, las aspiraciones y las reivindicaciones, con el simple ejercicio del intelecto y la reflexión, para aportar a los debates de nuestra sociedad, donde cada cual encuentre su camino con la inspiración de nuestros más altos principios, que la Orden sugiere a la conciencia individual en su proceso iniciático, esotérico y simbólico.
Las conclusiones de este convento no constituyen obligación para masón alguno. Solo representan un momento de reflexión colectiva, reflejando los aportes de todos los que trabajaron en sus Cámaras a lo largo del país, sintiéndose conminados moralmente a expresar su libre e ilustrada opinión. Pero, en la sociedad, en el espacio en que cada masón actúa, cada cual debe aplicar los dictados de su conciencia, bajo la conminación moral de la Orden de ser un esforzado Obrero de Paz.
Aún así, sin duda, las personas de buena voluntad, los espíritus esclarecidos y los patriotas, agradecerán el aporte, aún con las carencias que se expresen en estas conclusiones, porque, en definitiva, nadie puede pretender que cualquier producto humano sea definitivo.
La sociedad y la condición humana, son producto de la diversidad de sus partes, y esta parte de la Orden que producirá este convento, es una más, pero siempre bajo la inspiración iniciática de trabajar en bien de nuestra sociedad, bajo los principios y doctrina que nos entrega el proceso de la Iniciación


[1] Populist and nativist sentiment. Encuesta Ipsos Global Advisor, año 2019. Realizada en 27 países democráticos. Citada en Diez años de auditoria a la Democracia. PNUD
[2] Encuestas Latinobarómetro., citadas en Diez años de auditoria a la Democracia. PNUD
[3] Diez años de auditoria a la Democracia. PNUD
[4] Diez años de auditoria a la Democracia. PNUD

lunes, 17 de febrero de 2020

La masonería chilena es inseparable de la República



(Saludo a Reunión Blanca de la Logia "Pedro Castelblanco Agüero", del 22 de enero de 2020)

Quiero expresar a todos los presentes, en primer lugar, el saludo fraterno de la Gran Logia de Chile, entidad que agrupa a 241 logias masónicas, a lo largo del país, y donde una de ellas es esta Logia que lleva el nombre de un destacado masón valdiviano, Pedro Castelblanco Agüero, quien fuera diputado de la República por tres periodos, y que luego, dirigiera con gran brillo a una de las ramas de la Masonería chilena, por más de una década.
Se constituyó esta logia con el propósito de servir de espacio de trabajo fraternal especialmente para quienes deben trabajar en el Congreso Nacional, considerando las variables que conlleva el trabajo parlamentario en cuanto a los tiempos y los espacios de trabajo masónico, pocas veces compatibles.
Así, nació esta logia de parlamentarios para hacer posible el trabajo fraternal que caracteriza el modo masónico, tendiente a favorecer el crecimiento ético de sus miembros, en torno a valores que dicen relación con el humanismo y el desarrollo de una
Como ya se dijo, este templo donde hoy compartimos, es para los masones un lugar muy especial, dedicado al estudio y al desarrollo espiritual. Para bien de nuestros caros principios y la más fructífera convivencia, cultivamos con esmero la tolerancia y la fraternidad, virtudes indispensables para que una institución como la nuestra, constituida por personas libres de los más diversos pensamientos y credos permanezca sólida y vigente.
Nuestra declaración de principios nos señala que “La Francmasonería es una institución universal, esencialmente ética, filosófica e iniciática, se funda en el sentimiento de la Fraternidad, constituyendo el centro de unión para los hombres de espíritu libre de todas las razas, nacionalidades y credos.”
La masonería ha querido compartir esta experiencia enriquecedora con Uds., invitándolos a participar de este espacio de reflexión, para que en un sano ejercicio de intercambio de ideas y opiniones puedan compartir sus personales convicciones y puedan aprender de las convicciones de los demás.
Hoy celebramos una Reunión Blanca por la República, por nuestra república y todo lo que ella significa, donde lo fundamental es que su objetivo único y final es el bien común. República, en esencia, es el espacio de participación y construcción social de todos, por todos y para todos, a partir de la soberanía popular, es decir, es el pueblo, la gente, la que permite la organización política con fines de interés común, y la satisfacción de las necesidades que hacen posible y el convivir, con el fin último de la felicidad, como lo establece la Constitución norteamericana y todos los esfuerzos de los Padres Fundadores de las repúblicas americanas.
Por eso es que expresamos con nítida convicción, que la masonería chilena es inseparable de la República. Porque la masonería es por esencia una institución humanista, es la condición humana en su integridad, el objeto y sujeto de sus afanes, y por ello estudiamos con vivo interés la sociedad en todas sus complejidades.
En efecto, la opción republicana de la emancipación y su reafirmación en el siglo XIX, son inseparables de la patriótica contribución de destacados masones, expresada en un Estado capaz de conducir los intereses de toda la sociedad, hacia el bienestar, el aseguramiento de los derechos y la legalidad,
Hay muchos hitos donde masones, como expresión de una conciencia fundada en el humanismo, fueron decisivos para su realización y establecimiento, siempre pensando en la República como un espacio de inclusión de todos los compatriotas, sin distinción. Así tenemos: la republicanización del proceso emancipacionista, que nos hizo como país; la laicización del registro civil y los cementerios; la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria, dictada hace 100 años; las primeras leyes en favor del trabajador y la protección social, frutos del debate de la llamada “cuestión social”; el derecho a voto de la mujer; la difusión de los derechos humanos, en Chile y en América Latina, a partir de su proclamación universal en 1948; y todos los hitos donde pusimos el interés común sobre la mesa de debates ciudadana.
Es que la Masonería, aboga por un ideal de República, donde todos los ciudadanos son respetados en su condición humana, más allá de sus particulares ideas o de su origen social. Este ideal se expresa en el deseo universal del imperio de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Es cierto que, a partir del 18 de octubre pasado, todos hemos debido enfrentarnos con la incertidumbre, con un país que ya no nos habla, nos grita, y nuestra obligación, como la vuestra, es oír, entender y actuar.
Nada será como antes. Pero eso no debe asustarnos, pues todo cambia y nada es inmutable. Esa es una realidad permanente, y tal vez lo especial es la velocidad del cambio, pero esto tampoco es nuevo. Es parte de constatación del tiempo que privilegiadamente nos toca vivir, producto de la cualidad transformadora humana.
En ese contexto, observamos con esperanza y compartimos el “Acuerdo por la Paz Social y una Nueva Constitución”, alcanzado por nuestros dirigentes políticos el 15 de noviembre. Este logro es para nosotros doblemente esperanzador, por un lado, por su contenido, que pone de cara al pueblo - popularibus ius iudiciumque - la aprobación de una nueva Constitución, y por otro, la amplitud del espectro político de los convocados a dicho acuerdo, que nos recuerda las más recordadas gestas inspiradoras del patriotismo y de la racionalidad política.
Valoramos enormemente en ello el rol de los partidos políticos. Mucho se habla de la baja aprobación de los partidos políticos en la actualidad. Sin embargo, de ellos depende la política, y más allá de la simpatía social, el rol del político es buscar hacer realidad lo imposible, para bien de su soberano: el pueblo. El político de verdad no depende de las encuestas, sino del deber, porque es su deber. Solamente el trabajo bien hecho es lo que permite el justo salario, y el pueblo siempre agradece el sacrificio, la abnegación y el deseo de servirlo. Esa es una verdad republicana por esencia.
Por ello, permítanme hablar sobre los basamentos morales de la República, que recordamos en la Fraternitas de septiembre pasado, cuarenta días antes del estallido social. Allí señalamos que
LA REPUBLICA SE FUNDA EN LA LIBERTAD, porque este es un atributo fundamental de la condición humana. Somos libres porque somos personas humanas. Dotados de conciencia, cada persona tiene el derecho a la libertad de decidir en torno a su destino, comprenderse en la vida y decidir sobre sí mismo.
LA REPÚBLICA SE FUNDA EN LA IGUALDAD porque todos los individuos nacen iguales en su dignidad por el simple hecho de ser. Eso implica ver en cada semejante a un igual - un legítimo otro - y, al mismo tiempo, trabaja por mitigar las diferencias que la vida va dibujando de la mano del destino o de las injusticias.
LA REPUBLICA SE FUNDA EN LA FRATERNIDAD porque somos todos, en nuestro origen de la vida y en nuestro destino final, hermanos. La masonería propone a todos los integrantes de la Patria la búsqueda de un entendimiento fraterno, lo hacemos para que esta sea la más sublime forma de relacionarnos.
LA REPUBLICA SE FUNDA EN LA TOLERANCIA, no por la resignada aceptación de las diferencias con los otros, sino por la constatación de que la diversidad es la esencia de lo humano a partir de la comprobación de la propia existencia, distinta, única e irrepetible. La tolerancia es lo que hace posible el diálogo, el pluralismo, constituyéndose en la condición indispensable para la convivencia de los seres humanos.
LA REPUBLICA SE FUNDA EN EL PATRIOTISMO por que la Patria es el lugar donde el espíritu de hermandad adorna las conductas civiles, la patria nos hace libres pero conscientes del deber colectivo de la comunidad que nos vio nacer, a la cual nos sentimos ligados por destinos y esfuerzo comunes.
LA REPUBLICA SE FUNDA EN LA CARIDAD, sentimiento que se sostiene irrenunciablemente en el propósito de amar a los otros como a uno mismo. Practicar la caridad es un deber que surge del hecho de ser iguales, es decir, hermanos, lo que nos conmina a valorar y priorizar la condición humana como un objetivo de todo el actuar de lo humano.


sábado, 25 de enero de 2020

Construir lo posible



Chile enfrenta una etapa única de su historia. Por primera vez se da la oportunidad de escribir una Constitución desde una página en blanco en términos de su redacción.
Ello es producto de dos circunstancias que se han dado, de modo dramático, en las últimas siete semanas. En primer lugar, un estallido social de vastas proporciones, que expresó el descontento de sectores ampliamente mayoritarios de nuestra ciudadanía y de su juventud, que exigen un nuevo trato entre el Estado y los chilenos. En segundo lugar, un acuerdo político histórico de nuestros dirigentes políticos, por la Paz y una nueva Constitución Política.
Ello se da en una etapa de la historia marcada por el escepticismo. Hay poca credibilidad para todo lo que signifique establecer tareas comunes y una mirada societaria. Hay sospecha sobre las instituciones cualquiera que ella sea.
El marcado individualismo, que adquiere cierta expresión de nihilismo, sobre todo en los más jóvenes, hace aún más difícil establecer consensos sobre la mejor forma de avanzar societariamente hacia la solución de los problemas, y construir consensos y acuerdos que nos permitan mejorar la convivencia y asegurar derechos.
Construir y asegurar los derechos es una consecuencia histórica de los consensos sociales y de su expresión institucional. La significación de las instituciones, obra de la modernidad, tiene que ver precisamente con la necesidad de que ellas civilicen a la sociedad, soporten la construcción societaria a partir del Estado de Derecho, conduzcan la comunicación y defensa de intereses, signifiquen el hecho colectivo, e impidan el despotismo y el desenfreno de los más poderosos.
Antes de las instituciones, las luchas de facciones o intereses se resolvían haciendo rodar las cabezas de los representantes; el acusado era linchado en la plaza pública, careciendo de cualquier posibilidad de defensa, las personas más pobres eran siervos, y los más ricos parte de la nobleza. Eso cambió cuando surgió el Estado de Derecho y las instituciones que lo hacen posible.
Hoy día, en medio de la propensión nihilista, se advierte cierta virtualización de aquellas prácticas que ofrecen solo la sospecha y luego en linchamiento, donde se ha perdido toda perspectiva de entender la naturaleza misma de lo societario.
De allí que el arte de la política y el rol de los políticos adquiere una dimensión que, hasta el estallido social, podía ser obvia, pero que hoy adquiere una trascendencia fundamental y fundacional.
Minusvalorada por las encuestas, la clase política está llamada a ser determinante en lo que establezcamos como país para las próximas generaciones. De su capacidad de construir en común debe salir un nuevo Chile, en base a la capacidad de consensos y de elaborar lo inimaginable.
Y su máxima tarea hoy descansa en la generación de una nueva Constitución, facilitando los caminos, construyendo el entramado a partir del cual los ciudadanos hagan posible el nuevo contrato social.
No es una tarea fácil. Estamos en un momento fundacional, y así debe entenderse. Fundacional en sus modalidades y refundacional de Chile, en su propósito general.
Hoy, por sobre todo lo exigible, lo que necesitamos es esencialmente política. De aquella que es capaz de construir lo posible.


Una nueva ética para el ejercicio del poder


Nuestro país se encuentra en debate. Diversas ideas están proponiendo distintas soluciones a la crisis que lo afecta. Hay propuestas económicas para los más afectados por el modelo. Están apareciendo algunas propuestas en favor de la clase media, la que ha sostenido con su esfuerzo los logros económicos que el país tiene. Surgen también propuestas políticas y alternativas para realizar cambios institucionales.
Pero, sobre todo, tengamos presente que hay una profunda exigencia social que quiere redibujar Chile con una pluma nueva, que otorgue nuevos colores a la comprensión de un país que tiene que ser más inclusivo y más justo. Hay una profunda reflexión que se hace presente, como producto de las omisiones de la riqueza, donde, para la mayoría de las personas, especialmente de la clase media más esforzada, al final todo su esfuerzo es para la avaricia de unos pocos.
En ese contexto de proposiciones y expectativas legítimas, es necesario considerar que todas las posibles soluciones, debieran enmarcarse primero en un soporte ético, que debemos concordar desde la sociedad civil, para dimensionar las obligaciones políticas y las decisiones económicas y también socio-económico.
La construcción de un nuevo pacto social todos los sectores sensatos lo ven como necesario, cuando están reflexionando seriamente sobre la agenda que ha impuesto con nitidez la demanda social. Más, todo contrato social debe expresarse en una Constitución.  Un nuevo contrato social implica una nueva constitucionalidad, que deberá dar cuenta de las necesidades y los desafíos de una comunidad nacional que requiere unirse en torno a sueños comunes.
Ello, empero, exige construir en tal perspectiva convenciones éticas profundas, en todos los actores políticos, económicos y sociales, que recojan como primer insumo, en toda su envergadura, el reproche ético que la sociedad mayoritariamente ha hecho.
En ese contexto, el mayor de los desafíos en establecer claros contenidos ético en el ejercicio del poder, sea este en el mercado o en el Estado.
Solo en la medida que se adquieran fortalezas éticas para las conductas en el mercado y en el propósito superior de la gestión pública, cada cual en sus distintos roles, será posible encontrar la solución para construir el nuevo contrato social.
A la realidad que hemos arribado en nuestro país en las últimas semanas, es producto precisamente a la comprobación social de la pérdida de la rectoría ética de quienes ejercen funciones y roles, tanto en el ámbito público como privado. Baste dar una mirada a las investigaciones más sonadas en los tribunales de justicia de los últimos tiempos, para darse cuenta cuanto se ha fallado al respecto. Es imposible que hayan ocurrido tales lamentables conductas, sin considerar una consecuencia social.
Cuando realizamos el pasado 9 de setiembre, en la Gran Logia de Chile, la Fraternitas Republicana, expresamos nuestra reflexión en torno al ejemplo, aquel que modela las culturas humanas, en todas sus escalas y ámbitos de expresión. “Es el ejemplo – dijimos - el que puede llevarnos hacia el futuro con las certezas de todo lo bueno que hemos hecho y podemos lograr, a partir de nuestros talentos y capacidades”.
Pero también, es el ejemplo “el que puede llevarnos a conductas y acciones que terminen por destruirnos como sociedad, como país, incluso como especie. El ejemplo tiene siempre un efecto conductual, porque lo que aprendemos a través de un modelo impuesto en la cotidianidad, en definitiva, se plasma en una forma de conducirnos y de actuar. Nadie sigue mejor nuestro ejemplo que nuestros niños y jóvenes, siempre ávidos de aprender de sus mayores. Nuestro actuar colectivo produce modelos, que luego se repiten social y moralmente”.
“Tal vez, por sobre los deberes de la escuela, los grandes docentes somos los que generamos patrones en el hecho colectivo del hacer sociedad”.
Construir un soporte ético para las soluciones que el país deberá abordar es la primera tarea del momento actual. Para ello hay que convocar a muchos. A los que saben a partir de su experiencia, de sus necesidades, de sus reflexiones, de sus experticias, de su sabiduría, de sus fortalezas culturales, de sus carencias, de sus virtudes, de sus riquezas, de sus tenencias, de sus herencias, de sus frustraciones.
Nadie piense que, la solución a la crisis que nos conmueve, solo se desprende de una simple capacidad de gestión política. También requiere de una construcción de lo social desde una mirada más integradora. Ambos requieren una nueva ética en el ejercicio del poder.



Democracia y república: la crisis


Durante los últimos tres siglos pensadores, filósofos y políticos, han intentado establecer un concepto unívoco de democracia. Estos intentos, naturalmente, han sido construcciones históricas cuya validez se agota en el devenir social de nuestros pueblos. Las revoluciones sociales, tecnológicas y culturales, han asestado duros golpes a estos intentos.
Sin perjuicio de la natural precariedad de toda definición de la “cosa social” que esto significa, es menester establecer alguna base conceptual básica que nos permita situarnos en algún espacio intelectivo particular, dado que, una vez establecida la definición, nos resulta sencillo abordar las precariedades o déficit de dicha creación política.
Comenzar la construcción conceptual, debe llevarnos inicialmente a fijar los elementos de la esencia de la democracia. A nuestro entender estos son: una creación política superior a todas las otras formas de regimentación política; su existencia es convencional, es decir, aceptada por todos; busca regular la convivencia social en beneficio de todos y cada uno de los miembros comunitarios y, desde ahí, lo más importante, constituye un mecanismo de redistribución del poder, el cual tiende a ser naturalmente desigual.
Si aceptamos que los elementos detallados no resultan lejanos a un concepto de democracia, más o menos aceptado, podemos dirigirnos ahora a intentar establecer sus mayores déficits.
El primero de ellos, lo constituye la debilidad del contrato social que la mantiene, vale decir, las permanentes tentaciones autoritarias que nacen en el seno de la misma democracia. Tentaciones autoritarias que tienen distintas manifestaciones, desde aquellos que consideran que el pueblo es ignorante para manejar ciertos conceptos o cuestiones del día a día del contrato social, hasta extremos perfectamente conocidos.
Nos referimos, particularmente en Latinoamérica, a los asaltos de los presidencialismos a la división republicana de las funciones esenciales del Estado: los poderes Judicial y Legislativo. La permanente intentona - invocando situaciones de peligro extraordinarios - para cooptar ambos poderes con miras a darle a la comunidad una conducción única, vale decir, una sola interpretación de la realidad presente y futura.
En segundo lugar, la ausencia de debates que aborden cuestiones sustanciales para la vida de las comunidades, junto con transparentar las formas de llevarlo adelante. La corrupción viene a ser no solo una consecuencia de la falta de transparencia, sino también de una forma de secuestro del debate en que se deberían abordar las cuestiones cotidianas, reservándolo en subsidio solo a quienes, supuestamente, tienen las experticias para abordar los grandes temas.
Por último, la completa inutilidad de la democracia en cumplir un rol esencial: redistribuir el poder naturalmente desigual en la sociedad o, dicho de otra forma, la sustitución de la República por formas estamentales constituidas por estructuras de poder excluyentes.
Si aceptamos que estos déficits de la democracia se convierten en componentes estructurales de crisis de los sistemas democráticos, no puede sorprender a ningún observador, la consistente pérdida de confianza en esta forma de organización social o en quienes están expresando las funciones de sus órganos fundamentales (gobierno, parlamento, judicatura).
Lo complejo, en este sentido, es que la democracia requiere del sometimiento conductual de todos sus miembros, para poder funcionar adecuadamente. Los actos de “no acatamiento”, vale decir, la abstención de los ciudadanos y ciudadanas en la discusión y expresión electoral, sólo termina demoliendo la autoritas institucional, transformando a la democracia en un mero mecanismo legal. El “no acatamiento” de quienes prefieren ser élites, con la responsabilidad de hacer paternalmente lo que no saben los “ignorantes” o el “populacho”, y a partir de allí establecer un sistema de privilegios.
En este panorama, valga hacerse las siguientes preguntas: ¿qué esperan de la democracia sus ciudadanos? y ¿cuál es hoy, desde el punto de vista cultural, el mínimo democrático tolerable?
No cabe duda alguna que, si miramos con detención todos los medios con contenido informativo - estudios, investigaciones, encuestas, “barómetros” sociales u otros -, la mayor aspiración societal se corresponde con llevar una vida decente y mejorar el futuro de sus hijos respecto a su realidad presente. En este mismo sentido, las tremendas brechas entre los más favorecidos y los desposeídos es el verdadero obstáculo para lograr la felicidad personal, familiar y social.
En este punto debemos ser enfáticos: las desigualdades económicas no son más que una expresión de la desigualdad de poder entre los ciudadanos y ciudadanas de un país. Las distintas desigualdades constituyen manifestaciones específicas de la desigual distribución del poder en la sociedad, respecto de las cuales la democracia no se hace cargo.
Sería justo preguntarse: ¿por qué el debate sobre los modelos económicos, como formas de distribución de la riqueza que produce una comunidad, es un tema técnico y propio de unos pocos, y no es un tema central de la democracia y del contrato social?
Un futuro más cierto y seguro para revalidar el modelo democrático, superando la crisis que afecta a Chile, no será otro que aquel capaz de abordar la desigual distribución del poder en su dimensión más completa, vale decir, pasar de una democracia electoral a una democracia integral, donde los derechos constituyan el foco central y formal de la democracia, que genera los modelos capaces de distribuir los bienes que esta misma genera, en beneficio de todas y todos. Lo que hagamos lo debemos hacer en bien de todos. En fin, la república.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Sobre la libertad, la responsabilidad, la prudencia y el respeto


Discurso de inauguración de Jornadas Nacionales de Docencia Masónica de Chillan (11/10/19)

Pensamos los masones, que solo la persona humana, es un fin en sí mismo, para sí mismo, una experiencia personal única, donde nadie puede convertirlo o convertirla, en un medio para algo o para alguien, contra su voluntad y convicciones, o contra su derecho a experimentar su vida de acuerdo a sus propias decisiones y fundados intereses. He allí el fundamento de la libertad.
Al respecto John Stuart Mill señalaba. “Si toda la humanidad, menos una persona, fuera de la misma opinión, y esta persona fuera de opinión contraria, la humanidad sería muy injusta impidiendo que hablase, como esta misma lo sería si, teniendo mucho poder, impidiera que hablara la humanidad”,
Por ello, la Modernidad puso a disposición de la condición humana, las libertades consideradas fundamentales de la persona: la libertad de conciencia, las libertades civiles y políticas, la libertad de opinión, la de culto, de asociación, los derechos de representación (para ser elegido y elegir), en fin, todo aquello que permite la autodeterminación personal, que, en los siglos recientes, y sobre todo en décadas recientes, han permitido establecer la expansión de los derechos que posibilitan el más pleno ejercicio de aquello que es sustancial en toda persona humana: su libertad.
Un gran pensador chileno, Jorge Millas dijo en una oportunidad: “Resulta que la libertad no es un invento de la civilización, no es algo que se pueda reemplazar como un auto. La libertad, que nace de las condiciones de hecho que tiene el hombre – que es tener conciencia – brota de la condición humana, forma parte de la identidad humana”. Es decir, se es libre por la propia condición de ser parte de lo humano.
Luego de la segunda guerra mundial, sin embargo, Hans Jonas puso en la reflexión contemporánea, una nueva perspectiva, cuando enuncia el principio de responsabilidad. Allí está la comprobación de que la libertad es un acto que produce consecuencias. En la medida que se impone la libertad como un hecho social, político o económico – a través de todo el proceso de la modernidad, - se advierte un conjunto de consecuencias, pues la libertad de los humanos termina por impactar a otros humanos y al medio en que estos se desarrollan en su experiencia vital.
Desde el día en que los seres humanos comenzaron a reflexionar sobre las ideas y los conceptos, en el origen primordial de su especie, aquello que definimos como fundamental en nuestro existir - la autodeterminación personal -, encontró la barrera de la voluntad libre de aquel con el cual debía compartir espacios y jornadas.
Allí, surge la consecuencia, la realidad dicotómica, nace el conflicto.
Pero también de aquella libertad nace surge la contradicción entre lo humano y la naturaleza, la materialidad donde la condición humana hace su historia y satisface sus necesidades y su capacidad de transformar todo lo que le rodea en su beneficio o simple interés o determinación.
No pudiendo hablar y conceptuar, la naturaleza no ha tenido la oportunidad de dialogar y concordar con aquella especie que puede pensar y transformar todo lo que se propone. He allí el drama de nuestro tiempo. Nunca podremos objetivamente conversar con el ambiente material en que construimos nuestra historia personal, comunitaria, civilizatoria.
Del concordato entre sus pares – del contrato social - los seres humanos han hecho las civilizaciones, la historia, sus normas, sus leyes y sus conductas. Cuando no hay posibilidad de concordar personas y grupos terminan en la violencia.
La violencia en todas sus expresiones - gestual, verbal, física – está demasiado presente en la realidad de cada día, generalmente como consecuencia de la trasgresión, del oportunismo, de la imprudencia, del uso perverso del poder, de la ignorancia, de la soberbia, de arrogancia. Violencia sobre las personas o sobre el medio en que se produce la vida, incluyendo la vida humana.
Entonces, cabe preguntarnos, ¿cuándo un alto número de masones se congrega en Chillán, para reflexionar sobre la ética y los valores imperantes en la sociedad actual, cual puede ser el aporte que deje la reflexión, en bien de nuestra sociedad y en bien del propio crecimiento personal, misión que cada masón asume desde la noche de su Iniciación como el propósito fundamental de su condición de tal?
 Al inaugurar estas Jornadas Nacionales de Docencia, hemos podido escuchar la opinión versada, sabia de tres grandes académicos, y líderes en sus ámbitos de desempeño.
Sin duda, sus reflexiones serán un estimulo a los debates de nuestras Jornadas, y han dado magisterialmente muchos insumos para perspectivas de análisis. Le estamos profundamente agradecidos por la disposición que han tenido para con nuestra institución y con los miembros de ella, que se han desplazado desde distintos lugares del país para asistir a estas jornadas de trabajo y fraternidad.
 Les agradezco la magistral forma prudencial y respetuosa con que han expresado sus ideas, porque de ello quiero colegir una manifestación de docencia fundamental. Porque de todas las manifestaciones éticas, propia de una convivencia veraz y perdurable, en el preámbulo de todas las virtudes morales, de todas las virtudes cívicas, y en el ejercicio de todos los derechos, estén las virtudes y la práctica de la prudencia y el respeto.
Tanto así que, si imperaran en las convivencias cotidianas de pueblos y sociedades, sin duda podríamos tener una mejor comunidad, una mejor sociedad, una mejor civilización, un mundo mejor. Prudencia y respeto hacen una mejor familia, un mejor medio laboral, una mejor logia, una mejor masonería.
Prudencia para medir nuestros actos. Prudencia para ejercer la libertad. Prudencia para hacer posible la acción de la responsabilidad, que a cada cual compete en la ejecución de sus actos.
Respeto para garantizar a cada cual su derecho. A sus derechos humanos, a sus derechos personales, a su derecho de conciencia, a su derecho a autodeterminarse, a su derecho a opinión. Respeto al medio social y al medio natural en los cuales vivimos y convivimos. Respeto a la ley, a las reglas morales, respeto a la condición humana en todas sus fortalezas y debilidades.
¿Cuántos dolores individuales, sociales y civilizacionales evitaríamos si pudiésemos conducirnos con respeto y prudencia?
Elevemos al respeto y la prudencia a los más altos altares de la construcción ética de la sociedad en la cual vivimos, al tiempo en el cual vivimos, y probablemente haremos posible la felicidad para todos los ambientes sociales de la condición humana.
Elevemos al respeto y la prudencia a los más altos altares de la construcción ética en nuestra relación con la naturaleza, y probablemente garanticemos la biodiversidad en que se produce la vida, y en el largo plazo, tal vez, podamos entregarle a nuestros descendientes la vida natural que nos recibió cuando nacimos.
A nombre del gobierno superior de la Gran Logia de Chile, doy a todos los participantes en las JJNN de Docencia Masónica la más fraterna y cálida bienvenida, y a las autoridades e invitados a esta inauguración, nuestro afecto y alta consideración, por su disposición cívica y su respeto hacia nuestra institución.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Discurso en la Fraternitas Republicana 2019


Señor Presidente de República
Respetadas autoridades y representantes de las instituciones presentes
Queridas Hermanas y Queridos Hermanos

Hoy es un gran día para Chile y las instituciones representadas en esta Fraternitas.
Es la ocasión para expresar nuestra voluntad fraternal por Chile y ensalzar nuestro amor a la Patria, la que debe unirnos y convocarnos bajo su manto acogedor, para pensar en el futuro y soñar en conjunto lo que, como una gran familia, podemos lograr a partir de nuestras decididas voluntades y acciones.
Esta ceremonia en una invitación a expresar sentimientos de esperanza y comunión, en lo simbólico y en lo tangible, para vivir un momento de expresión de amor a la Patria, dentro de la cotidianidad que, a veces, es demasiado demandante dentro de lo coyuntural.  Lo hacemos por el bien de Chile.
Los masones tenemos habitualmente, en nuestras reuniones, un momento en que el tiempo parece detenerse y entramos en una circunstancia de excepción; un momento en que todo el ruido de lo habitual se aleja del espacio íntimo, para concentrarnos en nuestras mejores disposiciones anímicas.
En esta mañana de septiembre, esperamos se produzca también un momento de significación en que todos los que estamos aquí presentes se abstraigan de las legítimas argumentaciones de cada día, para reconocerse en una condición excepcional, como hermanas y hermanos en tantas cosas en común. ¿Por qué no pretenderlo como un momento de esperanzas en que converjan – por sobre las más legítimas y honestas diferencias - los buenos propósitos?
Porque los buenos propósitos son los que inspiran el corazón humano, cuando dejamos de lado la rutina que anima el día a día, para pensar que, tal vez, las cosas se podrían hacer de otra manera, desde un cambio de enfoque y con un paso más firme en el andar de la historia.
Porque, ciertamente, cuando caminamos más lentamente, y tomamos un camino sinuoso hacia el futuro, cuando optamos por la ruta que presenta mayores obstáculos, ocurre que nos demoramos mucho más en alejarnos del pasado, y los buenos propósitos parecen quedar atrapados en la obscenidad del mal recuerdo. Por eso tiene tanta importancia caminar a paso firme hacia el futuro, bajo la inspiración de los comunes ideales, para que no nos alcance el pasado.
Bajo la inspiración de esta ceremonia fraternal, pensamos en los buenos propósitos que iluminaron a nuestros Padres de la Patria, en aquellos años en que recién se configura la llamada Patria Vieja. Pensamos en aquellos jóvenes idealistas, inquietos e iluminados por el siglo de las luces, que querían emancipar los territorios de América, no solo de una Corona colonial, sino de un tiempo moral determinado por las tinieblas del pasado.
Cuando ellos compartieron los mismos sueños, con ánimo fraternal, surgió la fortaleza de la emancipación; vino la luz, cuando sus propósitos se mancomunaron, y la Patria comenzó a emerger, no solo desde las certezas militares, sino también de las afirmaciones cívicas.
Algo pasó luego, tema que es motivo de discusiones históricas y allí dejaremos las opiniones, porque lo que interesa concluir es que, cuando los fundadores de la República separaron sus caminos, cada uno modeló su propia tragedia y las consecuencias las sufrió la Patria, y aún nos divide la interpretación histórica de esos hechos.
Y, por cierto, en las épocas siguientes, cada vez que nuestra comunidad nacional se ha confrontado lejos de las comprensiones del interés común, hemos quedado históricamente divididos, incluso en la interpretación y la reconstrucción de la lección moral de aquellos hechos, a veces al punto de impedirnos avanzar hacia el futuro.

Compatriotas:

Si Uds. tuvieron la oportunidad de pasar por algunos lugares de este edificio, habrán visto un mensaje en los distintos accesos, que nos recuerda que alguien sigue nuestro ejemplo. Ello nos dice que, en este lugar, se practica una docencia muy particular basada en las Tradiciones de la Sabiduría Antigua.
A través de constructos simbólicos y de la repetición de procedimientos de origen milenario, tenemos la metodología para producir cambios en la conciencia humana, que apuntan hacia el fortalecimiento de principios y valores que deben transmutar en virtudes, las que deben adornar las conductas y acciones de nuestros Hermanos en el Arte constructivo, determinado por un propósito de Humanidad.
Así, hemos aprendido a través de los siglos, que no hay mejor docencia que el ejemplo. Es el ejemplo lo que permite las constancias que hacen la vida en común sostenible, moral y cívicamente. Es el ejemplo lo que transmite la familia al niño cuando este da sus primeros pasos y crece hasta tener discernimiento. Es el ejemplo el que modela las culturas humanas, en todas sus escalas y ámbitos de expresión. Es el ejemplo el que puede llevarnos hacia el futuro con las certezas de todo lo bueno que hemos hecho y podemos lograr, a partir de nuestros talentos y capacidades.
Pero también, es el ejemplo el que puede llevarnos a conductas y acciones que terminen por destruirnos como sociedad, como país, incluso como especie.
El ejemplo tiene siempre un efecto conductual, porque lo que aprendemos a través de un modelo impuesto en la cotidianidad, en definitiva, se plasma en una forma de conducirnos y de actuar. Nadie sigue mejor nuestro ejemplo que nuestros niños y jóvenes, siempre ávidos de aprender de sus mayores.
Nuestro actuar colectivo produce modelos, que luego se repiten social y moralmente.
Tal vez, por sobre los deberes de la escuela, los grandes docentes somos los que generamos patrones en el hecho colectivo del hacer sociedad.
Ese es un gran desafío para el tiempo de hoy. Todas las instituciones vinculadas a la República – constitucional o éticamente -, debemos enseñar como debemos tratarnos entre los chilenos, para que la lección docente sea irrefutable en bien del porvenir.

Compatriotas:

Estamos en el Mes de la Patria, periodo emocional en que todos parecemos reencontrarnos en la condición de hijas e hijos de estas geografías, de su historia y de su futuro. Y es así como siempre debiera ser. Cuando una familia se reúne en la constatación de su condición, sin duda surgen las más benignas y altruistas motivaciones.
Eso es lo que pretende esta Fraternitas: poner un sincero acento en la congregación creciente en torno a los más sublimes ideales y en la construcción de un espíritu unitario y racional para bien de la gran familia chilena.
La racionalidad frente a los propósitos y desafíos es un componente esencial que deviene de nuestra propia afirmación republicana. Es bajo la enseña de la razón como se va construyendo la variable lógica de nuestra esencia nacional. Y la razón no es otra cosa que la expresión pura del consenso y de nuestra capacidad de establecer convenciones creativas en torno a lo que debe unirnos.
Y cuando hablo de razón, no está ausente de mi reflexión el O´Higgins que debe gobernar la naciente República, después de la victoria de armas en Maipú. En las argumentaciones de sus decisiones de Estado, está omnipresente la razón del bien superior.
No está ausente tampoco la razón en Carrera, cuando llega a Chile y comprende que solo es posible la emancipación. Su razón, fundamentada en el argumento iluminado, viene a ser la luz que señala el camino de la Patria.
Así se han escrito los mejores episodios que honran a nuestra Patria.
Y con el paso del tiempo, fue con la razón como construimos en décadas recientes la recuperación de la democracia. No fue un proceso fácil, pero, gracias a aquellas decisiones sensatas, fue posible avanzar a una gobernanza que nos dio fortalezas para superar los retrasos y las discordias. Tal vez una gobernanza imperfecta, pero fundada en una irrefutable lógica en bien del país y sus gentes.
Pareciera que el gran desafío, en los años venideros, reside en reconstruir una idea de racionalidad y consenso respecto a los desafíos que nos presenta el mundo actual, marcado ahora por la incertidumbre de la llamada guerra comercial entre dos grandes potencias, por las consecuencias en nuestro espacio geográfico provocadas por el cambio climático, y por aspectos institucionales de nuestra República que tal vez habría que corregir en bien de nuestros objetivos superiores, como país que contiene una gran comunidad, digna de los mejores esfuerzos.
Todo indica que es necesario involucrarnos en consensos que señalen de modo claro el destino de nuestro país para las próximas décadas, aprovechando todo lo bueno que tenemos para avanzar hacia una nueva etapa de aciertos y nitidez en los objetivos.
Necesitamos, sin duda, consolidar nuestra amistad cívica y densificar una disposición fraternal. Necesitamos, probablemente, mucho más política y poner el foco en los plazos medios y largo, sin atenuar la capacidad democrática de la alternancia, que toda institucionalidad política debe garantizar y valorar en su virtuosidad.
Alargar los plazos de nuestros procesos y objetivos, tal vez, nos pondría en una capacidad objetiva de privilegiar futuro antes que pasado, consenso antes que controversias explicables.

Señor Presidente
Respetadas autoridades de nuestra República

Quienes os han invitado a este acto de exaltación fraternal, no pretendemos tener la verdad ni las respuestas para los diagnósticos que cada chileno hace, legítimamente de acuerdo a sus convicciones y experiencias, en el ejercicio de su libertad de conciencia.
Solo nos mueve el irreprochable propósito de soñar un futuro digno de la República que construyeron nuestros Padres Fundadores. Sumado a ello, nos mueve el honor de recibirles con orgullo, porque Uds. representan el presente de Chile, en su maravillosa diversidad, el cimiento sobre el cual podemos construir un verdadero futuro, un mañana de paz y progreso, bajo la conminación moral de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que nos señala en su artículo primero: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”

Muchas gracias.

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