domingo, 4 de noviembre de 2018

Presentación del libro “Desde mi sitial”


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Por ocho años, a través de la revista “Occidente”, el profesor Luis Riveros, en su calidad de Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, institución que cobija 240 logias masónicas a lo largo de nuestro país, estuvo publicando su opinión respecto de la realidad nacional, en una sección bajo el título “Desde mi sitial”.
No debemos suponer que el autor del libro en presentación está con esta obra haciendo expresión de un momento culminante de su pensamiento. Lejos de ello. Luis Riveros Cornejo ha hecho una extensa labor intelectual que está en miles de páginas impresas en libros y revistas del más diverso formato y propósito editorial. Ha escrito también en periódicos y ha participado en incontables presentaciones de libros de diversos autores chilenos y extranjeros.
Si es referencial y hace especial la contribución del libro en presentación, y que me une a este instante, es que recoge de manera precisa lo que fue la mirada pública del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, entre 2010 y 2018, y en el mas reputado medio de comunicación de alcance público de la Masonería chilena, la revista “Occidente”.
Mes a mes, a través de una columna o artículo de reflexión, entregó su visión intelectual, sobre la realidad nacional y especialmente sobre una de sus preocupaciones fundamentales: la educación. Hombre del aula por esencia, formador de varias generaciones de profesionales egresados de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Chile, su estilo y acento reflexivo se ha expresado con generosidad en las páginas de la revista Occidente, para orientar no solo a los masones, sino también a toda mujer u hombre ilustrado, cuando necesita pensar sobre cómo entender a su país y sus desafíos, para entender sus problemas y debilidades.

Los tres liderazgos que afaman al autor

Tres liderazgos ha ejercido de manera trascendente el profesor Luis Riveros en las últimas décadas de nuestro país. Entre otros ejercidos en diversas instituciones y organizaciones, estos tres lo afaman y prestigian en su trayectoria personal, como académico, como profesional, como intelectual, y como hombre de la polis nacional.
El primero dice relación ejercicio como decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Chile, que desempeñó por 4 años.
Luego sería electo por dos periodos como Rector de la Universidad de Chile, uno de sus indudables orgullos personales, que lo han proyectado no solo en el reconocimiento de que goza en el ámbito nacional, sino, de manera muy significativa, en distintos espacios de encuentro académico a nivel internacional.
En la Universidad de Chile no enfrentó un tiempo benigno, y debió luchar denodadamente contra quienes consideraban que esa era una casa de estudios superiores más, en el concierto de la competitividad que debía darse con otras instituciones hasta cierto punto advenedizas. Debió combatir muchas de las distorsiones que han generado políticas extraviadas y mercantilistas que han producido un nivel de deterioro enorme respecto de rol de las universidades públicas. Ese denodado esfuerzo lo ha seguido haciendo de manera inclaudicable.
En 2010, fue electo Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, institución en la que asumió en medio de dos crisis. La primera provocada por los efectos de una errónea gestión institucional, producto de la relación de uno de sus predecesores con la Universidad de la República, lo que provocó honda indignación dentro de la Orden, especialmente cuando la opinión pública entendió que había una relación institucional entre la Masonería y esa Universidad, a pesar de que años antes el Gran Maestro Marino Pizarro había señalado que ello no existía, salvo en el hecho de que allí se desempeñaran profesionalmente muchos masones. 
La segunda crisis, provenía de los efectos devastadores del terremoto del 27 de febrero de ese año, que produjo daños enormes en las casas masónicas, en todo la parte centro sur de Chile, dejando a muchas logias sin espacios para trabajar con normalidad.
En esta misma Región, en las ciudades de Concepción y Talcahuano, las casas masónicas afectadas gravemente, se vieron impedidas de acoger a los masones y debieron afrontarse graves consecuencias. Recuerdo, a modo de ejemplo, cuando los QQHH de Talcahuano me llevaron a conocer el lugar donde había estado la casa masónica, arrasada por el tsunami, o cuando vinimos con el QH Riveros a la celebración del primer año de una nueva logia, en agosto de 2010, y debimos atravesar hacia San Pedro de la Paz, donde había una casa masónica en pie, en medio de una enorme congestión vehicular, debido a que había un solo puente funcionando y en condiciones muy precarias.
A esas dos crisis, el autor del libro que presentamos, se dedicó con esmero, y cuando, dos años después, se celebraban los 150 años de existencia de nuestra institución, la más antigua de carácter republicano en la sociedad civil, la labor del Gran Maestro mostró que ella había superado no solo la crisis espiritual y la crisis material, que hemos mencionado, sino que la Masonería había recobrado con bríos renovados el rol moral que le corresponde en la sociedad chilena, como institución consular de la ética del libre pensamiento.

El aporte intelectual del autor

En lo personal, no puedo separar a Luis Riveros Cornejo de lo que han sido los últimos 12 años de la Masonería chilena. Cuatro años como Gran Orador de la Gran Logia y ochos años como su Gran Maestro, en que dejó una huella de reflexión, que nos permite entender a nuestra institución en el ámbito de los desafíos de una nueva era que vive la Humanidad y el ser humano en su contexto histórico.
Hay momentos en que su pluma y su pensamiento alcanzó niveles difíciles de superar en la reflexión sobre lo que corresponde cumplir a la Masonería en el tiempo de hoy y como debemos enfrentar el futuro. Una de sus grandes aportaciones ha sido abrir a la Orden a la mirada pública, superando la percepción de que lo masónico es algo marcado por el secretismo, sitio irreal al que la habían asignado los prejuicios, la segregación y el infundio artero de instituciones tendenciosas y proclives al dogma y a la falacia.
Quienes estamos aquí reunidos, no podemos tampoco separar de nuestra cotidianidad el gran aporte intelectual que ha hecho el profesor Riveros, en torno a la reflexión sobre la educación chilena, y especialmente en lo relativo a la educación superior y el rol de la Universidad pública.
De hecho, es una de las voces más potentes, cuando se trata de entender la defensa y promoción de la educación pública, tan castigada y tan afectada en su calidad por las políticas implementadas por quienes han gobernado en los últimos 54 años. ¡Que falta hace la convicción de que “gobernar es educar”! Así lo ha reiterado el autor del libro que estamos presentando.
A nuestro autor le duele la mala calidad de la educación, especialmente la mala calidad que conspira cotidianamente contra las instituciones educacionales públicas, y como las políticas implementadas, lejos de recuperarla o fortalecerla, han ido horadando y socavando su misión. Le duele como determinadas políticas han puesto en riesgo el prestigio y la trascendencia nacional de la Universidad de Chile, referencia necesaria de lo que significa la existencia de un alma mater de la educación superior de la República.
Lo dijo como Rector, en medio de las dificultades provocadas por la ola de instituciones privadas que florecían al amparo de los errores de una democracia aún en transición, señalando descarnadamente en un discurso de un 18 de marzo de 1999, que la Universidad de Chile era “una Casa de Estudios que ha entrado a una crisis significativa desde hace años, de la cual hemos sido incapaces de salir y de la que necesitamos salir, si es que creemos todavía que Chile necesita una Universidad como esta, su Universidad de Chile”.
“Es una crisis – decía entonces - que se ha derivado de las políticas externas, del continuo hostigamiento contra la Universidad de Chile, de la hostilidad mostrada a través de todo tipo de reglamentaciones, de todo tipo de intervenciones que antes eran absolutamente descubiertas y justificadas al amparo de un gobierno enemigo de la Universidad, y que hoy día son encubiertamente sustentadas por las mismas personas, con iguales creencias respecto de la Universidad de Chile y de su misión”.
“La Universidad de Chile – explicaba - es por definición una Universidad humanista, es una Universidad preocupada de los temas de país, es una Universidad estatal y pública, y es una Universidad laica. Eso a sectores de nuestro país no le gusta, no lo comparte. La búsqueda de la verdad, que se realiza en la investigación de esta Universidad, es rechazada por algunos sectores y creen que lo que debe ser una Universidad es algo distinto de lo que es ésta”.
“Piensan que una Universidad es una institución donde se forman profesionales. Creemos que la Universidad debe formar profesionales como resultado de un proceso de creación y de investigación, que nos interesa formar profesionales líderes en sus respectivos campos y, por tanto, queremos formar profesionales creativos y no repetitivos del conocimiento existente. Hay quienes no comparten eso y hay quienes creen que el problema universitario chileno está resuelto por la vía de las nuevas universidades privadas. Lo malo es que se ha diseñado toda una regulación o una práctica de políticas destinada a incentivar a esos sectores y a proteger ese tipo de políticas. Cada día que aparece un nuevo instrumento, ese nuevo instrumento representa una limitante para la Universidad de Chile. Por eso, digo, antes era una batalla muy abierta, hoy día es una batalla bastante más encubierta, pero en definitiva son los mismos síntomas y quizás los mismos guerreros”.
  19 años después, desde su sitial de Gran Maestro y columnista de la revista Occidente - tal como lo registra el libro en presentación - expresará, frente a la nueva Ley de Educación Superior aprobada por el Congreso Nacional en enero pasado: “esta Ley no atiende apropiadamente los desafíos que debe enfrentar el sistema de educación superior en el futuro. En primer lugar, no se preocupa de definir y configurar un “sistema” de educación superior, en que sus partes interactúen, existan diversas instancias de cooperación e interrelación, y en donde se proyecten en función de un objetivo estratégico de país. Por el contrario, la ley da forma a lo que existe en el presente, sin elaborar un ideal a perseguir en función de una visión estratégica de país y solo remozando institucionalidad que viene del pasado y que a todas luces requerirían una nueva definición funcional de futuro”. Para luego agregar: “Una ley que no aventura en definiciones ni ideales sobre calidad, transformación de la docencia, innovaciones y cambios en las definiciones formativas en un contexto disciplinario cambiante que es el gran desafío del futuro. Es decir, una Ley que, discutida con gran premura y sobre la base de una mirada solo retrospectiva, no concitó las nuevas ideas y propuestas, los sueños de país, y las formas de poder estimular adecuadamente la modernización que en materia de educación superior necesita Chile”.
Insiste luego con precisión. “No está presente en la ley aprobada, una mirada de futuro, que norme adecuadamente, en un contexto de libertad académica y de progresivo mejoramiento en la calidad de la docencia. Asimismo, la investigación y creación no mereció una mención y tratamiento destacado en el texto legal, y se dejó solamente en menciones parciales que no destacan su esencial rol como necesaria actividad para progreso del país y mejoramiento permanente de la docencia. La complejidad del proyecto y lo incompleto de muchos de sus contenidos se entiende a partir del ambicioso objetivo de incluir cuatro diferentes temáticas en el mismo cuerpo legal, impidiendo un trabajo más a fondo en cada una de ellas. La Ley incorpora cuestiones relativas a la institucionalidad, junto con las normas para un nuevo organismo que es la Superintendencia, que tendrá un amplio poder para intervenir y controlar el quehacer de las instituciones educativas, especialmente en lo que respecta a la gestión financiera y administrativa”.
“Los preceptos de la ley se han fundado – explicaba -, en gran medida, en la experiencia pasada, que ha dejado una estela de imperfecciones y anomalías que son evidentes y que fueron causadas por una regulación laxa sino existente. Los episodios de mal manejo y de pésimos resultados en lo académico, marcaron fuertemente la orientación de esta ley, que está fundada grandemente en una cierta “sospecha” y desconfianza hacia el hacer de las instituciones de educación superior”.
“Para las universidades estatales – advierte -, este sistema de control se superpondrá a aquel entregado a la Contraloría General de la República, y será también un factor que contribuya a inmovilizar a las instituciones, especialmente en materias de innovación académica, asociaciones estratégicas o internacionalización. Sin embargo, el más preocupante aspecto de la nueva normativa, es que la Superintendencia no es autónoma, sino que de alguna manera radica en el Ministerio de Educación y deberá atenerse a las propias pautas ministeriales”.

Lo que la república espera

Nuestra República necesita de hombres que la piensen desde sus certezas. Y la primera certeza de una República radica en la educación. Eso lo sabían nuestros padres de la Patria, los que forjaron su asentamiento institucional, y los que han tratado de darle, a través de los tiempos, un sentido basado en lo fundamental de la significación de lo republicano para la estructuración de una idea de país.
Para construir república, necesitamos hombres con una idea de república, con una idea de educación y una nítida comprensión de civismo. Es lo que este libro expresa. Allí hay una idea de fondo que trasciende el momento en que ella ha sido formulada desde distintas perspectivas. Son perspectivas en torno a reflexiones que precisan la mirada de una sociedad y un país, con problemas a resolver, con desafíos que abordar. Son referencias que ayudan a entender lo que nos trae el tiempo futuro.
Como hombre de la polis, que asume la significación de lo público como un espacio de construcción común entre todos los chilenos, el profesor Riveros tiene mucho que decirnos en su libro “Desde mi sitial”, porque aporta sustancialidad reflexiva, claridad de ideas, y conocimiento real sobre lo que está opinando.
Cuando hay tanta vanalidad en las opiniones, y cuando la posverdad parece ser el medio para formar opinión, debemos agradecer que tengamos libros como este, que nos aportan afirmaciones ciertas y meditadas sobre lo que hay que hacer, a partir de un diagnóstico preciso.
Sabemos que este no será el último libro del profesor Riveros, pero debemos tenerlo presente de manera muy especial, porque, de manera muy concreta, nos recuerda que tenemos un tribuno moderno, intelectualmente potente, profundamente reflexivo, ponderado y de gran civismo, que tiene mucho que entregar a nuestra República. Sabemos que así será, desde cualquier desafío que asuma.

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