Expresamos
nuestro orgullo institucional, por estar conmemorando uno de los episodios mas
relevantes de la historia educacional de nuestro país, y lo hacemos con la presencia
de la más alta autoridad educacional de la República, el señor Ministro de
Educación, son Raúl Figueroa Salas.
Agradecemos
a todos quienes han concurrido a esta invitación, para participar por este
medio que hoy permite el encuentro, el debate y la sociabilidad, en este tiempo
de pandemia, donde hemos debido renunciar a muchos de nuestros planes
institucionales, entre los cuales estaba realizar este acto en la majestad y la
magnitud que la historia republicana nos demandaba.
Somos optimistas, y nos sentimos felices de poder aprovechar la oportunidad de hacer este acto, desde nuestro acatamiento a lo que la autoridad sanitaria dispone, para garantizar el control del contagio de esta pandemia.
Qué entendemos por educación
Para
la masonería, la educación es la poderosa herramienta para construir la
libertad personal, la libertad de conciencia, sin la cual la condición humana no es verdaderamente libre.
El proceso educativo debe desarrollar individuos capaces de crear y resolver
con autonomía, sobre la base de los conocimientos entregados.
La
educación debe cumplir su rol de formación para propósitos específicos, en
cuanto a lograr habilidades y conocimientos que ayudarán a enfrentar la vida
laboral en comunidad, función relevante que debe preparar individuos con la
capacidad de adaptarse a un mundo de cambios vertiginosos en todo ámbito.
Pero,
tan importante como lo anterior, son las dimensiones de la educación como base
del desarrollo personal, incorporando valores universales que deben ser
aquilatados en toda su esencia, hasta formar parte de la conciencia individual,
lo que le permitirá tener capacidad crítica sobre su entorno.
La
educación debe – además - ser un proceso de integración social, formador de individuos
capaces de comprender la sociedad en la que viven, de desarrollar elementos que
les permitan relacionarse con los demás de una manera constructiva, conscientes
de sus deberes y responsabilidades.
Es
por ello, que afirmamos que la educación es un proceso eminentemente cultural,
formador de personalidades únicas, preparadas para aportar de manera creativa a
su desarrollo personal y de manera colaborativa al desarrollo de una mejor
sociedad.
Es
un medio para la formación integral del ser humano, como individuo libre,
responsable de conducir su vida y de darle valor y sentido.
La
ausencia de cualquiera de esos elementos solo traerá frustración y
desintegración y limitará el añorado desarrollo de nuestro querido país.
Una
educación de calidad, accesible a todos, es la base de una sociedad moderna,
como poderosa herramienta para igualar oportunidades. Por su naturaleza, la
educación es y debe ser considerada un derecho esencial.
Darío Salas Díaz, el año 1917, en su libro “El Problema Nacional” señala: “La eficiencia social: he ahí el verdadero fin último de la educación, considerada como empresa consciente colectiva. ¿Qué móvil podría inducir a la sociedad a emplear parte de sus energías y recursos en preparar al individuo para ganarse bien la vida, en disciplinar sus facultades, en ponerlo en posesión de la herencia cultural de nuestra especie, en desenvolverlo armónicamente, en hacer de él una entidad moral, si no es el interés común, el anhelo que la sociedad misma siente de conservarse y mejorarse?”.
Aporte de la masonería al desarrollo de la educación
Esta
visión sobre la educación como la palanca formadora de personalidades libres y
críticas, ha sido sostenida por la masonería y por sus integrantes desde los
orígenes de la república, con la creación del Instituto Nacional por José
Miguel Carrera, con la apertura de escuelas de primeras letras gratuitas por
Bernardo O´Higgins, con la fundación de la Universidad de Chile por Andrés
Bello, por Domingo Faustino Sarmiento, creador de la primera Escuela Normal de
Maestros, base de la educación primaria chilena de su tiempo, por José
Victorino Lastarria y tantos otros, hasta la participación decidida de
connotados masones en la fundación de la Universidad de Concepción, de la
Universidad Técnica, y más recientemente el trabajo de Corporaciones que han
fundado a lo largo del país colegios laicos, donde se imparte educación con
preeminencia de valores de inspiración humanista y libertad de pensamiento.
Hoy
celebramos el centenario de la promulgación de la ley de Instrucción primaria
obligatoria, un hito, obra también de insignes miembros de la masonería,
quienes lograron su aprobación, contra el sentido común de los tiempos, donde
unos y otros, la élite gobernante y los obreros y campesinos a quienes
favorecía, no alcanzaban a comprender la importancia de este profundo cambio en
nuestra sociedad, como se desprende de las razones que esgrimieron los
legisladores que se opusieron y lo difícil que resultó su implementación
práctica.
Ya
en 1888, Valentín Letelier en su discurso “El estado y la educación
nacional” acuñó la frase “Gobernar es educar”, donde agrega que atendiendo al
orden moral “todo buen sistema de política es un verdadero sistema de
educación, así como todo sistema general de educación es un verdadero sistema
político”. Lema que hizo suyo durante su gobierno el recordado Presidente Pedro
Aguirre Cerda.
La lucha por la aprobación de la ley de instrucción primaria obligatoria en el congreso, se extendió por casi veinte años, e involucró a toda la sociedad. En 1902, Enrique Mac Iver, senador de la época, a propósito de la discusión de la ley, expuso con claridad la relación entre educación, progreso y estabilidad democrática: "Y más estrechamente se relaciona la instrucción con el interés político y aún con el orden público, cuando el estado se halla constituido sobre la base de la igualdad y de la participación de todos en las funciones que le corresponden. No se comprende una organización constitucional de esta clase sin un pueblo capaz de realizar su funcionamiento, es decir, sin un pueblo educado. Una república democrática y representativa cuyos ciudadanos viven en la más crasa ignorancia, es sencillamente una ficción y un peligro para el desarrollo y progreso de la comunidad. (…) Solo redimiendo de la ignorancia a nuestros conciudadanos cimentaremos el orden jurídico, afianzaremos la libertad y pondremos en acción la energía más poderosa del progreso sólido y armónico de la República"
Para qué educamos
La educación es y será punto de debate de toda sociedad que se plantea una
mirada de futuro. De esa mirada surge el delicado equilibrio del proceso
educativo en sus fines de instrucción, de formación valórica para el desarrollo
personal y como base fundamental para la integración social. La educación debe ser
eminentemente laica, debe entregar una visión amplia, tolerante y respetuosa de
la diversidad humana.
El proceso educativo define en el mediano
y largo plazo la sociedad en la que vivimos. Cuando se entregan conocimientos y
posibilidades de vivir la experiencia de tales conocimientos, habrá impactos
conductuales, cambios intelectuales, modificaciones emocionales, y en
consecuencia grados distintos de conciencia y de ejercicio de la libertad y de
la relación social.
Eso lo hace el hogar, lo hace la
familia, lo hace la comunidad en la que un individuo nace y crece. Lo hace
desde luego, la escuela, como instancia formal en que la comunidad deposita la
tarea de profundizar en los aprendizajes que se desea exaltar en cada uno de
sus componentes.
La educación persigue siempre un
propósito de perfectibilidad, a través de ella, los individuos, las familias,
las comunidades, y finalmente la sociedad, buscan superar aquello que les
impide alcanzar los fines superiores de su existir.
Nuestra nación,
como sociedad democrática tiene el deber moral de otorgar igualdad de
oportunidades a todos sus ciudadanos, y muy en especial en educación,
herramienta poderosa de progreso material, intelectual y espiritual del ser
humano, la que permitirá que cada cual alcance su mayor desarrollo individual y
como consecuencia natural se potenciará el desarrollo de la sociedad como un
todo.
Así, podemos afirmar que una democracia necesita de ciudadanos formados integralmente para su sano desarrollo, como una condición necesaria y básica para su progreso.
Los desafíos del futuro
La sociedad se ha vuelto líquida, difícil de predecir, y el futuro se nos
presenta incierto. En este escenario, cobra más fuerza la educación en su rol
formador de espíritus y mentes libres, críticos, reflexivos y, sobre todo,
éticos.
Hay consenso que tenemos un claro desfase entre
nuestro sistema educacional y los desafíos que ya enfrentamos, como la
inteligencia artificial y la nanotecnología, esto nos presenta la necesidad de
cambiar el paradigma educativo actual.
Junto a lo anterior, debemos resolver nuestros propios
desafíos pendientes, que son avanzar en equidad y calidad de
nuestra educación y muy en especial en la educación pública.
Existe una clara desigualdad en la educación que
reciben nuestros niños y jóvenes de menores recursos
Aquí enfrentamos el dilema central sobre cómo acometemos
el desafío de mejorar nuestra educación. Hoy, el énfasis está puesto en medir
resultados de pruebas estándares y el desarrollo de planes y programas
demasiado rígidos, que no reconocen realidades particulares geográficas o
sociales, y que tampoco pueden medir la formación en toda su integridad.
Entendemos que no se ha puesto el acento en donde más
se puede avanzar, en la formación y valoración de quienes son los encargados de
formar a nuestros estudiantes, los profesores. Ellos son los agentes
fundamentales para progresar en mejorar nuestra educación en todos los aspectos
que forman el proceso educativo.
Más allá de las mediciones formales, es la integración
de nuestros jóvenes a la vida productiva y a su desarrollo personal el que nos
da la respuesta del estado de nuestra educación.
Debemos poner énfasis en los agentes capaces de
provocar los impactos conductuales, cambios intelectuales, modificaciones emocionales
y en consecuencia grados distintos de conciencia y de ejercicio de la libertad
y de la relación social.
El aseguramiento de la calidad del proceso formativo
de los profesores en las Universidades es esencial y requiere completa
vigilancia y seguimiento del Estado, sobre los establecimientos y su cuerpo
docente. Esta formación será la base para sustentar una mayor equidad y calidad
en la educación.
Las nuevas tecnologías son también un desafío para los docentes, lo que hace necesario que exista especial preocupación por el aprendizaje continuo de su uso y aplicación en experiencias de enseñanza, con metodologías que se fundamenten en la educación digital, poniendo énfasis en el uso responsable y crítico, implementando estrategias pedagógicas activas y transversales.
Cómo avanzamos
Como el futuro es incierto y los cambios son
vertiginosos en todos los ámbitos, debemos avanzar hacia métodos de enseñanza innovadores,
más acordes a la realidad en que nuestros jóvenes se desenvuelven en su día a
día. Ellos viven en un ambiente digital, con infinita información e
interacciones en línea y están acostumbrados a la inmediatez.
Las tecnologías y las redes sociales presentan grandes oportunidades para el desarrollo de actividades colaborativas a distancia, las que deben ser incorporadas en los procesos de aprendizaje, porque serán parte importante del mundo laboral en que se desempeñarán.
Pero estas mismas redes mal utilizadas pueden ser una
gran amenaza al comportamiento ético de nuestros jóvenes, el anonimato que
brindan deja en la conciencia individual su recto actuar. Como toda herramienta
humana, el buen uso que se le dé, depende del grado de formación valórica del
individuo.
La educación debe orientarse a lograr el desarrollo de
competencias para un mundo en permanente transformación: la creatividad, el
pensamiento crítico, la colaboración, la comunicación y una sólida formación
personal y social, que permita comprender el mundo en que se vive y su
dinámica.
Esto significa un cambio de paradigma desde una
enseñanza centrada en contenidos a un aprendizaje orientado al desarrollo de
habilidades, capacidades y actitudes.
Los centros educativos deben actualizar sus métodos pedagógicos
para motivar a las nuevas generaciones, con equipos docentes con un amplio
espacio de autonomía para innovar, con ambientes de aprendizaje personalizados,
integrando la conexión desde los hogares de manera complementaria, la que será
fundamental en los resultados que se puedan obtener, considerando el tremendo
potencial que tiene la tecnología como herramienta de aprendizaje.
Pero, también deben
abordarse los desafíos que permitan sortear los nuevos analfabetismos de
nuestro tiempo, y que tantos efectos producen en la sociedad de hoy, generando
grandes impactos sociales negativos: el analfabetismo digital, que margina a
muchos de las oportunidades de entender el mundo y el tiempo actual
civilizatorio; el analfabetismo cívico, que tantos males traen a la vida
republicana y que se ha expresado con tanta fuerza en el control de la pandemia,
y el analfabetismo ético, que distorsiona gravemente las prácticas sociales y
las conductas, afectando a instituciones y construyendo prácticas nocivas que
actúan contra el bien común.
A ello debe agregarse en
los adultos lo que hemos llamado un analfabetismo laboral, como
consecuencia de la automatización que ha venido despojando a miles de chilenos
de sus trabajos, dejando a un alto porcentaje de ellos en una búsqueda de
empleo sin la necesaria formación que les permita reconvertirse laboralmente en
un marco de derechos, dignidad y empleabilidad bajo cumplimiento legal.
Sabemos que los desafíos en la educación son
permanentes y crecientes, y siempre hay mucho por hacer.
Por ello, al conmemorar el día en que Chile dijo que la educación no solo era un derecho, sino un deber, para niños y adultos, para ricos y pobres, para el Estado, y para los gobiernos, para cada hijo de esta tierra, hacemos votos para que los logros de Chile en sus objetivos educacionales, permita entregar una sólida oportunidad para cada uno de sus hijos, sin importar su origen social o económico, para aprovechar los talentos y capacidades en bien de cada uno y de todas y todos .